Mag-log inFui tras Logan, con el corazón desbocado. Si lo perdía a él, me quedaba sin nada. Y no podía arriesgarme. Sabía que sonaba egoísta, pero Logan era la única persona que realmente se preocupaba por mí, que me amaba a pesar de mis cicatrices.
Entramos al salón y lo tomé de la mano, obligándolo a detenerse. Se giró para mirarme y en sus ojos vi dolor. Un dolor limpio, honesto. No pude evitarlo y lo abracé con fuerza. —Déjame explicarlo, por favor —le pedí. Pero él me apartó con delicadeza. Esa suavidad dolía más que un empujón. Lo miré suplicante. —Por favor —insistí. Logan estaba herido, y no era para menos. Me había visto con un hombre que para él era un completo desconocido. Si tan solo pudiera contarle la verdad… pero si lo hacía, ese hombre que ahora me miraba como si yo fuera lo más valioso en su vida empezaría a mirarme como lo hizo Damien aquella vez. O como lo hace ahora Nicola. —¿Lo conoces? —preguntó. Negué de inmediato. Quería decirle la verdad. Decirle que lo conocía desde que tenía dieciocho años. Que lo había amado más que a mi propia vida. Pero sería estúpido. Inútil. Peligroso. —No. Solo… quería hablar con él sobre los negocios que tendrá con mi padre. Se me acercó de la nada y me quedé paralizada. Mentí. Las palabras me quemaron la lengua, pero no podía decirle la verdad. No ahora. No cuando todo pendía de un hilo. Logan miró por encima de mi hombro. Sus ojos marrones se oscurecieron aún más. Nunca lo había visto así. Tenso. Territorial. Casi furioso. Me giré lentamente. Y allí estaba él. Entrando como si nada. Como si fuera dueño del lugar. Como si el oxígeno le perteneciera y nosotros solo lo respiráramos por su permiso. Nicola. Su traje oscuro parecía hecho a medida de su arrogancia. Caminaba con seguridad, saludando con una leve inclinación de cabeza, sin apurarse. Sus ojos me encontraron de inmediato, como si siempre supiera dónde estaba yo. Sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue una sonrisa cargada de malicia, de recuerdos, de promesas que no eran precisamente dulces. Aparté la mirada de inmediato. Logan tomó mi brazo y me giró hacia él. —No quiero que te vuelvas a acercar a ese hombre. Asentí sin dudar. Yo más que nadie no quería tenerlo cerca. Aunque, por lo visto, sería difícil. Nicola no había regresado con una bandera blanca. Había regresado a destruir. Y yo no estaba dispuesta a volver a salir herida. —Ese hombre no me cae bien —dije, forzando una sonrisa. Logan me devolvió el gesto, pero su expresión no se suavizó del todo. Se inclinó hacia mí y me besó. No fue un beso suave. No fue discreto. Fue un beso que marcaba territorio. Lo aparté, frunciendo el ceño. —No es necesario que hagas esto. Ya te dije que no me interesa. —Lo sé —respondió con voz baja—. Pero también sé que él sí está interesado en ti. Mi respiración se atascó. Volví la cabeza, casi en contra de mi voluntad. Nicola nos estaba mirando. Con demasiada atención. Su expresión había cambiado. Ya no sonreía. Observaba. Analizaba. Poseía con los ojos lo que aún no tocaba. Y entonces mi estúpido corazón dio un vuelco. ¿Y si todavía me amaba? ¿Y si no había vuelto solo por venganza? La idea fue tan peligrosa como reconfortante. En ese momento, mi padre se acercó a Nicola con una copa en la mano. Sonreía amplio, orgulloso, como si estuviera presentando una joya recién adquirida. Golpeó suavemente la copa con una cuchara, llamando la atención de todos. —Quiero anunciarles que el señor Nicola Borgia, a partir de hoy, formará parte de la junta directiva de nuestras empresas. Es un honor contar con él como