LOGINHazel, de veintiún años, siempre ha vivido en una burbuja segura y cómoda, protegida meticulosamente por su hermano mayor, quien la cuida con fiereza. Su vida es predecible, tranquila y perfectamente normal. Hasta que él irrumpe en ella. Silas tiene veinticuatro años, es peligrosamente seductor y el mejor amigo de su hermano. Trae consigo un aura de oscuros secretos, la piel manchada de tinta y una mirada depredadora que derriba todas sus defensas cuidadosamente construidas. Él es todo lo que le han enseñado a evitar, pero vivir bajo el mismo techo hace que sea imposible escapar de él. Lo que comienza como una convivencia temporal pronto se convierte en una asfixiante red de miradas furtivas, deseos reprimidos y una peligrosa obsesión. Silas no solo busca un lugar donde pasar la noche; la está observando. Y una vez que la tiene en la mira, las espinas de su atracción prohibida los unirán de una forma que podría destruirlos a ambos. En una casa donde las paredes tienen oídos y su hermano la vigila constantemente, ceder a la locura es un riesgo. Pero Silas es una tentación a la que quizás no pueda resistir.
View MorePunto de vista de Hazel
El sol de la tarde se filtraba por las rendijas de las persianas, proyectando largas franjas doradas sobre el suelo de madera de mi habitación. Era ese calor sofocante que inundaba la casa alrededor de las tres, de esos que hacían que el aire se sintiera denso y el tiempo transcurriera como melaza. Gemí, hundiendo la cara en el lado fresco de la almohada, intentando aferrarme a los últimos vestigios de un sueño que apenas recordaba.
Tenía la boca con sabor a algodón rancio y el estómago me rugía con fuerza. Resignada a lo inevitable, aparté la maraña de mi espesa melena roja de mi cara y me incorporé. Tenía veintiún años, pero tras una siesta de dos horas, me sentía completamente descoordinada. Miré mi ropa: unos pantalones cortos vaqueros desteñidos y ridículamente cortos, y una vieja camisa polo azul marino de mi hermano, enorme, que me quedaba enorme y me llegaba hasta la mitad de los muslos. No era precisamente un atuendo de pasarela, pero en la intimidad de mi hogar, la comodidad era primordial.
Balanceando mis pies descalzos sobre el borde del colchón, salí de mi habitación y me dirigí al silencioso pasillo. La casa solía ser un remanso de paz durante el día. Mi hermano mayor, Leo, era mi mundo entero y mi protector autoproclamado. Desde que nuestros padres fallecieron, se había dedicado a mimarme, protegerme y, a veces, a asfixiarme con su afecto desbordante. Era el tipo de hermano que examinaba a mis amigos, interrogaba a mis citas y se aseguraba de que la despensa siempre estuviera llena de mis golosinas favoritas. Lo amaba profundamente por eso, aunque a veces su sobreprotección se sentía como una jaula de terciopelo.
Supuse que Leo estaba en el salón, probablemente absorto en su portátil trabajando en unos planos arquitectónicos, lo que significaba que la cocina era toda mía para saquear. Arrastré los pies por el suelo de madera, cuyos suaves golpes rítmicos resonaban en el silencio, con la mente completamente concentrada en el trozo de tarta de cerezas que sabía que se escondía tras el cartón de leche en la nevera.
Doblé la esquina hacia la cocina, con los ojos entrecerrados, mientras un bostezo me estiraba la mandíbula.
Y entonces, me quedé paralizado.
El bostezo se me atascó en la garganta, reemplazado por una punzada helada de pura adrenalina. La cocina no estaba vacía.
De pie junto a la isla de la cocina, bañado por la luz cruda e implacable de la lámpara colgante, había un hombre. No era Leo. Era más alto, más corpulento y desprendía una energía que instantáneamente agotaba el oxígeno de la habitación. Vestía completamente de negro: pantalones oscuros que ceñían sus piernas delgadas y musculosas, y una camiseta negra ajustada que no hacía más que resaltar la imponente presencia de su torso.
