INICIAR SESIÓN¿Sabían que la chica del centro comunitario que todos miran con lástima se casó con el hombre más frío de la ciudad? Pues sí, Mireya necesita recuperar el terreno donde alberga a mujeres maltratadas o las devolverán a sus agresores. Renato un magnate sin memoria de su infancia, necesita una esposa para adoptar a su sobrino huérfano. Firmaron un contrato con una cláusula cruel, si alguno se enamora, pierde todo. Pero lo que él no sabe es que ella lo recuerda, fue el niño que se escondía en su casa cuando su padre lo golpeaba. Ahora viven juntos, fingiendo felicidad, mientras la hermana de él intenta sabotear la adopción. ¿Podrá Mireya salvar su centro sin perder el corazón y sin que Renato descubra que ella guarda las llaves de su pasado?
Ver másEl cristal del salón de eventos reflejaba luces doradas que siempre me parecieron de otro mundo. Pero yo no había ido a brillar, sino a suplicar.
Mi vestido ajustado, el único que podía permitirme, me hacía sentir como un disfraz. Cada mirada que se clavaba en mí era una aguja, y los susurros no tardaron en llegar.
—¿Esa es la de la asociación de mujeres? Dicen que si no consigue fondos, cierran el refugio, que pena, ¿no? Pero con ese cuerpo… mejor que se busque un marido.
Apreté los puños sobre mi falda, no era la primera vez que me humillaban por mi aspecto, pero dolía igual. Lo que más me dolía era que no entendían que detrás de cada comentario había vidas reales, Elena, que escapó de su esposo con tres hijos, Sofía, que tenía diecisiete años y un bebé en brazos, y todas las que dormían en el centro porque no tenían otro lugar a donde ir. Si yo no conseguía ese terreno, ellas volverían a las calles, y algunas volverían a morir.
El abogado que llevaba mi caso me había citado allí para entregarme una copia de la sentencia. Pero cuando llegué, me dijo que el documento ya no estaba en sus manos. Me explicó, con una sonrisa incómoda, que Renato Varela había comprado la deuda de mi familia y, por tanto, el control legal del terreno ahora era suyo. No podía hacer nada sin su autorización.
Iba a levantarme para buscarlo cuando la puerta principal se abrió de golpe. El ruido se apagó por completo.
Renato entró con paso firme, el traje oscuro como una armadura, la mirada fría y calculadora. Mi corazón dio un vuelco, no por deseo, sino por reconocimiento, la cicatriz en la ceja, la forma de inclinar la cabeza… era el niño que me daba la mitad de su bocadillo en el patio del colegio, el que me prometió que siempre estaría ahí cuando algo me pasara. Pero su mirada no mostró ni un destello de recuerdo, él no me reconocía y eso me partió en dos.
—¿Tú? —dijo, sin saludar —No sabía que te gustara perder el tiempo en lugares que no te pertenecen.
—Necesito hablar contigo —logré decir, aunque la voz me temblaba —Es urgente, el centro…
—No me interesa —cortó, y ya se estaba dando la vuelta.
Entonces hice lo que nunca había hecho, lo agarré del brazo. La gente nos miró, pero ya no me importaba.
—¡Escúchame! No vengo por mí, vengo por ellas. Por las mujeres que duermen en el suelo de mi centro porque tú quieres construir un edificio de lujo, si no recupero ese terreno en treinta días, el juez las enviará de vuelta con sus agresores. ¿Te parece poco? —mi voz se quebró, pero no solté su brazo.
Renato me miró con sorpresa, por un instante, sus ojos se suavizaron, luego se endurecieron de nuevo, pero algo había cambiado. Por primera vez, los abrió como si buscaran algo en mi rostro, una sombra de reconocimiento que no lograba concretarse. Entonces parpadeó y se cerró.
—¿Y qué esperas que haga yo? —preguntó, más bajo.
—Que me devuelvas lo que es mío, o que me des una oportunidad para pagarlo.
Él guardó silencio, luego, sin soltarme, me arrastró hacia un rincón vacío, lejos de los curiosos. El calor de su mano atravesaba la tela de mi vestido, despertando un eco del pasado que me costó respirar.
—Hay una forma —dijo, y su voz era casi un susurro. Estaba tan cerca que pude notar el aroma a café y madera que siempre lo acompañaba —Pero no es dinero, es una alianza.
Me explicó que necesitaba casarse para adoptar a su sobrino, un niño de seis años que se quedó huérfano tras el accidente de su hermana. El juez le exigía una esposa que diera estabilidad al pequeño. Yo, en cambio, necesitaba salvar mi centro.
—No quiero una esposa de verdad —aclaró, clavando sus ojos grises en los míos, como si buscara una grieta en mi postura —Quiero una que firme un papel y cumpla un rol, por un año y luego, cada uno por su lado.
—¿Y qué gano yo? —pregunté, obligándome a sostenerle la mirada a pesar de que el corazón me golpeaba las costillas.
—Las escrituras del terreno, más el dinero para reformar el centro y mantenerlo durante dos años —respondió él, dando un paso al frente que me obligó a respaldarme contra la pared —Pero hay una condición estricta: si alguno de los dos se enamora, pierde todo.
—¿A qué te refieres? —inquirí, conteniendo la respiración ante su cercanía. —A que si la farsa se descubre, nos separamos o este matrimonio se rompe por involucrar sentimientos, el juez dictaminará que es un entorno inestable y me quitará a mi sobrino. Tú te quedarás sin refugio y yo sin Leo. Cumples o pierdes, Mireya.
