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Episodio 3: Determinación

Autor: Rumi Baslan
last update Data de publicação: 2025-02-08 22:20:10

RUPERT

El mal genio no se me quita; de hecho, se me pudre más. Muevo el cuello con estrés; odio estar rodeado de gente en eventos que son una farsa como este. Han pasado seis meses desde que me comprometí y, ahora, hace dos horas que salí del maldito Ayuntamiento con documentos legales que me avalan como esposo de Débora Hill, la prima de Debby. Qué ironía.

Cuando me presentaron a todas las posibles candidatas, ella era la última en mi lista; sin embargo, ninguna tenía lo que necesitaba: sangre fría y cabeza estable. Ambos sabemos que esto solo es un acuerdo común; no hay amor entre nosotros, nada. Tardé algunos días en descubrir el secreto que ocultaba Debby: es millonaria. Sin embargo, lo que aún no logro entender es por qué escapa de su familia y se hace pasar por pobre; incluso usó otro apellido por un tiempo.

De cualquier manera, no me importa. Todo lo relacionado con ella es cosa del pasado, un simple juego de niños que terminó con mi polla bañada en su sangre en su cumpleaños número veinticuatro. Solo eso.

«Jodida mentirosa».

—Te he estado buscando.

La voz de Bryce golpea mi espalda y desmejora mi ánimo.

—Felicidades, me encontraste.

—Eres el único hombre sobre la faz de la tierra que llegaría media hora tarde a la iglesia, el día de su boda, para perder el tiempo bebiendo en su empresa —sisea.

—Eso me hace único y el mejor —ironizo, terminando de beber mi trago—. ¿Ya se murió mi esposa?

—Sigue respirando y está muy ansiosa.

Observo la hora que marca mi reloj de mano.

—Una lástima; tenía la esperanza de que muriera y quedarme viudo con todo el dinero —espeto sin un ápice de diversión.

—Eres millonario; no necesitas el dinero.

—Pero sí asociaciones para derribar a mis rivales —sopesando cada una de mis palabras—. Quiero más.

—Eres demasiado ambicioso —niega con la cabeza.

—Cada quien tiene sus propios demonios.

Bryce me observa; sé muy bien que no es un idiota y que trata de estudiar cada uno de mis movimientos y gestos. El problema para él es que, desde muy pequeño, aprendí a no mostrar mis emociones, especialmente por culpa de aquella sombra que ha quedado enterrada en el pasado.

—Es mejor que nos demos prisa; es molesto que me manden a buscarte solo porque piensan que ya no quieres casarte.

—Me importa una m****a la boda.

Sus ojos, de un verde más intenso que los míos, me observan desentrañando mis pensamientos.

—Aún estás a tiempo de retractarte.

—Eso jamás; tengo todo calculado, soy quien lleva el control —reviso una vez más la hora que marca mi reloj.

El móvil de Bryce suena y me preparo para ir a la iglesia. Cuando finaliza la llamada, parece satisfecho.

—América está abajo esperando.

Frunzo el ceño. Él ladea una sonrisa de media luna.

—¿Esperabas a alguien más?

—No sé de qué hablas —refuto.

—Si lo que quieres saber es cómo va la investigación de…

—No me interesa —lo interrumpo antes de que escuche ese nombre de nuevo—. Nada que tenga que ver con ella.

—Por tu reacción, me parece que más bien…

—Solo fue un coño para follar; sinceramente, no hay nada que me agrade de ella, ni siquiera es una mujer que me guste —me aliso la corbata—. Es mejor así; espero no volver a verla nunca más.

—A ti no te importa, pero a América sí —una expresión de pocos amigos es la que me lanza—. Es su mejor amiga; tienes más contactos dentro del FBI y la CIA, puedes ayudarnos a que sea más fácil encontrarla.

—No es mi problema; no es una niña para que todos la estén buscando —camino en dirección a la puerta, mirando por encima del hombro cómo Bryce se pasa tres dedos por debajo de la barbilla—. ¿Nos vamos?

Bryce no toca más el tema de esa imprudente, y me parece bien; no miento, no me interesa nada de ella. Hablo en serio cuando digo que espero jamás volver a verla.

Al llegar a la iglesia, ver tanta gente me molesta. Mi esposa me espera, molesta en el altar, junto al padre que va a oficiar la misa. Mientras camino bajo el escrutinio y los murmullos acusatorios de los presentes, logro localizar a Alejandro y Minerva Hill, los tíos de Débora, quienes la acogieron como a una segunda hija desde que era una niña.

