Home / Romance / EL CONFESIONARIO DEL PECADO / Capítulo 5: Cruzar la Rejilla

Share

Capítulo 5: Cruzar la Rejilla

last update publish date: 2026-07-31 11:28:32

POV ELENA 

La tortura de contenerme bajo sus órdenes me tenía al borde del colapso físico. Cada pulsación en mi vientre era un ruego silencioso, una súplica para que me permitiera acelerar los dedos y alcanzar el vacío, pero la voz implacable del Padre Damián seguía gobernando mis movimientos a través del hierro. Tenía los muslos temblando, la falda gris arrugada alrededor de mi cintura y la frente apoyada contra la madera lateral del cubículo, empapada en un sudor frío y espeso que me bajaba por la nuca.

—Basta, Elena —la orden llegó de repente, cortante como un filo.

Me detuve al instante, dejando escapar un quejido de frustración que no pude tragarme. Mi mano, humedecida y trémula, quedó suspendida en el aire frío. Mis ojos avellana, nublados por las lágrimas de la excitación contenida, buscaron desesperadamente su silueta al otro lado de la rejilla.

—Bájate la falda —continuó su voz de barítono, que ahora arrastraba un tono rudo, casi peligroso—. Sal de ahí. Ve a la sacristía. Ahora mismo.

El corazón me dio un vuelco salvaje. Salir al espacio abierto de la iglesia, aunque estuviéramos solos, se sentía como caminar directa hacia un precipicio. 

Sin embargo, mi cuerpo ya no respondía a la lógica ni al miedo; respondía únicamente al dictado de sus palabras. Me acomodé la ropa con dedos torpes, empujé la pequeña portezuela del confesionario y salí a la nave lateral.

La luz crepuscular que se filtraba por los altos vitrales teñía las naves de la iglesia de San Judas con tonos púrpuras y dorados. Caminé con pasos vacilantes, sintiendo el roce húmedo de mi propia intimidad contra la tela de mi ropa interior con cada paso que daba sobre el suelo de piedra fría. El silencio del templo era absoluto. Llegué a la puerta de madera pesada de la sacristía y, con el pulso desbocado, empujé la hoja para entrar.

El espacio estaba en penumbra, impregnado del aroma a incienso, cera y al perfume limpio y masculino de Damián. En el centro de la habitación destacaba la gran mesa de caoba donde se preparaban los ornamentos y los vasos sagrados para la misa.

La puerta detrás de mí se cerró con un clic firme que me hizo dar un respingo. Me giré lentamente.

Allí estaba él. Sus casi un metro noventa de estatura llenaban por completo el umbral. Seguía vistiendo la sotana negra, pero el cuello clerical estaba ligeramente desabrochado, revelando la base de su garganta y la tensión de sus músculos. 

Su rostro, con esa mandíbula cuadrada sombreada por la barba de dos días, estaba serio, rígido. Sus ojos negros, afilados y densos, me recorrieron desde los zapatos hasta el cabello desarreglado con una fijeza que me desnudó al instante.

Damián caminó hacia mí con paso lento, imponente. El espacio entre los dos se redujo a nada en segundos. Sentí el calor de su cuerpo rodeándome, el olor de su piel, y tuve que mirar hacia arriba para sostenerle la mirada.

—Has sido muy obediente ahí dentro —susurró, y su voz ronca vibró tan cerca de mi oído que me erizó la piel del cuello—. Pero tu penitencia no ha terminado, Elena. Mirarte a través de ese hierro ya no es suficiente castigo para ninguno de los dos.

Antes de que pudiera responder, su mano grande y fuerte se cerró alrededor de mi muñeca. Su agarre era firme, posesivo, denotando una fuerza física que me hizo jadear. Sin romper el contacto visual, me atrajo hacia la mesa de caoba. Con un movimiento rápido y decidido, me tomó por las caderas y me elevó, sentándome en el borde del mueble de madera.

El contraste de mis faldas largas contra el material pulido y frío de la mesa me hizo arquear la espalda. Damián avanzó un paso más, colocándose justo entre mis piernas abiertas, atrapándome por completo con su imponente figura oscura. Sus manos grandes subieron por mis muslos, arrastrando la tela de mi vestido hacia arriba, abriéndose paso sin contemplaciones hasta que la piel expuesta de mis piernas entró en contacto con el calor abrasador de sus palmas bronceadas.

