FAZER LOGINMotel "Starlight", Ruta 95, afueras de Washington D.C. 02:30 AM.Evelyn Sterling no gimió de placer por el tacto de un hombre, sino por la aguja. No era una aguja de metal. Eran dos colmillos, finos como bisturís, que perforaban la piel inmaculada de su cuello, justo sobre la carótida.Estaba sentada a horcajadas sobre él en la cama barata del motel, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos en blanco y las uñas clavadas en los hombros del hombre. Cuando él succionó, el mundo de Evelyn dejó de ser un lugar donde la habían despedido, humillado y perseguido. El dolor fue un destello breve, seguido inmediatamente por la Euforia. La saliva del vampiro era el narcótico más potente del mundo. Mejor que la heroína, más limpio que la cocaína. Era paz líquida. Sentía cómo su ansiedad se disolvía, cómo su ritmo cardíaco se sincronizaba con la succión rítmica de él.—Despacio, Dorian... —susurró ella, con la voz pastosa—. No me seques. Todavía me queda mucha guerra.El vampiro se separó con un
Cripta de los Fundadores - Nivel -13 del Castillo Poenari. Transilvania.El silencio allí abajo no era paz; era una frecuencia. Un zumbido sordo que nacía de la roca viva y se metía en los dientes, advirtiendo a cualquier ser vivo que ese lugar no toleraba latidos.Mirela Basarab descendió el último escalón. El aire pesaba. Olía a incienso podrido, a hierro oxidado y a una humedad estancada desde 1476. Se detuvo ante las grandes puertas de bronce. No había guardias. Nadie custodia a los monstruos originales porque nadie es tan estúpido para bajar hasta aquí voluntariamente.Le dolía el vientre. El hilo mágico con el que Elisabeta había cosido al "niño" tiraba de su carne cada vez que se movía, una puntada de fuego invisible. Pero visualmente estaba perfecta. Pálida, regia, intocable.Empujó las puertas. El bronce gimió como un animal herido.La sala era una caverna circular tallada en la roca viva de la montaña. No había ataúdes. Vlad odiaba dormir acostado; decía que eso era para los
Bastión del Eclipse - Búnker de Mando (Nivel -5). Cuatro días después del ataque.El aire reciclado del búnker empezaba a saber a electricidad estática y café quemado.Kogan Crowe estaba de pie frente a un mapa de papel desplegado sobre la mesa de hormigón. Había apagado los hologramas. Le dolía la cabeza de ver luces azules parpadeando. Quería tinta, papel y realidad.Frente a él, Aurelian Voss se quitaba una chaqueta de traje que valía más que el sueldo anual de un soldado. Acababa de aterrizar desde Washington y traía el olor de la lluvia ácida de la capital en la ropa. A su lado, Dante Volkov limpiaba su cuchillo de combate con un trapo aceitoso, un tic nervioso que Kogan empezaba a odiar.—¿Y bien? —preguntó Kogan, sin levantar la vista del mapa—. ¿Qué dicen nuestros "amigos" del Capitolio?Aurelian se sirvió un vaso de agua, ignorando el whisky. Parecía cansado. —Dicen lo que esperábamos, pero no como lo esperábamos. Norris, el subsecretario, estaba sudando como un cerdo en el m
Transilvania. Subsuelo del Castillo.Mirela se dejó caer contra la primera superficie sólida que encontró en la oscuridad. Le importaba una mierda si era piedra, hierro o madera podrida; solo necesitaba dejar de caminar un segundo antes de que las piernas le fallaran.Estaba sola. Luka se había quedado arriba y eso significaba que ya no tenía que fingir. Se abrió el abrigo de lana con manos temblorosas y se subió el vestido. Bajó la vista hacia su vientre.No era bonito. No había nada de maternal en aquello. La piel de su abdomen estaba tan estirada que parecía plástico a punto de reventar. Lo peor eran las venas: redes negras y gruesas que pulsaban con un ritmo propio, totalmente ajeno al suyo. El "proyecto" no estaba creciendo mes a mes; estaba creciendo por horas, devorando su magia residual porque no tenía la sangre del lobo cerca para alimentarse.—Quieto... —siseó Mirela, clavando las uñas en su propia carne cuando sintió una sacudida interna.No fue una patada. Fue como si algu
Bastión del Eclipse. Residencia de los Rozen.Adrik Rozen estaba sentado en el sillón de su madre. El asiento de cuero blanco crujió cuando se movió. Le quedaba grande. Todo en esa habitación le quedaba grande. Sobre el escritorio de cristal había montañas de documentos: transferencias de activos, códigos de seguridad de la bóveda familiar y, lo peor de todo, las listas de bajas de la guardia Rozen tras el ataque.Adrik se frotó los ojos. Llevaba el anillo del sello familiar en el dedo meñique porque en el anular le bailaba. —No puedo hacer esto... —murmuró, mirando una orden de compra de munición que no entendía.La puerta del despacho no se abrió. Explotó hacia adentro.Adrik dio un salto, tirando los papeles al suelo. Sasha Volkov entró como un huracán sucio. Traía barro en las botas y sangre seca en la camiseta de tirantes. No olía a perfume, olía a pólvora y a sudor rancio.—Sasha... —Adrik intentó levantarse, buscando una dignidad que no tenía—. No puedes entrar así en...Ella c
Paso del Borgo - "La Garganta del Diablo". 05:15 AM.La niebla se había vuelto sólida. No era un fenómeno meteorológico; era una barrera mágica. El Rolls Royce avanzaba a duras penas, con los faros amarillos devorados por la blancura.De repente, un impacto brutal sacudió el lateral del coche. El metal chilló. El vehículo pesado se desplazó medio metro hacia el barranco.—¡Mierda! —gritó Luka, luchando con el volante para no caer al vacío—. ¡Nos están cazando en manada!A través de la ventanilla, Mirela vio sombras gigantescas moviéndose entre los pinos. No eran lobos normales. Eran Caminantes de la Espiral. Hombres lobo que habían rechazado la humanidad, deformados por rituales oscuros, con huesos sobresaliendo de su pelaje y ojos ciegos y blancos.—¡Acelera! —ordenó Mirela, sintiendo el pánico biológico de su embarazo. Esas bestias olían la sangre nueva.—¡Están bloqueando la carretera!Delante de ellos, tres figuras bestiales saltaron al asfalto. Eran montañas de músculo y locura.







