LOGIN—¿Es que es tan terca como una mula?!
Liam gruñó con voz baja, sin apartar la vista de la pantalla del teléfono que permanecía oscura y en silencio. La llamada que llevaba esperando desde hacía rato no llegaba. El tiempo pasaba, pero en la pantalla no aparecía ni una sola notificación.
—¿Quién es realmente esta mujer? —Liam caminaba de un lado a otro en su amplia habitación. La curiosidad, mezclada con fastidio, empezó a inquietarle la mente. Isabella no se comportaba según sus cálculos comerciales, que solían ser impecables.
Sin importarle que el reloj marcaba ya las tres de la madrugada, Liam marcó el número de su secretario.
—Sí, señor... —La voz de Juan al otro lado se escuchaba ronca y pesada, propia de quien acaba de despertar de golpe de un sueño profundo.
—¡Envíame el perfil completo de esa chica ahora mismo! —ordenó Liam, con un tono urgente y tajante.
—Pero, señor... los documentos impresos de la señorita Isabella están en el casillero de la oficina —respondió Juan, con la voz entrecortada, intentando recuperar la conciencia.
—¿Acaso no guarda una copia digital en su teléfono? —preguntó Liam, perdiendo cada vez más la paciencia.
—Ah... ¿los quiere en formato digital?
—¡Sí! ¡Envíelos rápido a mi número personal! —lo cortó con firmeza.
—Un momento, señor. Buscaré primero en la carpeta —dijo Juan, mientras se frotaba los ojos pegajosos, tratando de espantar el sueño que lo invadía por completo.
Desde su cama, Juan se quejó por lo bajo mientras deslizaba el dedo rápidamente por la pantalla. Qué raro que ahora quiera leer documentos digitales en el celular. Además, ayer, cuando le entregué ese grueso legajo en el coche, simplemente lo dejó en el asiento trasero sin intención de abrirlo.
—¡Tarda demasiado, Juan! —reclamó Liam al otro lado de la línea, elevando la voz por la creciente irritación.
—S-sí, señor, disculpe. La carpeta está algo enterrada entre los archivos, todavía la estoy buscando —respondió Juan nervioso.
Tras unos segundos de tensión, Juan finalmente encontró el documento en formato P*F. Lo compartió de inmediato. —Ya se lo acabo de enviar, señor.
—Bien. —Sin más preámbulos, Liam colgó la llamada de golpe.
Se dejó caer en el sofá de cuero de la habitación. Con el dedo índice, abrió el archivo recién recibido. Sus ojos agudos recorrieron cada línea de información personal de la mujer.
—Isabella de la Cruz. Veintiún años —murmuró en voz baja al leer los datos—. Abandonó la carrera de medicina por problemas económicos familiares... Es experta en repostería... Es muy hermosa…
Liam se detuvo un instante en esa última frase. La había escrito su informante, pero no podía estar más de acuerdo.
—Es realmente hermosa —repitió despacio.
De pronto, su memoria voló de vuelta a lo ocurrido en la pastelería unas horas antes. Recordó perfectamente cómo Isabella había rechazado su propuesta, su mirada encendida de ira, pero sin rastro de miedo al clavarle los ojos directamente a los suyos. Una valentía que rara vez encontraba en quienes se enfrentaban a él.
—Una mujer interesante —susurró al silencio de la habitación.
Dejó el teléfono sobre la mesa de cristal junto al sofá y recostó la cabeza hacia atrás. La comisura de sus labios se elevó lentamente, dibujando una sonrisa llena de significado.
***
A la mañana siguiente,
Isabella despertó con una fuerte sensación de mareo. Antes de que pudiera reaccionar, un alboroto proveniente de la calle frente a su casa llegó hasta sus oídos. Se escuchaban gritos ásperos de varias mujeres y fuertes golpes en la verja de hierro.
—¿Qué pasa ahí fuera? Qué escándalo... —murmuró Isabella, intentando incorporarse con su cuerpo todavía agotado.
¡GOLPE! ¡GOLPE! ¡GOLPE!
—¡Isabella! ¡Isabella, despierta!
La voz aterrorizada de Luisa se mezcló con los golpes repetidos en la puerta de su habitación. Isabella saltó de la cama y la abrió de inmediato.
—¿Qué ocurre, Luisa? —preguntó, tomando a su hermana por los hombros.
—Ahí fuera... han venido las esposas de los hombres que golpearon a Papá anoche —explicó Luisa entrecortadamente, con la respiración agitada—. Están furiosas frente a la puerta. ¡Exigen que devolvamos ahora mismo el dinero de la inversión que Papá se llevó!
—¿Qué? —El corazón de Isabella dio un vuelco. El pánico que había sentido la noche anterior, que aún no se había disipado por completo, volvió a apoderarse de ella.
—Nos están lanzando piedras al patio, Isabella. Creo que hoy no podremos salir de casa —añadió Luisa, mientras las lágrimas finalmente le brotaban. Su cuerpo temblaba de miedo ante los gritos e insultos que se oían cada vez más fuerte desde fuera.
