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—¡Randall, voy a llegar tarde! —exclamé mientras miraba el reloj por tercera vez.
Las diez y veinte. La entrevista era a las once. —¡Randall! Mi hijo estaba sentado en el suelo de la sala, completamente concentrado en una pista improvisada con sus pequeños carritos, ajeno a la prisa que me consumía. —¡Mamá, mira! —Hizo correr uno de ellos por el suelo—. ¡Vrum, vrum! —¡TE DIJE QUE VAMOS TARDE! —grité, perdiendo la paciencia. La expresión de miedo que apareció en el rostro de mi hijo me encogió el corazón. Me quedé paralizada por un instante. ¿Qué acababa de hacer? Respiré profundamente, intentando calmarme. Nunca le había hablado así a mi bebé, y mucho menos había querido que me tuviera miedo. Me agaché hasta quedar a su altura y le acaricié la mejilla. —Perdóname, mi amor. Mamá no debió gritarte. Randal me observó con sus ojitos inquietos y, después de unos segundos, levantó una manita para acariciarme la mejilla. —Tranquila, mami. —Su vocecita consiguió desarmarme—. ¿Estás molesta conmigo? Sentí una punzada de culpa. —No, mi cielo. Mamá está estresada porque tiene que llegar a un lugar a tiempo, pero no está molesta contigo. ¿De acuerdo? Le di un beso en la mejilla y sonreí con suavidad. —Además, tu carrito es muy bonito. Pero ahora tenemos que irnos. Me incorporé y recogí algunos juguetes que habían quedado desperdigados por el suelo. Los guardé en su caja y después revisé mi bolso por enésima vez. —Currículum, listo. Documentos, listos. Identificación... lista. Todo estaba allí. Respiré hondo y me acerqué al espejo para acomodarme el cabello. Observé mi reflejo durante unos segundos, intentando reconocer en aquella mujer nerviosa a la persona que llevaba semanas preparándose para conseguir ese empleo. Ya había superado la entrevista virtual. Solo me faltaba esta última etapa, la más importante, y el puesto podría ser mío. MFV Corporación era una empresa importante. A pesar de no llevar muchos años en funcionamiento, se había convertido en una de las compañías más reconocidas del sector. Conseguir un puesto allí podía cambiar nuestras vidas. —Vamos, Anarela —me dije en voz baja, mirándome por última vez en el espejo—. Todo va a salir bien. Tomé a Randall de la mano y nos dirigimos a la puerta. —Nos vamos, mi amor. Antes de salir, mi pequeño se agachó, recogió uno de sus carritos y lo guardó cuidadosamente en el bolsillo de su pantalón. Después, me miró con una sonrisa y me apretó la mano. El taxi avanzaba lentamente por la avenida, como si el conductor hubiera decidido poner a prueba el poco autocontrol que me quedaba. Miré el reloj. A mi lado, Randal jugaba tranquilamente con el carrito que había rescatado de la sala. —Randy. —¿Mmm? —Vamos a llegar a casa de la tía Samantha, te vas a quedar con ella unas horas. El pequeño levantó la mirada. —¿Por qué mami? —Porque mamá tiene que hacer algo importante. —La entrevista. Sonreí. —Sí bebé. Randal asintió como si comprendiera perfectamente la importancia de aquello. —Me quedo con la tía Samy. —Exactamente. —¿Y tú vuelves mami? Lo miré. Aquella pregunta siempre conseguía tocarme el corazón. —Claro que sí—me incliné y besé su pequeña frente—Mamá siempre vuelve. Poco después llegamos a casa de mi amiga. Ella abrió la puerta y recibió a Randal con los brazos abiertos. —¡Mi pequeño Randy! —¡Tía Samy!— Corrió hacia ella. Yo bajé del taxi y me acerqué. —Gracias por cuidarlo, eres mi heroína. —No tienes que agradecerme nada, tonta—acunó mi rostro con sus manos.