INICIAR SESIÓNPOV: Alex
—Lucinda Devereux llegó sin vida al hospital. Me quedé mirando al médico. —¿Y Lana? Él miró su portapapeles antes de levantar la vista hacia mí. —Hemos conseguido estabilizarla, señor Mercer. Está viva, pero sigue inconsciente. Ha sufrido una herida de bala grave y tendremos que vigilarla de cerca. Mis dedos se aferraron con fuerza al respaldo de la silla que tenía a mi lado. —Estará bien, ¿verdad? —Todavía no puedo asegurárselo. Las próximas horas serán importantes. Me quedé mirándolo, esperando que dijera algo más. Algo tranquilizador. Cualquier cosa que me asegurara que Lana no iba a morir porque yo no había sido capaz de protegerla. Pero él se limitó a dedicarme una mirada comprensiva antes de marcharse. —Estará bien —dijo Gabrielle a mi lado. Me volví hacia mi hermana. —No lo sabes. —No, no lo sé. Pero ese médico tampoco. Está viva, Alex. Aférrate a eso. Me dejé caer en la silla. Sentía las piernas demasiado débiles para sostenerme. Lucinda estaba muerta. Lana estaba viva. Esos eran los únicos dos hechos que conocía, y ninguno de los dos me bastaba. Todavía podía ver la pistola en la mano de Lucinda. Oír la respiración agitada de Lana. Recordar el instante en que me abalancé hacia ella y se disparó el arma. Había llegado demasiado tarde. —Debería haber sabido que haría algo así —murmuré. —Alex, basta. —Vino a nuestra casa con una pistola, Gabrielle. Sabía que Lana estaría allí. —Y tú no sabías que venía dispuesta a matar a alguien. —Debería haberla protegido. —Intentaste detener a Lucinda. No puedes responsabilizarte de todas las decisiones que tomó esa mujer. Aparté la mirada. Gabrielle intentaba ayudarme, pero nada de lo que dijera podía cambiar lo ocurrido. Lucinda había llevado un arma a nuestra casa y Lana había pagado las consecuencias. Nuestra casa. La casa que Lana y yo habíamos elegido juntos. Habíamos pasado semanas visitando propiedades, discutiendo sobre las cocinas y riéndonos de las pésimas sugerencias del otro. Ella había insistido en que la casa necesitaba un espacio de trabajo adecuado para sus diseños. Yo le había dicho que podía quedarse con una habitación entera si dejaba de criticar mis gustos. Se había reído y me había besado. Ahora no podía dejar de pensar en la sangre que había manchado la camisa que me había pedido prestada. —¿Puedo verla? —pregunté cuando pasó una enfermera junto a nosotros. —Todavía la están evaluando. Le avisaremos en cuanto pueda entrar. Asentí, aunque esperar era lo último que quería hacer. Gabrielle se sentó a mi lado. Durante un rato, ninguno de los dos dijo nada. Metí la mano en el bolsillo y noté el borde de la pequeña bolsita de joyería que me habían entregado antes de la intervención. Dentro estaba el anillo de compromiso de Lana, que le habían quitado antes de la operación y guardado junto con sus otras pertenencias. Lo saqué y dejé que el anillo cayera en la palma de mi mano. Parecía tan pequeño. Se lo había deslizado en el dedo cuando le pedí que se casara conmigo. Todavía recordaba cómo se había quedado mirándolo antes de levantar los ojos hacia mí, con los suyos brillantes de emoción, para decirme que sí. Desde entonces, solía hacerlo girar alrededor de su dedo, sobre todo cuando estaba pensativa. Más de una vez me había burlado cariñosamente de esa costumbre. Ahora mi pulgar recorría la superficie lisa de la alianza, haciéndola girar lentamente entre mis dedos. Todavía no nos habíamos casado. Aún quedaban planes por hacer, detalles sobre los que discutir y un futuro que todavía teníamos que construir. Nunca imaginé que la próxima vez que sostuviera su anillo estaría tumbada inconsciente en una cama de hospital. —Va a necesitar que se lo devuelvas —dijo Gabrielle en voz baja. Cerré los dedos alrededor del anillo. —Se lo devolveré. Necesitaba