ログイン—Dame seis meses… como mucho un año —dijo Altezza de nuevo—. Dame ese tiempo para acercarme a ella… y convertirla en mi esposa. Si fracaso, entonces podrás intentarlo tú.
Hizo una breve pausa antes de añadir, con tono despreocupado:
—Además, ese tiempo no cambiará gran cosa para ti. Ya perdiste trece años de la infancia de Flavia… un año más no hará diferencia. Al fin y al cabo, quiero a Claire también por Flavia.
Antony lo miró con advertencia.
—No busques problemas conmigo, primo. Si necesitas una esposa y una madre para tus hijos, te sugiero que busques a otra mujer.
—Pero yo la conocí primero. Y, por cómo se ha comportado conmigo, diría que está más interesada en mí que en ti.
Antony soltó una risa baja.
—Ni lo sueñes —replicó con sequedad—. Si ha sido fría contigo es porque está conteniéndose. Tarde o temprano, va a caer en mis brazos.
Altezza chasqueó la lengua, negando con la cabeza.
—Eres demasiado confiado, primo —se burló con una sonrisa ladeada.
—Mejor resuelve primero lo tuyo con esa modelo. Después hablamos de que busques esposa —añadió Antony.
Eso bastó para que Altezza bajara la cabeza, dejando escapar una risa amarga.
Por supuesto, Antony sabía perfectamente qué lo tenía así de destrozado esa noche. También estaba al tanto del nuevo contrato que Jovanka había firmado. Después de todo, él era el fundador de Kralligimiz, la empresa que actualmente representaba a Jovanka. Aunque ahora la dirigiera su primo—Gian Quirino—, Antony seguía siendo el mayor accionista.
—¿Sabías que firmó un nuevo contrato sin decírmelo? —murmuró Altezza.
—Claro. Gian me lo informó —respondió Antony con tranquilidad.
Altezza lo miró, furioso.
—¿Y no pensabas decírmelo?
—Porque su vida personal no es asunto mío —replicó Antony, tajante.
Altezza soltó una risa baja, pero esta vez no iba dirigida a su primo… sino a sí mismo.
—Mírame… parezco un marido inútil.
Había una tristeza cruda en su voz que hizo que Antony sintiera un nudo en el pecho.
No es que seas inútil… es que ella no te valora. Quizá ni siquiera te considera su esposo.Pero esas palabras se quedaron atrapadas en su mente.
—Vámonos —dijo en cambio—. Estás borracho, y si no te saco de aquí, vas a empezar a decir incoherencias.
Sin esperar respuesta, ayudó a Altezza a levantarse, pasó su brazo por encima de sus hombros y lo sostuvo mientras lo guiaba hacia la salida del bar.
Durante el trayecto hacia el estacionamiento, a Antony le costó mantener el equilibrio junto a Altezza, que apenas podía sostenerse en pie. Aun así, por suerte, lograron llegar al coche sin incidentes.
Antony se puso al volante, mientras Altezza se dejaba caer en el asiento del copiloto con los ojos cerrados. Su rostro—el de un hombre cinco años menor que Antony—no lucía tan apagado, pero tampoco tenía el brillo de siempre. Era evidente que la decisión de su esposa lo había afectado más de lo que quería admitir.
—Solo quiero tener un hijo… —murmuró con los ojos cerrados—. No tiene que ser un varón. Con tener una hija buena y hermosa como Flavia… me bastaría.
—Entonces búscate una amante y déjala embarazada tantas veces como quieras —ironizó Antony.
—Ya estoy casado, por si lo has olvidado —resopló Altezza—. Pero ella no quiere que nadie lo sepa. No quiere oficializar nuestro matrimonio ni hacerlo público. Y tampoco quiere tener un hijo conmigo… ¿o aún no? —añadió, con duda en la voz.
Antony bufó.
—Yo nunca la he considerado tu esposa, por si lo has olvidado —respondió con frialdad—. Para mí no es más que una mujer egoísta que solo piensa en su propia felicidad. —Su expresión se tornó desdeñosa—. ¿Alguna vez te ha tratado como a su marido? Porque, sinceramente, pareces más su amante que su esposo.
Soltó una risa breve, cargada de sarcasmo.
—¿Qué clase de marido tiene que andar a escondidas para ver a su propia mujer, entrando por la puerta de atrás? —chascó la lengua—. Hasta tu empleada te es más leal y te respeta más que Jovanka.
Las palabras de Antony fueron como cuchillas. Pero Altezza eligió ignorarlas. No quería—o quizás no podía—defenderse, porque en el fondo sabía que su primo no estaba equivocado.
