Mag-log inValeria volvió a leer el mensaje.
No deberías confiar en el hombre que está sentado frente a ti.
El número desconocido no había enviado nada más.
Revisó los datos del remitente, pero no había nombre, fotografía ni ninguna indicación de quién lo había escrito. Cuando intentó llamar, el número no estaba disponible.
Al otro lado del escritorio, Alejandro Valdés la observaba sin preguntarle qué había ocurrido. Aquello la inquietó más que el propio mensaje.
La mayoría de las personas habrían notado su repentino silencio. Alejandro lo notaba todo. Sin embargo, permaneció inmóvil, con la atención fija en su rostro, como si estuviera esperando una reacción específica.
Valeria dejó el teléfono junto al contrato.
—¿Tú enviaste esto?
Alejandro miró la pantalla.
—No.
—¿Sabes quién lo hizo? —preguntó Valeria.
—Puedo averiguarlo —respondió él.
Su calma la irritó.
Aquello no era una respuesta.
Giró el teléfono hacia Marina, quien leyó el mensaje y de inmediato tomó su propio dispositivo.
—No respondas —dijo Marina—. Haré que alguien rastree el número.
Valeria asintió, aunque sus ojos permanecieron sobre Alejandro.
Había aparecido en medio de su divorcio con un contrato matrimonial y una oferta para destruir a su esposo. Afirmaba que asumiría la responsabilidad de las obligaciones financieras de Adrián, pero todavía no había explicado por qué.
—¿Por qué te interesa mi divorcio? —preguntó.
Alejandro se recostó en su silla.
—Porque Adrián Cortés se ha convertido en un problema.
—Eso todavía no explica por qué me necesitas a mí —respondió Valeria.
—No te necesito.
La respuesta golpeó su orgullo.
—Entonces, ¿por qué ofrecerme un contrato matrimonial?
—Porque necesitas protección —respondió él.
Valeria soltó una breve risa sin humor.
—Conseguí sobrevivir tres años con Adrián. No necesito que otro hombre me diga lo que necesito.
Algo pasó por los ojos de Alejandro, pero desapareció rápidamente.
—Tienes pruebas de irregularidades financieras —dijo—. Tu esposo sabe que las tienes. Si crees que permitirá que te marches con esas pruebas, estás equivocada.
El cuerpo de Valeria se quedó inmóvil.
Ella no le había hablado directamente de los documentos y Marina tampoco los había mencionado.
—¿Cómo sabes lo de las pruebas?
La expresión de Alejandro no cambió.
—Sé lo suficiente sobre los negocios de Adrián.
—Eso no fue lo que pregunté —espetó Valeria.
—No —admitió él—. No lo fue.
Marina cerró la carpeta que tenía delante.
—Esta reunión ha terminado.
Uno de los abogados de Alejandro dio un paso al frente, pero Alejandro lo detuvo con un ligero gesto.
Se levantó de su silla.
—Te daré veinticuatro horas.
Valeria miró el contrato.
—¿Y si me niego?
—Entonces continuarás con el divorcio sin mi ayuda —respondió él.
—¿Es una amenaza? —preguntó Valeria.
—No.
Su voz era tranquila.
—Es una advertencia.
No recogió nada del escritorio.
El contrato permaneció frente a ella, abierto en la página que contenía su propuesta.
Antes de marcharse, volvió a mirarla.
—Deberías cambiar las cerraduras de tu casa.
Valeria frunció el ceño.
—¿Por qué? Él nunca ha...
Se detuvo.
Había ocurrido un incidente dos noches antes.
Había regresado a casa y encontrado la puerta del estudio sin cerrar. Uno de los cajones del antiguo archivador de su padre estaba abierto.
Había supuesto que la empleada doméstica estaba buscando algo.
Ahora recordaba que aquel cajón contenía los antiguos registros financieros de los Laurent.
Alejandro se giró hacia la puerta.
—Veinticuatro horas, señora Cortés.
—No me llames así —espetó Valeria.
Él se detuvo.
—No por mucho tiempo.
Entonces se marchó.
Durante varios minutos, ni Valeria ni Marina hablaron.
