INICIAR SESIÓNCapítulo 5
El cuerpo me dolía. La emoción de haber vuelto al trabajo se había desvanecido, reemplazada por un latido sordo en el tobillo y el agotamiento de ocultar un embarazo.
Abrí la puerta de la Casa Segura esperando silencio y un pasillo frío y vacío.
En cambio, el aire estaba lleno de risas.
—¡Pero mírate! ¡Sigues siendo tan hermosa como una muñeca, Mina!
—¡Para, Clara! Me estás haciendo sonrojar.
Mi mano se congeló en el pomo de la puerta. Esa era Clara, la hermana de Zyran. La otra voz, la profunda y autoritaria, pertenecía a su madre, Beatrice.
Respiré hondo. *Solo sé amable*, me dije. *Sé la buena esposa.*
Entré a la sala. Lo que vi me hundió el estómago.
Mina estaba sentada en el centro del sofá, envuelta en una manta de cachemira que reconocí al instante; era un regalo que Zyran le había dado a su madre la Navidad pasada. Beatrice le sostenía la mano de un lado mientras Clara, del otro, le apartaba un mechón de cabello del rostro.
Zyran estaba junto a la chimenea, observándolas con una expresión suave y aliviada. Parecía un hombre en paz.
Yo me sentí una intrusa en mi propio matrimonio.
—Buenas noches —dije, con la voz sonando demasiado fuerte en la habitación.
Las risas se detuvieron al instante.
Beatrice giró la cabeza. Sus ojos, idénticos a los de Zyran pero desprovistos de calidez, me recorrieron de arriba abajo. No sonrió.
—Ya llegaste —dijo Beatrice con sequedad. —Nos preguntábamos cuándo te unirías a nosotros. Zyran dijo que estabas en la oficina.
—Sí —dije, avanzando hacia la sala. —Tenía trabajo urgente que terminar.
—El trabajo —resopló Clara. Ni siquiera me miró; su atención estaba en Mina. —Siempre persiguiendo una carrera. Mientras tanto, la pobre Mina ha pasado por un infierno en vida; necesita familia, no planes de negocios.
—Yo... yo también soy familia, Clara —dije con suavidad.
Beatrice ignoró mi respuesta y se volvió hacia Mina, apretándole la mano. —Pobre querida. Cuando Zyran nos contó lo del incendio, casi me da un infarto. Sabes que siempre eres bienvenida en la mansión; no tenías que sufrir sola.
Mina sorbió por la nariz y se limpió una lágrima. —Lo sé, tía Beatrice. Pero no quería ser una carga. Sé que Zyran ya está... casado.
Pronunció la palabra *casado* como si fuera una enfermedad.
—Calla —dijo Beatrice, agitando la mano con desdén. —El matrimonio no es más que papel. Lo que importa es la historia. Tú has sido parte de nosotros desde que usabas coletas; eso no ha cambiado.
Miré a Zyran, esperando que interviniera, esperando que dijera: "En realidad, mamá, Roosevelt es mi esposa y ella también es importante."
Pero Zyran simplemente asintió. —Mamá tiene razón, Mina. No eres una carga.
Un escozor de lágrimas me brotó, pero las contuve. Caminé hacia el sillón donde descansaba mi bolso.
—¿Trajeron esto? —pregunté, notando un montón de bolsas de regalo sobre la mesa de centro, de boutiques exclusivas: Gucci, Chanel, La Perla.
—Mina lo perdió todo en el incendio —dijo Clara a la defensiva. —No podíamos dejarla andar en harapos. Le trajimos algunas cosas esenciales.
—¿Esenciales? —Miré la bolsa de Chanel. —Muy generosas de su parte.
—Bueno, alguien tiene que cuidarla —dijo Beatrice con brusquedad. Por fin hizo contacto visual conmigo. —Zyran nos dijo que estás diseñando su nuevo apartamento. Espero que no le estés cobrando. Es lo menos que puedes hacer después de que casi la dejan en la calle.
Se me tensó la mandíbula. —Lo estoy haciendo como un favor, Beatrice. No voy a cobrar ni un centavo.
—Bien —dijo Beatrice, volviéndome la espalda de nuevo. —Ahora, Mina, cuéntame... ¿recuerdas ese verano en la casa del lago? ¿Cuando tú y Zyran se perdieron en el bosque?
