MasukClaudio, como pudo, salió sigilosamente sin ser visto. Sentía su corazón acelerado, su mente era un caos total, fragmentos de lo sucedido llegaban como saetas fulminantes que dolían, y se negaba a creer lo ocurrido; deseaba morir antes de aceptar en lo que se había convertido.
-No... no lo puedo creer, en qué me convertí. ¡Dios! ¿Qué hice? Soy un monstruo, no me lo perdonaré jamás. -se decía a sí mismo, negándose a esa cruel realidad. Salió y caminó tambaleándose, subió al ascensor y marcó los dígitos de planta baja; sentía náuseas, su cabeza daba vueltas y su visión se nublaba. Apoyado contra la fría pared metálica, sentía una mezcla de temor y culpa. -No fui yo, no era yo, ese instante no era yo. ¡No! ¡No! -se reprochó, golpeando con el puño cerrado el suelo al momento de caer de rodillas. Sintió una fuerte presión en el pecho, como si su corazón fuera a salírsele por la boca. Las puertas metálicas se abrieron, se puso de pie y salió, subió a su auto y condujo a toda prisa hasta llegar a una clínica privada. -Por favor, necesito hablar con el doctor Nelson Di María -pidió a la recepcionista. -Sin cita previa no puedo dejarlo pasar, hay prioridades -respondió la mujer, justo cuando Nelson apareció y la interrumpió. -Déjalo pasar, por favor. Claudio se giró y lo vio. Entró al consultorio y cerró la puerta tras él, con los nervios a flor de piel. -¿Qué pasa, hermano? No te veo bien -preguntó Nelson al notar su estado. -Necesito hacerme unas pruebas -pidió Claudio, sin protocolos ni saludos. Nelson lo miró sorprendido, sin entender del todo, pero ordenó la realización de varios exámenes. Mientras esperaban los resultados, Claudio relató parte de la historia, lo poco que recordaba y sus sospechas. -No lo creo, Claudio. No te creo capaz de hacer semejante cosa. -Todo es confuso en mi mente, no tengo imágenes claras. Pero en mis leves recuerdos retumba la súplica de una mujer... y mira estos arañazos en mi cuello. -Tiene que haber cámaras en ese lugar. No puede ser, Claudio. Ten conciencia, por favor. Lo que estás diciendo es muy grave. Te lo digo como amigo... y ahora como médico. Ya ordené todas las pruebas necesarias para saber qué sustancias tienes en el organismo. Claudio se sometió a cada análisis. Horas después, llegaron los resultados. Mientras tanto, fue al hotel donde se realizó la fiesta. Pidió revisar las cámaras de seguridad y observó cada escena con atención. Vio cuando Charlotte le brindó una copa de champaña. Luego, notó a la mujer que había querido conocer esa noche, pero por diversas razones no se había acercado a ella. Se pasó las manos por el rostro, frustrado, y siguió mirando. Charlotte apareció en la misma dirección. -¿Charlotte? ¿Qué hace ella ahí? -se preguntó en silencio. Su celular sonó con la notificación de un correo. "Alguien pudo haber escopolaminado tu bebida." Salió sin pronunciar palabra, subió a su auto y condujo sin rumbo. Lo que tanto temía parecía confirmarse. Llegó a una playa solitaria, bajó del auto y caminó descalzo sobre la arena tibia. Cayó de rodillas, apretó los puños contra la arena. Estaba tan confundido que no podía pensar con claridad. Deseaba con todo su ser que todo fuese una pesadilla. No podía decírselo a su padre. No quería provocarle tristeza ni que lo viera como un degenerado. -¡Aaaahhh! ¡Dios! ¿Por qué permitiste que esto me sucediera? -gritó desde lo más profundo de su alma. Cayó boca abajo y lloró. ¿Que los hombres no lloran? Claro que lloran. Unos por perder al amor de su vida... otros por negarse a aceptar que fueron depredadores involuntarios, víctimas de mentes retorcidas que, en ese momento, tal vez vivían tranquilas. No supo cuánto tiempo permaneció así. Lloró, durmió a la intemperie. El frío calaba sus huesos, anestesiando un poco su dolor. La noche llegó, y luego un día gris, casi lluvioso. Sentado frente al mar, con mil preguntas en su cabeza, se sentía desorientado. Nelson era su amigo, el único que le creía, pero no era suficiente. Necesitaba orientación en medio de esa confusión. La noche volvió a caer. Continuaba en la misma posición. Metió las manos entre las piernas, se dejó caer de lado sobre la arena y, allí, volvió a llorar, negándose a aceptar lo sucedido. -Madre... jamás creí decir esto, pero me alegra no tener que mirarte a los ojos y ver en ellos la decepción -susurró entre lágrimas. Despertó en medio de la noche, subió a su auto y condujo con una decisión tomada. Fue al consultorio de Nelson y pidió verlo. -Por favor, señorita, ¿puede anunciarme con el doctor Nelson Di María? -Enseguida lo atiende -respondió la enfermera, guiándolo hacia el pasillo. -Muchas gracias. Media hora después estaba frente a Nelson. -No puedo creer lo que me estás diciendo, Claudio. -No tengo alternativa. No veo salida. -¿Hablaste con tu padre? Estoy seguro de que lo entenderá -dijo Nelson, mirándolo fijamente. -Prefiero morir antes que mirarlo a los ojos y decirle que su único hijo es un violador. -No lo eres, Claudio. No digas eso, hermano. Sé lo difícil que debe ser para ti... despertar un día sin saber lo que hiciste, y luego recordar. Piénsalo bien, por favor. Claudio lo miró