LOGINLa luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas transparentes del dormitorio de Hazel, proyectando suaves vetas color miel sobre el suelo de madera. Normalmente, Hazel adoraba la tranquilidad de las primeras horas, pero hoy el ambiente en la casa se sentía diferente: cargado de una electricidad estática que le erizaba el vello de los brazos. Silas estaba allí. Estaba justo al final del pasillo, y la sola idea de que se convirtiera en un residente permanente le provocó una mezcla de nerviosismo y emoción en el pecho.
Se paró frente al espejo de cuerpo entero, alisando la tela de su blusa de punto color crema. Era una prenda suave y ajustada que realzaba sus curvas de una manera a la vez recatada y peligrosamente femenina. La combinó con unos pantalones color caramelo de talle alto que alargaban sus piernas y ceñían su cintura para resaltar su delicada figura. Cepilló su vibrante cabello rojo hasta que brilló como caoba pulida, dejando que las ondas cayeran en cascada sobre su espalda. Quería verse impecable, profesional para sus clases universitarias, pero una parte traicionera de su mente se preguntaba si Silas notaría el brillo que el color crema le daba a su piel.
Un fuerte golpe en la puerta la sacó de su ensimismamiento. "¿Haze? ¿Estás lista? El desayuno se está enfriando y tenemos que cumplir con un horario."
Leo. La voz de su hermano era el ancla que solía mantenerla con los pies en la tierra, pero hoy se sentía como una cometa a la deriva. Tomó su bolso y salió al pasillo, donde el aroma a café y tocino chisporroteante la recibió. Al entrar en la cocina, vio a Leo ya servido, con toda la actitud de un hermano mayor cariñoso. Pero sus ojos se dirigieron instintivamente a la silla vacía en el rincón del desayuno. Silas aún no había llegado.
—Te ves muy bien, Pip —dijo Leo, usando el apodo cariñoso de su infancia mientras le acercaba un plato de huevos. Metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño aparato de plástico que le resultaba familiar. Su expresión pasó de juguetona a protectora y severa—. Pero antes de irnos... inhalador. Ahora.
Hazel suspiró, aunque sin verdadera vehemencia. "Leo, estoy bien. No he tenido sibilancias en días."
—Y me gustaría que siguiera así —replicó Leo, sosteniendo el inhalador como un cetro real—. Hoy hay mucha humedad, y ya sabes cómo es caminar por el campus. Dos inhalaciones, Hazel. No me obligues a usar la carta del "hermano mayor".
Hazel tomó el inhalador, sintiendo su mirada atenta sobre ella. Lo agitó, exhaló y dio la primera calada; la fresca bruma le llegó a la garganta con un familiar sabor medicinal. Esperó un instante y luego dio la segunda. Leo asintió satisfecho y guardó el dispositivo en el bolsillo lateral de su bolso. «Bien. No quiero que te desmayes porque eres demasiado terca para respirar».
Unos pasos pesados resonaron en las escaleras, y el corazón de Hazel dio un vuelco. Silas entró en la cocina como un frente de tormenta que se adentra en un valle despejado. Vestía una sencilla camiseta negra que se ajustaba a sus anchos hombros, dejando al descubierto sus musculosos brazos. La intrincada tinta de sus tatuajes —las oscuras escamas de la serpiente, las líneas irregulares de su historia— parecía palpitar a la luz de la mañana. No pronunció palabra, simplemente cogió una tostada del centro de la mesa, clavando sus ojos oscuros en Hazel durante una fracción de segundo de más.
—¿Listo para irnos, Silas? —preguntó Leo, ajeno a la repentina bajada de los niveles de oxígeno en la habitación—. Primero voy a dejar a Haze en el psiquiátrico.
—Iré contigo —dijo Silas, con una voz grave y ronca que le retumbó en la médula a Hazel—. De todas formas, tengo algunos asuntos que atender cerca del campus.