Pero fueron sus brazos los que primero captaron mi atención. Eran un lienzo de tinta oscura y compleja. Una enorme serpiente, de un detalle aterrador, se enroscaba alrededor de su antebrazo izquierdo, y sus escamas parecían retorcerse y moverse mientras se servía un vaso de agua. Los tatuajes desaparecían bajo las mangas cortas de su camisa, dejando entrever una extensa red de arte que cubría su pecho y espalda.
Todavía no me había visto, o si lo había hecho, no le importaba. La desfachatez de un desconocido parado en mi cocina, bebiendo de nuestros vasos, me provocó una oleada de pánico primigenio.
"¡Ah!" El grito brotó de mis pulmones antes de que pudiera contenerlo, un sonido agudo y vergonzoso que rompió la tranquilidad de la tarde.
El hombre se giró lentamente. No se inmutó. No dejó caer el vaso. Simplemente giró la cabeza, con movimientos deliberados y depredadores, como una pantera que evalúa a un pájaro particularmente ruidoso.
El pánico nubló mi juicio y mis ojos recorrieron la habitación buscando un arma. El soporte para cuchillos estaba demasiado lejos. La pesada sartén de hierro fundido estaba en el fregadero. Busqué a tientas hasta que mis dedos se aferraron al liso respaldo de madera de uno de los pesados taburetes que estaban debajo de la barra. Con una oleada de adrenalina, tiré del taburete hacia mí, usándolo como un escudo improvisado, con las patas de madera apuntando directamente a su pecho.
—¿Quién eres? —exigí, con la voz temblorosa a pesar de mis esfuerzos por sonar feroz—. ¿Cómo entraste aquí? ¡Estoy armada!
El hombre bebió un sorbo lento de agua, sin apartar la mirada de la mía. Sus ojos eran oscuros, tan oscuros que parecían casi negros en la penumbra, y poseían una profundidad aterradora que me erizó la piel. Miró el taburete, luego volvió a mirarme a la cara, bajando la vista por una fracción de segundo para observar mis piernas desnudas y la camisa polo demasiado grande que apenas las cubría. Una sonrisa lenta y peligrosa asomó en la comisura de sus labios.
«Armado con un mueble de IKEA», dijo arrastrando las palabras. Su voz era un barítono grave y ronco que vibraba a través del suelo hasta las plantas de mis pies. «Aterrador».
—¡Lo usaré! —amenacé, mis nudillos se pusieron blancos mientras apretaba la madera con más fuerza. El corazón me latía con fuerza contra las costillas como un pájaro atrapado—. Mi hermano está en la otra habitación, y él...
"¿Hazel? ¡Hazel, ¿qué te pasa?!"
El sonido de pasos pesados y frenéticos resonó por el pasillo. Un segundo después, Leo irrumpió en la cocina, con los ojos desorbitados por el pánico y un pesado sujetalibros de latón aferrado a su mano derecha. Me miró, acurrucado tras un taburete, y enseguida fijó su mirada en el gigante de pelo oscuro que permanecía impasible junto al fregadero.
Leo exhaló un suspiro profundo, dejando caer los hombros mientras bajaba el sujetalibros. "Dios mío, Hazel. Casi me das un infarto."
Miré a mi hermano, completamente desconcertado. "¡Leo! ¡Hay un hombre extraño en nuestra cocina! ¿Por qué bajas el arma? ¡Golpéalo!"
El desconocido soltó una risita, un sonido grave y sombrío que me heló la sangre. Dejó el vaso sobre el mostrador de mármol y se echó hacia atrás, cruzando sus brazos, profusamente tatuados, sobre el pecho. La serpiente de su antebrazo parecía mirarme fijamente.
—Tiene carácter, Leo —dijo el hombre, clavando sus ojos oscuros en los míos con una intensidad que me hizo querer retroceder—. Eso sí que se lo concedo.
Leo se frotó la nuca, con una expresión de profunda culpabilidad. Se acercó y con cuidado me quitó el taburete de las manos, dejándolo en el suelo. «Hazel, baja los muebles. No es un intruso».
—¿Entonces quién es él? —pregunté, cruzando los brazos sobre el pecho, de repente muy consciente de la poca ropa que llevaba puesta. La camisa polo, demasiado grande, me parecía totalmente insuficiente bajo la mirada penetrante y calculadora del desconocido.
