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EL CONTRATO

Author: Dunni
last update publish date: 2026-09-16 20:14:54

A las ocho de la mañana siguiente, la firma de Valeria ya estaba en el contrato matrimonial. Parecía extrañamente ordinario.

Unas cuantas páginas llenas de términos legales descansaban dentro de una carpeta negra sobre el asiento del copiloto mientras conducía hacia la sede de Alejandro Valdés. Las mismas páginas que supuestamente pondrían fin a un matrimonio ahora estaban preparándola para otro.

Apenas había dormido.

Cada vez que cerraba los ojos, veía el archivador dañado en el estudio de su padre.

Alguien había entrado en la casa, se había llevado la nota escrita a mano y Adrián ya sabía lo del divorcio.

Todavía no sabía si Alejandro formaba parte del peligro o si era la única persona con suficiente poder para protegerla de él.

La sede del Imperio Valdés se alzaba sobre los edificios que la rodeaban, con sus paredes de cristal reflejando la luz de la mañana.

Valeria había estado dentro de algunas de las oficinas más lujosas de la ciudad, pero aquel edificio era diferente.

Todo estaba bajo control.

Había seguridad en cada entrada y los empleados se movían rápidamente por el vestíbulo sin detenerse. Incluso la recepción parecía diseñada para recordarles a los visitantes que estaban entrando en territorio ajeno.

Una recepcionista comprobó el nombre de Valeria y se puso de pie inmediatamente.

—El señor Valdés la está esperando.

Por supuesto que lo estaba.

Valeria la siguió hasta el ascensor privado.

Las puertas se cerraron y miró su reflejo en el metal pulido.

Todavía llevaba el anillo de matrimonio que Adrián le había regalado tres años atrás.

Había olvidado quitárselo.

Sus dedos lo tocaron brevemente y luego giró el anillo hacia dentro, ocultando la piedra contra la palma de su mano.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Alejandro la estaba esperando.

Estaba junto a las ventanas de su oficina, de espaldas a ella.

—Llegas temprano.

Valeria entró.

—No me gusta perder el tiempo.

Él se giró y sus ojos descendieron brevemente hasta el anillo en su dedo.

—Firmaste.

—Sí —respondió Valeria.

Alejandro caminó hacia el escritorio.

—Entonces el acuerdo comienza hoy.

Valeria colocó el contrato frente a él.

—Comienza con una condición.

Su mirada se elevó.

—Pensé que ya habías aceptado los términos.

—Acepté el matrimonio. No acepté convertirme en tu propiedad —explicó Valeria.

Algo parecido a la diversión cruzó por su rostro.

—No lo serás.

—Quiero acceso a todos los documentos financieros relacionados con Adrián, control sobre mis propias cuentas y seguir tomando decisiones sobre los bienes de mi familia —añadió Valeria.

Alejandro hizo una pausa.

—De acuerdo.

Valeria entrecerró los ojos.

—¿Eso es todo?

—Pediste condiciones razonables.

Había esperado resistencia, y aquello la hizo sospechar todavía más.

—¿Por qué estás haciendo esto tan fácil?

Alejandro se apoyó contra el borde de su escritorio.

—Porque el contrato nos beneficia a ambos.

—Te beneficia más a ti —respondió ella.

—Quizá.

Su honestidad la tomó por sorpresa.

Él tomó la carpeta y la abrió.

—El anuncio público se hará esta noche.

Valeria se puso rígida.

—¿Esta noche?

—Adrián ya sabe lo del divorcio. Si esperamos, él controlará la historia.

Alejandro deslizó un segundo documento hacia ella.

Era un borrador del anuncio.

Valeria lo leyó.

No mencionaba el divorcio. Solo había una declaración anunciando su matrimonio con Alejandro Valdés.

Las palabras hicieron que se le revolviera el estómago.

—La gente pensará que le fui infiel.

—No me importa.

Ella lo miró.

—De verdad no te importa lo que la gente diga de ti.

—Construí mi empresa mientras la gente decía cosas peores.

Había algo en su voz que hizo que Valeria se preguntara qué había tenido que soportar antes de convertirse en aquel hombre.

Empujó el papel hacia él.

—¿Cuándo nos mudamos?

—Hoy —anunció Alejandro—. El contrato exige que vivas en la Hacienda Valdés.

Ella casi soltó una carcajada.

—Ya lo has planeado todo.

—Planeé la posibilidad de que aceptaras —explicó él.

—¿Y si no hubiera aceptado? —preguntó ella.

—Habría encontrado otra manera de ocuparme de Adrián.

La respuesta se quedó con ella.

Entonces había otra manera.

¿Por qué casarse con ella?

Antes de que pudiera preguntar, la puerta de la oficina se abrió.

Un hombre mayor y alto entró y se detuvo al ver a Valeria.

—Estás aquí.

Alejandro lo miró.

—Thiago.

Su tío hizo un gesto cortés hacia Valeria.

—Señora Valdés.

—Valeria está bien —murmuró ella.

Los ojos de Thiago se movieron brevemente entre ambos. Parecía querer decir algo, pero decidió no hacerlo.