***
El viaje en coche fue una auténtica sobrecarga sensorial. Normalmente, Hazel se sentaba en el asiento del copiloto, pero Leo había colocado allí su bolsa de gimnasio y una pila de archivos. «Súbete atrás con Silas, Haze», dijo Leo con naturalidad, como si no la estuviera condenando a una tortura hermosa y claustrofóbica.
Se deslizó en el asiento trasero, pegándose lo más posible a la ventana. Silas subió tras ella; su imponente presencia hacía que el espacioso sedán pareciera un ascensor angosto. Al acomodarse, su aroma la envolvió: una mezcla potente e embriagadora de madera de cedro, aire frío y algo singularmente masculino. Era un olor terroso y profundo que la mareó.
Cuando Leo salió del camino de entrada, Silas se movió, estirando sus largas piernas. Su rodilla rozó la de ella —un contacto fugaz a través de la tela de sus pantalones color caramelo—, pero se sintió como una marca. Hazel contuvo la respiración por un segundo, apretando con fuerza la correa de su bolso. Miró por la ventana; su reflejo mostraba ojos muy abiertos y mejillas sonrojadas. Silas no se apartó. De hecho, pareció recuperar el espacio, apoyando el brazo en el respaldo del asiento detrás de su cabeza. No la tocaba, pero su presencia era un peso físico, un calor que irradiaba a través de los centímetros que los separaban.
Cada vez que Leo giraba, el balanceo del coche amenazaba con empujarla hacia Silas. Era plenamente consciente de su mano —la de los tatuajes oscuros— que descansaba a escasos centímetros de su muslo. Podía ver las venas en el dorso de su mano, cómo sus nudillos estaban cubiertos de un fino vello. Estaba tan intensamente presente. El silencio en el asiento trasero era denso, un zumbido constante que reflejaba todo lo que no decían. Silas no la miraba, pero ella podía sentir su concentración. Era la concentración de un depredador, silenciosa y absoluta.
***
Cuando el coche por fin se detuvo frente al departamento de Psicología de la universidad, Hazel se sintió como si acabara de terminar una maratón. La tensión era tal que casi esperaba que los cristales se hicieran añicos. Leo aparcó y se giró con una amplia sonrisa.
—Que tengas un buen día, Pip. Estudia mucho —dijo, inclinándose sobre el asiento para darle un beso ruidoso y cariñoso en la mejilla—. Te recojo a las cuatro, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, Leo. Nos vemos entonces —susurró Hazel, con la voz apenas audible para ella misma.
Al salir del coche, se dio cuenta de que Silas la había seguido. Estaba junto a la puerta trasera, apoyado en el marco, observando el campus. La reacción fue instantánea. Un grupo de chicas de segundo año que se dirigían a la biblioteca se detuvieron en seco, susurrando y riendo entre dientes, que se perdían en la brisa. Miraban fijamente a Silas: su estatura, su rostro taciturno y el oscuro y peligroso atractivo de los tatuajes que serpenteaban por sus brazos.
Silas ni siquiera les dedicó una segunda mirada. Tenía la vista fija en un grupo de chicos de una fraternidad que estaban junto a la fuente, quienes observaban a Hazel con interés depredador. Uno de ellos le dio un codazo al otro, señalando la blusa de punto de Hazel y cómo le quedaba. La expresión de Silas se ensombreció al instante. Apretó la mandíbula y dio un paso hacia Hazel, proyectando su sombra sobre ella. No la tocó, pero no hizo falta. Les lanzó una mirada fría y letal que prometía una violencia muy específica si no apartaban la vista. De repente, los chicos encontraron sus cordones muy interesantes, dieron media vuelta y huyeron a toda prisa hacia el comedor.
Silas volvió a mirar a Hazel, buscando su mirada por un instante. «Ve a clase, Hazel», dijo con voz firme, como una orden. No era una sugerencia; era una orden para que entrara en la seguridad del edificio antes de perder los estribos con el resto del mundo.
