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Capítulo 2: El pasado en el presente

ผู้เขียน: Kandy Orta
last update วันที่เผยแพร่: 2026-07-15 12:13:11

13 años después

Me miré en el espejo del baño mientras me ajustaba el vestido negro ajustado que había elegido con tanto cuidado. El labial rojo oscuro contrastaba con mi piel pálida, el cabello suelto caía en ondas suaves sobre mis hombros y un toque de rímel resaltaba mis ojos. Me veía bien. Incluso bonita. Pero nadie podía ver las cicatrices que aún llevaba por dentro.

Con el tiempo había aprendido a respirar de nuevo. Había reconstruido mi vida pedazo por pedazo, terminé la universidad, conseguí un buen trabajo, me mudé a un apartamento más grande y, sobre todo, había aprendido a no depender de nadie. Hasta que apareció Lorenz Adler.

El timbre sonó exactamente a las ocho. Lorenz estaba guapo con su camisa azul clara y esa sonrisa tranquila que siempre lograba calmarme un poco.

—Estás preciosa —dijo al verme, inclinándose para darme un beso suave en la sien—. Mi familia te va a adorar.

Durante el trayecto en el auto intenté concentrarme en su voz, en sus bromas suaves, en la mano que de vez en cuando apretaba la mía sobre mi rodilla. Pero había una extraña inquietud en mi pecho que no lograba sacudirme.

La casa de su familia era grande y acogedora, con un hermoso jardín iluminado. El olor ha asado y risas alegres nos recibieron apenas cruzamos la puerta. Lorenz me presentó con orgullo, su mano cálida sosteniendo la mía todo el tiempo.

—Ella es Elara, mi novia.

Sus padres fueron amables, su hermana me hizo preguntas sobre mi trabajo y todo parecía ir bien. Reí cuando debía reír, respondí con educación y me permití, por un momento, imaginar que esta podría ser mi nueva normalidad. Una vida tranquila. Segura.

Hasta que levanté la vista hacia el fondo del salón y el mundo se detuvo.

Allí, de pie junto a la chimenea, con una copa en la mano y hablando con un hombre mayor, estaba Emilian Novak.

Más adulto. Más duro. El cabello corto, una cicatriz marcada en la mandíbula y esa misma mirada gris que una vez me había prometido el universo. Nuestras miradas se encontraron a través de la habitación.

Por un segundo, su rostro se quebró. Vi sorpresa. Dolor. Rabia. Algo salvaje y profundo cruzó por sus facciones. Su cuerpo se tensó visiblemente. Luego, con una frialdad que me atravesó el pecho como un cuchillo, desvió la mirada como si yo no existiera.

Como si nunca me hubiera amado, como si nunca me hubiera destruido, pero su copa se resbaló de sus manos delatándolo y el huyó del salón como si algo le quemara.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿Él estaba vivo? Durante años mi mente creó la fantasía de que tal vez él había muerto y que por eso había desaparecido, pero esa creación de mi dolida mente, había sido desmentida aquí, en el jodido lugar donde jamás pensé encontrarlo. Me faltó un poco la respiración y Lorenz apretó mi mano con suavidad.

—¿Estás bien? —susurró cerca de mi oído.

Forcé una sonrisa que me dolió en el alma.

—Perfecta.

El resto de la noche se convirtió en una tortura lenta y cruel.

—Ven, quiero presentarte a alguien importante —dijo Lorenz con una sonrisa, tirando suavemente de mi mano hacia el comedor—. Emilian es como un hermano para mí. Crecimos juntos.

El corazón me golpeó con tanta fuerza que creí que Lorenz podría oírlo. Intenté soltarme, pero él ya me estaba llevando.

Emilian estaba de pie junto a la mesa, rígido, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Cuando nos vio acercarnos, su mandíbula se tensó visiblemente. Sus ojos grises se clavaron en mí con una intensidad que quemaba. Por un instante, vi en ellos el mismo dolor crudo que yo sentía.

—Emilian —dijo Lorenz con orgullo, ajeno a todo—, te presento a Elara, mi novia. La mujer que me tiene completamente loco.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Emilian me miró directamente. Sus ojos recorrieron mi rostro como si estuviera buscando a la chica de veinte años que había dejado atrás. Tragué saliva, luchando contra las ganas de vomitar o de abofetearlo.

—Elara —repitió Emilian. Su voz ronca sonó como un cuchillo rasgando seda. Extendió la mano hacia mí con lentitud, casi con desafío.

La tomé. En el momento en que nuestras pieles se tocaron, una corriente eléctrica me recorrió el cuerpo. Sus dedos estaban fríos, pero el agarre fue firme, demasiado firme.

—Mucho gusto, Elara —dijo con voz seria.

El muy maldito hizo como si no me conociera, como si no supiera quien era. Jodido mentiroso.

Hice lo mismo que él y mentí con un “igualmente”, como yo no lo conociera tampoco.

Me senté al lado de Lorenz, que entrelazó nuestros dedos sobre la mesa y acarició mi mano con el pulgar, un gesto tierno y constante que normalmente me tranquilizaba. Esta vez solo acentuaba el tormento. Emilian estaba tres puestos más allá. No me miró ni una sola vez durante la cena… pero yo no pude quitarle los ojos de encima. Cada vez que su voz ronca llegaba hasta mí, algo dentro de mí se retorcía.

No sabía cómo me sentía, carajo que no lo sabía. Me temblaban las manos y solo quería salir corriendo de ahí.

Cuando fui al baño, alguien tocó la puerta, abrí pensando que era Lorenz, pero era Emilian. Mi primer instinto fue querer voltearle la cara de un bofetón y juro que estuvo a punto de hacerlo, pero Lorenz llegó como un caballero con armadura de plata y me salvó preguntándome si todo estaba bien.

Emilian asintió y huyó diciendo que usaría otro baño, y yo no volví a verlo.

Cuando Lorenz me dejó en mi apartamento, me serví una copa de vino tinto en la penumbra y me senté en el sofá con las piernas recogidas, intentando calmar el temblor de mis manos.

El timbre sonó casi a la una de la madrugada. Era extraño, Lorenz no venía sin avisar.

Miré por la mirilla y ahí estaba Emilian Novak, con las manos en los bolsillos de su abrigo negro y los ojos clavados en la puerta como si quisiera atravesarla.

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