LOGIN—Perdóneme... —susurró Isabella, con la voz casi ahogada por la gruesa alfombra que tenía bajo los pies. Seguía con la cabeza gacha.
Pero al instante siguiente, tomó una profunda bocanada de aire. Alzó la mirada, apartando de sí todo rastro de la vergüenza que la había asaltado. Sus ojos se clavaron directamente en los de Liam, con una mirada limpia de cualquier temor. La desesperación que había sentido en su casa se había transformado en un valor desesperado.
—Fui demasiado orgullosa anoche. Ahora soy consciente y reconozco abiertamente que necesito su ayuda —dijo con total sinceridad, sin ocultar nada.
Se levantó del mullido sofá y se mantuvo erguida, con la espalda recta, justo frente a él. Ahora solo los separaban dos pasos.
—¿Sigue en pie la propuesta que me hizo anoche, señor Liam Reyes? —preguntó con tono firme y seguro. Mantuvo la mirada fija en él, negándose a mostrarse débil ante aquel hombre todopoderoso.
Liam se quedó inmóvil. Aquella mirada aguda y valiente le provocó de golpe una extraña sensación desconocida en el pecho. Se sorprendió. Había esperado encontrar a una mujer que llorara y suplicara clemencia, pero la dignidad y el coraje de la joven que tenía enfrente lo sacudieron por completo. Isabella no había venido como una mendiga, sino como una socia dispuesta a cerrar un trato.
Liam se aclaró la garganta levemente, recuperando el control de su expresión para que siguiera siendo imperturbable.
—Por supuesto que sigue en pie. Ya le pedí a Juan que preparara un nuevo contrato con algunos ajustes. Puede llevárselo a casa para revisarlo con calma —dijo, intentando ganar tiempo para poner a prueba su resistencia.
—No hace falta —lo interrumpió ella con rapidez y firmeza—. Lo leeré y lo entenderé aquí mismo, delante de usted. Y lo firmaré ahora mismo.
Un silencio repentino llenó la habitación durante unos instantes. Liam no respondió de inmediato; se quedó quieto, observando detenidamente el brillo de determinación que ardía en los ojos de Isabella. Bien. Todo ocurre exactamente como lo calculé, pensó satisfecho al ver cómo su presa se rendía con tanta elegancia.
—Siéntese. Iré a buscar el documento —dijo con sequedad. Dio media vuelta y caminó con calma hacia su gran escritorio de madera en una esquina del despacho.
Tomó el grueso legajo que contenía el contrato matrimonial, preparado desde primera hora de la mañana. Con pasos deliberadamente lentos para marcar su dominio, regresó hasta donde ella seguía rígida.
—Le doy quince minutos para leerlo todo —dijo al entregarle el documento.
Isabella extendió la mano para tomarlo. Por más que se esforzaba por mantenerse fuerte, sus dedos no pudieron ocultar el temblor que recorrió el papel al pasar a sus manos.
—Si hay algún punto que no entienda o sobre el que quiera preguntar, dígamelo ahora mismo —añadió él.
Sin esperar respuesta, Liam regresó a su gran sillón de cuero. Se dejó caer en él con comodidad, se recostó y cruzó una pierna sobre la otra, dispuesto a ver cómo Isabella firmaba el resto de su libertad.
Ella concentró toda su atención en las páginas que tenía delante. Leyó cada línea con sumo cuidado, pasando hoja tras hoja repetidas veces para asegurarse de que no se le escapara ninguna cláusula trampa. Pero al llegar a la tercera página, su mano se detuvo en seco. Sus ojos se fijaron en una frase en negrita.
—Señor Reyes... en este primer punto, considero que la norma es excesiva e injusta —dijo, levantando la vista y mirando directamente a Liam, que seguía recostado en su sillón con aire de superioridad.
Liam no se movió ni un milímetro. —Lea en voz alta el contenido de ese punto —ordenó con frialdad, sin ganas de andar con rodeos.
