MasukLa fiesta continuó como un baile de máscaras donde Anastasia era la única que no llevaba protección. Damián la mantuvo a su lado durante horas, con su mano anclada a la cintura de la joven como un grillete de carne y hueso, exhibiéndola ante sus socios como quien presume un reloj de lujo o un arma nueva. Cuando finalmente los invitados empezaron a dispersarse, ella fue escoltada de regreso a una estancia contigua a la oficina de su padre.
No estaba libre. Dos hombres de Petrov, imponentes y vestidos de oscuro, se apostaron en la puerta. Anastasia estaba vigilada, atrapada entre paredes que conocía de toda la vida pero que ahora se sentían extrañas y hostiles. Se pegó a la puerta doble que conectaba con el despacho, conteniendo la respiración. Las voces de los hombres que acababan de decidir su futuro se filtraban a través de la madera tallada. —Aquí tienes la mitad de lo acordado, Maximiliano —la voz de Damián vibró, gélida y precisa—. El resto del dinero y los documentos de las rutas de la frontera se entregarán mañana, en cuanto el sacerdote selle nuestra unión y Anastasia sea legalmente una Petrov. Ella escuchó el sonido metálico de un maletín abriéndose, seguido del siseo del papel moneda siendo manipulado. Se le revolvió el estómago. Ese era el sonido de su valor; no era una mujer ante sus ojos, era una cifra. —Es un trato justo, Damián —respondió su padre, y Anastasia pudo notar la codicia en su tono, esa satisfacción que nunca sintió por los logros académicos de su hija, pero sí por su venta—. No te arrepentirás. Anastasia es perfecta para el papel. Ha sido educada bajo una disciplina rígida y, lo más importante para alguien de tu posición... te garantizo que es pura. No ha habido hombre que pusiera una mano sobre ella hasta hoy. Un silencio denso inundó la oficina. El corazón de Anastasia martilleaba tan fuerte que temió que los guardias de afuera pudieran escucharlo. —Más le vale —siseó Damián, y ella pudo imaginar la oscuridad en sus ojos grises—. Sabes que no tolero los engaños, Maximiliano. Si mañana descubro que la mercancía tiene algún defecto, no solo cancelaré el pago. Me cobraré la diferencia con tu cabeza y la de tu hija favorita. —No habrá problemas —aseguró su padre, sin un ápice de duda o remordimiento—. Mañana será tuya. Haz con ella lo que quieras, siempre que nuestras familias sigan siendo aliadas. Anastasia se apartó de la puerta, sintiendo un frío que le calaba hasta los huesos. Su propio padre la había garantizado como "pura" mientras entregaba su vida al verdugo más temible de Rusia por un puñado de billetes y un par de rutas de contrabando. Se sentó en el sofá, apretando los puños. Damián creía que estaba comprando una muñeca de porcelana que se rompería bajo su peso. Su padre creía que se había deshecho de la hija "inservible". Pero mientras ellos brindaban con whisky por su negocio millonario, ella solo podía pensar en el rostro de Alaric y en el caos que su presencia había sembrado en su mente. Si ellos querían una guerra, la tendrían. Mañana se pondría el vestido blanco, pero por dentro, juró que su alma sería tan oscura como la noche en la que planeaba desaparecer. AL DÍA SIGUIENTE El vestido blanco reposaba sobre la cama como un cadáver de seda y encaje. Era una pieza de alta costura, excesivamente cara, cargada de diamantes incrustados que brillaban bajo la luz de la lámpara. Anastasia lo miró con un asco que le revolvía las entrañas. Ese vestido no era para una novia; era el papel de regalo de una mercancía que se entregaba en mal estado. —Si quieres una esposa trofeo, Damián, la tendrás —susurró ella para el aire frío de la habitación—. Pero te juro que te la voy a poner difícil. No voy a ser el adorno de nadie. Se puso de pie, sintiendo el peso de la corona de cristales en su cabeza. Estaba a punto de bajar cuando la puerta se abrió de golpe. Su padre entró, observándola con esa frialdad comercial que lo caracterizaba. Se acercó a ella y la tomó por los hombros, pero no con afecto, sino para inspeccionar su inversión. —Escúchame bien, Anastasia —siseó él, apretándola con fuerza—. Tienes que ser una buena esposa. Sé sumisa. Tienes que hacer todo lo que él te diga, sin protestar, sin preguntas. De eso depende que nuestra