—Este es Silas —dijo Leo, señalando al hombre—. Silas, esta es mi hermana pequeña, Hazel. De la que te hablé.
Silas. El nombre sonaba a secreto, algo afilado y peligroso.
—¿Silas? —repetí, frunciendo el ceño—. Espera. ¿El Silas? ¿Tu mejor amigo de la universidad? ¿El que...? —Dejé la frase a medias, recordando las historias disparatadas que Leo solía contar sobre su enigmático y problemático compañero de cuarto. El tipo que siempre se metía en peleas, el que andaba en moto y parecía más propio de una prisión de máxima seguridad que de un aula de una universidad de élite.
—El mismo —dijo Silas, dando un paso lento y decidido hacia mí. Tenía veinticuatro años, solo tres más que yo, pero se movía con la presencia de un hombre que había visto los rincones más oscuros del mundo. De cerca, resultaba aún más intimidante. Olía a madera de cedro, cuero y algo claramente masculino y peligroso.
Miré a Leo, con la traición ardiendo en mi pecho. "¿Qué hace en nuestra cocina? ¿Por qué no me dijiste que iba a venir?"
Liam suspiró, pasándose la mano por el pelo. "Iba a contártelo, Haze. De verdad que sí. Pero estabas dormida y no quería despertarte. Silas tuvo algunos... problemas con su edificio. Se rompió una tubería y se inundó todo. Necesitaba un sitio donde quedarse."
Se me revolvió el estómago. "¿Un lugar donde quedarme? ¿Por cuánto tiempo?"
—Solo por un tiempo —dijo Leo rápidamente, con tono conciliador—. Unas semanas, tal vez un mes. Hasta que arreglen su casa. Tenemos la habitación de invitados en la planta baja. No será gran cosa.
Un mes.
Me quedé mirando a mi hermano, completamente sin palabras. Él siempre me protegía con fiereza. Apenas dejaba que el repartidor de pizzas me mirara demasiado tiempo. ¿Y ahora invitaba a un tipo tatuado, intimidante y que parecía una bandera roja andante a vivir bajo nuestro techo?
—Leo —siseé, agarrándolo del brazo y apartándolo unos pasos, bajando la voz a un susurro frenético—. ¿Estás loco? ¡No puedes simplemente traer a un desconocido a nuestra casa!
—No es un desconocido, Hazel. Es mi mejor amigo. Es prácticamente de la familia —susurró Leo, dándome una palmadita en la mano—. Es un buen tipo. Un poco rudo, sí, pero es de fiar. Confío en él con mi vida. Y por extensión, confío en él con la tuya. Solo... dale una oportunidad, ¿de acuerdo? Por mí.
Miré por encima del hombro. Silas no se había movido. Seguía apoyado en el mostrador, observando nuestra conversación susurrada con una expresión de leve diversión. Pero no había nada de leve en su mirada. Me seguía a todas partes, observando el rubor en mis mejillas, el desordenado enredo de mi cabello rojo, la forma en que mis piernas desnudas se movían nerviosamente sobre el suelo de madera.
No parecía un hombre que buscara un lugar temporal donde alojarse. Parecía un depredador al que le acababan de entregar las llaves de la jaula.
—De acuerdo —murmuré a Leo, aunque mi voz carecía de convicción—. Pero si nos asesina mientras dormimos, le diré «te lo dije» en nuestro funeral conjunto.
Leo se rió y me besó la coronilla. "Dramático como siempre. Venga, vamos a buscarte ese pastel que estabas buscando".
Mientras Leo se giraba para abrir la nevera, me arriesgué a echarle una última mirada a Silas. Seguía observándome. Lentamente, con deliberación, levantó la mano —la del tatuaje de la serpiente— y se tocó la sien con dos dedos en un gesto de saludo irónico.
Un escalofrío intenso y confuso me recorrió la espalda. Mi vida había sido perfectamente tranquila, perfectamente segura y perfectamente aburrida. Pero al mirar fijamente los ojos oscuros y magnéticos de Silas, supe con aterradora certeza que la tranquilidad había terminado.
La tormenta acababa de llegar.