Isabella tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta, y leyó con voz ligeramente temblorosa:
—«La primera parte, Liam Reyes, como quien aporta los fondos, tendrá pleno derecho sobre todo lo que le corresponde como esposo, tanto legal como biológicamente». —Hizo una pausa, conteniendo el aliento—. ¿No acordamos desde el principio que este es un contrato matrimonial con fines comerciales? —preguntó ella, elevando el tono por la indignación—. Entonces, ¿por qué incluye una cláusula sobre los derechos de esposo?
Liam se acomodó mejor en su asiento, enderezando un poco la espalda, y la miró con una expresión impasible.
—El dinero que pago es por tener una esposa, señorita de la Cruz, no por alquilar a una dependienta —respondió con crudeza y pragmatismo—. Por lo tanto, es justo que tenga plenos derechos como esposo, tanto en el papel como en la realidad. Y a cambio, usted también recibirá todos los privilegios y derechos que corresponden a la esposa de Liam Reyes. Es un trato equilibrado.
—P-pero no de esta manera —intentó protestar ella, chocando contra unos límites que invadían su propia intimidad.
—Si no está de acuerdo o tiene objeciones a este artículo, es libre de levantarse y cruzar esa puerta ahora mismo —la cortó él, con una voz que se volvió cada vez más fría y cortante. Cruzó los brazos sobre el pecho con arrogancia—. Como usted misma me gritó anoche, hay muchas otras nobles en la ruina ahí fuera haciendo cola, dispuestas a venderse por mi dinero.
Esas últimas palabras golpearon el corazón de Isabella con fuerza. Su rostro perdió de golpe todo color, y sintió una punzada dolorosa y opresiva en el pecho. Cerró los ojos durante dos segundos, obligándose a aceptar la amarga realidad: su dignidad había sido comprada por completo.
Cuando volvió a abrirlos, tenía los ojos llenos de lágrimas a punto de derramarse, pero se negó a parpadear para no llorar delante de aquel hombre despiadado.
—Está bien. Acepto todo el contenido de este contrato —dijo, esforzándose al máximo por mantener la voz estable. Miró fijamente a los ojos oscuros de Liam sin mostrar ni un ápice de debilidad—. Por favor, deme una pluma ahora. Voy a firmarlo.
Habían pasado cinco años.Nueva York, Estados Unidos.El viento otoñal de Nueva York soplaba frío, arrastrando hojas de color marrón dorado que flotaban lentamente sobre la extensión de césped verde del cementerio Trinity Church.El cielo de aquella tarde se veía gris y sereno, proyectando una atmósfera tranquila sobre el antiguo cementerio en medio del bullicio de la gran metrópolis.Liam avanzaba lentamente por el sendero cubierto de grava. Vestía un elegante abrigo negro y sostenía con sus dedos rígidos un ramo de lirios blancos recién cortados.A su lado, Isabella caminaba con elegancia, envuelta en un trench coat color crema, mientras sus pequeñas manos sujetaban con firmeza los diminutos dedos de sus hijos gemelos de cuatro años y medio, Gael y Marco.—Mamá, ¿adónde vamos? —preguntó Gael, uno de los gemelos, alzando la mirada con sus brillantes ojos azules llenos de inocencia.Isabella sonrió con dulzura y apretó suavemente la mano de su hijo.—Vamos a visitar a la abuela, cariñ
El cielo ya se había oscurecido por completo cuando el rugido del automóvil de Serena volvió a hacer crujir la grava del patio de la casa. En cuanto el motor se apagó, la puerta principal de la casa se abrió de par en par.Liam permanecía rígido en el umbral, todavía vestido con la camisa de trabajo, cuyas mangas ahora llevaba arremangadas hasta los codos.Su mirada era intensa e inquieta. Tenía las manos apretadas a ambos lados de la cintura mientras sus ojos iban y venían constantemente hacia el reloj de su muñeca. Era evidente que había estado caminando de un lado a otro mientras esperaba el regreso de su esposa.—Llegas treinta minutos tarde —reprochó Liam con voz grave mientras avanzaba con grandes zancadas hacia el automóvil.Serena asomó la cabeza por la ventana y esbozó una sonrisa burlona.—Tranquilo, Hombre Posesivo. Tu esposa regresó sana y salva, sin un solo rasguño —respondió Serena, guiñándole un ojo a Isabella—. ¡Yo me voy, Isabel!Isabella asintió entre risitas. Salió