creerlo. Finalmente, una enfermera se acercó a nosotros. —¿Señor Mercer? Ya puede ver a Lana. La han trasladado a la sala de recuperación, pero necesita descansar. Por favor, procure que la visita sea breve. Me levanté de inmediato, guardé de nuevo el anillo en su bolsita y me la metí en el bolsillo. La enfermera me condujo por el pasillo hasta una habitación tranquila. Lana yacía inmóvil bajo una sábana blanca, con una vía intravenosa conectada al brazo y varios monitores junto a la cama. Tenía el rostro pálido y los ojos cerrados. Durante un instante terrible, pareció que ya se había ido. Me acerqué a su cama. —¿Lana? No respondió. Acerqué una silla y le tomé la mano. Estaba tibia contra la mía, y me aferré a ella como si aquel pequeño detalle pudiera mantenerla a mi lado. Llevé la otra mano al bolsillo. Saqué de nuevo el anillo y lo hice girar entre el pulgar y el índice. —Vas a tener que despertarte y volver a ponértelo —susurré. El monitor continuó emitiendo su ritmo constante. Dejé el anillo con cuidado en la palma de mi mano y me incliné sobre la suya. —Sé que todavía tenemos muchas cosas pendientes. La boda, la casa, todos esos detalles que no dejas de decirme que tenemos que organizar. Cuando despiertes, podrás discutir conmigo por cada uno de ellos. Se me cerró la garganta. —Solo no me dejes aquí para hacer todo eso sin ti. Presioné su mano contra mis labios y después la deposité suavemente sobre la cama. Había pasado meses aprendiendo a vivir sin Lucinda en mi vida. No podía ni empezar a imaginar un mundo en el que Lana no formara parte de la mía. Cerré los dedos alrededor del anillo. —Por favor, despierta, Lana.POV: AlexPor un instante, ya no estaba en la habitación del hospital de Lana.Me encontraba frente a un hotel de Glasgow, meses atrás, mientras Lucinda me alisaba las solapas del traje por tercera vez.—Mucho mejor.Miré mi chaqueta.—¿Qué tenía de malo antes?—¿Es que nunca te miras bien antes de salir de casa?Me quedé mirándola.Mi traje estaba limpio, recién planchado y me quedaba perfectamente. Me había revisado el aspecto antes de salir del piso. No tenía nada de malo.Al parecer, Lucinda no estaba de acuerdo.—Tenías el cuello torcido —dijo, volviendo a ajustarlo—. Y este hombro estaba arrugado.—No estaba torcido.—Bueno, ahora ya no lo está. De nada.Alisó la parte delantera de mi chaqueta y después pasó las manos por mis hombros, como si hubiera pasado la tarde durmiendo con ella puesta.—De verdad, Alex. ¿Por qué siempre tienes ese aspecto tan desaliñado? Eres una celebridad. Deberías parecerlo, no un cualquiera que acaba de aparecer por la calle.—Soy jugador de hockey, L
POV: AlexApenas recuerdo haber salido del vestuario. Un instante estaba mirando la pantalla y, al siguiente, corría por la entrada del hospital, preguntando cómo llegar a la planta donde estaba Lana.La enfermera que me había llamado me esperaba en el pasillo.—¿Está despierta?—Sí, señor Mercer. Ha recuperado el conocimiento. Está estable, pero está cansada, así que procure que la visita sea tranquila y déjela descansar.—¿Puedo verla?—Por supuesto. Ha estado preguntando por usted.La seguí por el pasillo, con el corazón latiéndome con fuerza.Había imaginado aquel momento innumerables veces. A veces, Lana abría los ojos y me sonreía. Otras, me miraba sin reconocerme, incapaz de recordar quién era. Incluso había imaginado lo que le diría si despertaba asustada.Pero no estaba preparado para lo que sentiría al saber que por fin había despertado.La enfermera abrió la puerta.Lana estaba recostada sobre las almohadas elevadas, con el rostro pálido y los labios secos. Tenía parte del