—Llegas tarde —dice con rabia, mi esposa, con la que me voy a casar por las leyes celestiales—. Me has hecho ver como una idiota.

Su tono es tan bajo y le da la espalda a los invitados que dudo que alguien se dé cuenta de que me está fulminando con la mirada.

—Estoy aquí; deja el drama.

—Imbécil.

—Cállate.

El padre carraspea; es el único que logra escuchar lo que decimos. La misa continúa y me desconecto por ratos, viendo cómo la arpía a mi lado finge ser una mujer enamorada, cuando en el fondo, lo que intenta hacer es apuñalarme por la espalda.

—Débora Hill, aceptas a este hombre para amarlo, respetarlo, estar con él en las buenas y en las malas, hasta que la muerte los separe.

La palabra “siempre” me da asco; espero que se muera antes de que eso suceda.

—Por supuesto, acepto, padre —me sonríe con ojos soñadores.

Es buena actriz, y es por eso que me funciona bien.

—Señor Rupert Jones, ¿acepta a esta mujer como su legítima esposa, jurando amarla, respetarla, estar con ella en las adversidades y en los buenos momentos, por el resto de sus vidas, hasta que la muerte los separe?

El silencio en la iglesia es ensordecedor; Débora comienza a sentirse más furiosa. La miro; es una mujer hermosa, pero letal, y tendré que tener cuidado con este alacrán.

Abro la boca para responder cuando, sin saber por qué, en mi mente aparece la rubia de ojos marrones. Los recuerdos de su sangre virgen empapando mi polla…

—Rupert.

Miro a Débora.

—Contesta, carajo —sisea entre dientes.

Borro de mi mente esos jodidos recuerdos.

—Acep…

—¡Objeción!

Tenso el cuerpo, mirando a Bryce a lo lejos. Ni siquiera se dice eso cuando interrumpes una boda. 

—Hijo de puta.

—¿Disculpe?

El imbécil se acerca a paso decidido hasta nosotros. Las exclamaciones resuenan por todas partes y mi cabeza me estalla.

—Señor —habla el padre—. Me temo que…

—Lo siento —Bryce se dirige a Débora, quien lo asesina con ojos de demonio—. Pero ya es tu esposo por lo civil; no necesitas atar al diablo de esta manera.

—¿Pero qué dices…? —ella realiza una mueca.

Y sin dejar que lo mande a la m****a, Bryce me saca de la iglesia como si fuera un maldito crío. Afuera, los reporteros y paparazzis toman fotos como buitres peleando por la primera nota. América nos espera en un auto con una sonrisa de oreja a oreja, comprendiendo que esto ha sido parte de su plan desde el principio.

—No —intento detener esta situación.

—Me lo vas a agradecer más adelante —me suelta un puñetazo en el estómago y me mete al auto.

Comienzo a planear su muerte y después su funeral cuando el auto arranca.

—¿Puedo saber por qué hacen esto? Podría meterlos a ambos a la cárcel con solo chasquear los dedos.

Bryce borra la diversión de su rostro mientras América le da la dirección a su chófer.

—Bryce —arguyo, molesto.

—Hice lo que querías; no me mientas, después de todo, soy tu único mejor amigo.

Y con estas palabras me quedo callado, porque en el fondo, todo salió como quería. Al final, siempre tengo el control de todo. Ahora, solo queda tranquilizar la furia de mi esposa, Débora Hill, sabiendo que un matrimonio por las leyes eclesiásticas sería un problema mayor a la hora del futuro divorcio.

—No me mientes; sé que pensabas en ella —Bryce me mira de soslayo.

Tenso el cuerpo; aunque no me casara por la iglesia, eso no cambia mi objetivo.

—No quiero saber nunca nada de ella.

Bryce me observa detenidamente.

—Bien, pero algo me dice que te vas a arrepentir.

—No lo creo.

Borro de mi mente ese nombre que tanto me cuesta pronunciar, porque en este mundo, en esta vida, jamás habrá un espacio o una oportunidad entre nosotros dos. Ella tiene que estar muerta, ser un fantasma en mi vida, porque, solo yo descubrí a tiempo que Debby Hill era esa debilidad, ese talón de Aquiles que arruinaría mis planes de grandeza y riqueza.

«Ojalá nunca tenga que volver a verte, rubia».

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