MasukCAPÍTULO 5 — El padre que no estuvo
El automóvil de Damián desapareció al final del camino, pero Félix continuó frente a la puerta abierta. Esperó unos segundos, convencido de que Valentina regresaría con la maleta y le diría que todo había sido producto del enojo. Entonces podrían sentarse, hablar sin gritos y encontrar una solución que no incluyera a Damián Santoro. Pero el vehículo no regresó. Félix cerró la puerta despacio. —Podríamos haber hablado. Daniela permanecía detrás de él. —Ella no quiso escucharte. Llegó dispuesta a herirte y se marchó con el hombre que mejor podía hacerlo. Félix no respondió. Valentina había discutido con él muchas veces. También había pasado noches enteras en la clínica acompañando a Lorena, pero siempre regresaba. Aquella noche se llevó sus documentos. Subió las escaleras y abrió la puerta de su dormitorio. La cama estaba tendida, los libros seguían ordenados y el armario había quedado abierto. Algunos cajones vacíos confirmaban que su hija no había salido para calmarse. Había elegido no volver. En la papelera encontró una fotografía. La recogió con los dedos temblorosos. Recordaba aquella imagen. Lorena sostenía a Valentina, que tendría unos siete años, mientras él las rodeaba con un brazo. Estaban en la playa, riendo hacia la cámara. La fotografía había sido cortada. Faltaba la parte donde aparecía Lorena. Félix retiró otras imágenes de la papelera. Una de Valentina en su primer día de clases, otra durante unas vacaciones y una tercera junto a la bicicleta que él le había regalado. Todas las fotografías donde aparecía con su hija habían quedado allí. Sobre el escritorio encontró un álbum abierto. Faltaban varias imágenes de Lorena junto a Valentina. Las páginas conservaban las marcas del adhesivo, mientras aquellas donde aparecía él seguían intactas o habían terminado en la basura. —¿Qué hice para que mi hija no quiera llevarse un solo recuerdo conmigo? Se sentó en el borde de la cama. Valentina tenía diez años cuando Lorena sufrió el accidente. Después de aquello comenzó a discutir, se encerraba en su dormitorio y se negaba a obedecerle a Daniela. Él la llamó rebelde. Daniela le recomendó enviarla a un internado, donde tendría disciplina y una estructura que ellos ya no podían darle. Félix aceptó. Durante años repitió que había sido la mejor decisión. Valentina recibía una educación excelente, aprendía a ser independiente y se preparaba para enfrentar la vida. Sin embargo, no podía recordar un martes cualquiera junto a ella. Recordaba los fines de semana en que la recogía para llevarla a la clínica. Valentina se sentaba junto a Lorena, le cepillaba el cabello y hablaba durante horas. —Mamá, hoy me felicitaron en matemáticas. —Mamá, papá dice que estás mejorando. —Mamá, cuando despiertes vamos a elegir juntas mi vestido. Félix estaba allí, cerca de la ventana, atendiendo llamadas o revisando documentos. Después la devolvía al internado. Entre una visita y la siguiente no conocía a sus amigas, sus miedos ni los problemas que enfrentaba. Pagaba la mensualidad, firmaba las autorizaciones y confundía aquellas obligaciones con las de estar presente. Cerró el álbum. Al girar, vio el vestido blanco tendido sobre la cama. Lo reconoció de inmediato. —El vestido de sus quince años. Lo extendió mejor y encontró la mancha roja cubriendo la tela desde el pecho hasta la falda. Recordó haber autorizado la compra porque Valentina se lo pidió. No vio el vestido ni preguntó cómo le quedaba. Aquella noche su hija bajó usando una prenda rosa, ancha y poco favorecedora. Ahora regresaron las imágenes que había preferido olvidar: Denice junto a la