Los abogados siguieron a Alejandro, dejando el contrato atrás.
Marina lo tomó y volvió a examinar las páginas.
—No me gusta.
—A ti tampoco te gustaba Adrián —murmuró Valeria.
—A Adrián lo detestaba porque era arrogante. Desconfío de Alejandro porque sabe demasiado —respondió Marina.
Valeria miró hacia la puerta cerrada.
—Sabía lo de los documentos y lo de la casa.
Valeria sacó su teléfono y llamó a la empresa de seguridad responsable de la residencia Laurent.
El gerente respondió después de varios tonos.
—¿Alguien ha entrado recientemente en la casa? —preguntó.
—Solo los residentes y empleados autorizados, señora —respondió él.
—Revisa los registros de seguridad —ordenó.
El gerente prometió devolverle la llamada.
Valeria terminó la llamada y volvió a centrar su atención en el contrato.
El acuerdo estaba preparado de manera profesional.
Alejandro asumiría la responsabilidad de ciertas deudas relacionadas con los negocios de Adrián. A cambio, Valeria se casaría con él durante seis meses y aparecería a su lado en determinados eventos públicos.
Había estrictas cláusulas de privacidad, acuerdos financieros separados y una fecha de terminación claramente establecida.
Los términos eran inusualmente favorables para ella.
Y eso la hacía sospechar aún más, no menos.
—¿Por qué un hombre como Alejandro Valdés me ofrecería algo así? —preguntó.
Marina volvió a colocar el contrato sobre el escritorio.
—Porque quiere algo. Y tenemos que descubrir qué es antes de que firmes.
Valeria asintió y volvió a mirar el mensaje desconocido.
Durante años, había estado rodeada de personas que querían algo del apellido Laurent.
Adrián había querido acceder a la riqueza de su familia. Los socios comerciales habían querido las conexiones de su padre. Los familiares habían querido influencia sobre los bienes que quedaban.
Alejandro simplemente era el primer hombre que expresaba abiertamente lo que quería.
O quizá solo estaba fingiendo hacerlo.
Su teléfono sonó.
Era el gerente de seguridad.
—Señora, encontramos algo extraño.
Valeria se enderezó.
—¿Qué clase de extraño?
—Hubo una entrada al estudio hace dos noches y la cámara de ese pasillo dejó de grabar durante once minutos —explicó.
Marina levantó la mirada.
—¿Falta algo?
—Todavía lo estamos comprobando —respondió el gerente.
Valeria sintió un escalofrío recorrerla.
—Envíame las grabaciones.
—No tenemos imágenes de ese período —explicó él.
—Entonces envíame todo lo que haya justo antes y después —exigió Valeria.
El gerente aceptó y Valeria terminó la llamada.
La habitación parecía más pequeña ahora.
Alguien había entrado en el estudio de su padre.
Alguien sabía dónde estaban guardados los antiguos registros.
Y alguien le había enviado una advertencia justo después de que Alejandro apareciera.
Podía ser una coincidencia.
Pero ya no creía en las coincidencias.
Aquella tarde, Valeria regresó a la residencia Laurent con Marina.
La casa estaba en silencio. El personal se movía con cuidado a su alrededor, percibiendo la tensión, pero sin hacer preguntas.
Valeria fue directamente al estudio de su padre.
El archivador permanecía contra la pared del fondo.
Abrió el cajón.
Los documentos seguían allí, pero habían sido alterados.
Las antiguas notas financieras ya no estaban organizadas en el orden que ella recordaba.
Marina se agachó junto al archivador.
—Mira esto.
Una fina marca recorría la cerradura.
Alguien la había forzado.
Valeria tocó la madera dañada.
Los registros de su padre eran las únicas cosas de la casa que nunca había permitido que Adrián reorganizara.
Revisó la carpeta encriptada.
La nota escrita a mano había desaparecido.
Su pulso comenzó a acelerarse.
—Alguien se la llevó —murmuró Valeria.
Marina se puso de pie.
—Entonces tenemos que asumir que saben lo que contiene.
Valeria volvió a registrar la habitación, abrió cajones y revisó estanterías.
No parecía faltar nada más.