—Mírate —susurró él, presionando sus dedos contra mis muslos, hundiéndose en mi carne con una fuerza que me hizo gemir de placer—. Tiemblas como una hoja, Elena. La niña buena del pueblo, la organista pura... convertida en un mar de deseo en mi sacristía.

—Es por usted... —logré articular, jadeando, apoyando mis manos temblorosas en sus hombros anchos, sintiendo la musculatura perfecta que se ocultaba bajo los hábitos—. Me tienes loca, Damián. No puedo pasar una sola misa sin desear esto.

Un gruñido bajo escapó de su pecho. Sus ojos negros brillaron con una chispa salvaje, perdiendo cualquier rastro de contención. Su mano derecha subió de golpe por mi vientre hasta enredarse con violencia contenida en mi trenza, tirando de ella hacia atrás con la fuerza justa para obligarme a inclinar la cabeza, exponiendo mi cuello largo y pálido a su merced.

—Entonces deja de rezar, Elena —susurró contra mi piel, justo antes de clavar sus dientes en la base de mi cuello, dándome un mordisco áspero, cargado de posesión, que me hizo soltar un grito ahogado que rebotó en las paredes de la sacristía—. Porque esta noche no hay Dios que te salve de mí.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • EL CONFESIONARIO DEL PECADO    Capítulo Especial 5: Tierra Prometida

    Pov ElenaEl cielo sobre el cementerio de San Judas amaneció cubierto por una capa densa de niebla gris. El frío de la montaña se me colaba por los huesos, pero no sentía frío; el calor de la mano de Damián, sujetando la mía con una fuerza inquebrantable, era mi único refugio.El coche fúnebre que contratamos desde la ciudad vecina acababa de colocar el ataúd de la tía Beatriz sobre el foso de tierra fresca. A nuestro alrededor no había multitudes, ni cánticos de la iglesia local, ni las caras falsas de los vecinos que la noche anterior nos escupían veneno. Solo estábamos nosotros tres: Damián, nuestro hijo Lucas y yo. Había ordenado que el sepelio fuera completamente privado, pagando a los sepultureros para que nos dejaran a solas en el momento final.Me acerqué al borde de la tumba, sosteniendo una sola rosa blanca entre las manos. Lucas observaba en silencio desde los brazos de su padre, sintiendo el peso del momento.—Gracias por haberme querido cuando nadie más lo hacía, tía —mur

  • EL CONFESIONARIO DEL PECADO    Capítulo Especial 4: El Retorno de los Condenados

    Pov DamiánEl letrero de madera carcomida por la humedad le dio la bienvenida a la camioneta como un aviso de advertencia: Bienvenidos a San Judas. El aire en este valle no había cambiado nada en quince años; seguía oliendo a pino húmedo, a tierra fría y a esa rancia sensación de santidad fingida que se pega a los pulmones.Apreté el volante de cuero con la fuerza suficiente para blanquear los nudillos. A mi lado, Elena mantenía la mirada fija en las casas de piedra y adobe que comenzaban a aparecer a los lados del camino. Estaba pálida, con la mandíbula tensa y una lágrima seca marcada en la mejilla. En el asiento trasero, Lucas dormía profundamente, ajeno por completo a que el suelo que pisábamos era el mismo donde la moral de este pueblo pretendió enterrar a sus padres.Estacioné el vehículo frente a la pequeña casa de madera de la tía Beatriz. En el porche, la luz de unas cuantas velas parpadeaba contra el viento de la tarde. El ataúd de madera sencilla descansaba en la sala princ

