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ENTRE CUCHILLAS DE HIELO
ENTRE CUCHILLAS DE HIELO
Author: Humble Lee

CAPÍTULO 1 - EL PRECIO DE ELEGIRLA

Author: Humble Lee
last update publish date: 2026-11-01 11:05:23

POV: Lana

—Cindy, por favor. Baja el arma.

—¡Cállate, Alex!

La pistola se volvió hacia mí.

Me encogí, llevándome ambas manos a la cabeza. Mi espalda chocó contra la pared y comprendí que ya no tenía adónde ir.

—Cindy, escúchame —dijo Alex—. Podemos hablar de esto.

—¿Hablar? —Soltó una carcajada, aunque tenía los ojos húmedos—. Tuviste meses para hablar conmigo. ¡Meses, Alex! ¿Y qué hiciste? Te marchaste, la elegiste a ella y anunciaste tu compromiso como si yo no hubiera significado nada para ti.

—Eso no es verdad.

—Entonces, ¿por qué estoy aquí, apuntándola con un arma mientras ella lleva puesta tu camisa?

Bajé la mirada hacia la camisa que me cubría hasta los muslos. La camisa de Alex. Me la había puesto aquella mañana sin pensarlo siquiera. Pero ahora, bajo la mirada de Cindy, parecía la prueba de un delito.

—Cindy, por favor —susurré—. Nunca quise hacerte daño.

Ella giró bruscamente la cabeza hacia mí.

—Tú no tienes derecho a hablar.

Apreté los labios. El corazón me latía con tanta fuerza que podía sentir sus pulsaciones en la garganta.

Cindy me recorrió con la mirada, y su expresión se retorció de desprecio.

—¿Qué tienes tú? —exigió saber—. ¿Qué tienes que yo no tenga? Soy una deportista profesional. He construido una carrera, una reputación. He estado a su lado delante de las cámaras, de los patrocinadores, de todo el mundo. He sacrificado mi tiempo y mis oportunidades para asegurarme de que su carrera siguiera adelante.

—Cindy —dijo Alex en voz baja—, nunca te pedí que renunciaras a tu vida por la mía.

Ella lo miró fijamente.

Por un instante, la rabia desapareció de su rostro y dejó al descubierto algo mucho más vulnerable.

Entonces volvió a apuntarlo con el arma.

—No te atrevas a hacer que esto parezca culpa mía.

Alex dejó de moverse.

—Me querías a tu lado cuando te convenía —continuó ella—. Querías la imagen, las apariencias, la pareja perfecta. Y yo te lo di todo. Hasta que decidiste que estabas cansado de mí.

—Intenté terminar nuestra relación sin hacerte daño.

—¡Y mírate ahora! —Su voz se elevó—. Comprometido con ella. Feliz con ella. Dejando que todo el mundo lo celebre mientras yo me quedo ahí, como una estúpida.

Volvió a señalarme.

—¿Y todo por ella?

Quería decirle que yo no le había robado a Alex. Que él había tomado sus propias decisiones. Que no le había pedido que me propusiera matrimonio solo para humillarla.

Pero la pistola volvía una y otra vez a apuntar a mi pecho, y cada vez que lo hacía, el poco valor que me quedaba desaparecía.

—No tiene nada —dijo Cindy—. Ni nombre, ni dinero, ni una carrera que importe. Y, aun así, es a ella a quien has elegido.

—¡Basta! —La voz de Alex se endureció—. Sea lo que sea que haya pasado entre nosotros, Lana no tiene nada que ver con la forma en que terminé nuestra relación. Esto es entre tú y yo.

—No. —Cindy negó con la cabeza—. Ya no eres tú quien decide eso.

—No estoy intentando decidir nada por ti. Solo te estoy pidiendo que bajes el arma.

—¡Deja de decirme lo que tengo que hacer!

Ahora estaba llorando, aunque su mano seguía sujetando el arma con firmeza.

