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Chapter two

Author: Valerie Ray
last update publish date: 2026-04-15 20:05:40

Silas

  El silencio siempre había sido mi refugio, pero en esta casa, se sentía como una pistola cargada a punto de dispararse. Me quedé de pie en el centro de la cocina, bañada por el sol, con un vaso de agua helada en la mano, dejando que la condensación resbalara por mis nudillos. El suave zumbido del refrigerador era el único sonido que me anclaba al presente. Recorrí con el pulgar el borde de la encimera de mármol; la tinta oscura del tatuaje de serpiente que se enroscaba en mi antebrazo se tensaba con el leve movimiento. Era un recordatorio permanente de la vida de la que acababa de escapar y de las sombras que intentaba mantener a raya.

  Mudarse con Leo no formaba parte del plan original. A los veinticuatro años, tenía mi propia vida, mi propio apartamento al otro lado de la ciudad y un negocio que operaba estrictamente en los límites de la ley. Pero cuando la presión de una facción rival se hizo demasiado cercana, Leo —mi mejor amigo, mi hermano en todo lo que importaba— me ofreció un refugio seguro. No hizo preguntas. Nunca las hizo. Crecimos juntos en los bajos fondos de la ciudad, navegando por el sistema de acogida hasta que Leo cumplió la mayoría de edad y obtuvo la custodia de su hermana pequeña. Si bien mi infancia había sido un ir y venir constante de hogares rotos y costillas magulladas, la casa de Leo había sido el único lugar donde alguna vez sentí un mínimo de paz. Le debía la vida, mi lealtad y mi absoluto respeto.

  Precisamente por eso, los repentinos y erráticos latidos de mi corazón eran un problema enorme.

  El suave roce de unos pies descalzos contra el suelo de madera me sacó de mi ensimismamiento. No me moví. Simplemente dirigí la mirada hacia la entrada del pasillo, esperando ver a Leo. En cambio, sentí que se me escapaba el aire de los pulmones.

  Era Hazel.

  Entró tambaleándose en la cocina, completamente ajena a mi presencia. El sol de la tarde iluminaba los mechones rojizos de su despeinada melena, creando un halo de brasas. Se frotaba un ojo con el dorso de la mano, una imagen de inocencia soñolienta. Pero no había nada de inocente en la reacción de mi cuerpo ante ella.

  Llevaba una camisa polo demasiado grande, probablemente de Liam, o tal vez una vieja mía que había dejado olvidada hacía años. La prenda le quedaba enorme, pero el dobladillo le llegaba peligrosamente alto en los muslos, dejando al descubierto unos pantalones cortos que dejaban ver demasiada piel pálida y suave. Recorrí con la mirada sus piernas, y una repentina y violenta posesividad se apoderó de mí.

  Esta era Hazel. La pequeña Hazel. La niña que solía esconderse tras unas gafas gruesas y enormes que magnificaban sus ojos, sumergida en libros de fantasía mientras Liam y yo jugábamos a videojuegos. Era toda rodillas huesudas y sonrisas tímidas, una criatura frágil que ambos juramos proteger de la fealdad del mundo.

  Pero la chica que tenía delante ya no era una niña. Tenía veintiún años, y la torpeza de la adolescencia se había desvanecido, dejando atrás a una mujer de una belleza deslumbrante. Ya no llevaba las gruesas gafas, dejando al descubierto unos ojos impactantes y expresivos, ahora pesados por el sueño. Parecía dulce. Flexible. Seductora de una forma que ni siquiera ella misma percibía, lo cual solo empeoraba las cosas.

  Respiré hondo, con calma, intentando controlar a la bestia que de repente me arañaba las costillas. No la mires así, me dije. Es la hermana de Leo. Es intocable.

  Pero entonces bajó la mano, parpadeó y finalmente reconoció la figura alta y morena que estaba de pie en la esquina de su cocina.

  Su reacción fue instantánea. Un grito agudo y penetrante brotó de su garganta, rompiendo la tranquilidad de la tarde. Sus ojos se abrieron desmesuradamente por el terror, y en un destello de puro instinto de supervivencia, se lanzó hacia atrás, agarrando desesperadamente el pesado taburete de madera para usarlo como arma improvisada.

  No me inmuté. Simplemente la observé, con una sonrisa oscura y divertida asomando en la comisura de mis labios a pesar de la situación. Parecía una gatita acorralada: pequeña, vivaz, con el pelo erizado, lista para arañarle los ojos a un depredador que la doblara en tamaño. Era peligrosamente adorable. Quise dar un paso al frente, quitarle el taburete de sus manos temblorosas, inmovilizarle las muñecas contra la pared y demostrarle lo inútil que sería su pequeña arma contra mí.

  La idea me golpeó con la fuerza de un tren de carga, oscura e embriagadora. Imaginé la telaraña espinosa de una enredadera de rosas atando nuestras manos, mi brazo tatuado aprisionándola, el suave suspiro que soltaría al darse cuenta de que estaba completamente a mi merced.

  "¡Color avellana!"

