INICIAR SESIÓN
A los veinte años, su linaje se convirtió en su sentencia. Su familia la obligó a comprometerse con un Alfa que no conocía: un heredero mimado cuyo aroma a arrogancia solo servía para humillar a los demás. Para él, las mujeres eran simples pasatiempos, juguetes para calmar su celo; cada día una fragancia nueva se pegaba a su piel, un caos de feromonas que su familia decidió ignorar.
A los Carpiette solo les importaba la alianza comercial. Trajeron de vuelta a su "hija perdida" aquella que enviaron al campo para ocultar su presencia como Omega dominante ante la alta sociedad, y la usaron como moneda de cambio. Ya lo habían hecho con su hija adoptiva y el éxito financiero silenció cualquier rastro de ética.
¿Quién era ella? Para el mundo, Larissa Carpiette; para su corazón, Blanca Elizabeth Díaz. Una joven que conoció la verdadera libertad en una pequeña aldea, criada por una mujer beta que, sin compartir su sangre, le dio el refugio que su casta le negaba. Vivían en paz hasta que los Carpiette rastrearon su feromona inconfundible y la "convencieron" de volver usando la salud de su abuela como correa de sumisión.
La vida simple se extinguió. Ahora, Larissa estaba atrapada entre etiquetas rígidas, supresores y "medicación" que la mantenían aletargada. Los golpes y amenazas de su familia habían quebrado su espíritu, convirtiéndola en una Omega insegura, una "campesina" a ojos de la élite que solo buscaba trepar, o al menos eso decían las malas lenguas mientras la maltrataban.
Todo estalló el día del compromiso. Julián Mondragón entró al salón, pero no buscaba a su prometida. Venía de la mano con una joven omega que temblaba, cuyo aroma a Omega encinta era imposible de ocultar incluso para los Betas presentes.
El caos fue instantáneo. Los padres del novio estaban histéricos; su único hijo, un Alfa de linaje puro, los estaba humillando por una "nadie". Pero para Larissa, ese aroma a escándalo fue su aire más puro. Era la grieta en el muro que necesitaba, esa pequeña luz para alumbrar su oscuro camino
Antes de que el ambiente se tornara violento, Larissa se levantó. Con una calma que desconcertó a los Alfas y omegas presentes, tomó a la joven de la mano y la sentó en su lugar de honor. Le entregó el ramo y el velo que su suegra le había impuesto como una marca de propiedad. Con un asentimiento final, salió del salón. Su abuela había muerto, y con ella, el último instinto de compasión que la ataba a esa gente.
Al cruzar el umbral de la mansión Mondragón, el aire frío golpeó su rostro, pero no fue el clima lo que la detuvo. Fue un aroma. Uno que reconoció antes de verlo, una frecuencia que hizo vibrar su propia naturaleza tras años de silencio.
Tropezó con él. Nathan Dubios.
Hacía años que no lo veía. Había intentado convencerse de que el tiempo había borrado su conexión, pero al tenerlo cerca, su instinto de Omega gritó la verdad: se había estado mintiendo. Nathan era su cruz, su lazo no reclamado, y ella ya no tenía fuerzas para cargarlo. Se juró que lo alejaría, pero en el mundo real, la voluntad rara vez vence a la sangre.
El interior del refugio conservaba una atmósfera de quietud tensa, un contraste absoluto con la masacre que se gestaba a escasos metros de allí. Las gruesas paredes de piedra y cemento amortiguaban el eco exterior, convirtiendo los disparos y los gritos ahogados en un murmullo sordo, un rumor lejano que Larissa, inmersa en sus propias reflexiones, confundió con el persistente golpear del viento contra los ventanales rotos. A su lado, Roux mantenía una calma pétrea, aunque sus ojos oscuros captaban la sutil vibración del suelo, esa señal inequívoca de que el mundo exterior se estaba desmoronando a pedazos. Sin embargo, ninguna de las dos pronunció palabra; preferían preservar el frágil hilo de seguridad mental que acababan de tejer.Mientras tanto, en el exterior, la situación para Nathan había alcanzado un punto crítico. La ráfaga de fuego enemigo no cesaba; las balas masticaban la mampostería con una furia implacable, convirtiendo su cobertura en una trampa de polvo y esquirlas afila
