로그인Rose's career as a successful writer was cut short when she found out that her secret boyfriend and CEO of her agency, Ethan Evans, was already married. The public hounded her of her affair, even though she was also a victim of deceit as she never knew that she was dating a married man. She lost everything, her good reputation and her career as Ethan blamed her for seducing him making the public hate on her more. When things couldn't go worse, her stepmother wanted her to get married to the woman beating Mayor's son. But hope came to her in the form of Aiden, Ethan's rival. She prospered a plan to him: Marry me for just 2 years and I will help you destroy Ethan. With Aiden's help, Rose restarted her career to become the best bookseller in New York. But what happens when her ex-boyfriend, Ethan claims that he had divorced his wife and beg Rose to take him back? Also how will Rose take it when she discovers Aiden secrets. With family troubles and secrets threatening her marriage and her new found romance with Aiden, can Rose overcome them and finally get her happily ever after. Read Disgraced and Desired: The scandalous writer is the CEO wife to find out.
더 보기El vestido de novia colgaba en medio de la habitación como una amenaza blanca.
Clara Rivas lo miró desde la puerta, con las manos frías y el corazón apretado. No era su vestido. No era su boda. No era su destino. Sin embargo, todo en esa suite parecía empujarla hacia él: las flores abiertas sobre las mesas, el perfume caro en el aire, las copas intactas, las maquilladoras calladas y el velo extendido sobre la cama como si esperara un rostro que ya no estaba allí.
Ese era el día de Isabela.
Su hermana mayor. La hija perfecta. La mujer que todos admiraban. La novia que debía casarse con Leonardo Moretti en menos de una hora.
Regina Rivas caminaba de un lado a otro con el celular pegado a la oreja. Su elegancia seguía intacta, pero sus dedos delataban el pánico: apretaban el teléfono como si pudiera quebrarlo.
—Clara, ve a buscar a tu hermana. Ya estamos retrasados.
Clara tragó saliva.
—Ya fui tres veces. No está.
La frase cortó el aire.
Regina dejó de caminar. Durante toda la mañana había fingido que el retraso de Isabela era un capricho de novia nerviosa, una demora aceptable en una boda de familias importantes. Pero en la suite ya nadie creía eso. El ramo seguía intacto. Los zapatos blancos esperaban junto al tocador. El velo no había sido tocado.
Isabela había desaparecido.
Una estilista murmuró que quizás la novia había bajado al baño. Nadie respondió. La mentira era demasiado débil para sostenerse.
Regina cortó una llamada, abrió otra y luego otra más. Su voz bajó cada vez más, como si quisiera impedir que la verdad se escuchara dentro de la habitación.
Clara observó el vestido. Era hermoso, pesado, perfecto. Había sido ajustado al cuerpo de Isabela durante semanas. Cada encaje, cada perla y cada centímetro de tela habían sido elegidos para ella. Para su cintura, para su altura, para su sonrisa segura.
No para Clara.
Y esa diferencia no era solo de talla. Era de vida. Clara había aprendido a caber en los espacios que Isabela dejaba libres, a sonreír cuando la atención pasaba de largo, a no pedir demasiado para no parecer ingrata. Pero nunca, ni siquiera en sus peores fantasías, imaginó que algún día le pedirían ocupar también el lugar de su hermana frente al altar.El contraste le arañó el pecho con una claridad insoportable. Isabela había nacido para ocupar ese tipo de habitación sin pedir disculpas: la luz correcta, la tela correcta, las manos ajenas pendientes de que nada se saliera de lugar. Clara, en cambio, siempre había sido llamada cuando algo ya estaba torcido. La hija que resolvía. La que encontraba lo perdido. La que podía aguantar un poco más porque nadie la había visto quebrarse en público.
Ese pensamiento le dio miedo antes de que Regina la mirara de nuevo. Porque Clara conocía a su madre. Conocía esa manera de respirar cuando una solución empezaba a formarse detrás de los ojos, esa calma repentina que no anunciaba alivio, sino sacrificio.
A Clara le habían pedido que ayudara con los botones, que sostuviera el ramo, que sonriera en las fotos familiares. Ese era su lugar: cerca, pero nunca al centro. Presente, pero no necesaria.
Regina se volvió hacia ella de pronto.
—Anoche hablaste con Isabela.
No fue una pregunta. Fue una acusación.
El golpe no fue físico, pero Clara lo sintió igual. En su familia, antes de escucharla, su madre siempre encontraba una forma de culparla.