  • EL CONFESIONARIO DEL PECADO    Capítulo Especial 3: La Llamada del Pasado

    Pov ElenaLa mañana en Los Ángeles se anunciaba brillante y tranquila. Estaba en la isla de la cocina sirviendo un vaso de jugo para Lucas, mientras escuchaba el murmullo de la televisión de fondo y el sonido suave del periódico que Damián pasaba en la mesa. Era una rutina doméstica pacífica, el tipo de paz que nos costó años conquistar y que valoraba con cada fibra de mi ser.Entonces, el teléfono sonó.No era el tono de la línea corporativa ni la alarma del sistema de seguridad. Era mi teléfono personal, un número que muy pocas personas tenían. Al mirar la pantalla, vi un prefijo desconocido, pero el código de área me hizo congelar la mano a milímetros del cristal.Era el código del condado de San Judas.Damián levantó la vista del periódico al instante. Su mirada se volvió afilada, intuyendo la alteración en mi energía antes de que yo dijera una sola palabra.Con los dedos temblorosos, deslicé la pantalla y me llevé el teléfono a la oreja.—¿Bueno? —mi voz salió más débil de lo que

  • EL CONFESIONARIO DEL PECADO    Capítulo Especial 2: Los Ángeles no Tienen Santos

    Pov DamiánEl sonido seco del motor V8 de mi auto resonaba con firmeza en el garaje subterráneo de nuestro edificio en la zona más exclusiva de Los Ángeles. Apagué el contacto y permanecí unos segundos en silencio, observando el volante de cuero antes de mirar a Elena, quien retochaba su lápiz labial en el espejo de cortesía.Quince años. Quince años desde que colgué la sotana en aquel armario de madera carcomida en San Judas y quemé las naves detrás de mí.A veces, cuando el mundo financiero trata de presionarme en una negociación millonaria, me entra una risa amarga e interna. Ellos creen que están lidiando con un simple magnate inmobiliario educado en el rigor del negocio de mi padre. No tienen idea de que la verdadera disciplina, el arte de la manipulación y la frialdad la aprendí escuchando las miserias de la gente al otro lado de una rejilla de madera, fingiendo que me importaba su redención mientras en lo único en lo que pensaba era en la carne, en el aroma y en la perdición de

  • EL CONFESIONARIO DEL PECADO    Capítulo Especial 1: El Pecado Cambiado por un Imperio

    Pov ElenaLas luces de Los Ángeles jamás se apagaban, y desde el ventanal del piso cuarenta de la torre corporativa de nuestra firma inmobiliaria, la ciudad parecía una alfombra infinita de estrellas caídas. Era una vista imponente, despiadada y perfecta; exactamente como la vida que habíamos construido sobre las ruinas de lo que alguna vez fuimos.Ajusté la tela de seda de mi vestido color crema frente al espejo de mi oficina privada. Me observé unos segundos, deteniéndome en los detalles que el tiempo había transformado. A mis treinta y seis años, la muchacha asustadiza que vestía faldas grises por debajo de la rodilla, con el cabello recogido en trenzas apretadas que le dolían en el cuero cabelludo, no era más que un fantasma lejano. En su lugar, el reflejo me devolvía la imagen de una mujer impecable, segura de sí misma, envuelta en telas caras, joyas finas y un halo de poder que no le debía nada a nadie.Aquel pueblo opresivo llamado San Judas, con sus paredes de piedra helada, s

  • EL CONFESIONARIO DEL PECADO    Capítulo 20: La Nueva Penitencia

    POV ELENA El rugido de la gran ciudad no se parecía en nada al silencio opresivo de San Judas. Aquí, a medianoche, las luces de neón parpadeaban contra el asfalto mojado por la lluvia y el eco del tráfico creaba un zumbido constante, ajeno y ensordecedor. Nadie me miraba. Al bajar del autobús que me había alejado para siempre de la plaza, de las partituras del órgano y de la sombra de la señora Marta, experimenté por primera vez el peso de la invisibilidad. Ya no era la organista huérfana; era simplemente una mujer caminando hacia su destino con un sobre de papel kraft apretado contra el pecho.El edificio de departamentos era una estructura moderna de concreto y vidrio, un monolito gris que se alzaba hacia el cielo nocturno. Subí por el ascensor en silencio, observando mi reflejo en el espejo de la cabina. Llevaba un vestido negro que jamás me habría atrevido a usar en el pueblo; el escote dejaba al descubierto la palidez de mi cuello y la seda se ceñía a mis caderas con una fluid

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status