mesa, Daniela asegurando que había sido un accidente y Valentina inmóvil, con el jugo escurriendo sobre el vestido blanco. Él solo le ordenó que subiera a cambiarse. Félix pasó la mano por la mancha seca. Tenía empleados, dinero y automóviles. Podría haber enviado a alguien a comprar otro vestido. Podría haber subido detrás de ella o preguntarle por qué Denice había volcado el vaso. No hizo ninguna de esas cosas. —Yo debería haber estado con ella. —No te castigues por algo ocurrido hace años. Daniela apareció en la puerta y se acercó hasta sujetarlo del brazo. —Era su cumpleaños —respondió Félix. —Denice tenía cinco años. Fue un accidente. —Valentina no lo creyó así.Ahora lo sé. —Valentina necesita que todo lo malo de su vida sea culpa de alguien. Félix volvió a observar el vestido. —¿Por qué lo guardó? Daniela se sentó a su lado. —Porque siempre ha guardado rencor. Conserva cada dolor hasta convertirlo en un arma. —No era rencorosa cuando era niña. —Tampoco era fácil. —Había perdido a su madre. —Lorena seguía viva. Félix apartó el brazo. —Respiraba, Daniela. Eso no significa que Valentina todavía tuviera una madre. Ella quedó en silencio. Félix señaló las fotografías. —La envié lejos cuando más me necesitaba. —La enviaste porque alguien tenía que pensar con claridad. Vos estabas destruido, la empresa comenzaba a caer y Lorena necesitaba cuidados permanentes. —Vos dijiste que Valentina era rebelde. —Porque lo era. —Tenía diez años. Daniela se puso de pie. —Y yo me quedé cuando nadie más lo hizo. Cuidé esta casa, me ocupé de tu hija y de Denice, te acompañé en el hospital y mantuve la empresa funcionando mientras vos apenas podías levantarte. Sus ojos se llenaron de lágrimas. —No tenía obligación de hacer nada de eso. Sin embargo, ahora Valentina se marcha con tu enemigo y consigue que me interrogues como si yo hubiera destruido a tu familia. —No dije eso. —No hace falta.Se que me estás culpando. Daniela se alejó unos pasos. —Quizás ella ya conocía a Santoro. Tal vez prepararon juntos esta escena. —Valentina no conocía a Damián. Daniela se volvió hacia él. —¿Cómo podés asegurarlo si nunca supiste qué hacía tu hija en la universidad? La pregunta lo dejó sin defensa. Félix no conocía su rutina, sus amistades ni los lugares que frecuentaba. La posibilidad de que Valentina le hubiera mentido era dolorosa. Pero aceptar que había preferido a un desconocido porque no se sentía protegida por su padre resultaba todavía peor. Dejó el vestido sobre la cama. —No quiero creer que haya planeado esto. Daniela volvió a acercarse. —Yo tampoco. Solo intento evitar que Santoro te destruya usando a tu propia hija. Apoyó las manos sobre sus hombros. —Tenemos que salvar el hotel. Si lo perdemos, también perderemos el ingreso con el que pagamos la clínica de Lorena. Félix tensó la mandíbula. —Ese hotel era uno de los mejores del grupo. —Antes de que comenzaran los problemas. —Todavía no entiendo cómo terminó en nuestras manos y a mi nombre. Daniela permaneció inmóvil.No podía hablar. —¿Qué querés decir? —Hubo algunas sociedades con otros inversores, préstamos y demasiados documentos. No recuerdo haber negociado directamente la compra. —Yo era tu asistente. Firmaba lo que vos me ordenabas. —¿Estás segura? Daniela retiró las manos de sus hombros. —Después de todo lo que hice por vos, ¿vas a interrogarme por un trámite de hace años? Félix sostuvo su mirada. Por primera vez, la pregunta de Valentina y la mancha sobre el vestido parecieron formar parte del mismo problema. Podía revisar los archivos. Podía llamar al contador. Podía descubrir quién había preparado aquellos documentos y por qué sus