—La reunión de la junta se ha adelantado.

—Estaré allí —respondió Alejandro.

Thiago asintió y salió.

Valeria observó cómo la puerta se cerraba.

—Tu familia no está contenta.

Alejandro volvió a concentrarse en los documentos.

—Mi familia no toma mis decisiones.

Ella tomó su bolso.

—Yo tampoco permitiré que las tomen por mí.

Sus ojos se encontraron durante un momento.

Ninguno habló.

Entonces Alejandro dijo en voz baja:

—Lo sé.

---

La Hacienda Valdés no se parecía en nada a lo que Valeria esperaba.

Las puertas se abrieron antes de que el automóvil siquiera llegara hasta ellas.

Un largo camino conducía a través de jardines perfectamente cuidados hasta una enorme casa de piedra. El edificio era elegante en lugar de ostentoso, con amplias ventanas y puertas de madera oscura.

Valeria bajó del automóvil y una empleada de la casa se acercó.

—Señora Valdés, bienvenida.

El título le resultó extraño y Valeria asintió cortésmente.

—Gracias.

Alejandro rodeó el vehículo por el otro lado.

—Tendrás el ala este.

Ella le lanzó una mirada.

Él caminó hacia la entrada y Valeria lo siguió.

Por dentro, la hacienda estaba en silencio.

No había fotografías familiares en las paredes ni decoraciones personales. Todo era hermoso, costoso y casi dolorosamente controlado.

Le recordó al propio Alejandro: perfectamente organizado, imposible de leer.

Su equipaje fue llevado al piso superior.

Valeria siguió a la empleada hasta un enorme dormitorio con vistas a los jardines.

—Esta habitación es suya.

Valeria miró alrededor, esperando que Alejandro permaneciera afuera.

En cambio, entró y colocó una pequeña caja negra sobre la mesa.

—¿Qué es eso?

—Tu nuevo teléfono de seguridad —explicó.

Ella lo abrió.

El dispositivo contenía solo unos cuantos números: el de Alejandro, el de seguridad de la hacienda, el de Marina y una línea de emergencia.

Valeria levantó la mirada.

—Tengo mi propio teléfono.

—Es posible que tu teléfono no sea seguro —dijo Alejandro.

Su expresión se endureció.

—¿Estás diciendo que alguien me está vigilando?

—Estoy diciendo que no deberías asumir que no lo hacen —explicó.

Aquella respuesta la estremeció.

Recordó el mensaje desconocido, la nota desaparecida y las grabaciones de seguridad.

Alejandro se giró hacia la puerta.

—Hay una cosa más.

Valeria esperó.

—Si Adrián se pone en contacto contigo, no te reúnas con él a solas.

—Puedo manejar a Adrián —murmuró Valeria.

Él se detuvo en la puerta.

—Ese no es el punto.

Entonces se marchó y Valeria se quedó sola en la habitación.

Por primera vez desde que había firmado el contrato, se permitió respirar.

Caminó hasta la ventana.

Desde allí podía ver las puertas de la hacienda. Dos guardias de seguridad permanecían afuera.

Debería haberse sentido segura.

En cambio, se sentía atrapada.

Sus ojos cayeron sobre el teléfono de seguridad negro.

Unos minutos después, sonó.

La voz de Marina llegó a través del dispositivo.

—Valeria, ha ocurrido algo.

Su estómago se contrajo.

—¿Qué?

—Recibimos la primera respuesta de los abogados de Adrián —explicó Marina—. Están impugnando el proceso de divorcio.

—¿Con qué argumento? —preguntó Valeria.

Marina dudó.

—Afirman que algunos de los bienes de los Laurent fueron transferidos con tu autorización.

Valeria se quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

—Lo sé, pero tienen documentos —dijo Marina.

Valeria miró hacia la puerta del dormitorio.

Documentos.

Documentos falsificados o manipulados podían ponerlo todo en su contra.

Cerró los ojos.

Adrián se había preparado para aquello. Había sabido que ella podía marcharse y ahora estaba contraatacando.

—Envíame todo.

—Lo haré —respondió Marina.

La llamada terminó.

Valeria se sentó en el borde de la cama.

Había entrado en la casa de Alejandro esperando protección.

En cambio, había entrado directamente en una guerra que, aparentemente, había comenzado mucho antes de que ella siquiera comprendiera que formaba parte de ella.

Abajo, Alejandro estaba en su despacho privado leyendo un mensaje en su teléfono.

Adrián ha trasladado los documentos restantes de los Laurent.

Su expresión se endureció cuando apareció otro mensaje.

Alguien más está buscando el mismo archivo.

Los ojos de Alejandro se entrecerraron.

Miró hacia las escaleras.

Por primera vez, la situación ya no seguía el plan que había preparado.

Alguien más, además de Adrián, estaba buscando los registros del padre de Valeria.

Y quienquiera que fuera acababa de acercarse más a ella.

Alejandro dejó el teléfono sobre el escritorio.

—Encuéntrenlos —dijo al hombre que estaba al otro lado de la habitación—. Antes de que lleguen hasta ella.

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