—Solo quería saber si estaba bien —dijo.
Isabela no había estado bien. Clara recordaba sus ojos rojos, las manos temblorosas, la sonrisa falsa pegada al rostro como una máscara demasiado ajustada. También recordaba la frase que su hermana le había dicho en voz baja, sentada al borde de la cama, mientras afuera todos celebraban la boda que todavía no ocurría:
—A veces, Clara, la jaula también viene decorada con flores.
Clara no lo contó. Tampoco supo entonces qué hacer con esa frase, porque Isabela había hablado de la boda durante meses como si la deseara: el vestido, la casa, la entrada a una familia que todos trataban como destino. Su hermana quería ese lugar, o al menos quería creer que lo quería. Lo que Clara había visto la noche anterior no era rechazo simple, sino una grieta más difícil de explicar: Isabela temiendo que la boda no la convirtiera en una esposa elegida, sino en la pieza correcta de una decisión tomada por otros.
En la familia Rivas había una regla silenciosa: si Isabela sonreía, todos debían fingir que era feliz.
El celular de Regina volvió a sonar. Esta vez no tuvo que decir nada. Bastó ver cómo se le apagaba el color del rostro.
No la habían encontrado.
Tomás Rivas apareció minutos después, con el traje incompleto y el rostro sudoroso. No parecía un padre orgulloso a punto de entregar a su hija en el altar; parecía un hombre al borde de perderlo todo.
Regina cerró la puerta detrás de él. La suite quedó suspendida en una tensión insoportable.
La boda no era solo una boda.
Era un acuerdo entre dos apellidos. Una alianza de apariencia impecable, sostenida por deudas que nadie mencionaba en voz alta. La empresa de Tomás estaba hundida, la casa familiar hipotecada, las joyas de Regina vendidas en secreto. Isabela no iba a casarse únicamente con Leonardo Moretti. Iba a salvar a los Rivas de la ruina.
Y ahora no estaba.
Tomás se dejó caer en una silla. Regina no lloró. Las mujeres como ella no lloraban cuando el mundo se rompía; buscaban otra forma de mantenerlo de pie.
Su mirada viajó hacia el vestido.
Después hacia Clara.
Clara entendió antes de que su madre hablara.
El corazón se le cerró en el pecho.
—No —susurró.
Regina dio un paso hacia ella.
—Clara...
—No voy a hacerlo.
Lo dijo más fuerte de lo que esperaba. No como una súplica, sino como un límite. Durante un segundo, la suite pareció recordar que Clara también tenía voz. Una maquilladora dejó de ordenar pinceles. Tomás levantó la cabeza. Regina se quedó inmóvil, y esa pausa mínima fue casi una victoria: por un instante, nadie pudo fingir que Clara había aceptado.
Pero las victorias en la familia Rivas duraban poco cuando había dinero, apellido y vergüenza de por medio.
El silencio de Tomás fue peor que cualquier orden. Clara lo miró, esperando una defensa mínima, una palabra que la devolviera a su lugar de hija y no de moneda de cambio. Pero su padre bajó los ojos.
Regina habló entonces de demandas, de escándalo, de los Moretti, de la prensa esperando en la iglesia y de la vergüenza pública que podía destruirlos. Cada palabra fue empujando a Clara hacia el centro de la habitación, hacia el vestido, hacia una vida que nadie le había preguntado si quería.
—Soy su hermana —dijo Clara, con la voz rota—. No su reemplazo.
Regina no se ablandó.
—Hoy eres lo que esta familia necesita que seas.
La frase la dejó sin aire.
Clara miró otra vez a Tomás. Él tenía la mano sobre el pecho, la respiración corta, la culpa escrita en la cara. Cuando por fin habló, no fue para salvarla.
—Clara... por favor.
Dos palabras. Solo dos.
Bastaron para romper algo dentro de ella.
Llamaron a la puerta. La organizadora avisó que Leonardo Moretti preguntaba por la novia. Afuera, el mundo seguía avanzando, ignorando que en esa habitación una hija estaba siendo sacrificada para cubrir la ausencia de otra.
Regina tomó el vestido con ambas manos y se lo puso a Clara en los brazos.
Era más pesado de lo que parecía.
Como si no estuviera hecho de encaje y seda, sino de deudas, mentiras y obediencia.
Clara quiso soltarlo. Quiso correr. Quiso gritar el nombre de Isabela hasta que alguien se atreviera a decir la verdad.