Mina soltó una risita, con el rostro iluminado. —¡Lo recuerdo! Zyran me cargó en su espalda tres millas porque me raspé la rodilla.
—Siempre fue tu protector —suspiró Clara con aire soñador. —Eran inseparables, todos pensaban...
Clara se detuvo, me lanzó una mirada de reojo y sonrió con suficiencia. —Bueno, todos pensaban muchas cosas.
Me quedé ahí, invisible. Estaban reescribiendo la historia justo frente a mí, borrando cuatro años de mi matrimonio y reemplazándolos con su nostalgia.
—Voy a subir —anuncié. —Me duele el tobillo.
Nadie respondió. Beatrice estaba demasiado ocupada sacando una pulsera de diamantes de su bolso para mostrársela a Mina.
—Esta era para tu cumpleaños, hace años —le susurró Beatrice a Mina, en voz alta como para que yo pudiera escuchar. —La guardé. Sabía que volverías con nosotros.
Me di la vuelta y caminé hacia las escaleras. El corazón se me sentía pesado, como una piedra en el pecho. Ni siquiera preguntaron cómo estaba. No notaron el vendaje en mi pierna. Y desde luego no sabían nada del nieto que yo llevaba dentro, el nieto que en ese momento les importaba menos que la rodilla raspada de Mina de hace veinte años.
Cuando llegué al primer escalón, escuché la voz suave de Mina.
—No sean muy duras con Roosevelt, tía. Está trabajando muy duro para arreglar mi nueva casa. Es muy... obediente.
Beatrice se rio.
—Toda casa necesita un decorador, querida. Pero se necesita una dama para hacer un hogar.
Cerré la puerta del dormitorio y me recosté contra ella, soltando un suspiro largo y tembloroso. El sonido de sus risas subía desde la sala, cálido y cómodo como una melodía de la que yo no sabía la letra.
El estómago me revolvió, una mezcla de hambre y náuseas matutinas. Caminé hacia la cómoda y abrí mi bolso rápidamente, buscando las vitaminas prenatales. Sacudí dos pastillas en mi mano, con los dedos temblando levemente.
De repente, el pomo de la puerta giró.
Jadeé y rápidamente me metí las pastillas en la boca, tragándolas en seco. Lancé el frasco de vuelta al bolso y lo cerré de golpe justo cuando la puerta se abrió.
Era Beatrice.
No tocó. Entró, con sus perlas repiqueteando suavemente contra su blusa, y examinó la habitación con ojo crítico como si buscara polvo.
—Zyran dejó su reloj de oro aquí arriba —dijo, con la voz fría y distante. —Lo necesita. Quiere mostrárselo a Mina. Hace juego con la pulsera que le di.
Me puse de pie, alisándome la falda. —No lo he visto... mamá. Pero puedo ayudarte a buscarlo.
Beatrice se tensó levemente ante la palabra *mamá*. No gritó, pero su expresión se endureció.
—No necesitas ayudar —dijo, acercándose a la mesita de noche. —Y Beatrice está bien, Roosevelt. No necesitamos forzar una intimidad que no existe.
Me mordí el labio. —Solo quiero que nos llevemos bien por el bien de Zyran.
Beatrice abrió el cajón superior de la mesita de noche. Encontró el reloj de inmediato y lo recogió, puliéndole la esfera con el pulgar.
—Nos llevamos bien —dijo con desdén. —Eres una chica educada. Tienes trabajo y mantienes a Zyran bien alimentado. Pero debes entender... ver a Mina de nuevo nos recuerda una época diferente. Una época en que Zyran estaba verdaderamente... vivo.
Se dio la vuelta para irse, pero sus ojos se posaron sobre el escritorio junto a la ventana. Yo había dejado abierto el expediente del proyecto del nuevo condominio. Los planos estaban extendidos, con la dirección impresa claramente en la parte superior.
Beatrice se acercó al escritorio y miró los papeles.
—Entonces —dijo, golpeando con una uña bien manicurada sobre el plano—, ¿este es el apartamento que estás diseñando para ella?
—Sí —dije, acercándome. —Zyran lo compró hoy. Es un trabajo urgente, pero voy a hacerlo hermoso. Quiero que ella se sienta cómoda.
Beatrice leyó la dirección en el papel: *1402 Lakeview Drive, Penthouse B.*
Se quedó inmóvil.