familia siga en la cima. Anastasia sintió que algo dentro de ella se rompía, pero no de dolor, sino de puro odio. Lo miró fijamente a los ojos, sin parpadear. —Jamás, padre —le soltó, y su voz sonó como un látigo—. No seré sumisa de nadie. Y no permitiré que me hagas lo que le hiciste a mi madre. No voy a ser tu esclava silenciosa. El rostro de su padre se transformó en una máscara de furia. Antes de que ella pudiera reaccionar, la mano de él se enredó en su cabello con una violencia brutal, tirando de su cabeza hacia atrás mientras su otra mano impactaba contra la mejilla de la joven. El golpe la hizo ver estrellas, pero no bajó la mirada. —Qué bueno que madre se fue de este mundo —le gritó ella, con el rostro ardiendo y la respiración entrecortada—. Así al menos ya no tiene que sufrir más contigo. Eres un monstruo. Él rugió de rabia y levantó la mano de nuevo, listo para darle otra bofetada que probablemente la dejaría inconsciente. Anastasia cerró los ojos, esperando el impacto, pero nunca llegó. —Señor Maximiliano... —una voz gélida y profesional cortó el aire. Ella abrió los ojos. En el umbral de la puerta estaba Coni, la mujer que Damián Petrov había enviado como dama de compañía para asegurar que la "entrega" se hiciera a tiempo. No parecía una simple empleada; su postura era rígida y sus ojos tenían el brillo de alguien que sabía usar un arma. —Le sugiero que la suelte ahora mismo —dijo Coni, con un tono cargado de una amenaza implícita—. Al señor Petrov no le gustará nada ver a su futura esposa golpeada. Él paga por perfección, no por sobras maltratadas. Su padre la soltó bruscamente, como si la piel de la joven le quemara. Le lanzó una última mirada de desprecio y salió de la habitación sin decir una palabra, hecho una furia. Anastasia se quedó temblando, tocándose la mejilla hinchada. Coni se acercó a ella con pasos rápidos y seguros. No la miró con lástima, lo cual la joven agradeció, sino con una eficiencia casi quirúrgica. —Ven aquí, niña —le dijo Coni, tomándola con firmeza pero sin hacerme daño—. Siéntate. Te ocultaré esos golpes con maquillaje y te arreglaré el peinado. Tenemos una boda a la que asistir, y Damián Petrov no es un hombre que sepa esperar. Anastasia se sentó frente al espejo, viendo cómo Coni empezaba a trabajar en su rostro para borrar las huellas de su padre. Ella no sabía que, mientras la arreglaban para el altar, la joven ya estaba contando los minutos para que llegara el primer descuido en su nueva prisión.Los años de paz en Miami no habían apagado la fuerza del imperio. La fiesta en el penthouse más exclusivo de la ciudad reunía a la élite del mundo empresarial y de la alta sociedad. En medio de las luces doradas y la música suave, la heredera del imperio Turner caminaba con una elegancia que quitaba el aliento.Anya Turner, la primogénita de Alaric y Anastasia, había heredado la belleza hipnotizante y la gracia de su madre, pero en sus ojos llevaba el fuego helado y la compostura imponente de su padre.Sosteniendo una copa de champán, Anya se alejó un poco del murmullo del salón y se acercó al balcón con vista al océano. La brisa cálida de la noche le rozó el rostro mientras miraba las luces de la costa.—Alaric se volvería loco si supiera que estás aquí sola en el balcón, Anya —dijo una voz grave, profunda y con un tono que erizaba la piel.Anya se giró despacio, manteniendo la barbilla en alto y esa postura de reina que le habían enseñado desde pequeña.A unos pasos de ella, apoyado
Meses después de la coronación de Alaric y Anastasia, la alegría volvió a vestir de gala la mansión de Miami. Había llegado el turno de una boda única, romántica y profundamente esperada: la unión sagrada de Daisy, Lars y Mike.En una ceremonia privada al aire libre, bajo un dosel de orquídeas frente al mar, la hermosa tríada selló su amor. Daisy lucía un vestido de maternidad de encaje marfil que marcaba su hermosa y prominente barriguita de embarazo avanzadísimo. Lars y Mike, impecables a cada lado de ella, le sostenían las manos y le besaban los nudillos mientras juraban protegerla y amarse los tres por el resto de sus días.Pero lo más mágico de su historia no era solo la boda, sino el hermoso milagro médico y científico que llevaban en el vientre.Al momento de planear formar su familia, Lars y Mike tomaron una decisión de amor absoluto: ninguno quería quedarse fuera, y ambos deseaban ser padres al mismo tiempo. Mediante un tratamiento de fecundación asistida doble altamente espe