—¿Estás nerviosa? —Muchísimo. —Todo saldrá bien, llevas semanas preparándote. Tú puedes con lo que sea. Sonreí. —Eso espero. Reza por mí. Samantha tomó la mano de Randall. —Ve tranquila. Y apresúrate, yo me encargo de él. Me agaché frente a mí bebé. —Pórtate bien mi amor. —Sí, mami. —Y no hagas que la tía Samantha se vuelva loca. Samantha soltó una carcajada. —Eso es imposible. Mi Randy es un angelito. Lo besé y me levanté. —Te amo. —Y yo a tí mami. —Y recuerda... —Mamá siempre vuelve—el fué completó la frase. Le sonreí mostrando todos mis dientes, y le lancé un beso en el aire antes de volver al taxi y pedirle al chófer que me llevara directo a MFV Corporación... El edificio se alzaba frente a mí como una enorme torre de cristal. Una belleza. Me quedé unos segundos contemplándolo, era impresionante, y como amante de la arquitectura, quería analizar cada detalle de la construcción, cosa que no pude hacer porque ya estaba sobre la hora. Respiré profundamente y entré a paso apresurado. Subí hasta el séptimo piso y una mujer mayor estaba detrás del escritorio de recepción. —Buenos días. —Buenos días. Soy Anarela Febres. Tengo una entrevista con el señor Raúl Montreal. La mujer revisó su computadora. —Sí. Está esperándola.—Señaló una puerta.—Puede pasar. Toqué antes de entrar. —Adelante. Me impresionó un poco su aspecto tan jovial, cómo se trataba de uno de los propietarios de la corporación yo me esperaba un hombre mayor, pero Raúl debe tener cuando mucho, unos cinco años más que yo. Estaba sentado detrás de un enorme escritorio, me indicó que tomara asiento y la entrevista comenzó. Preguntas sobre mi experiencia, mis estudios, mis habilidades... Intenté responder con seguridad, aunque algunas de sus miradas me hicieron sentir algo incómoda. Preferí ignorarlo. He lavado platos, limpiado pisos, baños ajenos, y pare de contar. Unas cuantas miradas indiscretas no me iban a matar. Necesitaba aquel empleo más de lo que podía admitir, en especial el sueldo. Después de unos minutos, Raúl tomó mi currículum. Yo me encontraba ansiosa. —Creo que podemos darle una oportunidad señorita... Anarela. Parpadeé. —¿Eso significa...? —El puesto es suyo. Una enorme sonrisa apareció en mi rostro. —¿De verdad? —Empieza mañana. Tendrá una semana de prueba. —Muchas gracias, señor Montreal—me levanté y estreché mi mano con la suya con demasiado entusiasmo—No se arrepentirá... ah, y prefiero que me llamen Ana, por favor. —Entonces tu mejor dime Raúl, eso de señor Montreal suena a un hombre ya pensionado. Hice una mueca. —No lo se... mejor que sea señor Raúl. Eso de estar tuteando a mi jefe, nada que ver conmigo. El hombre asintió, y yo salí de aquella oficina sintiendo que, por fin algo comenzaba a salirme bien. Sin saber el alto precio que me cobraría la vida por haber sido aceptada en ese empleo...El trayecto hasta el hotel fue otra experiencia inolvidable. No podía dejar de mirar por la ventanilla. Sin poder creer que hacía solo unos meses estaba limpiando baños ajenos y ahora me encontraba allí, en Japón. Sentada en un vehículo que me llevaba hacia uno de los proyectos tecnológicos más interesantes de mi vida, aunque fuera en calidad de secretaria. No era exactamente como lo había imaginado, pero tampoco podía negar que me sentía feliz. —¿Siempre miras todo con tanta atención? —preguntó Raúl desde el asiento de al lado. Me volví hacia él. —¿Cómo? —Los edificios. Las calles. Las estructuras. Llevas todo el camino observándolos como si estuvieras estudiando. Me encogí de hombros. —Es una costumbre. Me gusta la arquitectura. —Lo sé. Lo ví en los documentos que preparaste. Tienes buenas observaciones. —Gracias —murmuré. —No tienes que agradecerme por decir la verdad. Antes de que pudiera contestar, Ramsés intervino desde el asiento delantero. —Espero que también ob
—Mami, ¿por qué tienes esa cara?Bajé la mirada y encontré a Randall observándome con sus enormes ojos curiosos.—¿Qué cara, mi amor?—Esa —respondió, señalándome la frente—. Tienes muchas rayitas aquí.No pude evitar sonreír.—¿Ah, sí? ¿Y sabes por qué?Randall negó con la cabeza.—Porque estoy pensando en muchas cosas.—¿En cosas buenas?Me senté a su lado y le acomodé un mechón de cabello que le caía sobre la frente.—En algunas buenas y en otras no tanto.Mi pequeño guardó silencio unos segundos, como si estuviera reflexionando sobre aquella respuesta.—Cuando yo pienso en cosas que me ponen triste, la tía Samy me da chocolate.—¿El chocolate te hace sentir mejor?—Sí, siempre.—¡Ah, con que esas tenemos! Ahora entiendo por qué te gusta tanto quedarte con ella.Randall rio y se acurrucó contra mi brazo.Aquella escena me hizo sentir una mezcla de ternura y tristeza. Dentro de unas horas tendría que dejarlo para viajar a otro continente. Aunque sabía que estaría bien con Samantha,
