Compartir

C2-Reencuentro.

Autor: Andry07
last update Fecha de publicación: 2026-10-17 07:58:50

La primera semana pasó bastante rápido.

Llegué puntual todos los días, me aprendí las rutinas de mi jefe, organicé sus reuniones y contesté llamadas. Demasiadas llamadas.

No sabía si todavía seguía a prueba, pero de lo único que estaba segura era de que había hecho todo lo necesario para demostrar que merecía el puesto.

Para el séptimo día, ya comenzaba a sentirme más segura.

—Ana.

Levanté la mirada.

Mi jefe sostenía una carpeta entre las manos.

—Necesito que lleves estos documentos al décimo piso.

—Claro, señor.

—Entrégaselos a Bianca.

—Disculpe, ¿quién es Bianca?

—La secretaria del socio de control. La reconocerás enseguida. Es una señora mayor con una expresión que deja claro que los años ya le pesan.

A veces, mi jefe tenía un sentido del humor bastante irrespetuoso.

Me puse de pie y tomé la carpeta, esbozando una sonrisa con los labios apretados que, evidentemente, no parecía muy natural.

—Enseguida, señor.

Subí al décimo piso.

La oficina era mucho más grande que la de Raúl. Tras un escritorio, encontré a una mujer mayor, de cabello cuidadosamente arreglado y expresión bastante seria.

—¿Bianca?

—Sí —respondió sin levantar el rostro, con los ojos clavados en un crucigrama que estaba resolviendo.

—El señor Montreal me pidió que le entregara estos documentos.

La mujer tomó la carpeta.

—Gracias —murmuró, sin dignarse a mirarme a la cara.

—No hay de qué. Por cierto, soy Ana, la nueva secretaria del señor Raúl.

—Suerte con eso.

Fue lo único que respondió.

Entendí que no era bienvenida, así que me di la vuelta para marcharme. Mi intención era hacerlo en silencio, pero mi torpe pie tenía otros planes.

—¡Ah!

Choqué contra una maceta y perdí el equilibrio al instante. Sin embargo, antes de llegar al suelo, unos brazos me sujetaron por los costados.

—¿Se encuentra bien?

Aquella voz…

Había algo inquietantemente familiar en ella.

Me quedé inmóvil, con la mirada clavada en el suelo y el cabello cayéndome hacia delante, ocultándome el rostro.

No puede ser, me dije para mis adentros.

Algo en mi memoria reconoció aquella voz antes de que mi razón pudiera siquiera procesarlo.

No podía ser él. O, al menos, eso quería creer. Porque hasta mi olfato parecía haberse puesto en mi contra: seguía usando el mismo perfume embriagador de siempre.

Levanté lentamente el rostro y espié entre mis pestañas.

Entonces, el mundo pareció detenerse.

Aquellos ojos azules. Aquel cabello castaño claro. Esa barba perfectamente delineada.

El mismo rostro que llevaba casi cuatro años intentando olvidar estaba allí, frente a mí.

Mi respiración se detuvo.

Ramsés.

Ramsés Falkaum.

El hombre que durante mucho tiempo había sido mi ídolo en el mundo de la arquitectura, hasta que se convirtió en el hombre del hotel. El protagonista de una noche que jamás pude olvidar.

El mismo que había desaparecido de mi vida sin dejar rastro, sin siquiera imaginar que de aquel encuentro había nacido un niño.

Mi hermoso hijo.

Mi Randall.

Ramsés todavía me sujetaba por los brazos.

—¿Se encuentra bien, señorita?

Levanté el rostro con una lentitud que debió de resultarle extraña.

No podía hablar. Sentía que ni siquiera era capaz de respirar.

Él me observó con atención y algo en su expresión cambió. Entrecerró los ojos discretamente, como si intentara encontrar algo familiar en mi rostro.

—¿Por casualidad nos conocemos?

Sentí que el corazón se me detenía.

¿Cómo era posible que no me reconociera? ¡Solo habían pasado cuatro años!

Aunque, pensándolo bien, en aquel entonces me teñía el cabello de rubio y usaba lentes graduados. Desde hacía un tiempo había vuelto a mi color natural, el castaño oscuro, y ahora llevaba lentes de contacto.

Quizá eso explicaba por qué no me reconocía.

O quizá simplemente me había olvidado.

—Señorita…

—Yo… —intenté responder, pero las palabras se atascaron en mi garganta. Sentía la lengua torpe y la mente completamente en blanco.

Bianca finalmente levantó la mirada de su escritorio.

—¿Ocurre algo?

Me aparté rápidamente de Ramsés.