POV: AlexEl disco pasó de largo junto a mi stick.Solté una maldición cuando el extremo rival se hizo con él y avanzó a toda velocidad hacia nuestra portería. Me impulsé con fuerza para perseguirlo por el hielo, pero llegué una fracción de segundo demasiado tarde.Nuestro portero detuvo el disparo.—¡Mercer! ¡Concéntrate en el partido!La voz del entrenador llegó desde el banquillo. Lo ignoré, aunque sabía que tenía razón.No estaba jugando como de costumbre. Mis pases llegaban tarde, había perdido el ritmo y, en dos ocasiones, había perdido la posesión del disco en situaciones que normalmente resolvía sin siquiera pensarlo. Durante el primer periodo, había fallado un pase de uno de mis compañeros de una forma tan escandalosa que se me quedó mirando como si de repente hubiera olvidado cómo jugar al hockey.No lo había olvidado.Simplemente, no conseguía concentrarme.Catorce días.Catorce días desde que habían disparado a Lana y todavía no había abierto los ojos.Había ido al hospita
POV: Lana—¡Déjame salir!Mis puños golpearon la puerta con fuerza.—¡DÉJAME SALIR!Agarré el pomo y lo giré, pero no se movió. Tiré con más fuerza y apoyé todo mi peso contra la madera.Nada.Por supuesto.Conocía aquella puerta. La había visto innumerables veces en mis sueños. La misma madera oscura. El mismo pomo frío. El mismo espacio estrecho rodeado de oscuridad.Y la puerta nunca se abría.Ni una sola vez.Había gritado hasta quedarme sin voz, golpeado hasta que me dolían las manos y suplicado que alguien me dejara salir. Cada vez, el resultado era el mismo.Una puerta cerrada y silencio.Pero seguía intentándolo.—¡Por favor! ¡Que alguien me ayude!Volví a golpear la madera. Un dolor agudo me recorrió los nudillos, pero apenas lo noté. Apoyé la frente contra la puerta, intentando recuperar el aliento.Era un sueño. Tenía que serlo.Tarde o temprano, despertaría en mi cama, sobresaltada por otra pesadilla que no conseguía explicar.Sin embargo, esta vez algo era diferente.No s
POV: Alex—Lucinda Devereux llegó sin vida al hospital.Me quedé mirando al médico.—¿Y Lana?Él miró su portapapeles antes de levantar la vista hacia mí.—Hemos conseguido estabilizarla, señor Mercer. Está viva, pero sigue inconsciente. Ha sufrido una herida de bala grave y tendremos que vigilarla de cerca.Mis dedos se aferraron con fuerza al respaldo de la silla que tenía a mi lado.—Estará bien, ¿verdad?—Todavía no puedo asegurárselo. Las próximas horas serán importantes.Me quedé mirándolo, esperando que dijera algo más. Algo tranquilizador. Cualquier cosa que me asegurara que Lana no iba a morir porque yo no había sido capaz de protegerla.Pero él se limitó a dedicarme una mirada comprensiva antes de marcharse.—Estará bien —dijo Gabrielle a mi lado.Me volví hacia mi hermana.—No lo sabes.—No, no lo sé. Pero ese médico tampoco. Está viva, Alex. Aférrate a eso.Me dejé caer en la silla. Sentía las piernas demasiado débiles para sostenerme.Lucinda estaba muerta.Lana estaba vi
POV: AlexNunca había odiado tanto el pasillo de un hospital como aquella noche.Las paredes blancas, las luces fluorescentes, el olor a desinfectante… Todo en aquel lugar me hacía sentir atrapado. No podía ver a Lana. No podía llegar hasta ella. No podía hacer absolutamente nada, salvo esperar a que alguien me dijera si la mujer que amaba iba a sobrevivir.Recorrí el pasillo de un extremo al otro, me di la vuelta y volví a hacerlo.Las suelas de mis zapatillas chirriaban contra el suelo pulido.Me detuve frente a las puertas del quirófano y me quedé mirándolas.Por favor, Lana. Por favor.Lo último que había visto era la sangre extendiéndose por mi camisa. Mi camisa, la que ella se había puesto prestada aquella mañana. Se la había puesto sin pensarlo y había caminado por nuestra casa como si siempre hubiera pertenecido a aquel lugar.Ahora no podía dejar de verla empapada en sangre.Me presioné las palmas contra los ojos.Todo era culpa mía.Si Cindy nunca hubiera formado parte de mi