El gran salón principal de la mansión de Miami parecía una pasarela de alta costura trasladada al corazón del crimen organizado. Thiago estaba en su elemento absoluto, rodeado de maniquíes, bocetos desplegados por el suelo, telas de seda importadas de Italia, encajes franceses bordados a mano y muestrarios de diamantes incrustados.Anastasia estaba de pie sobre un pequeño podio de terciopelo, luciendo un prototipo deslumbrante mientras Thiago corría a su alrededor con una cinta métrica en el cuello y un par de alfileres entre los labios.—¡No, no, no! ¡Nada de tonos marfil ordinarios ni blancos aburridos de catálogo! —exclamaba Thiago con su drama a flor de piel, quitándose los alfileres de la boca para ademanes espectaculares—. ¡Tú eres la matriarca, la emperatriz de la mafia! El vestido tiene que ser un blanco perla imperial, con corsé de talle bajo bordado en hilos de plata pura y micro-cristales Swarovski que simulen la luz de los fiordos donde comenzó este cierre. ¡Una cola de cu
A miles de kilómetros del paisaje nevado de Noruega, el sol abrasador del desierto caía sobre el majestuoso palacio de Dubái. Sin embargo, dentro de los ostentosos pasillos de oro y mármol, solo reinaba un silencio sepulcral, helado y desolador.Zyad, el Jeque, permanecía sentado en el borde de su trono. Había perdido la compostura, el porte y la mirada dominante. A su alrededor solo había ruinas emocionales.La culpa lo devoraba vivo, convirtiéndose en un monstruo implacable que le carcomía las entrañas segundo a segundo. En su mente se repetían, como una pesadilla eterna, tres tragedias que le habían arrancado el alma: la muerte de su amada madre, la vil traición de su hermano Farih junto a Amira —quienes no solo lo engañaron sino que planearon su ejecución—, y la puñalada final de Delfina, la mujer por la que empezaba a sentir algo real y que terminó manipulándolo de la forma más perversa imaginable.Pero el golpe que le había quebrado la espina dorsal para siempre era el más cruen
En la residencia principal, la tranquilidad del embarazo de Daisy se había convertido en una competencia de amor y sobreprotección entre dos hombres que darían la vida por ella.Lars estaba sentado en el sofá junto a Daisy, sosteniendo un plato con fresas con chocolate y un tazón humeante de su comida favorita que él mismo le habia preparado. Con una ternura infinita, Lars le acariciaba el vientre abultado, besándole los nudillos y susurrándole mimos.—Come un poco más, mi amor... tienes que estar fuerte por nuestro bebé —insistía Lars con una sonrisa boba, regalándole un collar de perlas que acababa de sacarle de una pequeña caja de terciopelo.En ese instante, la puerta se abrió de par en par y entró Mike cargando una enorme bolsa de regalos y un ramo gigantesco de rosas rojas. Al ver a Lars consintiéndola, los ojos de Mike se entornaron con una mezcla de celos y competitividad.—Quítate de ahí, Lars. ¿Le trajiste joyas? Por favor, amateur. Yo le traje un set completo de ropa de mat
La noche caía sobre la propiedad privada y la calma reinaba en la mansión tras la partida de los recién casados. Sin embargo, en el ala oeste de la residencia, la tensión no era de peligro ni de armas, sino de una atracción sofocante que llevaba semanas cocinándose a fuego lento.Daisy cerró la puerta de su suite con seguro. Se quitó las zapatillas y soltó su cabello, suspirando de cansancio. En ese instante, la puerta conectada al gimnasio privado se abrió sin golpear. Lars y Mike entraron en la habitación. Ambos venían de terminar la guardia nocturna; traían las camisas desabrochadas, mostrando los pechos marcados por cicatrices de combate y un ligero sudor que brillaba bajo la luz tenue.—Pensé que ya estaban descansando… —dijo Daisy, apoyando la espalda contra la cómoda mientras los miraba de arriba abajo con una sonrisa desafiante y provocativa.—Sabes perfectamente que no podemos dormir cuando estás tan cerca, preciosa —respondió Mike con esa voz rasgada y llena de picardía que