—Estoy bien.

Me agaché para enderezar la maceta que había volcado y aproveché para disimular el temblor de mis manos.

—Disculpe —murmuré.

Me di la vuelta y comencé a caminar con pasos apresurados, aunque bastante torpes.

Necesitaba salir de allí.

De inmediato.

Pero antes de llegar a la puerta, su voz volvió a detenerme.

—Espere.

Me quedé paralizada.

—¿Cuál es su nombre?

Cerré los ojos durante un segundo.

Sabía que aquella respuesta podía cambiarlo todo. Mi nombre no era precisamente común, y si había alguna posibilidad de que me reconociera, acababa de quedarse sin sentido.

Me giré lentamente.

—Soy Ana, señor.

Él me observó con una seriedad que estuvo a punto de hacerme estremecer.

—¿Solo Ana?

Tragué saliva.

En realidad, mi nombre era demasiado particular como para confiar en que no despertaría ningún recuerdo. Por eso había preferido ocultárselo.

Pero ya no tenía escapatoria.

—Anarela Febres, señor.

Su expresión cambió al instante.

Y entonces lo vi.

En el preciso momento en que pronuncié mi nombre, algo se encendió en sus ojos. Como si una puerta que había permanecido cerrada durante años acabara de abrirse de golpe y lo obligara a enfrentarse a un pasado que creía olvidado.

Me había reconocido.

Pero hubo algo que no logré comprender.

Cuando Ramsés volvió a mirarme, una emoción tan intensa como inesperada se apoderó de su rostro. Sus facciones se endurecieron, la mandíbula se le tensó y sus manos se cerraron lentamente a los costados.

Rencor.

Rabia.

Ira.

No sabría decir cuál de aquellas emociones predominaba, pero todas parecían mezclarse en una expresión tan cargada de odio que casi podía sentirla en el aire.

Por increíble que parezca, estoy segura de que, si sus ojos hubieran podido lanzar rayos láser, en ese instante me habrían reducido a cenizas.

Y yo no entendía absolutamente nada.

¿Por qué me miraba de aquella manera?

¿Qué había hecho yo para provocar semejante reacción?

La pregunta era inevitable.

¿Qué razón tenía Ramsés Falkaum para sentir tanto odio hacia mí?

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • Edificando nuestro amor.   C29-Japon.

    El trayecto hasta el hotel fue otra experiencia inolvidable. No podía dejar de mirar por la ventanilla. Sin poder creer que hacía solo unos meses estaba limpiando baños ajenos y ahora me encontraba allí, en Japón. Sentada en un vehículo que me llevaba hacia uno de los proyectos tecnológicos más interesantes de mi vida, aunque fuera en calidad de secretaria. No era exactamente como lo había imaginado, pero tampoco podía negar que me sentía feliz. —¿Siempre miras todo con tanta atención? —preguntó Raúl desde el asiento de al lado. Me volví hacia él. —¿Cómo? —Los edificios. Las calles. Las estructuras. Llevas todo el camino observándolos como si estuvieras estudiando. Me encogí de hombros. —Es una costumbre. Me gusta la arquitectura. —Lo sé. Lo ví en los documentos que preparaste. Tienes buenas observaciones. —Gracias —murmuré. —No tienes que agradecerme por decir la verdad. Antes de que pudiera contestar, Ramsés intervino desde el asiento delantero. —Espero que también ob

  • Edificando nuestro amor.   C28-El viaje.

    —Mami, ¿por qué tienes esa cara?Bajé la mirada y encontré a Randall observándome con sus enormes ojos curiosos.—¿Qué cara, mi amor?—Esa —respondió, señalándome la frente—. Tienes muchas rayitas aquí.No pude evitar sonreír.—¿Ah, sí? ¿Y sabes por qué?Randall negó con la cabeza.—Porque estoy pensando en muchas cosas.—¿En cosas buenas?Me senté a su lado y le acomodé un mechón de cabello que le caía sobre la frente.—En algunas buenas y en otras no tanto.Mi pequeño guardó silencio unos segundos, como si estuviera reflexionando sobre aquella respuesta.—Cuando yo pienso en cosas que me ponen triste, la tía Samy me da chocolate.—¿El chocolate te hace sentir mejor?—Sí, siempre.—¡Ah, con que esas tenemos! Ahora entiendo por qué te gusta tanto quedarte con ella.Randall rio y se acurrucó contra mi brazo.Aquella escena me hizo sentir una mezcla de ternura y tristeza. Dentro de unas horas tendría que dejarlo para viajar a otro continente. Aunque sabía que estaría bien con Samantha,

  • Edificando nuestro amor.   C27-El hada de los dientes.