socio. El murmullo llenó el salón. Sentí que el suelo se desvanecía bajo mis pies. Socio. No había venido solo a observar. Había venido a entrar. Nicola levantó la copa en un gesto elegante. Sus ojos no buscaron a mi padre. No buscaron a los invitados. Me buscaron a mí. Y en esa mirada no había celebración. Había guerra. Tragué en seco. Mi pasado había vuelto para cobrar lo que creía que le debía. Pero no era justo que yo siguiera pagando. Lo había perdido todo. A él… a mi hijo, a las ganas de vivir, a mis sueños. Yo habia perdido tanto como el, porque aunque mis padres siguieran vivos, hacía años que para mí estaban muertos. Muertos el día en que me pidieron que mintiera. Muertos el día en que me dieron la espalda. Había sobrevivido todos estos años sola. Con el corazón destrozado. Con un vacío que nadie lograba llenar del todo. Y no estaba dispuesta a renunciar a la poca paz que había conseguido en estos dos años. A la estabilidad que Logan me ofrecía. A esa versión de mí que intentaba creer que todavía merecía algo bueno. Si él quería guerra… la tendría. No iba a huir. No iba a suplicar. No iba a dejar que me arrastrara otra vez al infierno del que tanto me había costado salir. No le permitiría arrancarme esta nueva vida que había construido con esfuerzo, con dolor, con silencios.El dolor comenzó de madrugada. Al principio pensé que eran las mismas molestias de las últimas semanas. Nada importante. Nada diferente. Pero cuando sentí la segunda contracción tuve que apoyarme contra el borde de la cocina y cerrar los ojos. —Dios… Era demasiado doloroso. —¿Elena? La voz de Nicola llegó de inmediato. Levanté la vista. Había entrado recién. Todavía llevaba la taza de café en la mano, como si fuera un día normal. Solo le bastó mirarme para entenderlo todo. La taza casi termina en el suelo. —¿Ya? —preguntó, tenso. No pude evitar reír. Era la primera vez que pasábamos por esto de verdad… y los dos estábamos completamente nerviosos. Demasiado. Parecíamos dos padres primerizos sin la menor idea de lo que hacían. —Creo que sí —le respondí, intentando mantener la calma. Su rostro perdió el color. —¿Ahora? Pero… faltan dos semanas. Otra contracción me atravesó y cerré los ojos con fuerza. —Nicola… los bebés no suelen pedir cita —murmuré. Él pasó una mano po
Nunca imaginé que organizar mi propia boda sería tan estresante.Ni tan divertida.Ni tan emocionante.Durante semanas enteras René y yo vivimos rodeadas de telas, flores, catálogos, muestras de pastel y listas interminables.—¿Blanco marfil o blanco perla? —preguntó René por quinta vez aquella mañana.La miré desde el otro lado de la mesa.—René.—¿Qué?—Son exactamente iguales.—No son iguales.—Sí son iguales.—No, y debes elegir.—Lo que más te guste a ti.Ella cruzó los brazos.—Por eso tú haces pasteles y no decoración.Terminé riéndome.Porque aquella discusión llevaba casi cuarenta minutos.Y ninguna de las dos pensaba rendirse.Pero la verdad era que estaba disfrutando cada segundo.Porque por primera vez en mi vida estaba planeando algo bonito.Algo feliz.Algo que no estuviera rodeado de dolor.Ni de miedo.Ni de tragedias.Solo amor.Y eso seguía pareciéndome un milagro.Al final decidimos que todo sería blanco.Completamente blanco.Las flores.Las mesas.Las cintas.Las