Isabella la atrajo de inmediato hacia un abrazo, estrechando con fuerza su frágil figura. Su mente trabajó rápido, buscando cualquier forma de salir de aquella situación.
—Tranquila, Luisa. No tengas miedo. Encontraré una solución —susurró, intentando sonar firme aunque su propio corazón se encogía—. Todavía tenemos el dinero que reservamos para el alquiler del local este mes. Podemos usarlo primero para pagar parte de lo que piden, así se irán de aquí.
Luisa se separó del abrazo y la miró con incredulidad.
—Pero, Isabel... si no pagamos el alquiler hoy mismo, la señora Martha podría rescindir el contrato y cerrar nuestra pastelería.
Isabella se mordió el labio inferior, sopesando el riesgo. —Llamaré ahora mismo a la señora Martha. Le pediré que nos dé un plazo hasta el mes que viene. Es una mujer bondadosa; suele ser comprensiva si le decimos la verdad.
Se apresuró a tomar el teléfono que estaba sobre la cama. Con dedos temblorosos, buscó el número de la dueña del local. Tras marcar, sonó varias veces antes de escuchar la voz grave de una anciana al otro lado de la línea.
—Disculpe que la moleste tan temprano, señora Martha —dijo Isabella, tratando de mantener un tono formal para ocultar su pánico.
—Ah, no se preocupe. ¿Qué pasa, Isabella? —preguntó la señora Martha.
—Verá, señora... sobre el alquiler del local de este mes, ¿podría concederme un plazo para pagarlo el mes que viene? Le prometo que abonaré los dos meses juntos la primera semana —suplicó ella.
—Oh... Dios mío, Isabella. Me acabo de acordar de algo —dijo la señora Martha, con un tono que cambió de pronto a uno desagradable—. Ese local... ya no me pertenece desde hace dos días.
Isabella frunció el ceño y se quedó rígida de pies a cabeza. —¿Disculpe? ¿A qué se refiere, señora?
—Un empresario muy rico compró todo el bloque de edificios por un precio altísimo, muy por encima del valor del mercado. No pude rechazarlo —explicó con tono lleno de pesar—. Perdóneme, Isabella. Estuve tan ocupada con los trámites de la venta que se me olvidó avisarle. El nuevo dueño exige que el local quede desocupado. Así que esta semana debe empezar a recoger sus cosas y buscar otro lugar. No hace falta que me pague el alquiler de este mes.
Esas últimas palabras cayeron sobre Isabella como un mazazo en el pecho. El teléfono estuvo a punto de resbalársele de las manos. Sus piernas perdieron toda fuerza y se desplomó hasta quedar sentada en el suelo. La pastelería era su única fuente de sustento, y ahora se la arrebataban en un instante.
Luisa, que había escuchado toda la conversación, también se desplomó.
—Isabella... ¿por qué nos pasa todo esto al mismo tiempo? ¿A dónde iremos? Nuestro local... nuestra casa... —su llanto estalló.
Isabella no respondió. Sus ojos se quedaron fijos en el techo. Entre los insultos desde fuera y el llanto desgarrador de su hermana, un rostro apareció con total claridad en su mente: el hombre del traje lujoso y la sonrisa fría y calculadora.
Liam Reyes.
Isabella apretó los puños con fuerza hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—Tengo que verlo... tengo que ir a verlo ahora mismo —susurró.
Su voz temblaba violentamente entre suspiros entrecortados. Las lágrimas seguían fluyendo abundantemente por sus mejillas, borrando el rastro de ira que quedaba en su rostro y dejando al descubierto su derrota absoluta.
