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Capitulo 2

Autor: Enny
last update Fecha de publicación: 2026-05-07 18:23:39

Capítulo 2

Golpe.

Mi cuerpo chocó contra el suelo de madera al pie de las escaleras con un sonido sordo y fuerte. Un dolor agudo me atravesó el tobillo y la cabeza me dio vueltas.

Por un momento no pude respirar; simplemente me quedé tendida ahí, mirando el techo, tratando de entender qué había pasado.

—¡Roosevelt!

Escuché pasos corriendo por el pasillo. Zyran apareció sobre mí, con el rostro pálido. Por un momento, vi pánico en sus ojos.

—¿Estás bien? —Se arrodilló a mi lado, con las manos suspendidas sobre mis brazos. —¿Qué pasó? ¿Resbalaste?

Apreté los dientes contra el dolor y miré hacia arriba, más allá de él. Mina estaba parada en lo alto de las escaleras. Tenía una mano sobre la boca y los ojos abiertos de par en par con un shock fingido.

—Me empujó —jadié. Agarré la manga de Zyran. —Zyran, ella me empujó.

Zyran frunció el ceño. Miró hacia Mina, luego de vuelta a mí. Su expresión pasó de la preocupación a la irritación.

—Roosevelt, no seas ridícula —dijo en voz baja y severa. —Mina apenas puede mantenerse en pie, ¿cómo iba a empujarte?

—¡Te estoy diciendo la verdad! —lloré, intentando incorporarme. Una oleada de náuseas me golpeó y recordé al bebé. Mi mano voló hacia mi vientre. —Me miró a los ojos y me empujó.

—¡Yo no lo hice! —sollozó Mina desde lo alto de las escaleras. Rompió a llorar, con los hombros sacudiéndose. —¡Traté de agarrarla! Tropezó con su vestido. Dios mío, Zyran, ¡creo que me odia!

Zyran soltó mi brazo y se puso de pie de golpe. No me ayudó a levantarme del suelo. En cambio, me miró con decepción.

—Mira lo que has hecho —dijo Zyran con frialdad. —La has alterado.

—¿Yo la alteré? —pregunté, con la voz quebrándose. —Zyran, soy yo la que está en el suelo. ¡Soy yo la que está herida!

—Eres fuerte, Roosevelt. Siempre lo has sido —dijo, descartando mi dolor con un gesto de la mano. —Mina acaba de perder su hogar en un incendio. Está traumatizada. ¿Y ahora la estás acusando de esto? Eso está por debajo de ti.

Pasó por encima de mí, literalmente dejándome sentada en el suelo. Subió unos escalones y le tendió la mano a Mina.

—Baja, Mina. Está bien —dijo con suavidad. Su voz era gentil, de la misma manera en que solía hablarme a mí. —Ella no lo decía en serio, solo está cansada.

Mina bajó las escaleras despacio, fingiendo estar aterrorizada. Tomó la mano de Zyran y se escondió detrás de su brazo, mirándome de reojo.

Cuando Zyran giró la cabeza para revisar el seguro de la puerta principal, Mina me miró. Ya no estaba llorando. En cambio, me dedicó esa misma sonrisa oscura y satisfecha que tenía antes de empujarme.

Había ganado. Sabía exactamente cómo manejarlo.

—Zyran —dije, obligándome a ponerme de pie. El tobillo me palpitaba, pero ignoré el dolor. —Tengo el tobillo hinchado y no me siento bien. Necesito ir al hospital.

Tenía que revisar al bebé. Tenía que saber si la caída había lastimado a mi hijo.

Zyran miró su reloj y suspiró. —Es tarde, Roosevelt. Probablemente solo sea un esguince. Tenemos bolsas de hielo en el congelador.

—Pero—

—Mina está temblando —me interrumpió Zyran, con la voz firme. —Necesito que se instale en el cuarto de huéspedes para asegurarme de que no entre en shock. ¿Puedes por favor ponerte hielo en el tobillo y dejar de armar un escándalo? Hablaremos de tu torpeza mañana por la mañana.

Se me abrió la boca. —¿Mi torpeza? Zyran, ¡soy tu esposa!

—Entonces compórtate como tal —dijo bruscamente. —Sé generosa. Sé amable con nuestra invitada.

