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CAPÍTULO 2 - LA ESPERA

Autor: Humble Lee
last update Fecha de publicación: 2026-11-01 11:07:54

POV: Alex

Nunca había odiado tanto el pasillo de un hospital como aquella noche.

Las paredes blancas, las luces fluorescentes, el olor a desinfectante… Todo en aquel lugar me hacía sentir atrapado. No podía ver a Lana. No podía llegar hasta ella. No podía hacer absolutamente nada, salvo esperar a que alguien me dijera si la mujer que amaba iba a sobrevivir.

Recorrí el pasillo de un extremo al otro, me di la vuelta y volví a hacerlo.

Las suelas de mis zapatillas chirriaban contra el suelo pulido.

Me detuve frente a las puertas del quirófano y me quedé mirándolas.

Por favor, Lana. Por favor.

Lo último que había visto era la sangre extendiéndose por mi camisa. Mi camisa, la que ella se había puesto prestada aquella mañana. Se la había puesto sin pensarlo y había caminado por nuestra casa como si siempre hubiera pertenecido a aquel lugar.

Ahora no podía dejar de verla empapada en sangre.

Me presioné las palmas contra los ojos.

Todo era culpa mía.

Si Cindy nunca hubiera formado parte de mi vida, Lana no estaría tumbada en una mesa de operaciones. Si hubiera terminado las cosas antes, quizá Cindy nunca habría llegado tan lejos. Si me hubiera dado cuenta de hasta dónde había llegado su obsesión, tal vez habría podido proteger a Lana antes de que todo acabara así.

Pero no lo hice.

Me había convencido de que poner fin a la relación sería suficiente. Había pensado que, una vez que me marchara, Lucinda acabaría aceptándolo.

Me equivocaba.

Dejé de caminar y volví a mirar las puertas.

Se suponía que sabía tomar decisiones bajo presión. Me ganaba la vida jugando al hockey sobre hielo profesional. Cada partido exigía tomar decisiones rápidas, cada error tenía consecuencias y una vacilación podía costarle el partido al equipo.

Sin embargo, cuando se trataba de las personas de mi vida, había permitido que las cosas se deterioraran hasta que alguien terminó pagando por mis errores.

Ahora Lana estaba pagando las consecuencias.

Recordé la primera vez que la conocí en The Anchor & Oak.

Había ido allí después de un partido, sin más intención que tomar algo y escapar del ruido que me perseguía a todas partes. Aficionados, entrevistas, patrocinadores, personas que querían una fotografía o un poco de mi atención. Incluso en una noche cualquiera, ser Alex Mercer rara vez significaba que me dejaran tranquilo.

Entonces Lana apareció junto a mi mesa.

Tomó nota de mi pedido, me lanzó una mirada cuando me costó decidir qué quería y pasó al siguiente cliente sin dedicarme una segunda mirada.

No coqueteó conmigo. No me preguntó por el hockey. Ni siquiera fingió reconocerme.

Me pareció refrescante.

Así que volví.

La segunda vez, me descubrí buscándola con la mirada antes incluso de llegar a la barra. Para la tercera visita, ya estaba inventando excusas para quedarme más tiempo del necesario.

No hubo un gran momento que me hiciera enamorarme de ella. Fueron las pequeñas cosas.

La forma en que hablaba de sus proyectos de diseño con auténtica ilusión. La manera en que sabía reírse de sí misma sin necesitar la aprobación de nadie. Cómo me escuchaba cuando hablaba de hockey sin tratar mi carrera como si fuera lo más interesante de mí.

Con Lana, no era un jugador cuyo próximo rendimiento necesitaba ser analizado. Tampoco era la mitad de una pareja famosa cuyas apariciones había que organizar hasta el último detalle.

Simplemente era Alex.

Y, en algún momento, esa se había convertido en la persona que más deseaba ser.

Bajé las manos.

Las puertas del quirófano seguían cerradas.

Mi teléfono vibró en el bolsillo. Lo saqué, esperando recibir alguna noticia, pero era un mensaje de mi representante preguntándome si estaría disponible para una llamada a la mañana siguiente.

Me quedé mirándolo antes de apagar el teléfono.

La temporada podía esperar. El club podía esperar. El mundo entero podía esperar.

Nada importaba si Lana no volvía a casa.

Oí unos pasos detrás de mí.

—¡Alex!

Me volví y vi a Gabrielle acercándose apresuradamente, con el rostro pálido por la preocupación. Cuando llegó hasta mí, me sujetó de los brazos y me examinó la cara, como si pudiera encontrar allí la respuesta.

—¿Qué ha pasado?

Intenté hablar, pero se me cerró la garganta.

—¿Alex? ¿Dónde está Lana?

Miré hacia las puertas.

—Está ahí dentro.

