Home / Romance / Destinos errantes / 19. Un campo minado de emociones

Share

19. Un campo minado de emociones

Author: Nancy Rdz
last update publish date: 2025-07-04 23:20:10

Narrador omnisciente

Habían llegado tarde al edificio principal de Industrias Cazares no por accidente, sino con una intención clara y premeditada. Era el día en el que viejas cuentas comenzarían a saldarse.

Álvaro caminaba al lado de Catalina con la espalda recta, el mentón en alto y los ojos fijos en las puertas del ascensor que se abrían ante ellos. Llevaba un traje oscuro, perfectamente ajustado, pero en su mirada había una fiereza que no encajaba con el ambiente pulcro y corporativo del ed
Continue to read this book for free
Scan code to download App
Locked Chapter

Latest chapter

  • Destinos errantes   Extra

    Ernesto DuarteLa oficina estaba en silencio, salvo por el leve zumbido del aire acondicionado y el crujir del papel bajo mis dedos. Había estado toda la tarde revisando reportes financieros, contratos, informes de producción… Nada fuera de lo habitual, excepto la carga. Últimamente, todo se sentía más pesado.Levanté la vista cuando escuché la puerta, abrirse sin previo aviso.Vivian.Rubia, alta, impecable. Siempre perfectamente vestida como si viniera de una sesión de fotos. Llevaba un vestido rojo ajustado, elegante pero insinuante, y tacones que resonaron como campanas de alerta en el suelo de mármol.Fruncí el ceño.—¿Qué haces aquí, Vivian? —pregunté, dejando los documentos sobre la mesa con evidente desdén. No me gustaba mezclar mi vida personal con el trabajo, mucho menos a esta hora.Ella cerró la puerta con suavidad, apoyando la espalda en ella por un segundo antes de caminar hacia mí con su estilo de siempre… como si diera brinquitos ensayados. De pronto, se inclinó y me pl

  • Destinos errantes   Epílogo

    Álvaro DuarteErik dormía sobre mis piernas, con su pequeño cuerpo respirando pausado, con la cabeza ladeada y los labios entreabiertos. Tenía seis meses y ya apretaba mi dedo índice como si se aferrara al mundo entero con esa manita diminuta. Y en cierta forma, lo hacía.Levanté la vista hacia el retrovisor. Pedro me miró desde el asiento del conductor.—¿Crees que está bien lo que voy a hacer? —pregunté, sin fingir la duda en mi voz.Pedro desvió la mirada hacia el edificio frente a nosotros. El reclusorio de la Capital. Frío, gris, un monstruo de concreto.—No lo sé, jefe —respondió, sincero como siempre—. No creo que ese lugar sea para un bebé… pero lo que va a hacer es noble. Muy pocos tendrían ese valor.Asentí, mirando de nuevo a Erik. Acaricié su mejilla suave, esa piel de seda que todavía olía a leche tibia y sol.—Siempre serás mi hijo —le susurré—. Pero no puedo criarte a base de mentiras… No puedo ocultarte la verdad, aunque duela.Erik se removió un poco, pero no soltó mi

  • Destinos errantes   43. No es una despedida

    Álvaro DuarteEl sol apenas comenzaba a trepar por el cielo. El aire de la mañana era suave, perfumado por los rosales del jardín. Las maletas ya estaban acomodadas en la parte trasera de la camioneta negra que esperaba con el motor encendido, vibrando suavemente.Ernesto se apoyaba en su bastón, vestido con una chaqueta de lana gris y una gorra que le cubría apenas la frente. A su lado, Catalina irradiaba serenidad, pero sus ojos brillaban con esa tristeza dulce que aparece cuando uno se despide de algo que ama.—Van a hacernos mucha falta —dije, rompiendo el silencio mientras me acercaba con Emilia a mi lado, su mano cálida enlazada con la mía.—Nosotros también los vamos a extrañar —respondió Catalina con una sonrisa suave.Mara, de pie junto a nosotros, se adelantó un poco. Catalina se acercó a ella, tomándola con cariño del brazo.—Cuida de ellos, Mara —le pidió con voz firme—. Que Álvaro no haga locuras.Mara rió con dulzura.—Lo intentaré… aunque con este hermano mío nunca se s

  • Destinos errantes   42. DC Automotive Group

    Álvaro DuarteLa puerta de la mansión se cerró detrás de nosotros con un leve clic. El eco familiar del recibidor me hizo sonreír. Era extraño… estuvimos apenas dos días en el hospital y ya extrañaba a mi hijo como si hubieran pasado meses. Llevaba al bebé bien envuelto en la manta celeste, durmiendo plácidamente contra mi pecho. Su cabecita apenas pesaba, pero el significado de tenerlo ahí era inmenso, no vi a mi hijo nacer, pero era como si lo estuviera haciendo a través de este pequeño, me removía emociones en el pecho. Con la otra mano, sostenía la de Emilia. Estaba cansada, lo notaba en su andar lento, en la forma en que se apoyaba un poco más en mí, pero había una paz en su mirada que me revolvía el corazón.Al cruzar el umbral hacia la estancia, los vi.Mara, estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas y una sonrisa que le iluminaba todo el rostro.Gael, a su lado, con el brazo, rozándole apenas la espalda, como si le bastara ese mínimo contacto para sentirse completo.

  • Destinos errantes   41. Promesa

    Emilia DíazToqué con los dedos el encaje de mi vestido. El silencio de la habitación era casi sagrado, roto solo por el latido ansioso de mi corazón. Mi reflejo en el espejo me devolvía la imagen de una mujer distinta, más esperanzada.Entonces, la puerta se abrió con suavidad. Me giré, y ahí estaba él.—Álvaro ya está esperando en el altar —dijo mi papá con una sonrisa orgullosa y una mirada que intentaba ocultar la emoción.Me acerqué a él sin pensarlo. Lo abracé con fuerza, como cuando era niña y su pecho era mi lugar seguro. Hundí el rostro en su cuello y sentí ese aroma que siempre asocié con hogar. Papá había llegado hace un par de horas con su familia.—Te extrañé mucho, papá —susurré, cerrando los ojos—. Te prometo que ahora te visitaré más seguido.Él me rodeó con sus brazos con fuerza, como si el tiempo perdido pudiera recuperarse en un instante.—Estoy seguro de que sí —respondió con ternura—. Porque Álvaro… es un buen hombre. Tiene sus defectos, claro, como todos, pero t

  • Destinos errantes   40. Después de la tormenta

    Narrador OmniscienteLas luces rojas y blancas de la ambulancia pintaban destellos sobre las paredes de la mansión cuando finalmente se detuvo frente a la entrada principal. Los paramédicos bajaron con rapidez y eficiencia, empujando la camilla hacia el jardín lateral, donde Ernesto yacía aún entre los brazos de Catalina.—Estamos aquí, don Ernesto —dijo uno de ellos con tono firme mientras lo acomodaban con cuidado—. Lo vamos a llevar al hospital.Catalina no quería soltarlo, pero Santiago se acercó a ella con delicadeza, colocando una mano firme sobre su hombro.—Catalina, yo voy con ustedes. Ya hablé con Christian, mi hermano —explicó, mirando a Álvaro y Emilia—. Ya tiene el quirófano listo. Nos están esperando.Álvaro asintió, con el rostro aún tenso, la ropa manchada de sangre seca.—Gracias, Santiago. Nosotros los alcanzaremos tan pronto como llegue la policía y se lleven a Esteban.Santiago colocó una mano en el hombro de Álvaro, transmitiéndole una silenciosa fuerza.—Todo est

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status