Puso el brazo alrededor de la cintura de Mina para sostenerla. —Vamos, Mina, necesitas descansar.

Los vi alejarse. Vi a mi esposo elegir consolar a una mujer que acababa de intentar hacerme daño, mientras yo permanecía ahí de pie, con dolor, en la noche de nuestro aniversario.

Una lágrima resbaló por mi mejilla, pero la limpié con rabia. No iba a llorar, no delante de ella.

Cojeé hacia la cocina para buscar la bolsa de hielo, sintiéndome más sola que nunca en mi vida. Pero cuando llegué a la puerta de la cocina, un calambre agudo me desgarró la parte baja del vientre. Este dolor era diferente. Se sentía profundo y aterrador.

Me aferré al marco de la puerta, jadeando.

—¡Zyran! —llamé, con la voz cargada de un miedo repentino.

—¡Ya dije que es suficiente, Roosevelt! —gritó desde la sala, sin siquiera voltear.

El calambre llegó de nuevo, más fuerte esta vez. Miré hacia abajo, hacia mi vestido blanco.

Ahí, floreciendo sobre la tela de seda como una terrible flor roja, había una pequeña mancha de sangre.

El dolor en mi vientre era agudo, como un nudo que se aprieta. Me desplomé contra el marco de la puerta de la cocina, abrazándome el estómago.

—Zyran... —susurré. La habitación daba vueltas.

Escuché pasos; Zyran entró corriendo a la cocina. Ya no parecía enojado. Cuando me vio en el suelo, su rostro se puso pálido. Sus ojos estaban abiertos de par en par, con terror puro.

—¡Roosevelt!

Cayó de rodillas, deslizándose sobre los azulejos para llegar hasta mí. Me envolvió entre sus brazos, con las manos temblando mientras me tocaba el rostro.

—¡Roosevelt, mírame! ¿Qué pasa? ¿Dónde te duele? —Su voz era frenética. Ya no era el frío magnate; era solo mi esposo, aterrorizado.

—El vientre —jadié, aferrándome a su camisa. —Me duele... tanto.

Sentí un líquido tibio entre mis piernas. Estaba sangrando.

—No, no, no —sollozé, enterrando el rostro en su pecho. —Por favor, no esto.

Zyran no hizo preguntas; me alzó en brazos sin esfuerzo, estrechándome con fuerza contra su pecho.

—Ya te tengo —susurró con intensidad en mi cabello. —Quédate conmigo.

Corrió hacia la puerta principal. Al pasar por la sala, vi a Mina de pie ahí, sorprendida al ver a Zyran cargándome.

—¿Zyran? —llamó. —¿A dónde vas?

—¡Sube al carro, Mina! —gritó Zyran sin detenerse. —¡Vamos al hospital. Ahora!

Todo lo que siguió fue una nebulosa de luces. Lo último que sentí fue la mano de Zyran apretando la mía con tanta fuerza que casi dolía, y su voz susurrando: —No me dejes, Roosevelt. Por favor, no me dejes.

Bip... Bip... Bip...

Desperté con el olor a limón y a medicina. La habitación estaba en silencio.

Abrí los ojos poco a poco; estaba en una cama de hospital. Mi mano se sentía cálida. Miré hacia abajo y vi a Zyran. Estaba sentado en una silla junto a la cama, con la cabeza apoyada cerca de mi cadera. Dormía, pero aún sostenía mi mano con fuerza entre las suyas.

Me moví ligeramente y él despertó al instante. Se incorporó; tenía el cabello revuelto y los ojos rojos, señal de que no había dormido nada.

—Ya despertaste —exhaló. El alivio en su voz me golpeó con fuerza. Extendió la mano y me acarició la mejilla con el pulgar. —Me diste un susto de muerte, Roosevelt. Pensé que algo terrible había pasado.

—Zyran —dije con voz ronca. La garganta se me sentía seca. —El doctor... ¿qué dijo?

Antes de que Zyran pudiera responder, la puerta se abrió. Un médico de cabello gris entró, sosteniendo una tablilla con sujetapapeles.

—Ah, señora King. Qué bueno verla despierta —dijo el médico con amabilidad.

Zyran se puso de pie. —Doctor, ella tiene dolor. ¿Es el apéndice? ¿Es la caída?