Y eso era precisamente lo que la asustaba.
Quienquiera que hubiera entrado en aquella habitación sabía exactamente qué debía llevarse.
Su teléfono vibró.
Esta vez, el mensaje era de Adrián.
Tenemos que hablar antes de que tomes una decisión de la que te arrepientas.
Valeria se quedó mirando la pantalla.
Un segundo mensaje apareció.
Sé lo del divorcio.
Bloqueó el teléfono y Marina la observó atentamente.
—¿Qué dijo?
Valeria miró el archivador dañado y luego el contrato dentro de su bolso.
—Adrián lo sabe y alguien ha robado un documento del estudio de mi padre.
La expresión de Marina se endureció.
—Entonces tenemos que actuar rápido.
Valeria recordó la advertencia de Alejandro.
Había pasado años creyendo que el control de Adrián se limitaba a su matrimonio.
Ahora comenzaba a comprender que tenía acceso a mucho más que su casa.
Miró el contrato.
La decisión debería haber sido sencilla.
Podía rechazar a Alejandro y enfrentarse sola a Adrián.
O podía aceptar casarse con un hombre que parecía saber más sobre su vida de lo que estaba dispuesto a revelar.
Ninguna de las dos opciones parecía segura.
Pero una de ellas venía acompañada de recursos, protección y una promesa clara de destruir a Adrián.
Valeria volvió a abrir el contrato.
En la parte inferior de la última página estaba la firma de Alejandro.
La estudió durante un largo momento.
Después tomó su bolígrafo.
—Firmaré —dijo.
Los ojos de Marina se abrieron de par en par.
—Valeria...
—Sé lo que estoy haciendo.
Firmó su nombre debajo del de él.
Fuera de la casa, un vehículo oscuro esperaba al otro lado de la calle.
Dentro, Alejandro recibió un mensaje.
Firmó el contrato.
Lo leyó una vez.
Después miró hacia la residencia Laurent.
Por primera vez en años, el plan que había mantenido bajo un control meticuloso había comenzado a avanzar más rápido de lo que esperaba.
Valeria despertó en la mansión a la mañana siguiente con la carta todavía en la mano.No había tenido intención de quedarse dormida. Después de la Habitación Negra, de la carta y de la larga conversación que se había prolongado hasta pasada la medianoche, había ido a su habitación con la intención de sentarse un momento. En cambio, había despertado al amanecer, con el sobre arrugado contra la palma de la mano y la luz grisácea filtrándose por las cortinas.Permaneció acostada durante un rato sin moverse.Su padre había escrito aquella carta tres días antes de morir. Sabía que estaba en peligro y, aun así, se había sentado en su escritorio para dejar la verdad por escrito, porque creía que alguien, algún día, la necesitaría. Había escrito su nombre en el sobre y había confiado en que ella lo encontraría.Se incorporó lentamente y miró el papel que tenía en la mano.Después se vistió y bajó las escaleras.Alejandro estaba en la cocina.Estaba de pie junto a la encimera, de espaldas a el
La habitación era más pequeña de lo que esperaba.Valeria se había imaginado algo dramático, una cámara acorazada revestida de acero e iluminada por una sola bombilla, el tipo de lugar donde un hombre guardaba secretos que pretendía llevarse a la tumba.Sin embargo, lo que encontró fue una oficina sencilla, sin ventanas, con un escritorio, tres archivadores y una pared de estanterías que se extendían desde el suelo hasta el techo. Había una lámpara sobre el escritorio, una silla y absolutamente nada en las paredes.Parecía el despacho de un hombre que no quería que nada le recordara a algo.Alejandro se hizo a un lado y le permitió entrar primero. Marina entró detrás de ella y se detuvo justo después del umbral, todavía con los brazos cruzados, observándolo como observaba a un testigo hostil.—Es aquí —dijo Valeria. Giró lentamente sobre sí misma, asimilándolo todo—. Catorce años, y aquí es donde guardaste todo.—Sí —respondió Alejandro.—Podrías haberlo puesto en cualquier otro lugar