Una extraña y silenciosa sonrisa le tocó los labios. No era exactamente una sonrisa cruel. Era una sonrisa de lástima.
—Ah —susurró. —Ah, Roosevelt.
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago. —¿Es un mal vecindario? Puedo decirle a Zyran que busque algo diferente.
Beatrice negó lentamente con la cabeza, mirándome.
—De verdad que no sabes, ¿verdad? —preguntó en voz baja. —Pobrecita, de verdad crees que él salió y compró este lugar hoy.
—Me dijo que acababa de cerrar el trato —dije a la defensiva.
—Zyran compró este penthouse hace cinco años —dijo Beatrice, con un tono de quien enuncia un hecho. —Lo compró el mes antes de que Mina lo dejara. Contrató a un arquitecto y pasó meses planeando cada detalle. Se suponía que sería su hogar conyugal. Su casa de ensueño.
El aire se me fue de los pulmones.
—No —susurré. —Eso no puede ser verdad. Dijo que era una nueva inversión.
—Nunca lo vendió —dijo Beatrice mientras echaba un vistazo a los planos. —Lo mantuvo vacío todos estos años. Pagó los impuestos, se encargó del mantenimiento y lo dejó esperando. Igual que dejó esperando su corazón.
Recogió el reloj y caminó hacia la puerta. Con la mano en el pomo, se volvió hacia mí por última vez.
—No te está pidiendo que diseñes un nuevo hogar para una vieja amiga, Roosevelt —dijo. —Te está pidiendo que termines el nido que construyó para el amor de su vida.
Cerró la puerta, dejándome sola en silencio.
Me quedé mirando los planos. Las líneas sobre el papel de repente parecían barrotes de una prisión.
Zyran no simplemente había comprado un condominio. La estaba mudando a la casa que había construido para ella. La había guardado durante cinco años.
Y la pregunta más aterradora no era por qué la había conservado.
La pregunta era... si ese era el hogar de ella, entonces ¿en qué estaba viviendo yo?
Capítulo final — 111PUNTO DE VISTA DE ROOSEVELTEl sol de la tarde se derramaba sobre el césped del jardín trasero de nuestra casa. Estaba sentada cómodamente sobre una gran manta de picnic tejida, riendo con suavidad mientras observaba a mi esposo perseguir a nuestros dos hermosos hijos por el jardín.—¡No pueden escaparse de mí! ¡Soy demasiado rápido para ustedes! —rugió Zyran con tono juguetón, su voz profunda resonando por el patio mientras se lanzaba hacia adelante, atrapando fácilmente a nuestra hija de ahora siete años por la cintura.—¡No, papá, bájame! ¡Ya soy muy grande para las cosquillas! —chilló Lorna, estallando en risas fuertes e incontrolables mientras se retorcía entre sus brazos, con el cabello largo volando salvajemente en el viento.—Nunca serás demasiado grande para las cosquillas, pequeña reina. ¡Ahora voy a atrapar a tu hermano! —se rio Zyran, haciendo girar a Lorna y depositándola suavemente sobre el césped antes de voltearse hacia el pequeño y tambaleante niñ
Capítulo 110PUNTO DE VISTA DE ROOSEVELTEmpacamos nuestras maletas a la mañana siguiente y dejamos Nueva York mientras abordábamos el jet de Zyran para finalmente regresar a casa, a Italia. Todo el vuelo estuvo lleno de besos, lágrimas de felicidad y la realización de que éramos completamente libres.Cuando el auto nos llevó lejos del aeropuerto de Milán, apoyé mi cabeza en el hombro de Zyran, sintiéndome agotada pero feliz, hasta que miré por la ventana tintada y noté que estábamos conduciendo por una calle desconocida.—Zyran, ¿adónde vamos? Este no es el camino a la casa —pregunté, incorporándome ligeramente y observando las grandes puertas que se abrían lentamente frente a nosotros. Revelaron una impresionante mansión rodeada de jardines y árboles.—No vamos a regresar a la casa antigua, Roosevelt —dijo Zyran suavemente, apretando ligeramente mi rodilla con su mano mientras el auto se detenía frente al parque de la nueva casa—. La vendí ayer mientras dormías en el hospital.—¿Ven
