FAZER LOGINNo sé cómo terminé en un bar elegante, con música suave y luces doradas. Apenas siento mis piernas. Me dejo caer en la barra y pido un tequila. Lo tomo de un golpe. Luego otro. Y otro más. La quemadura en la garganta es lo único que me recuerda que sigo viva.
El cuarto trago me arranca una carcajada amarga.
—Otro —le digo al barman con voz quebrada.
A mi lado, las miradas de algunos hombres empiezan a volverse incómodas. Siento que me observan como una presa fácil, pero en este momento poco me importa. Estoy rota, cansada, harta.
Es entonces cuando lo noto. En una mesa del fondo, un rostro ya conocido me observa con atención: Armando Martínez, el socio nuevo de la empresa. Su porte es imponente, el traje negro impecable, el rostro tallado en piedra. Ese hombre con el que había cruzado apenas unas frases en la mansión y en la junta, pero que había dejado huella con su sola presencia.
Cuando se levanta y se sienta a mi lado sin pedir permiso, el alcohol me hace hablar más de la cuenta.
—Tan guapo… —digo entre risas—, pero con cara de puño.
Él arquea apenas una ceja. Sus labios se curvan en una mueca casi imperceptible.
—¿No hablas? —insisto, riendo un poco más fuerte—. Definitivamente eres mi “socio cara de puño”.
Sus ojos oscuros se clavan en mí. No responde con palabras, pero se queda allí, observando cómo bebo sin descanso. Y algo dentro de mí, entre el dolor y el tequila, agradece que sea él quien está sentado a mi lado, y no cualquiera de esos otros hombres que me miraban como una presa.
Siento la cabeza pesada. El mundo me da vueltas. De pronto, la barra ya no me sostiene y él es el único punto firme en la habitación.
—Vamos te llevo a tu casa—Dijo con voz grave.
—No quiero ir a casa… —susurro, mirándolo directo a los ojos—. Quiero pasar la noche contigo, cara de puño.
Mis palabras me sorprenden incluso a mí, pero el alcohol me vuelve atrevida. Él suspira, resignado. No responde con palabras, pero me toma del brazo con firmeza. No con brusquedad, sino con esa fuerza contenida de alguien que sabe cómo manejar situaciones difíciles.
No tengo claro cómo, pero pronto estoy en el asiento trasero de un auto negro. Sus manos seguras evitan que me derrumbe por completo. El olor de su chaqueta, mezcla de cuero y tabaco, me envuelve.
Cuando abro los ojos de nuevo, estamos en la habitación de un hotel cercano al bar. Él me ha dejado sobre la cama, quitándome los tacones con torpeza, pero con cuidado.
—Duerme. —su voz retumba como un mandato.
Lo miro desde mi borrachera y sonrío débilmente.
—Sabía que detrás de esa cara de puño había un hombre bueno… —murmuro antes de caer rendida.
Es lo último que recuerdo antes de que la oscuridad me trague.
*
*
Abrí los ojos. La habitación estaba en penumbras. Me llevé la mano a la frente; la resaca golpeaba. Busqué con la mirada aquel hombre y lo vi. No dormía a mi lado y eso era bueno. Estaba sentado en un sillón, con la chaqueta colgada en el respaldo, tecleaba en un portátil iluminado por la luz fría de la pantalla. Su silueta era firme, casi militar.
Llegué al baño, me aferré al lavamanos y me miré en el espejo. El rostro que me devolvió la mirada no era el mío. Ojeras profundas, labios resecos, los ojos rojos e hinchados. Y detrás de ese reflejo, las palabras del testamento: “Tengo una hija con otra mujer”.
Un sollozo me rompió el pecho. Me cubrí la boca con la mano para no gritar. Lágrimas pesadas me rodaron por las mejillas.
Estaba vacía. Engañada.
—¿Por qué? —susurré—. ¿Por qué no fui suficiente?
Me deslicé contra la pared, hundiendo el rostro entre mis rodillas. Lloré hasta que el cuerpo no me dio más, no sé cuánto tiempo paso, solo me levanté. Me lavé la cara con agua fría. Respiré profundo. Me miré de nuevo al espejo.