Isabel no respondió al principio y, durante el silencio que siguió, Valeria observó cómo las manos de su madre se apretaban alrededor de la taza de té hasta que la porcelana pareció volverse blanca bajo sus dedos.—Mamá —dijo Valeria—. Dime su nombre.Isabel cerró los ojos y, por un momento, pareció una mujer que había estado cargando con algo pesado durante seis años y a la que acababan de pedir que lo dejara en el suelo. Cuando volvió a abrirlos, su mirada era firme.—Se llama Vincent Marchetti —dijo Isabel.El nombre le golpeó el pecho a Valeria como un puñetazo.Lo conocía. Todo el mundo lo conocía. Vincent Marchetti era uno de los hombres más respetados de la ciudad, un filántropo, un mecenas de las artes, un hombre cuya fotografía aparecía junto a la del alcalde en todos los eventos benéficos y cuyo nombre figuraba en dos alas de hospitales y en la biblioteca de una universidad.Había conocido a su padre. Había asistido al funeral. Le había estrechado la mano y le había expresad
Isabel Laurent aceptó reunirse a las once.No preguntó por qué. No dudó. Eligió un pequeño restaurante en el lado este de la ciudad, lejos de la casa de los Laurent y de cualquier lugar donde pudieran reconocerlas. Cuando Valeria llegó, su madre ya estaba sentada en una mesa de una esquina, con una taza de té delante.Tenía el aspecto de siempre. Elegante. Serenena. Llevaba un pañuelo de seda alrededor del cuello y mantenía las manos cuidadosamente entrelazadas sobre el mantel, como si estuviera esperando una reserva para almorzar y no un enfrentamiento con su única hija.Valeria se sentó frente a ella.—No lo has traído —dijo Isabel. Su voz era tranquila, pero sus ojos se desviaron hacia la puerta, comprobando quién entraba, como siempre hacía al llegar a cualquier lugar.—No —respondió Valeria.—Bien —dijo Isabel en voz baja.Valeria dejó el bolso junto a la silla y observó a su madre durante un largo momento. Había ensayado una docena de formas de empezar la conversación durante el
Marina no le ofreció una silla.Permaneció en la entrada de la cocina, con los brazos cruzados y los ojos fijos en Alejandro, como un perro guardián que ya había decidido que el intruso era culpable. Valeria no la culpaba. Había pasado tres días contándole todo a Marina, y Marina había pasado tres días escuchándola y odiándolo con esa forma silenciosa y persistente con la que odiaba a cualquiera que hubiera hecho daño a alguien a quien quería.Alejandro permaneció en medio de la pequeña sala de estar y tampoco se sentó. Parecía demasiado grande para aquel espacio. Todavía llevaba el abrigo puesto, sus hombros eran demasiado anchos para el techo bajo y se mantenía completamente inmóvil, como hacía siempre, como si solo se permitiera moverse cuando hacerlo tuviera un propósito.—Deberías sentarte —dijo Valeria.—Estoy bien —respondió Alejandro.—Siéntate, Alejandro —insistió ella.Él la miró. Después se quitó el abrigo y se sentó en el borde del sillón. La imagen de él en el apartamento
Pasaron tres días.Valeria no salió del apartamento de Marina. Trabajó en la mesa de la cocina desde la mañana hasta que la luz empezó a apagarse. Después continuó bajo la lámpara de la esquina y, más tarde, trabajó en la cama, con el portátil equilibrado sobre las rodillas, hasta que sus ojos se negaron a seguir abiertos. Comía cuando Marina le ponía comida delante.Dormía a intervalos, no contestaba cuando sonaba el teléfono y no miraba los mensajes que se acumulaban en el teléfono de seguridad. Tampoco pensaba en la casa al otro lado de la ciudad ni en el hombre que se encontraba en ella.Aquello era mentira, pero se lo repetía tantas veces que empezó a parecerle verdad.Para la tercera noche, había reconstruido todo el entramado.Su padre no se había limitado a descubrir el fraude. Había reconstruido su funcionamiento a la inversa. Página tras página, con su letra pequeña y cuidadosa, había seguido el rastro del dinero a través de cada empresa fantasma y cada cuenta numerada hasta