Abrió los ojos y giró la cabeza hacia la ventana, fijando la mirada en la oscuridad exterior para contener las lágrimas que amenazaban con escapar.
La verdad era que Jovanka nunca había estado realmente para él. Ni antes, cuando aún luchaba por abrirse camino, ni ahora que ya era una figura pública. No cuando él era feliz… y mucho menos cuando estaba destrozado y necesitaba su apoyo.
Altezza tenía esposa.
Y, aun así, se sentía como un hombre soltero… condenado a la soledad.
Y Antony tenía razón: todo ese tiempo, su comportamiento había sido más el de un amante oculto que el de un marido.
Otra verdad era que, dentro de su familia, solo Antony conocía su relación con Jovanka. Era el único que sabía de su matrimonio. Al menos, Altezza necesitaba que alguien lo supiera… para no terminar siendo visto como un mentiroso—o peor aún, como un loco—cuando la verdad saliera a la luz algún día.
El coche ya había entrado al sótano del edificio de apartamentos de Altezza, y Antony estacionó su deportivo. Luego volvió a sostener a su primo, ayudándolo a caminar hacia el ascensor que los llevaría al penthouse.
En realidad, Altezza estaba lo bastante consciente como para caminar por sí mismo… pero eligió aceptar la ayuda y perderse en sus propios pensamientos.
—Deja de lamentarte, Al. Desde el principio te dije que ella nunca te ha amado de verdad —dijo Antony cuando las puertas del ascensor se cerraron y comenzaron a subir.
—Ella me ama, Antony. Por eso aceptó mi propuesta… y quiso casarse conmigo —respondió Altezza con frialdad.
—Deja de engañarte —replicó Antony sin rodeos—. En apariencia, parece que rechaza toda la ayuda que nuestra familia puede ofrecerle. Pero la verdad es que aceptó casarse contigo porque sabía que eso le daría estabilidad… y respaldo económico para impulsar su carrera.
Su voz era firme, sin intención de suavizar la realidad.
—Tiene sueños, quiere perseguirlos… y eso es admirable. Pero hoy en día, el matrimonio no limita a nadie. Hay muchas mujeres casadas, incluso con hijos, que siguen activas en el mundo del espectáculo. Si tiene talento, seguirá adelante. Si vale, las oportunidades siempre llegarán. Siempre habrá papeles para ella. —Hizo una pausa breve—. Eso no es más que una excusa.
Altezza permaneció en silencio.
—Si realmente te amara, no te estaría desperdiciando de esta manera. Podría seguir con su carrera… más aún teniendo a alguien como tú, que siempre la ha apoyado. Pero mírate… después de todo lo que has sacrificado, sigues siendo su última prioridad.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Ambos salieron, avanzando lentamente hacia la puerta del departamento de Altezza.
—Entonces, ¿qué es lo que sigues esperando de ella? ¿De este matrimonio secreto que llevan? —preguntó Antony.
Adaline negó lentamente con la cabeza.—No me molesta.—Sinceramente, no pretendo menospreciarte por evitar la manera convencional. Es solo que, por lo que sé, las mujeres normalmente quieren intimar con un hombre al que aman. Y ambos sabemos que ahora mismo no hay amor entre nosotros. Estoy intentando respetar tu cuerpo.Altezza dejó escapar una risita.—Además, soy de esos hombres a los que les gusta el contacto físico. Me preocupa que, si empiezo una vez, después no pueda detenerme y termine queriendo más.Las mejillas de Adaline se tiñeron de un rojo aún más intenso.—Por supuesto, sería completamente natural, teniendo en cuenta que ahora somos marido y mujer legalmente —continuó Altezza con un guiño travieso—. Pero aun así, no quiero que pienses que estoy aprovechándome de la situación. A menos que de verdad estés dispuesta y no te moleste que empiece a tocarte, acariciarte, besarte en...—¡Basta! ¡Ya es suficiente, señor! —Adali
Adaline levantó ligeramente la mirada y asintió.—Lo recuerdo.—¿Qué te pedí que hicieras?—Me pidió que diera a luz a su hijo —respondió Adaline con formalidad.Altezza asintió lentamente.—¿Y?—Eso fue todo.—De acuerdo. Sé que deberíamos haber hablado de esto antes de la boda. Lo siento por haber estado tan ocupado y no haber encontrado el momento para contártelo. —Altezza hizo una pausa y contuvo el aliento durante unos segundos—. En realidad, no es que no tuviera tiempo. Quizá simplemente estaba buscando excusas para seguir posponiéndolo. Mientras tanto, mi madre se adelantó y lo organizó todo sin tener en cuenta mis planes.Altezza respiró profundamente, clavando la mirada en los ojos dorados de Adaline.—No sé si esto te hará daño o no. Al principio, este secreto solo lo conocíamos Antony y yo. Pero, por lo que dijo mi padre hace un rato —a menos que lo haya entendido mal—, parece que él también lo sabe. Así que t
