INICIAR SESIÓNEl eco de la primera ráfaga de fusil automático en el estacionamiento subterráneo fue ensordecedor.
Las balas impactaron contra el capó de la limusina blindada, arrancando chispas brillantes en la oscuridad. Isabella apenas tuvo tiempo de procesar el sonido antes de que el mundo se volviera un caos de violencia pura.Dante no dudó ni un microsegundo. La agarró por la cintura con un brazo de hierro y la arrojó literalmente hacia el interior del asiento trasero de la limusina, lanzándosEl reloj marcaba las tres de la tarde y el piso cincuenta de Industrias Sterling operaba con la precisión de una máquina de guerra.Isabella estaba de pie frente al enorme ventanal de su despacho, sosteniendo una taza de té negro, observando el denso tráfico de la capital. Detrás de ella, Julián y dos peritos financieros de máxima confianza tenían la mesa de cristal cubierta de diagramas de flujo y registros bancarios.—La sociedad holding en Luxemburgo es un fantasma —anunció uno de los peritos, quitándose los anteojos con cansancio—. Valeria Santoro fue brillante al ocultar las transferencias. Utilizó tres paraísos fiscales distintos antes de inyectar el dinero en el fideicomiso
La luz dorada de la mañana se filtró por el enorme ventanal de la suite principal, delineando los contornos de la cama revuelta.Isabella despertó lentamente. Tenía el cuerpo pesado, exhausto pero envuelto en una languidez deliciosa que hacía meses no sentía. Al intentar moverse, sintió un peso firme sobre su cintura. Abrió los ojos y se encontró con Dante.Él ya estaba despierto. Apoyado sobre un codo, la observaba en completo silencio. La luz iluminaba su cabello rubio y hacía que sus ojos de plata brillaran con una intensidad indescifrable. Llevaba quién sabe cuánto tiempo mirándola dormir, trazando con la yema del dedo índice la línea de su clavícula desnuda con una suavidad que desarmaba.Isabella parpadeó, ajustándose a la realidad. No había contratos ni juntas directivas. Solo ellos dos.—Si sigues mirándome así,
El beso sobre la barra de mármol comenzó con la misma ferocidad que los había consumido en el sur, pero, de un segundo a otro, Dante cambió las reglas del juego.En lugar de ceder a la urgencia salvaje que le exigía la sangre, rompió el contacto de sus labios con una lentitud tortuosa. Se apartó apenas un par de centímetros, con la respiración pesada, manteniendo sus manos firmes sobre los muslos de Isabella.Ella soltó un suspiro entrecortado, con los ojos cerrados y los labios hinchados. Sus dedos, aún enredados en el cabello dorado de él, tiraron con suavidad para obligarlo a volver. Acostumbrada a la eficiencia en cada aspecto de su vida, la Reina de Hielo quería consumar esa tregua de inmediato.Pero Dante se resistió. Le sujetó las muñecas con u
El suave y silencioso pitido del ascensor privado anunció la llegada al último piso de la torre residencial. Las puertas de acero pulido se abrieron, revelando la inmensidad del penthouse de los Ferrara.Durante los últimos meses, ese lugar había sido un campo de batalla silencioso, un escenario decorado con lujos donde Isabella y Dante jugaban a ser extraños compartiendo un código postal. Dormían en alas separadas, desayunaban en horarios distintos y se cruzaban por los pasillos con la misma frialdad con la que se trataban en las reuniones de la junta.Pero esta noche, el aire en el apartamento era completamente distinto. Estaba denso, cargado de una electricidad que hacía vibrar los inmensos ventanales que ofrecían una vista panorámica de la capital iluminada.
Las puertas de cristal de la Vicepresidencia de Estrategia se cerraron a espaldas de Isabella, aislando el zumbido de los teléfonos y los murmullos nerviosos que inundaban el piso cincuenta.Se quitó el abrigo rojo con un movimiento fluido y lo dejó sobre el respaldo del sofá. El aire en su despacho estaba cargado de esa electricidad estática que siempre precedía a una ejecución corporativa. Clara, su asistente, entró apenas un segundo después, sosteniendo una tableta contra su pecho como si fuera un escudo protector y dos tazas de café humeante.—Señora Ferrara... —comenzó Clara, con la voz un poco inestable tras el terremoto que acababa de presenciar en la sala de juntas.—Respira, Clara —la interrumpió Isabella, sentándose en su silla de
El vuelo de regreso a la capital fue un ejercicio de silenciosa y letal complicidad.Aterrizaron en la pista privada de Industrias Sterling poco antes del mediodía. Un sedán negro blindado ya los esperaba en la pista, y el trayecto hacia el distrito financiero se hizo bajo la misma tensión eléctrica que ahora los unía. Dante no soltó la mano de Isabella ni un solo segundo, trazando círculos perezosos sobre sus nudillos, un gesto que contrastaba con la tormenta que estaba a punto de desatar.Cuando el vehículo dobló la esquina hacia la inmensa torre de cristal de la compañía, el caos era evidente.Una horda de periodistas, fotógrafos de espectáculos y analistas financieros acampaba frente a las escalinatas principales.