    ANARELA El lunes comenzó con una taza de café que se había enfriado por culpa de tres informes pendientes y una lista interminable de tareas que, por alguna razón, parecían multiplicarse. A veces me preguntaba si realmente trabajaba como secretaria o si, en realidad, me habían contratado para resolver todos los problemas que los demás no querían atender... Estaba terminando de organizar una carpeta cuando Raúl apareció frente a mi escritorio. —Buenos días. Levanté la cabeza. —Buenos días, señor. ¿Necesita algo? —¿Tienes unos minutos? Su tono me hizo dejar el bolígrafo sobre la mesa. —Por supuesto. Se apoyó ligeramente en el borde de mi escritorio y miró los documentos. —¿Cómo vas con los informes? —Estoy terminando los de la semana pasada. Después debo organizar los contratos de los proveedores. Raúl se incorporó y cruzó los brazos. —Bueno, vine a informarte que esta semana tenemos que viajar a Japón. Parpadeé. —Ramsés, Víctor y yo debemos visitar las instalaciones don

  • Edificando nuestro amor.   C26-¿Andas dejando hijos regados por ahí?

    RAMSÉS. *Sonido de vasos chocando* —Salud —decimos al unísono. —Te juro que, si vuelves a mirar el teléfono, voy a quitártelo y a lanzarlo por la ventana —amenazó Víctor, señalándome con su vaso de whisky. Levanté la mirada de la pantalla y bloqueé el teléfono. —¿Puedes dejar de pensar en el trabajo por un momento? —intervino Raúl. Los observé a ambos con expresión aburrida. —¿Podemos hablar de otra cosa? —pregunté. —Por supuesto —respondió Víctor con una sonrisa sospechosa—. Hablemos de tu inexistente vida amorosa y de cómo te refugias en el trabajo para no admitir que estás solo. Raúl soltó una carcajada. —Tiene razón. A este paso, la única mujer que vas a tener cerca será Bianca. Negué con la cabeza, con una leve sonrisa. Aquello era precisamente lo que necesitaba: una noche tranquila, unas copas y sus bromas estúpidas. Y de la nada, su nombre apareció en mi mente como una provocación. «Anarela». Apreté la mandíbula y bebí un sorbo de whisky. —¿Qué te

  • Edificando nuestro amor.   C25-Demasiadas conincidencias.

    La comida llegó unos minutos después. Randall comenzó a comer con entusiasmo, aunque de vez en cuando interrumpía su almuerzo para contarle a Ramsés alguna historia de la guardería. —Hoy pintamos un árbol —explicó, levantando su tenedor—. Pero no me quedó bien. —¿Por qué dices eso? —Me salí de las líneas. Ramsés se encogió de hombros. —¿Y quién dijo que todos los árboles tienen que verse iguales?, de vez en cuando es bueno salirse de las líneas. Randall lo miró con curiosidad. —¿No tienen que ser iguales? —Claro que no. Los árboles tienen que ser asimétricos, diferentes. Si todos fueran iguales, el mundo sería bastante aburrido. Mi hijo sonrió. —Entonces mi árbol está bonito. —Estoy seguro de que sí. Me mordí el interior de la mejilla. —¿Y tú qué haces en tu trabajo? —preguntó Randall. Ramsés dejó los cubiertos sobre el plato. —Diseño edificios. —¿De juguete? —No exactamente Randall abrió los ojos. —¿Edificios de verdad? Ramsés asintió y mi hi

  • Edificando nuestro amor.   C24-Otra versión.

    Era miércoles por la mañana y habían pasado días desde aquel beso que me hacía temblar el estómago cada vez que lo recordaba. Y, curiosamente, desde aquel sábado Ramsés no había vuelto a molestarme. Ni una llamada, ni una montaña de documentos que no me correspondían, ni una de sus desagradables observaciones sobre mi capacidad para hacer mi trabajo. Nada. Al principio, pensé que se trataba de una trampa. Quizá estaba esperando el momento oportuno para hacerme pagar por haberle plantado cara en su propia casa. Sin embargo, los días transcurrieron sin incidentes. No sabía si sentirme aliviada o preocupada. —Esto es demasiado extraño —murmuré mientras organizaba unos documentos en mi escritorio. Suspiré. Quizá Ramsés finalmente había decidido dejarme en paz. Tal vez el beso había sido un error que él también prefería olvidar. Después de todo, me había pedido que me marchara, y antes de irme yo le había dejado claro que no volvería a acercarme a él si no era estrictamente

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status