Isabella se quedó paralizada al instante. El murmullo del agua que corría del grifo del lavabo se volvió repentinamente distante en sus oídos. Sus dedos húmedos y ligeramente temblorosos descendieron poco a poco, dando unas suaves palmaditas y luego acariciando con delicadeza la superficie plana de su vientre bajo el algodón del camisón que llevaba puesto.—Me he saltado dos períodos... Después de aquel sangrado que tuve tras el legrado, no he vuelto a menstruar —susurró Isabella.Sus ojos permanecieron fijos y ausentes sobre las hileras de azulejos blancos de la pared. Su mano izquierda se elevó en el aire y comenzó a dar pequeñas palmadas, como si estuviera contando los días y las semanas que habían pasado sin que ella se diera cuenta.De pronto, Isabella giró la cabeza y miró directamente a Serena. El brillo apagado de sus ojos, causado por las náuseas, se iluminó de repente. Las comisuras de sus labios se elevaron, formando una sonrisa tenue que poco a poco se transformó en un res
Habían pasado tres meses.Aquella mañana, los rayos del sol se filtraban por la ventana de la cocina, proyectando destellos de luz sobre la superficie de la mesa de mármol. El suave roce de la espátula contra la sartén antiadherente se mezclaba con el tintineo de la taza de café recién preparado que Isabella había servido.Isabella, vestida con un camisón de algodón, caminó lentamente hacia la barra de la cocina. Mientras daba vuelta al pan tostado sobre la sartén, extendió la mano izquierda para tomar el control remoto y presionó el botón de encendido del televisor colgado en una esquina de la habitación.La voz del presentador de noticias llenó de inmediato el ambiente, rompiendo el silencio de la mañana.«...El Tribunal Superior de Madrid finalmente ha dictado sentencia sobre el caso de malversación de fondos y delitos financieros que involucraba al veterano empresario de la nobleza, Javier de Alvarez. Tras considerar probados todos los cargos presentados ante el tribunal, el panel
Los pasos de Juan e Isabella resonaron suavemente mientras subían uno a uno los escalones de madera que conducían al segundo piso. A lo largo del pasillo superior, fragmentos de marcos de fotografías y pedazos del espejo del tocador destrozado estaban esparcidos sobre la gruesa alfombra.Juan avanzaba con cuidado, colocando los pies entre los fragmentos afilados mientras se aferraba con fuerza al pasamanos. Extendió la mano derecha y señaló la única puerta doble, con incrustaciones de madera de teca, que estaba ligeramente entreabierta al final del pasillo.Se acercaron. En cuanto Juan empujó suavemente una de las gruesas hojas de la puerta, la escena dentro de la habitación hizo que el pecho de Isabella se contrajera de dolor.Una habitación tan espaciosa tampoco había escapado a aquel arrebato de furia. La lámpara de noche estaba destrozada sobre el suelo de mármol, las puertas del armario permanecían completamente abiertas, con las prendas y las perchas esparcidas por todas partes,
El suave rugido del motor del sedán negro de Juan se detuvo justo frente a la imponente puerta de hierro de una de las urbanizaciones más exclusivas de Madrid.En cuanto el mecanismo de la puerta automática emitió un zumbido suave y dejó que las hojas de hierro se deslizaran para abrirse, los faros del auto iluminaron el amplio jardín, cubierto por frondosos árboles.Al final del camino de mármol se alzaba una majestuosa construcción de estilo moderno y minimalista que parecía silenciosa y deshabitada.Isabella se inclinó hacia adelante, apoyando las manos y el rostro contra el frío cristal de la ventana del auto. Sus ojos recorrieron cada rincón de aquella enorme propiedad, cuyas ventanas permanecían casi todas sumidas en la oscuridad.—¿De quién es esta casa? —preguntó Isabella mientras giraba el rostro hacia Juan, frunciendo el ceño con desconcierto.Juan giró el volante con una mano y condujo el auto por el camino. Sus labios se curvaron ligeramente en una sonrisa tenue.—Liam tie