recuerdos eran tan imprecisos. Daniela tomó su teléfono y se lo ofreció. —Llamá ahora mismo. Pedí una auditoría. Después explicale a Lorena que su clínica dejó de cobrar porque decidiste paralizar el único hotel que todavía genera dinero. Félix no tomó el celular. La pantalla permaneció entre ambos. Daniela esperaba . Moviendo su pierna. Él observó el vestido, las fotografías y el teléfono que podía abrir una investigación. Después empujó la mano de Daniela hacia abajo. —No hace falta. —¿Estás seguro? Félix recogió una de las fotografías y la dejó nuevamente en la papelera. —Quizás tengas razón. Santoro está aprovechándose de Valentina y no podemos distraernos. Daniela guardó el teléfono. —Eso es lo que intento hacerte entender. Félix la atrajo hacia sí. —Vos siempre estuviste conmigo.Pero mi hija debe volver a casa.¿Entiendes?Está casa le perteneció a la familia de Lorena,es de Valentina. —¿Que,no es tuya? —No.Si Lorena fallece queda solo para nuestra hija. Felix le besó la frente. —No me alcanzará la vida para agradecerte todo lo que hiciste por mí y por mi familia. Daniela apoyó la cabeza sobre su pecho. No quería mostrar la decepción.Podria quedarse en la calle y Felix en banca rota. —Entonces confiá en mí. —Siempre he confíado en ti. Félix había encontrado una razón para investigar el pasado. Y acababa de decidir que salvar el hotel era más importante que conocer la verdad.CAPÍTULO 27 — El día que casi despertaste Valentina llegó al hospital después de la última prueba del vestido. Había quedado exactamente como debía, sin necesidad de nuevos arreglos. La modista había insistido en que todo estaba listo y que al día siguiente no tenía que preocuparse por nada más que vestirse. Damián también se lo había repetido. Descansá. Como si ella supiera hacerlo. Apenas entró en la habitación de Lorena, dejó el bolso sobre la silla y se acercó a la cama. —Hola, mamá. Se inclinó y le besó la frente—.Perdón por ayer. Le tomó la mano. —No pude venir. Ya sé que siempre te prometo que voy a estar, pero ayer fue... complicado. Lorena permaneció inmóvil. Valentina acarició lentamente sus dedos. —Me probé el vestido. Una sonrisa tímida apareció en sus labios. —Me queda lindo. Eso dicen todos, por lo menos. Acercó una silla a la cama. —Mañana me caso.¿Te acordás que te dije? Decirlo allí, frente a su madre, hizo que todo pareciera mucho má
Félix volvió a mirar hacia la cocina. Desde allí llegaba la voz de Denice hablando con una de las empleadas. La escuchaba reír. Reconoció el sonido de inmediato. Sabía cómo era aquella risa cuando estaba realmente contenta, cuándo fingía para conseguir algo y cuándo intentaba disimular que había hecho una travesura. Conocía cada una. —¿Qué mirás? —preguntó Daniela. Félix no respondió. Pero acababa de ver con demasiada claridad la diferencia que había hecho entre sus hijas. Denice apareció unos segundos después con una revista entre las manos. —Papá. —¿Sí? —Marta dice que mañana podemos mirar vestidos después de la escuela. Daniela cerró los ojos. —Denice, todavía no... —Sí —la interrumpió Félix. Denice sonrió. —¿Sí? —Después de la escuela. La niña se acercó corriendo y le dio un beso en la mejilla. —Gracias. Después abrió la revista. —Mirá este. Félix observó el vestido que señalaba. —Es lindo. —Mamá dice que el verde me queda horrible. —No dije horrible —in