Lejos del refugio donde Roux sostenía con pulso firme el frágil equilibrio de Larissa, la noche exterior se cernía sobre Nathan como una losa de plomo. Desde su posición elevada, el mundo se reducía a sombras cinéticas y al crujir seco de la maleza bajo un calzado furtivo. Para él, las dudas existenciales de los demás eran un lujo abstracto que la crudeza del terreno no podia permitirse. Sin embargo, la tranquilidad táctica que había sabido mantener comenzó a fracturarse en el preciso instante en que el viento cambió de dirección, trayendo consigo un olor inconfundible: aceite de armas rancio, pólvora húmeda y el rastro metálico de la sangre fresca. No venían solos, y no se trataba de una simple patrulla de reconocimiento.Nathan entornó los ojos, ajustando el foco sobre un sector oscuro a unos cincuenta metros de su posición, donde los matorrales se agitaron con una sincronía antinatural. El enemigo había dejado de jugar al desgaste silencioso; la paciencia de los cazadores se había
El eco de los pasos de Nathan aún reverberaba en las inmediaciones cuando el peso de la atmósfera pareció desplomarse por completo sobre el refugio improvisado. En el centro de la estancia, Larissa permanecía con la vista fija en el suelo polvoriento, como si en las grietas del cemento pudiera descifrar el jeroglífico de un futuro que se desmoronaba antes de nacer. Las dudas no eran simples susurros en su mente; eran presencias físicas, grilletes invisibles que le atenazaban las muñecas y le impedían respirar con normalidad. Cada decisión tomada hasta ese instante, cada ruta trazada, cada orden impartida, cada vida puesta en la balanza de una supervivencia incierta, se alzaba ahora ante ella como un monumento a la falibilidad humana.—¿Y si nos equivocado de nuevo, Roux?rompió el silencio Larissa, con un hilo de voz que apenas lograba sostenerse frente a la inmensidad del vacío que las rodeaba— Nos hemos movido siguiendo intuiciones, esquivando sombras y calculando distancias, pero
El silencio en la estancia se dilataba como una membrana tensa a punto de rasgarse, una frontera invisible donde el peso del aire parecía adquirir densidad propia. Roux permanecía inmóvil frente al ventanal, aunque su mirada no se detenía en los contornos difusos del exterior, sino en el caleidoscopio interno de sus propios pensamientos. A pocos pasos, Larissa mantenía una postura de rígida expectativa, con los brazos cruzados y el entrecejo levemente fruncido, analizando cada micro gestión en la corporalidad de él. Más allá, en el límite de la penumbra que demarcaba la sala, Lyra observaba en completo silencio; su presencia no era pasiva, sino un ancla gravitacional que parecía mantener unida la compleja geometría de aquel triángulo humano.La decisión de ir hasta Nathan no había surgido de un impulso repentino ni de una iluminación heroica; por el contrario, era el resultado de un largo y tortuoso proceso de fricción mental donde se batían a duelo la lógica, la culpa y una necesidad
El fuego de la chimenea crepitaba con una fuerza rítmica, arrojando destellos dorados y sombras danzantes contra las paredes de troncos de la cabaña. El calor del hogar mitigaba apenas el frío punzante que se colaba desde el exterior de los Pirineos, donde la noche alpina caía con su habitual peso implacable. En el centro de la estancia, sentada en una vieja mecedora de madera, Larissa sostenía a la pequeña Lyra contra su pecho, meciéndola con un compás suave y constante. Los ojos ámbar de la niña se habían cerrado hacía un rato, vencidos por el cansancio, pero su manita seguía aferrada con fuerza al borde del suéter de su madre.A pocos pasos de ellas, de pie junto a la mesa con una taza humeante de infusión entre las manos, Rousse observaba la escena en completo silencio. Su rostro, habitualmente endurecido por la rudeza de las batallas y los años de supervivencia clandestina, mostraba una inusual fragilidad.Larissa levantó la vista lentamente, rompiendo el silencio espeso que se h
El piso cincuenta de la torre en Ginebra olía a café amargo, papel costoso y a esa clase de silencio estéril que solo el poder absoluto puede comprar. Nathan Dubios estaba de pie junto al ventanal, con la mandíbula tensa y la mirada perdida en el gris plomizo del lago, cuando las puertas del ascensor privado se abrieron con un chasquido seco.No hizo falta que el sistema de seguridad anunciara la visita. El aroma a pino frío, ozono y tierra mojada que invadió el pasillo era inconfundible.Nathan se giró lentamente. Rousse avanzaba hacia su despacho con pasos deliberados, imponentes, luciendo una gabardina oscura que aún guardaba la humedad de los Pirineos. Su mirada ámbar, tan afilada como la de él, venía cargada con la hostilidad propia de una alfa que ha cruzado medio continente solo para evitar una masacre.—Vaya, veo que sigues jugando a ser el rey triste en su torre de marfil, Nathandisparó Rousse de entrada, deteniéndose a pocos metros de su escritorio sin esperar una invitació