—Todo el mundo cree que me conoce —dijo—. La Cindy difícil. La Cindy arrogante. La mujer demasiado dura, demasiado exigente, demasiado complicada para todos.

Se secó una lágrima con el dorso de la mano.

—Perfecto. Que vean lo que pasa cuando por fin dejo de ser la mujer que todos esperan que sea.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Alex dio un paso cauteloso hacia ella.

—Cindy, mírame. No tienes por qué hacer esto.

—No te acerques.

Él se detuvo sin apartar la mirada de ella.

—Por favor —dijo—. Sé que estás herida. Sé que ahora mismo me odias. Pero no destruyas tu vida por esto.

—¿Destruir mi vida? —Soltó una risa rota—. Ya la destruiste cuando la elegiste a ella.

—No la elegí para castigarte. La elegí porque la amo.

El silencio que siguió fue peor que todos los gritos anteriores.

Cindy lo miró como si esperara que se retractara de sus palabras.

Pero Alex no lo hizo.

Entonces ella se volvió hacia mí.

—Si yo no puedo tener a Alex —dijo con una calma repentina—, tú tampoco podrás.

—¡Cindy, no! —Alex se abalanzó hacia ella.

Cindy giró bruscamente la pistola en su dirección. Él la agarró por la muñeca e intentó apartar el arma de mí.

Oí el forcejeo antes de comprender lo que estaba sucediendo: el roce de los zapatos contra el suelo, una silla que cayó de lado y Alex gritando su nombre.

Entonces se disparó el arma.

Un dolor desgarrador me atravesó el pecho.

Retrocedí tambaleándome. Mi hombro chocó contra la pared antes de que las piernas me fallaran. Caí pesadamente al suelo, intentando recuperar el aliento.

Durante unos segundos, no conseguí entender por qué me dolía tanto el pecho.

Entonces bajé la mirada.

La sangre se extendía sobre la camisa de Alex.

Mi sangre.

—No… —susurré.

Me llevé la mano a la herida, pero el dolor me arrancó un grito. Cuando miré mis dedos, estaban cubiertos de sangre.

—¡Lana!

La voz de Alex resonó por toda la habitación, quebrándose al pronunciar mi nombre.

Hice un esfuerzo por levantar la cabeza.

Él seguía forcejeando con Cindy. La pistola se le había escapado de las manos, pero ninguno de los dos pareció darse cuenta. Alex la apartó de un empujón. Ella retrocedió tambaleándose, tropezó con la silla caída y se desplomó al suelo.

Su cabeza golpeó el borde de la mesa baja.

El sonido me revolvió el estómago.

Cindy quedó inmóvil.

Durante un instante terrible, Alex se quedó mirándola.

—¿Cindy?

Ella no respondió.

Él se arrodilló a su lado, le tocó el hombro y después miró su mano. No pude ver lo que había descubierto, pero la expresión que apareció en su rostro me lo dijo todo.

Se precipitó hacia mí.

—Lana. Cariño, mírame.

Lo intenté. Su rostro flotaba sobre el mío, desdibujándose por los bordes.

—Quédate conmigo, ¿de acuerdo? Por favor, quédate conmigo.

Quería preguntarle si Cindy estaba muerta. Quería preguntarle si yo también iba a morir.

En lugar de eso, extendí la mano hacia él.

Alex la agarró de inmediato y la envolvió entre las suyas.

—Por favor —susurró—. Por favor, no me dejes.

Su voz no se parecía en nada a la del hombre del que me había enamorado. Sonaba asustada, destrozada, y nunca había deseado tanto poder aliviar el dolor de alguien.

Intenté decirle que seguía allí.

Mis labios se movieron, pero no salió ningún sonido.

La habitación comenzó a oscurecerse a mi alrededor. Alex no dejaba de repetir mi nombre, con las manos temblorosas alrededor de las mías, mientras Cindy permanecía inmóvil a unos pasos de nosotros.

Ya no podía mantener los ojos abiertos.

Lo último que sentí fue la mano de Alex sujetando la mía.

Entonces, la oscuridad se lo tragó todo.

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