CAPÍTULO 25 — Porque soy su padre Daniela sacó la tarjeta del sobre y leyó. Damián Santoro y Valentina Arce tienen el agrado de invitarlos a la celebración de su matrimonio... Sus dedos se tensaron sobre el papel. —Qué maravilla. Félix no respondió. —Mirá qué rápido aprendió tu hija. —Daniela. —No. Mirá esto. Le mostró la invitación como si él no acabara de leerla. —¿Y todavía querés convencerme de que todo esto apareció de la nada en dos días? —No empieces. —Tu hija sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Félix la miró. —No sabés eso. Daniela dejó caer la tarjeta sobre una mesa. —No vamos a ir. Félix no dudó. —Yo sí. Daniela tardó un segundo en reaccionar. —¿Qué? —Voy a ir. —¿A ver cómo Santoro utiliza a tu hija para humillarte delante de todo São Paulo? Félix apretó los labios. —Es la boda de Valentina. —Es un espectáculo. —Puede ser, pero sigue siendo su boda. —¿Y vas a prestarte? Félix tomó nuevamente la invitación. —Soy su padre. Daniela soltó un
Denice fue la primera en escuchar el timbre esa tardecita.Bajó corriendo las escaleras antes de que una de las empleadas alcanzara la puerta.—¡Yo abro!—Señorita Denice... no debe...La mujer no llegó a detenerla.Denice ya estaba frente al hombre que esperaba en la entrada con un sobre color crema entre las manos.—Entrega para el señor Félix Arce y familia.Los ojos de la niña se iluminaron.El sobre era grueso, elegante y tenía letras doradas en el frente.Una invitación.—Yo se la doy a papá.El hombre comprobó el apellido.—¿Vivís acá?—Sí.—Entonces está bien.Denice tomó el sobre y cerró la puerta antes de que el hombre terminara de despedirse.Lo giró entre las manos.En una esquina había dos iniciales entrelazadas.D. S. y V. A.No lo pensó demasiado. Denice solía dejarse llevar por la curiosidad y, muchas veces, terminaba haciendo exactamente lo que quería.Introdujo un dedo debajo de la solapa.—Denice.La voz de Félix llegó desde el corredor.La niña se sobresaltó y giró
POV: Damián Media hora más tarde, Damián estaba en su oficina después de un recorrido por las instalaciones. Había intentado concentrarse en dos informes del hotel, las cifras de ocupación de la semana siguiente y un correo del banco que confirmaba que el proceso sobre el antiguo hotel Santoro avanzaba. Todavía faltaban pasos legales, pero por primera vez la posibilidad de recuperarlo dejaba de parecer lejana. Debería haber sido lo único capaz de ocupar su cabeza. Llevaba años esperando aquello. Sin embargo, no había conseguido terminar ninguno de los informes. Dejó el bolígrafo sobre el escritorio. La imagen de Daniela enfrentándose a Valentina seguía regresando. No era solamente la discusión. Era la reacción de Valentina. Había levantado la mano con una rapidez que no nacía únicamente del enojo de aquella tarde. Y antes de eso había soportado cada palabra de Daniela como alguien que conocía perfectamente aquel tono. Damián se levantó. Él conocía el dolor acumulado. Ha
POV: DamiánDamián esperó hasta que el automóvil se detuvo frente al hotel antes de hablar.Durante el trayecto había decidido no volver sobre el beso.No porque lo hubiera olvidado.Precisamente por lo contrario.Valentina llevaba varios minutos mirando por la ventanilla con los brazos cruzados, demasiado concentrada en fingir que todo aquello no la afectaba.Cuando el chofer abrió la puerta, ella fue la primera en bajar.Damián la siguió.—Vas a descansar.Valentina giró apenas la cabeza.—¿Eso fue una sugerencia o una orden?—Tomalo como una recomendación formulada por alguien que paga una habitación bastante cara y espera que sea utilizada.—Qué considerado sos —respondió con una sonrisa sarcástica.Entraron al hotel.Antes de cruzar el hall, Damián le tomó la mano.Valentina bajó la vista hacia sus dedos entrelazados y después lo miró, claramente sorprendida.Él tampoco estaba completamente seguro de por qué lo había hecho.Después de aquel beso, era probable que algún periodista