—Si él pudo… yo también podré. —dije con firmeza, secándome las lágrimas.
Me alisé el cabello, respiré hondo y caminé hasta el sillón.
Él levantó la vista. Cerró la computadora en silencio y la dejó a un lado. Sus ojos oscuros se clavaron en mí. Yo me planté frente a él. Dudé. Mi respiración se aceleró. Luego, con manos temblorosas, me bajé el cierre del vestido. La tela resbaló por mis hombros hasta caer al suelo, dejándome en ropa interior.
Avergonzada, agaché la cabeza.
—Quiero que esta noche me hagas tuya. —Mi voz apenas fue un murmullo.
Él se quedó en silencio unos segundos que me parecieron eternos, pensé que me rechazaría, tal vez no era suficiente para él. Su voz grave, me saco de mis pensamientos.
—¿Estás segura de eso? Mañana podrías arrepentirte.
Tragué saliva y lo miré a los ojos.
—Estoy totalmente segura. Viví diez años en una mentira. Mi marido me engañó con todas las mujeres que pudo. Y yo… siempre me culpé por no poder darle un hijo. Esta noche quiero sentirme mujer. Quiero estar en los brazos de un hombre, aunque seas un desconocido. No me digas tu nombre. Solo hazme tuya.
Él se levantó. Era más alto de lo que había imaginado. Mi cuerpo retrocedió instintivamente. Me tomó del mentón y levantó mi rostro con suavidad.
—Si te hago mía esta noche… mañana no podrás levantarte de la cama.
El corazón me dio un vuelco y mi pulso se aceleró.
—Estoy dispuesta a correr el riesgo. —respondí con un hilo de voz.
Su mirada se endureció. Luego me besó.
El contacto fue un incendio inmediato. Mi cuerpo tembló. Nunca había sentido un beso así: firme, demandante, capaz de robarme el aire. Su mano descendió por mi espalda y me atrajo contra su pecho. Gemí contra sus labios, sorprendida por mi propia vulnerabilidad. Yo, la esposa engañada, ahora temblaba en los brazos de un desconocido.
Sus labios descendieron por mi cuello, arrancándome un jadeo. Cada caricia era un descubrimiento. Mi piel ardía. Él se detuvo, como si hubiera notado algo.
—Porque tiembla todo tu cuerpo. —susurró.
—No… no tengo experiencia. —confesé con vergüenza.
Sus ojos me recorrieron con una intensidad feroz, pero en su voz había calma.
—Entonces lo haré despacio.
Me levantó en brazos como si no pesara nada y me depositó en la cama. Sus manos recorrieron mis muslos, mi cintura, mi pecho, sin prisa, encendiendo cada rincón dormido de mi cuerpo.
Yo cerré los ojos, entregándome. Cada beso bajo mi cuello me arrancaba suspiros. Cada roce me arrancaba la coraza que había construido durante años de indiferencia con Esteban.
Era fuego. Era ternura. Era brutalidad contenida.
Cuando por fin me penetro, un gemido escapó de mis labios. Sentí que mi mundo se quebraba y se reconstruía al mismo tiempo. Él me sostenía, firme, mientras yo me aferraba a su espalda como si de ello dependiera mi vida, sus movimientos eran subes, pero luego fueron salvajes, yo gemía como nunca antes, cada vez más fuerte, era una sensación intensa así que no tarde en tener un gran estallido que me dejó en las nubes, el me voltio al sentir que alcance el clímax y me coloco en cuatro, me dio dos nalgadas y me volvió a embestir con fuerza, no pude evitar gritar de placer, era una avalancha de sensaciones que jamás había sentido ni en los diez años de matrimonio con Esteban, grite tanto que me quede sin vos, era como si estuviera experimentado por primera vez en el sexo con cada gemido, sensación, movimiento, tan placentero que me quedo corta al decir que es lo mejor que me han hecho.