Color avellanaLo había planeado al salir del edificio.Las palabras, su orden, la estructura general de lo que iba a decir. Llevaba dándole vueltas desde el baño, durante el resto de la clase, mientras recogía sus cosas, durante el camino hasta la entrada, donde su coche ya estaba aparcado en la acera. Para cuando entró y cerró la puerta, ya lo tenía bastante claro. Algo sencillo que decirle a alguien que había hecho algo que merecía ser reconocido. Nada complicado. Solo palabras en el orden correcto.Entonces ella se sentó y Silas salió a la carretera y las palabras no llegaron a ninguna parte.Miró sus manos. Luego la carretera que tenía delante. Después la ventana de su lado, por donde transcurría la tarde: una hilera de tiendas, un autobús que salía de una parada, dos niños discutiendo por algo en la acera. Lo observó todo sin comprender nada, y el silencio entre ellos se prolongó sin que ella dijera nada.El problema radicaba en su falta de atención. No lo miraba. No hacía nada
Color avellanaElla no se movió.Se quedó de pie en el cubículo con el bolso pegado al costado y la mano apoyada en la puerta, y escuchó atentamente cada palabra.La voz de Tiffany se oía como siempre: ni fuerte ni corta, simplemente precisa; una voz que daba por sentado que se la oiría y que no se molestaba en ajustar su volumen al ambiente. Estaba hablando cuando entraron y retomó su discurso sin inmutarse.Claire estaba con ella. Hazel también reconocía esa voz. Llevaba tres semanas oyéndola en pasillos y aulas, riendo en los momentos oportunos, haciendo las preguntas adecuadas, sentándose en la mesa correcta durante el almuerzo.—¿No te dije que te acercaras a ella? —El tono de Tiffany tenía un matiz cortante. No era un tono alzado, sino la frialdad que indicaba que alguien no estaba contento con lo que oía—. Acércate y averigua algo útil.—Lo intenté —dijo Claire en voz más baja—. Era cautelosa. Desde el principio fue precavida conmigo. No pude obtener mucho."Se suponía que iba
Color avellanaSilas aparcó frente a la entrada principal a las nueve menos cinco y mantuvo el motor en marcha."Si algo no te parece bien", dijo, "llámame".Tenía un pie fuera de la puerta. "Lo sé.""Cualquier cosa."—Lo sé, Silas. —Salió y se giró antes de cerrar la puerta—. Espera, ¿vienes a recogerme?Él la miró.—No me dejes aquí y desaparezcas. Vuelve al final del día. —Sostuvo la puerta—. Por favor.Algo cambió ligeramente en su expresión. No fue exactamente sorpresa. Solo un pequeño ajuste. "Estaré aquí.""Gracias." Cerró la puerta y subió los escalones antes de poder pensar en el hecho de que acababa de decirle "por favor" a Silas y luego "gracias", y que básicamente le había pedido que no se fuera sin avisar primero, lo cual era prácticamente lo contrario de todos los límites que había estado manteniendo durante dos semanas.No miró hacia atrás.La mañana había empezado bastante mal con la tía, la puerta cerrada con llave y Silas llegando y marchándose sin preguntar nada, y
Color avellanaSilas no regresó esa noche.Se quedó en la cama una hora, luego se pasó al sofá, después subió las escaleras y, a las diez, ya había descansado lo suficiente, se duchó y se fue a dormir. No comprobó si él estaba en casa. No escuchó si llamaban a la puerta. Se durmió, se despertó a las siete, se quedó allí tumbada unos minutos y luego se levantó.La mañana transcurrió con normalidad. Preparó té. Revisó su teléfono: tres notificaciones de un chat grupal en el que apenas participaba y un meme que Maya le había enviado a medianoche. Puso pan en la tostadora, se quedó de pie junto a la encimera y se puso a navegar sin leer nada, en general, sin mayores sobresaltos. No abrió el chat grupal para ver si alguien ya había publicado el vídeo del aparcamiento. Eso podía esperar.A las ocho y veinte llamaron a la puerta.Dejó la taza sobre la mesa.Llamaron a la puerta por segunda vez antes de que ella hubiera cruzado el pasillo. Se acercó a la puerta y miró por la mirilla.Se le r


















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