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Capítulo 113: El sabor

Penulis: Kandy Orta
last update Tanggal publikasi: 2026-09-24 07:59:30

Me quedé de pie en medio del salón mucho después de que la puerta se cerrara.

Los brazos cruzados sobre el pecho no bastaban para contener el temblor. El corazón seguía golpeándome las costillas con una fuerza absurda, como si intentara escapar.

Me llevé los dedos a los labios otra vez.

El sabor de Emilian todavía estaba ahí.

No era intenso. No había sido un beso voraz ni desesperado. Había sido breve, casi cuidadoso… y por eso mismo me resultaba más peligroso. Como si hubiera estado es
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    La luz de la mañana entró sin permiso. Primero como un filo delgado entre las cortinas, después como una invasión lenta que tiñó de gris el salón y me obligó a abrir los ojos. No había dormido. El cuerpo lo sabía. La espalda baja protestaba con un dolor sordo, el vientre pesaba más de lo habitual y los ojos me ardían como si hubiera pasado la noche llorando, aunque no lo hubiera hecho. Me incorporé despacio. La manta se deslizó hasta el suelo. El teléfono seguía boca abajo sobre la mesa, como si ocultara algo. No lo toqué. El sabor ya no estaba. Había desaparecido por completo en algún momento entre las cinco y las seis, cuando la noche empezó a rendirse. Pero el vacío que dejó era peor. Como si la boca hubiera aprendido una forma nueva y ahora la echara de menos. Me levanté y caminé hasta la cocina. Puse agua a calentar. El gesto automático me dio unos segundos de alivio falso. Mientras esperaba, apoyé las manos en el borde de la encimera y miré por la ventana. La calle ya

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    Me quedé de pie en medio del salón mucho después de que la puerta se cerrara. Los brazos cruzados sobre el pecho no bastaban para contener el temblor. El corazón seguía golpeándome las costillas con una fuerza absurda, como si intentara escapar. Me llevé los dedos a los labios otra vez. El sabor de Emilian todavía estaba ahí. No era intenso. No había sido un beso voraz ni desesperado. Había sido breve, casi cuidadoso… y por eso mismo me resultaba más peligroso. Como si hubiera estado esperando el momento exacto en que yo estuviera lo bastante cansada, lo bastante vulnerable, para que no pudiera rechazarlo de inmediato. Pero lo había rechazado. Había dicho que no, había pedido que se fuera. Y él se había ido. Eso, al menos, era algo. Caminé hasta el sofá y me dejé caer de nuevo. Las piernas todavía me temblaban. El cojín donde él se había sentado conservaba un poco de calor. Aparté la mirada. No quería pensar en sus manos sobre mis pies, en la forma en que el nudo del

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    Las bolsas se quedaron exactamente donde las dejé. En el recibidor, junto al perchero, ocupando un espacio que de pronto parecía demasiado pequeño. No las toqué. No las abrí. Solo las miré desde el sofá mientras la luz de la tarde se iba apagando detrás de las cortinas. El papel azul claro brillaba un poco con el último sol. El lazo blanco seguía perfecto, como si nadie lo hubiera apretado con prisa en una tienda cara. Me levanté solo para encender una lámpara. El silencio de la casa se sentía distinto otra vez. Ya no era el silencio de lo no dicho con Lorenz. Era el silencio de lo que otros seguían queriendo decir por mí. El teléfono vibró sobre la mesa. Emilian: ¿Todo bien? Lo miré un rato antes de contestar. Los dedos se demoraron sobre la pantalla. Yo: Acabo de llegar. La madre de Lorenz me esperaba en la salida del trabajo. Con regalos para el bebé. Los tres puntos aparecieron de inmediato. Emilian: ¿Estás bien? Yo: Incómoda. Muy incómoda. Me dijo que un hijo un

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    Llegué a casa con las manos todavía un poco frías del volante. Aparqué, subí las escaleras y cerré la puerta detrás de mí con más fuerza de la necesaria. El eco resonó en el pasillo vacío. Me quité los zapatos, dejé el abrigo en el perchero y me quedé de pie un momento en medio del salón, como si no supiera exactamente qué hacer con el cuerpo ahora que la conversación había terminado.El teléfono vibró otra vez. Esta vez era Emilian.Emilian: ¿Llegaste bien?Respondí sin pensarlo demasiado.Yo: Sí. Gracias otra vez.Emilian: Come algo. Aunque sea poco. Y descansa.No contesté. Guardé el teléfono en el bolsillo y caminé hasta la cocina. Abrí la nevera. Había un envase de sopa que Emilian me había dejado, así que calenté la sopa en el microondas, me senté en la barra y comí despacio, mirando el vapor subir. Cada cucharada sabía a nada, pero el calor me bajó un poco por el pecho. Cuando terminé, lavé el plato, lo sequé y lo guardé. Gestos pequeños. Automáticos. Como si el orden exterior

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    A las cuatro y media en punto bajé las escaleras del edificio. El ascensor estaba lleno y preferí no compartir el aire cerrado con nadie más. Emilian ya esperaba en la acera, de pie junto a un farol, las manos en los bolsillos del abrigo. Cuando me vio, no sonrió de inmediato; solo inclinó ligeramente la cabeza, como si midiera mi estado con esa precisión que a veces me resultaba incómoda y otras, necesaria.—¿Comiste algo? —preguntó en cuanto estuve a su lado.—Un café y media tostada —mentí a medias—. No tenía estómago.Él no insistió. Caminamos en silencio hacia el parque. El subió a mi auto y yo conduje al parque. Había ido allí muchas veces con Lorenz, cuando todavía creíamos que el futuro era una línea recta y no un laberinto. Ahora el lugar se sentía más pequeño, como si el tiempo lo hubiera encogido.Llegamos quince minutos antes. Elegimos un banco un poco apartado, cerca de los árboles, desde donde se veía el camino principal sin estar demasiado expuestos. Emilian se sentó a

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    Me senté en el borde del sofá, el teléfono entre las manos, y respiré hondo.Mañana había llegado.Me duché con el agua demasiado caliente, como si pudiera arrastrar el cansancio de la noche anterior. Me vestí con ropa de oficina, y mientras me ataba el pelo, miré mi reflejo en el espejo del baño. La cara estaba pálida, los ojos un poco hinchados, pero la expresión era la misma de siempre. La de alguien que tenía que seguir funcionando.Salí de casa sin desayunar. El trayecto se me hizo eterno. Nadie sabía que yo llevaba encima el peso de una conversación pendiente, de un “perdóname” que todavía resonaba y de un bebé que ya no era solo mío.Llegué a la oficina puntual. El edificio olía a café recién hecho y a carpetas nuevas. Saludé a la recepcionista con un gesto breve, subí en el ascensor y cerré la puerta de mi despacho detrás de mí. Por un momento me quedé de pie junto a la ventana, mirando la calle abajo, hasta que saqué el teléfono y marqué el número de Emilian.Contestó al segu

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