***
Cuarenta minutos después, Hazel estaba sentada en la tercera fila del aula, con su cuaderno abierto en una página en blanco. El profesor Miller estaba al frente de la sala, divagando sobre la "Arquitectura de la psique humana" y el "Papel del sistema límbico en la respuesta emocional".
Hazel intentó tomar notas. De verdad lo intentó. Escribió la palabra *'Amígdala'* y luego se detuvo. Su bolígrafo se cernió sobre el papel mientras su mente volvía al coche. Aún podía sentir el calor fantasma de la rodilla de Silas contra la suya. Aún podía oler el cedro. Cada vez que cerraba los ojos, veía cómo su camiseta negra se había pegado a su pecho.
«El sistema límbico es responsable de nuestros instintos más primarios», dijo el profesor Miller, cuya voz resonó en el gran salón. «Lucha, huida y... deseo».
El corazón de Hazel dio un vuelco traicionero. Bajó la mirada y se dio cuenta de que había estado garabateando. No era un diagrama del cerebro. Era una serie de escamas oscuras entrelazadas, una imitación del tatuaje que había visto en el antebrazo de Silas. Sintió un sofoco subirle por el cuello. Era estudiante de psicología; se suponía que debía analizar el comportamiento, no ser víctima de un caso típico de fijación obsesiva.
Estaba en problemas. Problemas profundos y enredados. Y mientras la conferencia continuaba a su alrededor, todo en lo que podía pensar era en la recogida de las cuatro en punto, y
El largo y silencioso viaje de regreso a casa en la oscuridad, con Silas sentado a escasos centímetros de distancia.
Color avellanaLo había planeado al salir del edificio.Las palabras, su orden, la estructura general de lo que iba a decir. Llevaba dándole vueltas desde el baño, durante el resto de la clase, mientras recogía sus cosas, durante el camino hasta la entrada, donde su coche ya estaba aparcado en la acera. Para cuando entró y cerró la puerta, ya lo tenía bastante claro. Algo sencillo que decirle a alguien que había hecho algo que merecía ser reconocido. Nada complicado. Solo palabras en el orden correcto.Entonces ella se sentó y Silas salió a la carretera y las palabras no llegaron a ninguna parte.Miró sus manos. Luego la carretera que tenía delante. Después la ventana de su lado, por donde transcurría la tarde: una hilera de tiendas, un autobús que salía de una parada, dos niños discutiendo por algo en la acera. Lo observó todo sin comprender nada, y el silencio entre ellos se prolongó sin que ella dijera nada.El problema radicaba en su falta de atención. No lo miraba. No hacía nada
Color avellanaElla no se movió.Se quedó de pie en el cubículo con el bolso pegado al costado y la mano apoyada en la puerta, y escuchó atentamente cada palabra.La voz de Tiffany se oía como siempre: ni fuerte ni corta, simplemente precisa; una voz que daba por sentado que se la oiría y que no se molestaba en ajustar su volumen al ambiente. Estaba hablando cuando entraron y retomó su discurso sin inmutarse.Claire estaba con ella. Hazel también reconocía esa voz. Llevaba tres semanas oyéndola en pasillos y aulas, riendo en los momentos oportunos, haciendo las preguntas adecuadas, sentándose en la mesa correcta durante el almuerzo.—¿No te dije que te acercaras a ella? —El tono de Tiffany tenía un matiz cortante. No era un tono alzado, sino la frialdad que indicaba que alguien no estaba contento con lo que oía—. Acércate y averigua algo útil.—Lo intenté —dijo Claire en voz más baja—. Era cautelosa. Desde el principio fue precavida conmigo. No pude obtener mucho."Se suponía que iba