Altezza levantó la cabeza al oír que se abría la puerta del baño.Adaline salió, con su pequeña figura envuelta en un albornoz negro del hotel que le quedaba demasiado grande y colgaba holgadamente de su cuerpo, cubriéndola hasta media pantorrilla.—¿Acaso no se supone que ese es mío? —preguntó Altezza al notar que Adaline miraba alrededor de la habitación.—¿Eh? Ah, esto... bueno, yo... —Adaline volvió a mirar por los rincones de la habitación—. ¿Has visto por aquí alguna bolsa de tela negra? Ayer traje una muda de ropa y dejé la bolsa sobre la encimera del baño. Esta mañana todavía estaba allí, pero ahora ha desaparecido.Hablaba confundida mientras recorría la habitación en busca de la bolsa.Altezza frunció el ceño mientras observaba los movimientos de su esposa.—Quizá la dejaste en otra habitación —sugirió Altezza mientras se levantaba de la cama y caminaba tranquilamente hacia el baño—. Pero ¿podrías quitarte primero ese albornoz? Si
El comentario, pronunciado en voz baja, fue recibido de inmediato por un coro de carraspeos procedentes de los familiares mayores, seguido por un silbido todavía más estridente de Gian.Adaline levantó la cabeza y miró directamente a los ojos dorados de Altezza. Su rostro se volvió de un rojo intenso, no por el rubor que llevaba en las mejillas, sino por la vergüenza abrumadora que se apoderó de ella.Altezza sostuvo su mirada con una cálida sonrisa.—Por favor, intercambien los anillos de boda —indicó el maestro de ceremonias.Altezza tomó la alianza de oro del estuche de joyería que Duncan le tendía. Lentamente, se la deslizó en el delicado dedo de Adaline antes de levantarle suavemente la mano y depositar un beso sobre su dorso.El roce de sus labios contra la piel de Adaline le provocó a Altezza un extraño y agradable estremecimiento en el pecho.—Novio, por favor, bese a la novia en la frente.Altezza se acercó un poco más y dejó
Adaline ya había bajado al salón principal y había quedado al cuidado de una maquilladora y de varios miembros del equipo de organización del evento encargados de atenderla. Se acomodó en un rincón del sofá, con la mirada fija en la pantalla plana que brillaba frente a ella. El monitor transmitía en directo la ceremonia de boda que se estaba celebrando en el salón de baile principal.Adaline no tenía idea de cuántos camarógrafos había contratado la familia Quirino para inmortalizar aquel momento sagrado. Fuera cual fuera el número, las cámaras habían conseguido dejarla maravillada. La majestuosidad de la decoración que llenaba el salón era sencillamente impresionante, y sus dudas de hacía apenas unos instantes se desvanecieron momentáneamente ante semejante magnificencia.Todo era lujoso y hermoso, algo que Adaline jamás había imaginado que llegaría a experimentar en su vida.—El novio acaba de entrar al salón —se escuchó decir a uno de los miembros del personal
—Activándome de deseo cuando escuche su dulce voz.Su respuesta hizo que su padre, Benjamin Quirino, tuviera que contener a duras penas la risa. Delila se quedó mirando a su hijo con los ojos muy abiertos.—Imagínate lo que es para mí. Llevo días obligándome a no pensar en mi futura esposa ni a echarla de menos. Y, de repente, la llamo solo para consolarla, y todos esos pensamientos que he estado intentando reprimir volverán de golpe.—Ma, ahora mismo estoy en el punto más alto de mi libido. Si no consigo controlarme porque no dejan de aparecerme imágenes eróticas de mi futura esposa en la cabeza, ¿de verdad quieres que me pase el tiempo en el baño...?Delila le tapó la boca a su hijo con su regordeta mano antes de que pudiera terminar.—¡No te atrevas a decir ni una palabra más, Altezza Quirino! —gruñó, manteniendo la mano firmemente sobre su boca.Altezza, travieso, lamió la palma de su madre.Delila se estremeció de asco y se limpi