—¿Por qué? ¿Qué le ha pasado?

Negué con la cabeza, incapaz de sostener la mirada de mi hermana.

—Lucinda fue a casa con una pistola.

Gabrielle se quedó inmóvil.

—¿Lucinda? ¿Tenía una pistola?

Asentí.

—Le disparó a Lana. Intenté detenerla, Gab. Te juro que lo intenté.

La voz se me quebró.

—Intenté quitarle el arma, pero se disparó. Lana cayó al suelo y yo no pude hacer nada.

Gabrielle me apretó los brazos con más fuerza.

—¿Lana está viva?

—Se la llevaron directamente al quirófano. Todavía nadie me ha dicho nada.

Bajé la mirada hacia mis manos. Me las había lavado en el baño hasta dejarme la piel en carne viva, pero seguía viendo la sangre cada vez que cerraba los ojos.

—No pude detenerlo —susurré—. Estaba justo allí y no pude impedirlo.

Gabrielle me abrazó.

Durante un momento permanecí rígido, incapaz de reaccionar. Después me aferré a ella como si fuera lo único sólido que quedaba en un mundo que de repente se había vuelto inestable.

—No es culpa tuya —murmuró.

Me aparté.

—No digas eso.

—Alex…

—Debería haber sabido que Lucinda no aceptaría la ruptura. Sabía cómo se comportaba cuando no conseguía lo que quería.

—Sabías que era controladora. Eso no significa que pudieras prever que llevaría una pistola a tu casa.

—Debería haber hecho algo.

—Intentaste detenerla.

—¡No lo bastante rápido!

Mi voz resonó por el pasillo.

Una enfermera nos miró. Bajé la cabeza, avergonzado por haber perdido el control, pero no conseguía que me importara.

Gabrielle esperó hasta que volví a mirarla.

—Lucinda tomó una decisión —dijo con firmeza—. Decidió llevar esa pistola. Decidió amenazaros a los dos. Tú no tomaste esas decisiones por ella.

Quería creerla. Quería aceptar que había cosas que no podía haber evitado.

Pero cada vez que recordaba a Lana cayendo al suelo, encontraba otra decisión que podría haber tomado de manera diferente.

—No puedo pensar en otra cosa que no sea ella —dije.

—Lo sé.

—¿Y si no despierta?

La expresión de Gabrielle se suavizó.

—Todavía no sabemos qué va a pasar. Los médicos siguen trabajando con ella.

Asentí, aunque su respuesta apenas me ofreció consuelo.

Gabrielle miró hacia el puesto de enfermería. Alguien la llamó desde el otro extremo del pasillo.

—Tengo que atender a un paciente —dijo—. Volveré en cuanto pueda.

La agarré de la mano antes de que se marchara.

—Gab, por favor. Si te enteras de algo…

—Te buscaré.

Me apretó los dedos y se alejó apresuradamente.

Volví a caminar de un lado a otro.

Una y otra vez.

Cada vez que se abrían las puertas, el corazón me daba un vuelco. Cada vez que oía pasos acercándose, levantaba la cabeza con la esperanza de ver a un médico venir hacia mí con buenas noticias.

Pero nada.

En algún momento, una enfermera me trajo un vaso de agua. Se lo agradecí, pero apenas lo toqué.

No dejaba de pensar en el futuro del que Lana y yo habíamos hablado.

La casa que habíamos elegido juntos. El espacio que ella quería para trabajar en sus diseños. La absurda discusión que habíamos tenido sobre dónde colocar el sofá. Ella insistía en que el salón necesitaba suficiente luz natural para que pudiera trabajar, mientras que yo defendía que el sofá debía estar orientado hacia el televisor.

Después nos habíamos reído de aquello.

Cosas tan sencillas.

Nunca me había dado cuenta de cuánto había llegado a depender de ellas.

Volví a mirar el reloj. No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado desde que se habían llevado a Lana tras aquellas puertas. Cada minuto parecía más largo que el anterior.

No podía quedarme sentado. No podía concentrarme. Ni siquiera conseguía terminar un vaso de agua.

Lo único que podía hacer era imaginar lo peor y suplicarle al universo que no me obligara a vivirlo.

Entonces vi que Gabrielle regresaba.

No venía sola.

Un médico caminaba a su lado con una carpeta en la mano. Su expresión era seria y el corazón empezó a latirme con fuerza antes de que ninguno de los dos llegara hasta mí.

Me levanté tan deprisa que la silla chirrió contra el suelo.

—¿Doctor?

Se detuvo delante de mí.

—¿Señor Mercer?

—Sí. ¿Cómo está Lana?

Miró a Gabrielle antes de volver a dirigirse a mí.

—Me temo que tengo noticias difíciles que darle.

Sentí que se me encogía el estómago.

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