Nos tumbamos en la cama aun con las respiraciones agitadas.
—Eso fue increíble. Dije con la vos entrecortada.
—Y aun no termino.
—¿Qué?
No sé cómo, pero lo bese de manera salvaje, baje a su cuello y le di pequeñas mordidas, note que le gustó ya que su cuerpo se erizo con cada toque y medio a entender que lo estaba disfrutando tanto como yo, decido tomar la iniciativa y lo monto de golpe, él suelta un sonoro gemido que disfruto mucho, nuestros cuerpos se vuelven uno solo de nuevo.
Mis caderas toman vida propia, es como si durante años hubieran estado dormidas, me muevo suave de arriba abajo de abajo arriba, aumento el ritmo al son de sus gemidos y los míos no tardan en salir, es el mejor sexo que he tenido.
El trata de seguirme el ritmo y mueve las caderas conmigo y la sensación es cada vez mejor, no tardamos en alcanzar otro orgasmo, nuestros cuerpos sudorosos siguen unidos mientras nuestras respiraciones vuelven a la normalidad, pero él no piensa parar y en un rápido movimiento quedó debajo suyo.
Me susurra a oído.
—Mi turno mi señora, es hora que le demuestre lo que es un buen amante.
No sé cuánto duró. Solo sé que cada segundo quedó grabado en mi piel, fue sin duda alguna el mejor sexo que había tenido en mi vida. Cuando el silencio volvió a llenar la habitación, él me cubrió con las sábanas y se apartó, encendiendo un cigarrillo frente a la ventana.
Yo me giré hacia él, agotada, temblando aún.
Ese desconocido no lo sabía, pero esa noche había marcado mi vida.
Y yo supe que nunca podría olvidarlo.
Palabras de despedidaPor Cintia Vanessa Barros (CINVAN)Querido lector, querida lectora:Hoy llegamos juntos al final de un viaje. Y aunque los finales suelen estar cargados de silencios, de nostalgia y, a veces, de cierto alivio, siento que este no es un adiós definitivo, sino una pausa necesaria para mirarnos a los ojos, tú y yo, y reconocernos en lo que hemos compartido.Cuando comencé a escribir El precio de amar, no imaginaba la magnitud del camino que se abriría ante mí. Cada palabra, cada página, cada respiración que di mientras tejía la historia de Valeria, de Esteban, de Adrián, de Elena, de Armando, y de tantos otros personajes, se convirtió en un espejo en el que se reflejaban mis propias dudas, miedos y esperanzas. No escribí esta novela desde la distancia, sino desde la cercanía brutal de las emociones que a veces nos desbordan.Porque esta no es solo la historia de una mujer que descubre las traiciones de su marido. Es, ante todo, el relato de una metamorfosis: el tráns
POV Armando.Cinco años han pasado desde que vencimos a los fantasmas del pasado. Y, aun así, hay noches en las que despierto sudando frío, convencido de que volveré a abrir los ojos en medio de la selva, rodeado de fuego y de muerte. Pero entonces escucho una respiración tranquila a mi lado, el roce de su mano buscándome entre las sábanas, y recuerdo que no tengo que luchar más. Que la guerra terminó, que Valeria está aquí conmigo, y que nada ni nadie podrá arrebatármela otra vez.El amanecer en la mansión tiene un sonido particular. Ya no es el silencio solemne de antes, cuando todo este lugar me parecía un mausoleo esperando su regreso. Ahora es un caos lleno de vida: pasos pequeños corriendo por los pasillos, risas que estallan sin permiso, discusiones entre Vanessa y Alessandro, los gritos de los trillizos reclamando atención. Y yo, un hombre que un día creyó que estaba condenado a la soledad, me descubro sonriendo como un tonto solo por escucharlos.Me asomo al balcón y observo
