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La mañana siguiente

Author: Mirachi
last update publish date: 2026-09-22 20:00:35

Ella despertó con la luz del sol.

Durante varios segundos permaneció completamente inmóvil, con los ojos cerrados, escuchando el silencio desconocido que la rodeaba. La habitación olía ligeramente a colonia cara, sábanas limpias y a los restos de una noche que se había prometido a sí misma no volver a pensar jamás.

Entonces recordó.

Abrió los ojos y se quedó mirando el techo desconocido.

—Oh, Dios.

Giró lentamente la cabeza.

El desconocido seguía dormido a su lado.

Y, de repente, toda la confianza que había tenido la noche anterior se evaporó.

¿Qué demonios había hecho?

Ella se incorporó y se cubrió el pecho con la sábana. Su mirada recorrió la habitación, reparando en los muebles costosos, la ropa tirada por el suelo, la botella de champán medio vacía sobre la mesa y la chaqueta negra del traje que lo había visto quitarse varias horas antes.

Los fragmentos de la noche regresaron.

Su voz.

Sus manos.

Su boca contra la suya.

Las manos ásperas que habían recorrido su piel como si estuvieran reclamando un territorio.

La intensidad con la que se habían entregado el uno al otro, los movimientos rápidos y apasionados que todavía resonaban en su memoria.

El rostro de Ella se sonrojó al recordar lo fuerte que había gemido la noche anterior.

La forma en que había olvidado, durante varias horas, que tenía una familia esperando para dictar su futuro.

Apretó los labios.

No estaba avergonzada.

Eso la sorprendió.

Por una vez, había hecho algo sin preguntarse si era apropiado, sin preguntarse si su padre lo aprobaría y sin imaginar lo que diría su madrastra.

Había querido algo.

Lo había elegido.

Y no tenía arrepentimientos.

Bueno… quizá uno.

Todavía no sabía su nombre.

Ella salió silenciosamente de la cama.

Recogió su ropa del suelo y la llevó al baño. Se vistió rápidamente, alisó las arrugas de su vestido y volvió a ponerse los zapatos.

Se miró en el espejo.

Tenía el cabello hecho un desastre y los labios ligeramente hinchados.

Había una marca tenue cerca de su clavícula que cubrió inmediatamente con el cabello.

Contempló su reflejo durante un segundo más.

—Bueno —susurró—. Eso pasó.

Tomó su bolso y dejó los dedos sobre el pomo de la puerta por un instante.

Miró hacia atrás.

El hombre seguía dormido, con un brazo sobre la almohada y el rostro relajado de una manera que ella no había visto la noche anterior.

Ella sonrió débilmente.

—Adiós, desconocido.

Abrió la puerta y se marchó.

El ascensor la llevó hasta el vestíbulo y, pocos minutos después, ya estaba afuera.

El aire de la mañana se sentía fresco contra su piel.

Ella inhaló profundamente.

Ya estaba hecho.

Una noche.

Una decisión imprudente.

Y un desconocido al que nunca volvería a ver.

Subió a su coche y condujo hasta casa.

Para cuando entró en su residencia, la ciudad ya estaba completamente despierta. Ella dejó el bolso sobre la consola y se quitó los tacones.

El silencio la recibió.

Perfecto.

No quería conversaciones.

Subió las escaleras, entró en su habitación y se dirigió directamente al baño.

Abrió la ducha.

El agua caliente cayó sobre su cuerpo mientras se colocaba debajo de ella, y cerró los ojos de inmediato.

Debería haber estado pensando en la discusión con su madrastra.

Debería haber estado pensando en el trabajo.

Pero, en cambio, su mente la traicionó.

Recordó la voz seductora del desconocido, la forma en que la había mirado, la manera en que la había besado.

Ella gimió suavemente y dejó caer la cabeza bajo el agua.

—No.

No iba a hacer esto.

Había sido solo una noche y él era un desconocido.

Y los desconocidos no tenían espacio en su cabeza.

Se lavó el cabello, eliminó los últimos rastros de la noche anterior y permaneció bajo la ducha hasta que el agua comenzó a enfriarse.