El sonido de las olas llegaba suavemente desde la distancia.La brisa movía mi cabello.Y el aroma de las flores decorando el lugar hacía que todo pareciera un sueño.Sonreí mientras observaba a René caminar hacia el altar.Se veía hermosa.Radiante.Feliz.Tan feliz que por un momento sentí ganas de llorar.Después de todo lo que habíamos vivido.Después de todos los años de dolor.Ver a mi mejor amiga encontrar la felicidad se sentía casi como un milagro.A mi lado, Nicola entrelazó sus dedos con los míos.Bajé la mirada hacia nuestras manos unidas.Y una sonrisa apareció automáticamente en mis labios.Todavía me seguía pasando.Todavía me seguía emocionando cuando me tomaba de la mano.Cuando me abrazaba.Cuando me miraba.Como si una parte de mí todavía no terminara de creer que realmente estábamos juntos.Que realmente habíamos sobrevivido a todo.La ceremonia continuó.Las voces del sacerdote se mezclaban con el sonido del mar.Las sonrisas.Las lágrimas.Las risas de algunos in
Habían pasado ocho meses.Ocho meses desde que Nicola se había marchado.Y, aunque al principio pensé que aquello me rompería el corazón otra vez, la verdad fue muy diferente.Porque Nicola nunca desapareció.Ni un solo día.Me llamaba todas las mañanas.Todas las noches.A veces incluso durante la tarde solo para preguntarme cómo estaba.O para escuchar al bebé balbucear cosas sin sentido.O simplemente para decirme que me extrañaba.Y poco a poco...La distancia dejó de doler.Porque nunca me sentí sola.Además, la vida empezó a acomodarse.Por primera vez.Como si después de años de tormenta finalmente hubiera llegado la calma.Las revisiones médicas del bebé comenzaron a mejorar.Mes tras mes.Hasta que una mañana el cardiólogo nos dio la noticia que llevaba tanto tiempo esperando.La afección cardíaca había desaparecido.Todavía recordaba haber llorado durante media hora seguida.Y también recordaba a Nicola llorando conmigo a través de una videollamada.Aquel día los dos termina
Había pasado un mes.Un mes desde que desperté en el hospital.Un mes desde que recuperé a mi hijo.Un mes desde que mi vida dejó de sentirse como una pesadilla constante.Me sentía en paz, me sentía protegida.Estaba sentada sobre la cama con el bebé entre mis brazos.La habitación estaba iluminada por la luz suave de la tarde.Todo estaba tranquilo.Tan tranquilo que todavía me costaba creerlo.Bajé la mirada hacia mi hijo.Sus pequeños dedos se aferraban a mi ropa mientras se alimentaba tranquilamente.Una sonrisa apareció en mis labios.Todavía me parecía increíble.Durante tanto tiempo había creído que jamás podría tener algo bueno.Que la felicidad siempre terminaba escapándose de mis manos.Pero ahí estaba él.Mi pequeño milagro.Mi razón para seguir adelante.Mi razón para levantarme cada mañana.Escuché unos golpes suaves en la puerta.—Pasa.La puerta se abrió lentamente.Y mi corazón dio un pequeño salto.Nicola.Entró en silencio.Como siempre.Sus ojos fueron directamente
La oscuridad iba y venía.A veces escuchaba voces.A veces solo silencio.Todo se sentía lejano.Como si estuviera flotando.Como si mi cuerpo ya no me perteneciera.Intenté abrir los ojos.Pero me pesaban demasiado.Entonces escuché una voz.Una voz que reconocería en cualquier lugar.—Elena.Mi corazón dio un salto.Nicola.Intenté moverme.Intenté abrir los ojos.Y esta vez lo conseguí.Solo un poco.Lo suficiente para distinguir una silueta de pie junto a mi cama.La visión seguía borrosa.La cabeza me daba vueltas.Pero entonces vi algo más.Un pequeño bulto entre sus brazos.Mi respiración se cortó.No.No podía ser.Nicola debió notar mi reacción porque inmediatamente se acercó.—Tranquila.Su voz estaba rota.Cansada.Pero también había algo más.Alivio.—Todo está bien.Las lágrimas comenzaron a llenar mis ojos.—N-Nicola...—Está a salvo.Miró al pequeño que sostenía contra su pecho.—Nuestro hijo está a salvo.Un sollozo escapó de mi garganta.Las lágrimas comenzaron a corr