ANARELA El lunes comenzó con una taza de café que se había enfriado por culpa de tres informes pendientes y una lista interminable de tareas que, por alguna razón, parecían multiplicarse. A veces me preguntaba si realmente trabajaba como secretaria o si, en realidad, me habían contratado para resolver todos los problemas que los demás no querían atender... Estaba terminando de organizar una carpeta cuando Raúl apareció frente a mi escritorio. —Buenos días. Levanté la cabeza. —Buenos días, señor. ¿Necesita algo? —¿Tienes unos minutos? Su tono me hizo dejar el bolígrafo sobre la mesa. —Por supuesto. Se apoyó ligeramente en el borde de mi escritorio y miró los documentos. —¿Cómo vas con los informes? —Estoy terminando los de la semana pasada. Después debo organizar los contratos de los proveedores. Raúl se incorporó y cruzó los brazos. —Bueno, vine a informarte que esta semana tenemos que viajar a Japón. Parpadeé. —Ramsés, Víctor y yo debemos visitar las instalaciones don
RAMSÉS. *Sonido de vasos chocando* —Salud —decimos al unísono. —Te juro que, si vuelves a mirar el teléfono, voy a quitártelo y a lanzarlo por la ventana —amenazó Víctor, señalándome con su vaso de whisky. Levanté la mirada de la pantalla y bloqueé el teléfono. —¿Puedes dejar de pensar en el trabajo por un momento? —intervino Raúl. Los observé a ambos con expresión aburrida. —¿Podemos hablar de otra cosa? —pregunté. —Por supuesto —respondió Víctor con una sonrisa sospechosa—. Hablemos de tu inexistente vida amorosa y de cómo te refugias en el trabajo para no admitir que estás solo. Raúl soltó una carcajada. —Tiene razón. A este paso, la única mujer que vas a tener cerca será Bianca. Negué con la cabeza, con una leve sonrisa. Aquello era precisamente lo que necesitaba: una noche tranquila, unas copas y sus bromas estúpidas. Y de la nada, su nombre apareció en mi mente como una provocación. «Anarela». Apreté la mandíbula y bebí un sorbo de whisky. —¿Qué te
La comida llegó unos minutos después. Randall comenzó a comer con entusiasmo, aunque de vez en cuando interrumpía su almuerzo para contarle a Ramsés alguna historia de la guardería. —Hoy pintamos un árbol —explicó, levantando su tenedor—. Pero no me quedó bien. —¿Por qué dices eso? —Me salí de las líneas. Ramsés se encogió de hombros. —¿Y quién dijo que todos los árboles tienen que verse iguales?, de vez en cuando es bueno salirse de las líneas. Randall lo miró con curiosidad. —¿No tienen que ser iguales? —Claro que no. Los árboles tienen que ser asimétricos, diferentes. Si todos fueran iguales, el mundo sería bastante aburrido. Mi hijo sonrió. —Entonces mi árbol está bonito. —Estoy seguro de que sí. Me mordí el interior de la mejilla. —¿Y tú qué haces en tu trabajo? —preguntó Randall. Ramsés dejó los cubiertos sobre el plato. —Diseño edificios. —¿De juguete? —No exactamente Randall abrió los ojos. —¿Edificios de verdad? Ramsés asintió y mi hi
Era miércoles por la mañana y habían pasado días desde aquel beso que me hacía temblar el estómago cada vez que lo recordaba. Y, curiosamente, desde aquel sábado Ramsés no había vuelto a molestarme. Ni una llamada, ni una montaña de documentos que no me correspondían, ni una de sus desagradables observaciones sobre mi capacidad para hacer mi trabajo. Nada. Al principio, pensé que se trataba de una trampa. Quizá estaba esperando el momento oportuno para hacerme pagar por haberle plantado cara en su propia casa. Sin embargo, los días transcurrieron sin incidentes. No sabía si sentirme aliviada o preocupada. —Esto es demasiado extraño —murmuré mientras organizaba unos documentos en mi escritorio. Suspiré. Quizá Ramsés finalmente había decidido dejarme en paz. Tal vez el beso había sido un error que él también prefería olvidar. Después de todo, me había pedido que me marchara, y antes de irme yo le había dejado claro que no volvería a acercarme a él si no era estrictamente