Capítulo 109POV DE ROOSEVELTAbrí los ojos lentamente, parpadeando ante las brillantes y ásperas luces fluorescentes que iluminaban desde el techo. El olor a lejía del hospital llenó mi nariz, haciéndome gemir suavemente mientras intentaba incorporarme.—Hey, hey, tranquila, mi amor. Simplemente vuelve a recostarte —murmuró la voz profunda y tranquilizadora de Zyran junto a mi oído, mientras su mano empujaba suavemente mi hombro contra las almohadas.Giré la cabeza y lo vi sentado en una silla junto a la cama del hospital. Sus ojos se veían muy cansados, pero brillaban de alivio mientras llevaba mi mano a sus labios y besaba mis nudillos.—Zyran, ¿qué pasó? ¿Por qué estoy en el hospital? —pregunté. Mi voz sonaba seca y ronca, y mi mente luchaba por reconstruirlo todo.—Te desmayaste, Roosevelt —dijo Zyran suavemente, mientras su pulgar dibujaba círculos lentos y reconfortantes sobre el dorso de mi mano—. Los médicos dijeron que tu cuerpo simplemente colapsó debido a una grave falta d
Capítulo 108POV DE ROOSEVELT—Llama a la policía ahora mismo, Marcus, y diles que envíen todas las unidades a este edificio —ordenó Zyran, con la voz baja y amenazante, sin dejar lugar para la misericordia—. Quiero que Mateo Thompson y Mina Sterling sean arrestados por espionaje, extorsión e intento de asesinato. Enciérrenlos donde nunca vuelvan a ver la luz del día.—Sí, señor King. Las autoridades ya están en camino —respondió Marcus, sacando su radio del cinturón para hacer la llamada mientras sus hombres mantenían sus armas apuntando a los guardias de Mateo.Mateo ya no luchaba, estaba sentado en el suelo, limpiándose la sangre de su labio partido mientras miraba los pedazos rotos de la memoria USB. Se dio cuenta de que su imperio y su libertad habían desaparecido.Zyran ni siquiera volvió a mirar a Mateo, se giró hacia Beatrice y Clara, con los ojos desprovistos de cualquier amor o calidez.—Ya no son parte de mi vida y ya no son parte de esta familia —dijo Zyran fríamente, con
Capítulo 107POV DE ZYRANEl café salpicó el suelo, pero Mateo ni siquiera parpadeó."Se te cayó el café, Thompson", dije, con la voz baja y firme, haciendo eco contra las paredes. Seguí caminando hasta quedar a solo unos metros de él, manteniendo a Roosevelt a salvo a mi lado.Antes de que Mateo pudiera hablar, el ascensor volvió a emitir un sonido. Otras dos figuras salieron detrás de él.Eran mi madre, Beatrice, y mi hermana, Clara. Ambas llevaban trajes caros y parecían engreídas. Pero en el momento en que miraron por encima del hombro de Mateo y me vieron, la arrogancia desapareció de sus rostros."¿Zyran?" jadeó Beatrice, llevándose las manos al pecho mientras retrocedía tambaleándose y chocaba contra Clara. "¿Qué... qué haces en Nueva York?""Vine a mirar a los traidores a los ojos", gruñí, con mis ojos oscuros llenos de disgusto mientras enfrentaba a la mujer que me dio a luz. "¿De verdad pensaste que podías conspirar contra mi familia en secreto y que yo no me enteraría?""No
Capítulo 106POV DE ZYRANEntré por la puerta de la mansión, esperando ver a mi esposa sonriendo y esperándome. En cambio, encontré a Roosevelt caminando de un lado a otro por la sala de estar, con el rostro pálido y las manos temblando mientras las lágrimas corrían por sus mejillas."Roosevelt, ¿qué pasa? ¿Qué sucedió?" pregunté, dejando caer mi maletín al suelo y corriendo a sostenerla entre mis brazos."Es Mina, Zyran, finalmente dejó de fingir," sollozó Roosevelt, apretando mi camisa con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. "Me lo contó todo, me habló del bebé.""¿Qué bebé? ¿De qué estás hablando?" fruncí el ceño, mientras la confusión se arremolinaba en mi mente al mirar su rostro."Recuerdas que estaba embarazada cuando la echaste hace cinco años, pero el bebé no era tuyo. Era de su exnovio," lloró Roosevelt, con la voz rompiéndose en un fuerte sollozo. "Vivió en las calles, y el bebé contrajo una leucemia grave. No tenía dinero para el hospital, así que murió en s







