MasukIII. EL SANTUARIO DE LOS ANATOMISTASEn el subsuelo del edificio de ciencias médicas, el silencio solo era interrumpido por el zumbido de las unidades de refrigeración de la morgue de la universidad.El olor aquí era una mezcla penetrante de formaldehído, alcohol isopropílico y piedra caliza humedecida. En una de las salas de disección abandonadas del ala norte —un espacio circular con gradas de madera carcomida y una mesa central de granito pulido que no se utilizaba desde los años setenta—, Liam estaba sentado sobre el borde de un lavabo de porcelana agrietada.Se había despojado del saco y del chaleco arruinados, arrojándolos a un contenedor de desechos biológicos de acero inoxidable. Vestía únicamente sus pantalones negros y la camisa blanca de seda, que ahora estaba empapada por la lluvia y pegada a su torso como una segunda piel translúcida.Con un paño quirúrgico empapado en peróxido de hidrógeno, Liam se limpiaba metódicamente las manchas de sangre de las muñecas y los nudillo
II. EL CAOS EN LA JAULALa suite 304 parecía una escena sacada directamente de una guerra de exterminio entre carteles latinoamericanos.Silas estaba de pie en el centro de la sala, con el pecho agitado como un fuelle descompuesto y la pistola temblando en su puño derecho. Sus ojos castaños estaban fijos en el rostro desfigurado de Lord Gregory Vance. La sangre del político se había mezclado con el bourbon derramado en la alfombra, creando un charco pegajoso que reflejaba la luz parpadeante de la lámpara caída.—¡Lucian! —rugió Silas por el comunicador táctico encriptado que llevaba en la solapa de su esmoquin—. ¡Lucian, sube al tercer piso ahora mismo! ¡Alguien acaba de reventar a Vance en la suite presidencial!Treinta segundos después, el pasillo se llenó con el sonido de pasos pesados y apresurados. Lucian Vancourt entró en la habitación con la elegancia amenazante de un emperador cuyo palacio ha sido profanado, flanqueado por Dante y los gemelos Ares y Eros, todos con las armas d
I. EL BORDE DEL PRECIPICIOEl impacto contra la madera de caoba hizo temblar el marco de la puerta de la suite 304.—¡Liam! ¡Sé que estás ahí, carajo! ¡Abre o derribo la puerta de un disparo! —el rugido de Silas Vancourt venía acompañado del chasquido inequívoco de una corredera metálica montando un proyectil de nueve milímetros en la recámara.En el interior de la habitación, el tiempo se ralentizó como si el aire se hubiera transformado en brea helada.Sobre la mesa baja de centro, el cadáver de Lord Gregory Vance yacía despatarrado en una postura grotesca. La sangre de su tabique nasal roto empapaba los informes oficiales, mientras sus ojos desorbitados reflejaban el brillo artificial de la chimenea eléctrica, fijos en un terror que la muerte no había conseguido disolver. Apenas sesenta segundos atrás, aquel hombre era uno de los pilares del Senado y del Consejo Universitario; ahora no era más que un fardo de carne inerte enfriándose sobre una alfombra de terciopelo persa.Liam no
Vance negó con la cabeza en un espasmo de desesperación.—Si hablo... ellos matarán a mi familia... tienen a mis nietos vigilados en Londres...Liam suspiró con desilusión fingida. Se levantó con una gracia infinita, dio la vuelta a la mesa y se colocó detrás de Damien. Pasó una mano por el hombro ancho del ruso, un gesto que desprendía una intimidad peligrosa, casi conyugal en su violencia compartida.—Damien —dijo Liam con voz suave—, creo que el senador no entiende el concepto de urgencia. ¿Podrías recordarle lo que tu padre te enseñó sobre las manos frías?Damien miró la mano izquierda de Vance, extendida sobre la madera pulida.Sin decir una sola palabra, Damien tomó la mano del senador, la inmovilizó contra la mesa y, utilizando los alicates de electricista que llevaba en su kit táctico, quebró metódicamente la primera falange del dedo meñique del político.El crujido del hueso fue idéntico al que Damien había escuchado en el galpón de Vladivostok cuando tenía diez años.Vance l
IV. LA HABITACIÓN 304: EL COBRO DE LA FACTURALa suite 304 del edificio de benefactores estaba decorada con un lujo asfixiante: alfombras persas, cuadros al óleo del siglo XIX y una chimenea de gas encendida que arrojaba sombras alargadas sobre las paredes empapeladas en seda dorada.Lord Gregory Vance yacía sobre un sillón orejero de cuero verde, con el nudo de la corbata deshecho y un vaso de cristal tallado volcado sobre la alfombra. El senador intentaba levantarse, pero sus piernas respondían con la lentitud de quien camina bajo el agua. La droga en su bebida había bloqueado sus terminales neuromusculares.—¿Quién... quién anda ahí? —balbuceó Vance, viendo dos siluetas recortarse contra la penumbra del pasillo de servicio.La puerta se cerró con un chasquido metálico impecable. Damien giró la llave del cerrojo de seguridad, colocó una cuña de goma bajo la hoja de madera y cortó el cable del teléfono de la pared con su navaja en un solo movimiento fluido.Liam avanzó hacia el centr
III. EL CONSERVATORIO DE LAS SOMBRASEl conservatorio botánico subterráneo de Saint Jude era una reliquia arquitectónica de la época victoriana. Construido bajo una estructura de hierro forjado y paneles de vidrio esmerilado que daban a los jardines inferiores, albergaba especies raras de plantas carnívoras, orquídeas tropicales y helechos gigantes traídos de las selvas del Amazonas.El aire allí abajo era caliente, pesado, con una humedad del noventa por ciento y un olor penetrante a tierra mojada, savia dulce y clorofila descompuesta. El sonido de los aspersores automáticos y el goteo constante del agua sobre las hojas anchas creaban una cortina de ruido blanco que aislaba el lugar del resto del mundo.Eran las 22:15.Liam estaba apoyado contra una columna de hierro cubierta de musgo, en la sección de las orquídeas venenosas. Se había quitado el saco del esmoquin, dejándolo doblado sobre un banco de piedra; vestía solo el chaleco azul y la camisa de seda blanca, cuyas mangas estaban