El médico miró a Zyran, luego a mí. Pareció percibir la tensión. Se dirigió al otro lado de la cama, lejos de Zyran, y bajó un poco la voz.

—Señor King, ¿podría darnos un momento? Necesito revisar sus signos vitales —dijo el médico con calma.

Zyran vaciló. No quería irse. —Quiero saber qué le pasa a mi esposa.

—Le informaré en un minuto —insistió el médico.

De mala gana, Zyran apretó mi mano una última vez. —Estaré justo afuera de la puerta —prometió. Salió, lanzándome una mirada preocupada antes de cerrar la puerta.

En cuanto se fue, el médico se inclinó hacia mí.

—Señora King, tuvo mucha suerte —susurró. —Tuvo un amenaza de aborto espontáneo; el sangrado fue causado por el trauma de la caída y el estrés elevado.

Mis manos volaron a mi boca. —Pero... ¿el bebé...?

—El bebé sigue adelante —sonrió el médico con gentileza. —Los latidos son fuertes, pero usted se encuentra en una zona de riesgo. No puede tener ningún tipo de estrés, ni sustos, ni cargar objetos pesados. Si vuelve a sangrar, es posible que no podamos salvar el embarazo.

Solté un sollozo de alivio. —Gracias. Oh, gracias.

—¿Su esposo lo sabe? —preguntó el médico.

Negué con la cabeza rápidamente. —No, y por favor, no le diga todavía. Hay mucho pasando en casa. Necesito contárselo cuando sea el momento adecuado. Cuando las cosas estén tranquilas.

El médico asintió. —Muy bien. Confidencialidad del paciente, pero debe descansar.

El médico salió de la habitación. Unos segundos después, Zyran volvió a entrar. Parecía más tranquilo ahora que el médico se había ido.

—Dijo que solo necesitas descansar —dijo Zyran, sentándose en el borde de la cama. —Dijo que estás agotada y que la caída te afectó.

Se inclinó hacia adelante y me besó la frente. Sus labios estaban cálidos. —Lo siento mucho, Roosevelt. Debí haberte escuchado sobre las escaleras. Solo estaba abrumado con todo lo que estaba pasando con Mina.

—Hablando de Mina —susurré, retrocediendo ligeramente. —¿Dónde está?

Zyran suspiró. —Está en la sala de espera; se negó a irse.

—Zyran, ¿quién es ella realmente? —pregunté. —Dijiste que era una vieja amiga, pero...

Zyran miró sus manos. —Fuimos amigos en la universidad. Mejores amigos, luego ella conoció a un chico. Estuvieron juntos tres años. No supe nada de ella en todo ese tiempo. Pensé que era feliz.

Me miró, con los ojos llenos de lástima. —Me llamó esta noche por primera vez en años. Estaba gritando; su apartamento se estaba incendiando. Dijo que no tenía a nadie más.

—¿Pero por qué tú? —pregunté. —¿Por qué no la policía?

—Por su exnovio —dijo Zyran con tono oscuro. —Lo dejó hace un año, pero...

De repente, la puerta de mi habitación se abrió de golpe.

Mina entró corriendo. Seguía con su vestido blanco sucio, parecía frenética, sosteniendo un teléfono celular en su mano temblorosa.

—¡Zyran! —gritó.

Zyran se puso de pie de inmediato. —¿Mina? ¿Qué pasa?

Mina corrió hacia él y lo agarró del brazo, clavándole las uñas en la camisa. Me miró a mí, luego de vuelta a Zyran. Sus ojos estaban abiertos de par en par con pánico.

—Me encontró —susurró, con la voz temblando. —Mi ex... sabe que estoy aquí.

Zyran frunció el ceño. —¿Cómo? El incendio...

—Me mandó un mensaje —dijo Mina entre sollozos. Levantó el teléfono para que Zyran pudiera ver la pantalla. —Dice que te vio cargar a una mujer fuera de la casa. Cree que... cree que soy tu esposa.

Zyran se quedó inmóvil. —¿Qué?

Mina me miró, con un miedo retorcido en el rostro.

—Cree que Roosevelt soy yo —susurró Mina. —Y dice que viene al hospital a terminar lo que empezó en el incendio.

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