POV ValeriaEl tiempo tiene un extraño poder: todo lo devora, todo lo cura, todo lo transforma. Han pasado cinco años desde aquella guerra que casi nos arranca la vida, y hoy, al mirar a mi alrededor, apenas puedo reconocer a la mujer que fui entonces.Estoy en la terraza de la mansión. El sol de la tarde cae dorado sobre el jardín, pintando sombras largas que bailan sobre el césped. El viento me acaricia el rostro con esa tibieza que me recuerda que la calma, al fin, se ha quedado a vivir con nosotros.Allí, frente a mí, está la escena que nunca me canso de contemplar: Armando jugando con nuestros hijos. Sus carcajadas retumban en el aire, mezcladas con los gritos emocionados de los pequeños. Los trillizos corren como locos, intentando escapar de sus manos fuertes que los persiguen con fingida torpeza.—¡Atrápenlo, atrápenlo! —grita Antonio, el más travieso, mientras se lanza sobre su padre.—¡Yo puedo solo! —añade Andrés, aunque enseguida tropieza y termina en brazos de Armando.Áng
POV ValeriaDicen que los primeros meses de vida de un hijo son un torbellino. Yo podría jurar que, con tres, ese torbellino se convierte en un huracán. La mansión, que alguna vez fue escenario de batallas y conspiraciones, hoy parecía un hospital improvisado: pañales por todas partes, biberones alineados en la cocina como si fueran armas listas para la guerra, ropas diminutas colgando en sillas y sillones.El amanecer ya no llegaba con calma. Era anunciado por un coro de llantos, cada uno con su propio tono, como si Andrés, Antonio y Ángel hubieran aprendido a turnarse para no dejarnos dormir nunca más de tres horas seguidas.Me descubrí agotada, con las ojeras marcadas y el cuerpo pesado, pero jamás había sentido tanto amor, tanto propósito en cada día.Armando no dormía mejor que yo. Ese hombre, que había enfrentado guerras y enemigos, estaba ahora en guerra contra los pañales. Lo veía en las madrugadas, caminando de un lado a otro con Ángel en brazos, murmurándole palabras en voz
POV ValeriaEl hospital ya había quedado atrás, pero el recuerdo de esa noche todavía me erizaba la piel. Tres vidas habían llegado al mundo entre luces quirúrgicas y lágrimas, y ahora, de regreso en la mansión, todo parecía distinto. Las paredes que durante años guardaron silencios y heridas, hoy vibraban con el eco de llantos diminutos, risas nerviosas y pasos apresurados.Ana, con su delantal manchado de leche y papilla, era un torbellino que no paraba. Corría del cuarto de los bebés a la cocina, de la cocina al cuarto de juegos, y aunque estaba agotada, en sus ojos brillaba un orgullo inmenso.Vanessa fue la primera en entrar a la habitación donde estaban las cunas alineadas. Se quedó de pie, con la mochila del colegio todavía colgando de un hombro, observando a los tres bebés que dormían bajo luces suaves. Alessandro se acercó a ella, temeroso, como si los tres pequeños fueran cristal a punto de romperse.—¿De verdad son mis hermanos? —preguntó en un susurro.—Sí, mi amor —respon
POV ValeriaLa noche se quebró con un dolor punzante, seco, que me hizo arquearme en la cama. Primero pensé que era otra de esas contracciones falsas que llevaba semanas soportando, pero cuando el calor me recorrió la espalda y sentí la humedad cálida entre mis piernas, supe que había llegado la hora.—¡Armando! —grité, con un hilo de voz.Él estaba a mi lado en segundos, como si hubiera estado esperando esa llamada toda la vida. Encendió la luz, me miró y su rostro endurecido se transformó en un gesto de pánico contenido.—Ya es el momento, mi amor —susurró, tomando mi rostro con las manos—. Respira, estoy aquí.El caos se desató. Ana corrió por los pasillos de la mansión llamando a los guardias. Vanessa apareció con los ojos llenos de lágrimas, y Alessandro, todavía con el pijama arrugado, preguntaba qué pasaba. Armando los abrazó a ambos con un movimiento rápido.—Su mamá va a traer a sus hermanitos. Cuídenla desde aquí —les dijo, antes de cargarme casi en brazos hacia el coche.El