Color avellanaSilas aparcó frente a la entrada principal a las nueve menos cinco y mantuvo el motor en marcha."Si algo no te parece bien", dijo, "llámame".Tenía un pie fuera de la puerta. "Lo sé.""Cualquier cosa."—Lo sé, Silas. —Salió y se giró antes de cerrar la puerta—. Espera, ¿vienes a recogerme?Él la miró.—No me dejes aquí y desaparezcas. Vuelve al final del día. —Sostuvo la puerta—. Por favor.Algo cambió ligeramente en su expresión. No fue exactamente sorpresa. Solo un pequeño ajuste. "Estaré aquí.""Gracias." Cerró la puerta y subió los escalones antes de poder pensar en el hecho de que acababa de decirle "por favor" a Silas y luego "gracias", y que básicamente le había pedido que no se fuera sin avisar primero, lo cual era prácticamente lo contrario de todos los límites que había estado manteniendo durante dos semanas.No miró hacia atrás.La mañana había empezado bastante mal con la tía, la puerta cerrada con llave y Silas llegando y marchándose sin preguntar nada, y
Color avellanaSilas no regresó esa noche.Se quedó en la cama una hora, luego se pasó al sofá, después subió las escaleras y, a las diez, ya había descansado lo suficiente, se duchó y se fue a dormir. No comprobó si él estaba en casa. No escuchó si llamaban a la puerta. Se durmió, se despertó a las siete, se quedó allí tumbada unos minutos y luego se levantó.La mañana transcurrió con normalidad. Preparó té. Revisó su teléfono: tres notificaciones de un chat grupal en el que apenas participaba y un meme que Maya le había enviado a medianoche. Puso pan en la tostadora, se quedó de pie junto a la encimera y se puso a navegar sin leer nada, en general, sin mayores sobresaltos. No abrió el chat grupal para ver si alguien ya había publicado el vídeo del aparcamiento. Eso podía esperar.A las ocho y veinte llamaron a la puerta.Dejó la taza sobre la mesa.Llamaron a la puerta por segunda vez antes de que ella hubiera cruzado el pasillo. Se acercó a la puerta y miró por la mirilla.Se le r
El trayecto fue tranquilo.No era un silencio incómodo, o al menos no del tipo que ambos reconocían. Silas mantuvo ambas manos en el volante durante la primera parte, luego bajó una a su regazo y dejó la otra allí, y el único movimiento fue el ocasional golpeteo de su dedo índice contra el volante. No estaba impaciente. Simplemente, como algunas personas mantienen el ritmo sin darse cuenta.Hazel miró por la ventana.Tenía el bolso sobre las rodillas y el teléfono boca arriba encima. Lo revisó dos veces. En ninguna de las dos ocasiones había nada que necesitara responder. Lo revisaba como la gente revisa el teléfono cuando necesita algo que hacer con las manos y la vista.La situación en la escuela ya estaba en marcha. Lo presentía sin siquiera mirar. Uno o dos videos, probablemente más. Alguien publicaría algo esa noche y para la mañana ya habría circulado entre casi todo el grupo. Había pensado en sus posibilidades de adelantarse a la primera versión de los hechos y concluyó que no
— HazelTuvo la mala suerte de estar en la misma clase que Chloe.Se dio cuenta de esto cuando regresaron de los vestuarios y terminaron en el mismo pasillo, dirigiéndose a la misma habitación. Chloe iba dos personas delante y no la saludó, lo cual no le importó. La ausencia de Tiffany en el edificio —actualmente en la enfermería, aún recibiendo atención médica— significaba que a la dinámica habitual le faltaba un componente, y sin Tiffany para mantenerla unida, Chloe parecía un poco menos decidida. Simplemente una persona en un pasillo. Un poco menos.Hazel pensó en el balón prisionero y casi sintió algo parecido a la lástima.Casi. Entonces recordó la trayectoria de aquel lanzamiento —cómo había llegado con fuerza y con precisión— y el casi se desvaneció.Encontró un asiento cerca de la ventana y se acomodó.La clase era una que había estado siguiendo durante todo el semestre y a la que normalmente habría prestado atención sin mucho esfuerzo. Hoy su cerebro funcionaba un poco más l