Durante un instante, Clara sintió una lucidez extraña, casi cruel. Si aceptaba, no solo iba a salvar una fiesta ni a cubrir una ausencia: iba a permitir que su vida empezara a girar alrededor de decisiones tomadas por otros. La idea le apretó la garganta, pero también encendió una resistencia mínima, una brasa pequeña bajo el miedo. Si la obligaban a entrar en esa mentira, al menos no conseguirían que olvidara que era mentira. Esa diferencia, pequeña y silenciosa, fue lo único que pudo conservar como propio mientras el vestido le pesaba en los brazos.
Pero nadie la miraba como una persona que pudiera elegir.
Regina se acercó, con los ojos húmedos y la voz firme como una sentencia.
—Ponte el vestido, Clara. Tú vas a casarte con Leonardo Moretti.
Rose inwardly blushed when she saw the handsome side profile of Aiden. They were going back to the hospital after seeing lawyer Kim offThe air was cool, and the snowflakes were falling gently on the ground. The sounds of Christmas carols filled the air. The city seems alive with lights and holiday decorations. It was a typical Christmas in New York.“Rose,” Aiden called Rose, who was busy admiring the Christmas tree that was in front of the hospital. “Yes, Aiden,” Rose answered, turning back to Aiden.“Your phone has been vibrating since we came out from the coffee shop; didn't you know? “Ooh,” Rose replied, bringing up her phone to her eye level; she hesitated for a moment before answering, her eyes looking at the Christmas tree still in front of the hospital. “Hello.” The voice on the other side of the phone was shrill and angry; Rose's stepmother, Catherine, was shouting at her to come back home. “Rose, where are you? You ungrateful child. Why have you decided to always disgrac
“Mr. Aiden, will you marry me?Aiden's eyes widened in shock, his eyebrows shooting up in surprise. His face froze, his lips parting slightly as if he was about to speak, but no words came out. His gaze locked onto Rose's, his eyes searching hers for any sign of jest.As the shock began to wear off, a mixture of emotions flitted across his face: confusion, curiosity, and a hint of intrigue. His eyes narrowed slightly, his gaze intensifying as he studied Rose's determined expression. He chuckled slightly and asked, “Why? “I have a proposal for you, and it will benefit both you and me,” Rose said, still looking determined to get what she wanted.Aiden's eyebrows scrunched up in surprise, and he said, “What proposal?“Marry me for just 2 years, and I will help you destroy Ethan's company. I will also make your company more profitable.” When Ethan used to complain about Aiden to her, she had read all the articles and news concerning him. Turns out that Aiden is an opportunist and a very
“Granddaughter-in-law.”Rose’s eyes widened in shock, and she turned around. She saw a woman in her late sixties. Rose scrunched her face in confusion when she heard the granddaughter-in-law.She turned around to be sure that the old woman was talking to her when she didn't see anyone in the park except her. She was sure that the woman was talking to her.“Ma……. Are you talking to me?”“Of course it's you. You are my granddaughter-in-law. I have been asking Aiden about you. Why did you leave this old woman?” The woman looked like she was on the verge of tears, but Sophia didn't know what to do. After all, she wasn't married.She was about to console the woman when she heard voices shouting,“Madam Henderson!!!!!! Madam Henderson!!!!!!.Rose looked at the old woman, who was still looking at her with soft eyes. Rose felt moved because nobody had ever looked at her with that kind of eye ever since her mother died.“Madam Hemsworth!!!!!!” Rose heard the voice again; she turned to the wo
Rose’s vision blurred as tears streamed down her face. She clutched her phone tightly, the screen still glowing with the hurtful comments as she was reading them.(“She is so disgusting.”)(“Despicable”.)(“I thought she was an innocent type. I can't believe she will do this type of thing.”)(“Upstairs, don't you know? The most evil people turn out to be the innocent type.”)As she was walking hurriedly down the hallway at her former workplace, the mummers from her former colleagues also added to her despair.“I doubted that she would have the guts to come back here." Someone said.“She is such a disgrace. Her innocent face nearly fooled me.”“Is she here to woo another married man?" Another voice chimed in.Rose's chest constricted as if an invisible hand squeezed the air from her lungs. She couldn't bear it anymore and increased her footsteps.“Rose, is it true?” her co-worker asked, gossip showing in her face.Rose shook her head, unable to speak correctly.“Leave me alone." She wh






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