  El grito frenético destrozó mi retorcida fantasía. Unos pasos pesados resonaron escaleras abajo, y un segundo después, Liam irrumpió en la cocina, con el pecho agitado y la mirada recorriendo la habitación en busca de alguna amenaza.

  "¿Qué pasa? ¿Qué ocurrió?", preguntó Leo, interponiéndose instintivamente entre nosotros, con su instinto protector de hermano mayor completamente activado.

  Di un sorbo lento a mi agua; el hielo tintineó contra el vaso, forzando mi expresión a adoptar una máscara de fría e indiferente indiferencia. Por dentro, la sangre me hervía, rugiendo en mis oídos, pero había dedicado toda mi vida a perfeccionar el arte de ocultar mis demonios.

  Hazel seguía aferrada al taburete, con los nudillos blancos, el pecho subiendo y bajando rápidamente bajo la fina tela de algodón de la camisa polo. Me señaló con un dedo tembloroso. «Él... ¡él solo estaba ahí parado! ¡En la oscuridad!»

  —Son las tres de la tarde, Hazel. Apenas está oscuro —dije arrastrando las palabras, con una voz grave y ronca que parecía vibrar en el aire tenso. Dejé el vaso sobre la encimera y mis ojos se clavaron en los suyos. Observé cómo se estremecía al oír mi voz. Bien. Debería tener un poco de miedo.

  Leo dejó escapar un enorme suspiro de alivio, pasándose la mano por la cara. Extendió la mano y con cuidado le arrebató el taburete. "Dios mío, Haze. Casi me da un infarto. Es solo Silas."

  —¿Solo Silas? —repitió, con la voz cada vez más aguda por la incredulidad. Por fin pareció comprender quién era yo; sus ojos, muy abiertos, recorrieron mi rostro, observando la mandíbula más marcada, los rasgos endurecidos, la tinta que ahora se extendía por mi cuello y brazos—. ¿Qué hace en nuestra cocina?

  Leo la rodeó con un brazo para consolarla, acercándola a él. Ver a otro hombre tocándola —incluso a su hermano— me provocó una oleada irracional de celos. Apreté la mandíbula y metí las manos en los bolsillos de mis pantalones oscuros para evitar hacer alguna tontería.

  —Quería decírtelo esta mañana, pero estabas como muerta en vida —explicó Leo, suavizando su tono mientras la miraba—. Silas se quedará con nosotros un tiempo. Ocupará la habitación de invitados al final del pasillo.

  Hazel se quedó paralizada. Sus ojos se movieron rápidamente de Liam a mí, mientras la realidad de sus palabras la abrumaba. "¿Te quedas con nosotros? ¿Por cuánto tiempo?"

  —Mientras lo necesite —dijo Leo con firmeza, sin dar lugar a réplica. Me miró, y entre nosotros se estableció una comunicación silenciosa. —Cuento contigo.

  Asentí una vez, reconociendo la deuda, pero mi mirada inevitablemente volvió a posarse en la tentadora pelirroja que llevaba bajo el brazo. Me miraba fijamente, con una mezcla de confusión, temor latente y algo más —algo que se parecía peligrosamente a la curiosidad— reflejado en sus hermosos ojos.

  "Perdona si te asusté, gatita", murmuré, y el apodo se me escapó antes de poder evitarlo. Me pareció perfecto.

  Contuvo la respiración y un leve rubor le subió por el cuello. No le gustaba el apodo, o quizás le gustaba demasiado. En cualquier caso, la reacción era embriagadora.

  —No soy una gatita —murmuró, cruzando los brazos sobre el pecho y presionando inadvertidamente la suave tela del polo contra sus curvas.

  —Me habrías engañado con esas garras —respondí con suavidad, bajando la mirada hacia sus manos antes de volver a encontrarme con su mirada.

  Leo soltó una risita, completamente ajeno a la densa y sofocante tensión que de repente llenaba la habitación. "Muy bien, ustedes dos. Pórtense bien. Silas, siéntase como en casa. Hazel, ponte unos pantalones de verdad antes de empezar a cocinar."

  Se sonrojó aún más, lanzándome una última mirada indescifrable antes de darse la vuelta y salir de la cocina a grandes zancadas. La observé marcharse, siguiendo con la mirada el vaivén de sus caderas hasta que desapareció escaleras arriba.

  Cuando me di la vuelta, Leo estaba abriendo la nevera, completamente ajeno a que acababa de invitar a un lobo a su casa.

  Me apoyé en la encimera, sintiendo el frío del mármol traspasar mi camisa. La realidad de nuestra nueva situación se hacía presente, pesada y asfixiante. Iba a dormir bajo el mismo techo que ella. Respirar el mismo aire. Escuchar sus suaves pasos en plena noche.

  Era la hermana de Leo. Era la única línea que jamás podría cruzar.

  Pero mientras permanecía allí, con el aroma fantasmal de su piel cálida aún flotando en el aire, supe con aterradora certeza que mi control se estaba desvaneciendo. Yo era un hombre que vivía en la oscuridad, y Hazel era una luz cegadora y hermosa. Y Dios me ampare, iba a arrastrarla conmigo a las sombras.

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