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Capitulo 2

Autor: MIKEYLAHM
last update Fecha de publicación: 2026-07-23 04:09:19

Los días en la habitación médica de la mansión Roux no se medían en horas, sino en el goteo constante de los sueros y el rítmico, casi agónico, pitido de los monitores. Para Larissa, el tiempo era una masa informe de color brea. Su mente era un náufrago en un océano oscuro, arañando las paredes de una inconsciencia que se sentía más como una tumba que como un refugio. Su cuerpo, una estructura de carne y hueso que alguna vez fue vibrante, ahora era una cárcel de fragilidad extrema.

A nivel biológico, el daño era devastador. En el universo de castas, un Omega no es solo un cuerpo; es un receptor de energía, un ser cuya estabilidad depende de la armonía de sus feromonas. Pero Larissa había sido v**l*d* en su naturaleza más profunda. Los Carpiette, en su ambición ciega, no solo la habían golpeado; habían intentado borrar su esencia Omega mediante bloqueadores químicos de grado industrial, supresores que en el mercado negro se usan para quebrar la voluntad de los rebeldes.

—Dijeron que despertaría tras el tercer ciclo de desintoxicación

masculló Rousse, cuya voz resonó en la habitación como un trueno contenido.

Rousse caminaba de un lado a otro con la agitación de una Alfa cuya manada ha sido atacada. Su aroma habitual, una mezcla de sándalo y lluvia, estaba ahora agrio, cargado de una nota metálica de ansiedad que hacía que las enfermeras Betas evitaran mirarla a los ojos, la angustia de un Alfa es una presión atmosférica que todos sienten.

—Quince días, Nathan. Quince días de silencio absoluto. No hay señales de respuesta galvánica, no hay fluctuación en sus feromonas... ¡Nada! ¿Por qué sigue atrapada en ese vacío?

Rousse se detuvo frente a la cama, mirando con horror la palidez traslúcida de la joven.

Nathan Dubios no se movió de la esquina en sombras donde permanecía apostado como una gárgola. Su presencia de Alfa Dominante era tan densa que el aire cerca de él parecía más pesado, más frío. Observaba a Larissa con una intensidad que rozaba lo clínico, pero si uno miraba lo suficientemente cerca, vería que sus pupilas estaban dilatadas, una señal instintiva de que su bestia interna estaba en un estado de alerta roja, lista para despedazar a cualquiera que interrumpiera la recuperación de la Omega.

—Paciencia, Rousse

la voz de Nathan fue un susurro de seda y acero

— Los Carpiette y los Mondragón no solo dañaron sus órganos; intentaron eliminar su instinto. Lo que ella está viviendo es una guerra interna. Está reconstruyendo su identidad desde las cenizas que esos bastardos dejaron.

—¡Malditos sean mil veces!

Rousse golpeó la pared con el puño cerrado. El impacto hizo vibrar los cuadros de la habitación

— Me pagarán cada una de las cicatrices, cada hematoma y cada gramo de supresor que le inyectaron a la niña. No descansaré hasta ver el imperio Mondragón y Carpiette reducido a escombros.

—Cálmate, leona. Te agitas antes de que la cacería haya empezado formalmente

la voz de Nathan bajó un octavo, adquiriendo esa frecuencia vibratoria que los Alfas de linaje puro usan para someter

— Mis piezas ya están en el tablero. Mis informantes han infiltrado sus círculos más íntimos. Pronto tendremos la verdad desnuda sobre la mesa, y entonces, te permitiré jugar con ellos a tu antojo.

Rousse se detuvo en seco, girándose para mirar a su hermano menor con una mezcla de horror y reproche. El aura de Nathan era diferente a la de cualquier otro Alfa; carecía del calor protector habitual. Era puro hielo, un vacío absoluto de compasión.

—¿Jugar? ¿Crees que esto es una p*t* diversión, Nathan? ¿Eso es la vida de Larissa para ti? ¿Un juego de poder?

Nathan esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Fue un gesto mecánico, desprovisto de cualquier rastro de humanidad. Se acercó un paso a la cama de la joven y, por un microsegundo, su mano rozó el aire sobre la muñeca de Larissa, como si temiera que su propio frío terminara de congelarla.

—Para mí, Rousse, el mundo siempre ha sido un tablero de ajedrez. Y los Mondragón acaban de hacer el movimiento más estúpido de su historia: creer que podían tocar lo que es mío sin consecuencias. Porque no te confundas... ella fue mía mucho antes de que supiera lo que significaba la palabra "vínculo".

Minutos después, Nathan se alejó del pulso débil de las máquinas y se encerró en su despacho. Allí, el ambiente era radicalmente distinto. El aire olía a café amargo, a papel viejo y a la fría electricidad de las pantallas de alta resolución que cubrían la pared principal. Tres de sus hombres de confianza, Alfas entrenados para la guerra corporativa y física, lo esperaban en un silencio absoluto. Nadie se atrevía a hablar cuando Nathan tenía esa expresión de calma absoluta; era el preludio de una tormenta de sangre.

Sobre la mesa de cristal templado, una serie de carpetas con el sello de los Mondragón y los Carpiette yacía abierta, revelando secretos que deberían haber permanecido enterrados.

—Dime que tienes algo más que árboles genealógicos y auditorías de cuentas

dijo Nathan, sin mirar a su interlocutor. Su voz era un hilo de seda capaz de cortar el cuello más duro.

—Señor, hemos rastreado los suministros médicos que los Mondragón compraron de forma ilegal el mes pasado

respondió el investigador jefe, deslizando una fotografía técnica sobre la mesa

— No solo estaban "tratando" a la señorita Larissa para que fuera dócil; estaban experimentando con dosis de inhibidores de casta que habrían inducido un coma permanente en un adulto. Los registros de compra están firmados directamente por el hijo menor, Julián Mondragón.

Nathan tomó la fotografía. Sus dedos no temblaron, pero la presión que ejerció sobre el papel fue tal que la imagen comenzó a arrugarse y romperse bajo su pulgar. Julián Mondragón. El Alfa que se creía un dios, el "prometido" que veía en los Omegas simples recipientes para sus caprichos.

—Julián...

susurró Nathan, y una sombra de placer oscuro cruzó sus rasgos

— Cree que es un artista y que Larissa era su lienzo para practicar la crueldad.

—¿Qué hacemos, jefe? ¿Lo traemos ahora mismo? Podemos tenerlo en el sótano antes del amanecer.

Nathan se reclinó en su silla de cuero negro, la luz de los monitores reflejándose en sus pupilas como dos puntos gélidos de luz estelar.

—No. Traerlo ahora sería terminar la diversión demasiado rápido. La muerte es un alivio, y yo no doy alivio a mis enemigos. Quiero que vigilen cada una de sus rutas. Quiero saber a qué le teme, qué marcas de vino compra, con quién se acuesta cuando su "prometida" no está. Vamos a cortarle los suministros financieros, luego sus alianzas sociales y, finalmente, el aire que respira. En ese orden exacto.

Se levantó y caminó hacia el ventanal que daba a la ciudad iluminada, el poder no solo se mide en dinero, sino en la capacidad de dominar la voluntad ajena. Y Nathan era el maestro indiscutible de esa disciplina.

—Quiero que Julián Mondragón sienta que el mundo se encoge cada día un poco más. Que cuando finalmente me vea frente a él, la muerte le parezca un regalo que no estoy dispuesto a darle todavía. Empecemos con sus cuentas en las islas Caimán. Quiero que, para el amanecer, Julián sea un hombre pobre que aún no sabe que lo ha perdido todo.

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