Salió, se envolvió en una toalla y caminó hacia su armario.

Su teléfono comenzó a sonar.

Ella se detuvo y miró la pantalla.

No era un número desconocido.

Lo ignoró.

Volvió a sonar.

Ella suspiró.

—Oye, Siri. Contesta la llamada.

El teléfono se conectó.

—¿Ella?

Su expresión cambió de inmediato.

Era su compañero, el detective Harrison, y sabía que no la llamaría a menos que fuera algo extremadamente importante.

Tomó ropa limpia.

—¿Qué pasa?

—¿Dónde estás?

—En casa.

—Bien. No te acomodes.

Ella se puso una blusa color crema y unos pantalones negros de corte elegante.

—¿Por qué?

—Cambio de planes.

Tomó su blazer.

—¿Qué pasó?

Hubo un breve silencio.

—Asesinato.

Ella dejó de abotonarse la blusa.

—¿Ubicación?

—Hotel Parkview Grand.

Sus ojos se entrecerraron.

—¿Cuándo?

—La llamada llegó hace veinte minutos.

—¿Víctima?

—Mujer. Principios de sus veinte. Todavía no hemos confirmado su identidad.

—¿Quién la encontró?

—El servicio de limpieza.

Ella tomó su placa.

—Voy para allá.

Terminó la llamada.

La mujer relajada de hacía treinta minutos desapareció.

La detective Ella Whitmore había regresado.

Tomó su escopeta y bajó las escaleras.

Por un fugaz segundo pensó en el hotel.

En la noche anterior.

En el atractivo desconocido.

Luego apartó el pensamiento.

Fuera lo que fuese que hubiera ocurrido allí, era irrelevante.

Iba a una escena del crimen.

Eso era todo.

Ella llegó al Hotel Parkview Grand menos de veinte minutos después.

El hotel estaba rodeado de vehículos policiales y luces intermitentes. Seguridad ya había bloqueado la entrada principal y un grupo de periodistas se reunía detrás de las barreras.

Ella salió de su coche.

Sus tacones golpearon el pavimento mientras se acercaba a la entrada.

—Detective Whitmore.

Mostró su placa.

—Déjenme pasar.

Los agentes se apartaron inmediatamente.

En el interior, el ambiente era caótico.

Los empleados del hotel susurraban nerviosamente. Los policías se desplazaban por el vestíbulo y alguien lloraba cerca del mostrador de recepción.

Ella recorrió la sala con la mirada.

—¿Dónde?

—Suite penthouse —respondió un agente.

—¿Víctima?

—Mujer. Veintitantos años.

—¿Identidad?

—No confirmada.

—¿Quién la encontró?

—El servicio de limpieza.

Ella asintió.

—Llévame arriba.

Las puertas del ascensor se abrieron y ella entró.

Mientras los números ascendían, se preparó mentalmente.

Una escena de asesinato nunca era simplemente un cadáver.

Era una historia.

Y alguien había escrito aquella.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Dos agentes estaban frente al penthouse.

—Detective.

Ella asintió.

—¿Quién más está dentro?

—La unidad de criminalística. El médico forense.

—Bien.

Entró.

Lo primero que notó fue el silencio.

Lo segundo fue la sangre.

La mujer yacía cerca del borde de la habitación, con un brazo torcido debajo del cuerpo.

Ella se detuvo a varios metros de distancia.

No se acercó inmediatamente.

Observó.

Patrón de sangre.

Muebles.

Puerta.

Ventanas.

Cama.

Mesita de noche.

Alfombra.

Luego se acercó.

—¿Han tocado algo?

—No.

—Bien.

Se agachó junto al cuerpo.

Era una mujer de unos veinte años.

Una herida de bala.

No había ningún arma visible.

Ella examinó los alrededores.

Algo la molestaba.

Todavía no podía identificar qué era.

—¿Quién es el propietario de esta suite?

El agente miró sus notas.

—Elias Park.

Ella apenas reaccionó.

El nombre le resultaba vagamente familiar. Quizá lo había escuchado alguna vez, pero no importaba.