Esa frase me heló la sangre. ¿Enamorarme de él? Imposible. Pero ver la intensidad de sus ojos grises a tan pocos centímetros me provocó un escalofrío que no supe controlar. ¿Por qué ponía una condición tan severa si no temía, precisamente, perder el control ante mí? Pensé en Elena, en sus hijos, en Sofía con fiebre. Cerré los ojos y conté hasta tres.
—¿Por qué yo? —pregunté con la voz temblorosa. —Podrías haber elegido a cualquier mujer de tu círculo. Él me miró fijo a los ojos. Y vi una sombra de desconcierto en su rostro rígido, como si mi perfume o mi tono de voz le causará una extraña interferencia en la memoria.
—Porque alguien de total confianza me dio tu nombre —empezó, y se detuvo un instante, como si el hilo de su propio pensamiento se le hubiera perdido en un lugar que ya no podía alcanzar —Dijo que eres de fiar y que jamás te casarías por un interés romántico. Es un trato limpio, no me reveló quién le había hablado de mí, pero en ese momento supe que, aunque él me hubiera olvidado, alguien de nuestro pasado seguía protegiéndome desde las sombras.
—Acepto —dije, y la palabra me quemó la garganta.
Él asintió una sola vez, sin una sonrisa, sin un gesto de alivio. Solo sacó un sobre de su bolsillo y me lo entregó.
—Mañana a las nueve, en mi despacho, no llegues tarde.
Y se fue, dejándome con el corazón desbocado y la certeza de que acababa de firmar un pacto con el único hombre que podía salvarme… y también destruirme.
La puerta del despacho se cerró detrás de Renato con un golpe seco que resonó en el pasillo vacío. Yo me quedé en la cocina, con la taza de té fría entre las manos, escuchando cómo sus pasos se alejaban escaleras arriba. No había sido una discusión como las otras. Esta vez había algo distinto en su voz, algo que se parecía al miedo, y eso me dolía más que cualquier grito.No sabía cuánto tiempo pasó. Solo sé que, en algún momento, escuché el sonido de su teléfono vibrar sobre el escritorio. Y luego, el silencio, uno de los que se vuelve más pesado cuando alguien está leyendo algo que no quería leer.Me quedé en la cocina, con el té frío en las manos, sintiendo que el nudo en mi estómago se hacía cada vez más grande. No subí a preguntarle qué pasaba, porque sabía que no me lo diría. Renato siempre se encerraba cuando algo le preocupaba, como si el silencio fuera su única forma de protegerse.Pasó casi una hora, yo seguía sentada, con la taza vacía, mirando la puerta del pasillo sin a
La noche después de la conversación en el salón, la casa se sumió en un silencio que pesaba más que cualquier grito. Renato se había encerrado en su despacho, y yo me había quedado en la cocina, con una taza de té frío entre las manos, sintiendo que el eco de sus palabras aún resonaba en mi pecho. "Prefiero que no vuelvas a ver a Marcos". No era una orden, pero se había sentido como una. Y yo no sabía si estaba dispuesta a aceptarla.No dormí bien, me desperté varias veces, con la sensación de que algo se estaba rompiendo entre nosotros, algo que no sabía cómo reparar. La mañana siguiente, bajé a la cocina con la esperanza de encontrar un poco de calma, pero Renato ya estaba allí, con una taza de café en la mano y una expresión que no lograba descifrar. No era ni enfado, ni frialdad, sino era otra cosa, algo que se parecía a la determinación de quien ha decidido que ya no puede callar.—Mireya —dijo, sin rodeos— Necesitamos hablar.—¿Sobre qué?—Sobre los límites de este contrato.
La mano de Renato seguía en la mía cuando bajé las escaleras, pero la solté al llegar al pasillo. No sé si fue un gesto consciente o un impulso, pero necesitaba poner distancia para poder pensar. La conversación en el despacho me había dejado una sensación extraña, la de haber cruzado una línea sin darme cuenta, de haber prometido algo sin saber exactamente qué. "Empecemos a construir algo real". Esas palabras se repetían en mi cabeza, pero no sabía si era una promesa o una trampa.Los días siguientes pasaron en una calma extraña. Renato y yo hablábamos, pero no de lo importante, sino sobre Leo, de la casa, de cosas cotidianas que nos permitían evadir el tema que ambos sabíamos que estaba ahí, flotando entre nosotros como una sombra. Yo notaba que él me miraba de una forma distinta, como si estuviera esperando algo que yo no sabía darle.Y entonces, un martes por la tarde, después de que Leo se durmiera la siesta, él me pidió que me sentara en el salón. No había nada especial en su
La mañana después de la conversación con Renato en la cocina, desperté con una sensación que no sabía cómo nombrar. Me quedé en la cama, mirando el techo, con las palabras de Marcos resonando en mi cabeza."Te estoy ofreciendo una salida, no es una propuesta romántica, es una oferta honesta."Y luego, las palabras de Renato."No sé si puedo confiar en ti."Dos hombres, dos ofertas, dos caminos completamente distintos. Uno me ofrecía la simplicidad de una vida sin contratos, sin mentiras, sin la presión de un juez que podía decidir el destino de nuestra familia. El otro me ofrecía la complejidad de una relación que estaba aprendiendo a ser real, a base de tropezones y silencios.¿Cuál era el correcto? ¿Y cómo podía saberlo si ni siquiera sabía qué quería yo?Me levanté con la cabeza pesada, y al bajar a la cocina, me encontré con que la casa ya estaba en movimiento. Leo estaba sentado a la mesa, con su cereal y Peluso a su lado, y Renato estaba de pie junto a la cafetera, con una taz






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