Habían pasado cinco años.Nueva York, Estados Unidos.El viento otoñal de Nueva York soplaba frío, arrastrando hojas de color marrón dorado que flotaban lentamente sobre la extensión de césped verde del cementerio Trinity Church.El cielo de aquella tarde se veía gris y sereno, proyectando una atmósfera tranquila sobre el antiguo cementerio en medio del bullicio de la gran metrópolis.Liam avanzaba lentamente por el sendero cubierto de grava. Vestía un elegante abrigo negro y sostenía con sus dedos rígidos un ramo de lirios blancos recién cortados.A su lado, Isabella caminaba con elegancia, envuelta en un trench coat color crema, mientras sus pequeñas manos sujetaban con firmeza los diminutos dedos de sus hijos gemelos de cuatro años y medio, Gael y Marco.—Mamá, ¿adónde vamos? —preguntó Gael, uno de los gemelos, alzando la mirada con sus brillantes ojos azules llenos de inocencia.Isabella sonrió con dulzura y apretó suavemente la mano de su hijo.—Vamos a visitar a la abuela, cariñ
El cielo ya se había oscurecido por completo cuando el rugido del automóvil de Serena volvió a hacer crujir la grava del patio de la casa. En cuanto el motor se apagó, la puerta principal de la casa se abrió de par en par.Liam permanecía rígido en el umbral, todavía vestido con la camisa de trabajo, cuyas mangas ahora llevaba arremangadas hasta los codos.Su mirada era intensa e inquieta. Tenía las manos apretadas a ambos lados de la cintura mientras sus ojos iban y venían constantemente hacia el reloj de su muñeca. Era evidente que había estado caminando de un lado a otro mientras esperaba el regreso de su esposa.—Llegas treinta minutos tarde —reprochó Liam con voz grave mientras avanzaba con grandes zancadas hacia el automóvil.Serena asomó la cabeza por la ventana y esbozó una sonrisa burlona.—Tranquilo, Hombre Posesivo. Tu esposa regresó sana y salva, sin un solo rasguño —respondió Serena, guiñándole un ojo a Isabella—. ¡Yo me voy, Isabel!Isabella asintió entre risitas. Salió
Isabella se quedó paralizada al instante. El murmullo del agua que corría del grifo del lavabo se volvió repentinamente distante en sus oídos. Sus dedos húmedos y ligeramente temblorosos descendieron poco a poco, dando unas suaves palmaditas y luego acariciando con delicadeza la superficie plana de su vientre bajo el algodón del camisón que llevaba puesto.—Me he saltado dos períodos... Después de aquel sangrado que tuve tras el legrado, no he vuelto a menstruar —susurró Isabella.Sus ojos permanecieron fijos y ausentes sobre las hileras de azulejos blancos de la pared. Su mano izquierda se elevó en el aire y comenzó a dar pequeñas palmadas, como si estuviera contando los días y las semanas que habían pasado sin que ella se diera cuenta.De pronto, Isabella giró la cabeza y miró directamente a Serena. El brillo apagado de sus ojos, causado por las náuseas, se iluminó de repente. Las comisuras de sus labios se elevaron, formando una sonrisa tenue que poco a poco se transformó en un res
Habían pasado tres meses.Aquella mañana, los rayos del sol se filtraban por la ventana de la cocina, proyectando destellos de luz sobre la superficie de la mesa de mármol. El suave roce de la espátula contra la sartén antiadherente se mezclaba con el tintineo de la taza de café recién preparado que Isabella había servido.Isabella, vestida con un camisón de algodón, caminó lentamente hacia la barra de la cocina. Mientras daba vuelta al pan tostado sobre la sartén, extendió la mano izquierda para tomar el control remoto y presionó el botón de encendido del televisor colgado en una esquina de la habitación.La voz del presentador de noticias llenó de inmediato el ambiente, rompiendo el silencio de la mañana.«...El Tribunal Superior de Madrid finalmente ha dictado sentencia sobre el caso de malversación de fondos y delitos financieros que involucraba al veterano empresario de la nobleza, Javier de Alvarez. Tras considerar probados todos los cargos presentados ante el tribunal, el panel
Los pasos de Juan e Isabella resonaron suavemente mientras subían uno a uno los escalones de madera que conducían al segundo piso. A lo largo del pasillo superior, fragmentos de marcos de fotografías y pedazos del espejo del tocador destrozado estaban esparcidos sobre la gruesa alfombra.Juan avanzaba con cuidado, colocando los pies entre los fragmentos afilados mientras se aferraba con fuerza al pasamanos. Extendió la mano derecha y señaló la única puerta doble, con incrustaciones de madera de teca, que estaba ligeramente entreabierta al final del pasillo.Se acercaron. En cuanto Juan empujó suavemente una de las gruesas hojas de la puerta, la escena dentro de la habitación hizo que el pecho de Isabella se contrajera de dolor.Una habitación tan espaciosa tampoco había escapado a aquel arrebato de furia. La lámpara de noche estaba destrozada sobre el suelo de mármol, las puertas del armario permanecían completamente abiertas, con las prendas y las perchas esparcidas por todas partes,
El suave rugido del motor del sedán negro de Juan se detuvo justo frente a la imponente puerta de hierro de una de las urbanizaciones más exclusivas de Madrid.En cuanto el mecanismo de la puerta automática emitió un zumbido suave y dejó que las hojas de hierro se deslizaran para abrirse, los faros del auto iluminaron el amplio jardín, cubierto por frondosos árboles.Al final del camino de mármol se alzaba una majestuosa construcción de estilo moderno y minimalista que parecía silenciosa y deshabitada.Isabella se inclinó hacia adelante, apoyando las manos y el rostro contra el frío cristal de la ventana del auto. Sus ojos recorrieron cada rincón de aquella enorme propiedad, cuyas ventanas permanecían casi todas sumidas en la oscuridad.—¿De quién es esta casa? —preguntó Isabella mientras giraba el rostro hacia Juan, frunciendo el ceño con desconcierto.Juan giró el volante con una mano y condujo el auto por el camino. Sus labios se curvaron ligeramente en una sonrisa tenue.—Liam tie