Una suite de hotel pertenecía a alguien.

Su trabajo era determinar quién había muerto allí y por qué.

Se puso de pie.

—¿Dónde está?

—Está de camino.

—¿Es sospechoso?

—Todavía no lo sabemos.

Ella asintió.

—Entonces no traten las suposiciones como pruebas.

El agente la miró.

—Sí, detective.

Ella volvió a mirar hacia el dormitorio.

Sus ojos recorrieron nuevamente la habitación.

La víctima.

La sangre.

La silla volcada.

El vaso intacto.

La puerta.

Las ventanas.

Algo estaba mal.

Podía sentirlo.

Pero necesitaba algo más que intuición.

Necesitaba hechos.

Un ruido llegó desde el pasillo y varios agentes se apartaron.

Ella se giró.

Un hombre entró en la suite con un traje azul marino y una camisa a rayas.

Sin corbata.

Su expresión era fría y controlada.

Los ojos de Ella se posaron sobre él.

Durante un breve segundo, no lo reconoció.

Entonces lo hizo.

El atractivo desconocido del bar.

El mismo hombre con quien había cumplido aquella parte de su lista secreta.

El desconocido cuyo nombre se había negado deliberadamente a preguntar.

Su expresión no cambió.

La de él tampoco.

El reconocimiento cruzó su rostro, pero cualquier sorpresa desapareció casi de inmediato.

Uno de los agentes dio un paso adelante.

—Señor Park, tendrá que responder algunas preguntas.

Elias no apartó los ojos de Ella.

—Tú.

Ella permaneció completamente inmóvil.

—Yo.

Su mirada descendió brevemente hasta la placa que colgaba de su pecho y luego regresó a su rostro.

—¿Eres detective?

La mandíbula de Ella se tensó.

—Y tú eres Elias Park.

Su expresión no reveló nada.

El agente se interpuso entre ellos.

—Señor Park, ¿dónde estuvo anoche?

Elias finalmente apartó la mirada de Ella.

—Ocupándome de unos asuntos.

—¿Dónde?

—Responderé en presencia de mi abogado.

La expresión del agente se endureció.

—Señor Park, una mujer ha sido asesinada en su suite.

—Lo sé.

—Y usted es el propietario registrado.

—Lo sé.

—Entonces comprenderá por qué necesitamos respuestas.

Elias no dijo nada.

Ella lo observó con atención.

No como el hombre al que había besado.

No como el desconocido al que había dejado durmiendo.

No como nada remotamente personal.

Ahora mismo, era un posible sospechoso dentro de una escena de asesinato.

Y ella era la detective responsable de descubrir qué había sucedido.

Volvió a mirar el cadáver.

Luego a Elias.

Después a la habitación.

Sus instintos comenzaron a gritarle.

Algo estaba mal.

Muy mal.

Podía sentirlo hasta en los huesos.

Ella caminó hacia el dormitorio.

—¿Detective?

Ella ignoró al agente y volvió a examinar la escena.

La posición de la víctima.

La sangre.

Los muebles.

El vaso intacto sobre la mesita.

Sus ojos se entrecerraron.

Alguien había preparado aquella escena.

Pero todavía no estaba dispuesta a decirlo en voz alta.

No todavía.

No hasta poder demostrarlo.

Se enderezó lentamente.

Al otro lado de la habitación, Elias seguía observándola.

Sus miradas se encontraron.

Esta vez no había calidez entre ellos.

Ni coqueteo.

El recuerdo de la noche anterior ya no importaba.

Solo había dos desconocidos situados en lados opuestos de una investigación por asesinato.

Ella fue la primera en apartar la mirada.

—Señor Park —dijo con calma—, necesitaremos su declaración completa.

La expresión de Elias permaneció ilegible.

—Por supuesto.

Ella volvió a mirar la escena del crimen.

No tenía idea de qué había ocurrido en aquella habitación.

Pero pensaba descubrirlo.

Y hasta que las pruebas demostraran lo contrario, Elias Park era un sospechoso.

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