en silencio y salió del consultorio. Condujo sin rumbo por la ciudad y, tres horas después, llegó a su departamento. Al entrar, encontró a Charlotte dormida en el sofá. Se acercó, se puso a su altura y la despertó. -Despierta, Charlotte. ¿Qué haces aquí? -dijo, sacudiéndola del brazo. Charlotte despertó, lo miró y se lanzó a sus brazos. -Claudio... ¿dónde has estado? Te busqué por todos lados y no te encontré. Vine aquí esperando hallarte. -Charlotte, ¿qué me diste en esa maldita copa? ¡Dime por qué lo hiciste! ¡Mira lo que provocaste, arruinaste mi vida! ¡Eres una perra! ¿Cómo pudiste hacerme esto? -gritó, apretando su cuello con furia, deseando ahorcarla. Tenía frente a él a la causante de su desgracia. Charlotte, desesperada, forcejeó hasta liberarse. -¡Suéltame, Claudio! ¡Esa no fue mi intención! Pero ese es tu instinto... ¡no me culpes por haberlo despertado! -¡Cállate! ¡Cállate! ¡No tienes idea del infierno en el que vivo! Vas a pagar por tu maldita acción. -¿Y tú? ¿Pagarás por lo que le hiciste a esa pobre mujer? -¡Sal de aquí, Charlotte! ¡Vete! Y jamás vuelvas a cruzarte en mi camino -gritó, echándola a la fuerza. Cerró la puerta, cayó al suelo, se deslizó contra ella, y se tomó la cabeza deseando olvidar. Luego, intentó poner en orden sus ideas, fue al baño, se quitó la ropa y abrió la ducha. Bajo el agua, cerró los ojos, dejando que cada gota corriera por su cuerpo, como si pudieran limpiar su alma. Sus lágrimas se mezclaban con el agua. No supo cuánto tiempo estuvo así. Salió temblando, se envolvió en una bata. El silencio de la habitación era sepulcral. Fue al vestidor y se percató de las decenas de llamadas perdidas de Paolo, su padre. "Hijo, ¿dónde estás? Llámame, por favor." Su celular volvió a sonar. Respondió. -Padre... -Claudio, ¿estás bien, hijo? ¿Dónde has estado todo este tiempo sin responder? -Un viaje inesperado. Recién llego. Ya voy a verte -dijo, colgando y tirando el celular sobre la cama. Se cambió, se puso su mejor traje y corbata. Se miró al espejo. Ya no era el mismo Claudio de antes de aquella noche. Sonrió, dispuesto a enfrentar el mundo. Ese viaje sería largo... y no sabía cuándo volvería a estar frente a su padre. Tomó las llaves de su Lamborghini y salió. Al llegar al edificio donde Paolo tenía su oficina, subió. Todas las empleadas lo miraban y cuchicheaban. -Qué guapo es... -Parece un Adonis. Le daría lo que me pidiera... Claudio entró al ascensor, presionó el botón y subió al piso 40. La secretaria lo recibió. -Señor Marccetti, su padre está en una junta. Si desea esperarlo, puede pasar a su oficina. -¿Tardará mucho? -Media hora más. -Está bien, lo esperaré -respondió. Entró en la oficina, miró cada detalle, suspiró profundo y cerró los ojos. Ya no ocuparía ese sillón, como deseaba su padre. Cuando menos lo esperaba, Paolo estaba detrás de él. -Hijo... ¿cómo has estado? Te ves muy bien -dijo, abrazándolo. Claudio respondió al abrazo, sabiendo que sería el último que le daría en mucho tiempo. Estaba ahí para despedirse. -Padre... estuve de viaje. Solo vine a despedirme. Me voy nuevamente, y esta vez no sé cuándo volveré. -¿Por qué ese cambio de planes tan repentino? Te falta poco para graduarte. ¿Dejarás todo por una aventura? Puedes hacerlo después. -No hay tiempo, padre. Esta excursión será única. No habrá otra. -¿Y dónde será esa excursión que no puede esperar? -En las cordilleras del Himalaya. Padre... soy joven aún. Déjame cumplir con mi destino. Cuando regrese, te prometo que seré un empresario tan exitoso como tú. Pero por ahora, no puedo cumplir tus expectativas. Solo te pido tu apoyo. Cuando vuelva... seré digno de estar frente a ti. Se abrazó a su padre. Paolo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. En ese abrazo... sintió cuánto lo necesitaba su hijo.Cinco años después.La mansión Marccetti brillaba aquella noche como nunca antes. Guirnaldas de luces colgaban de los árboles del jardín, y una enorme carpa blanca estaba decorada con flores lilas y rosas, los colores favoritos de Paulina. Había música suave en el aire, y cada rincón parecía preparado para celebrar no solo los quince años de una jovencita, sino la historia de toda una familia que había aprendido a sanar juntos.Adrianna miraba a su hija con los ojos llenos de lágrimas contenidas. La pequeña que una vez pidió su fiesta de princesas ahora estaba frente a ella, convertida en una joven radiante, con un vestido de tules celeste y morado que le daba un aire de reina.—Estás preciosa, mi niña. —susurró Adrianna, acariciando su mejilla.Paulina sonrió con esa dulzura que siempre la había caracterizado.—Gracias, mamá. Pero lo más bonito de todo esto es que estamos juntos. Eso es lo que quiero celebrar. Y con este travieso hermoso. —dijo cargando por un momento a Adriano el pe
Claudio giró lentamente. Sus ojos se abrieron de par en par al ver a Emiliano. Durante un segundo, la sorpresa lo dejó sin palabras.—Emiliano… —susurró para adi mismo. Nuevamente Nelson lo tenía informado enviando fotografías de ellos.El joven avanzó un paso más, temblando de rabia.—¿Sacerdote? —escupió la palabra con desprecio.—¿Eso eres ahora? ¿Crees que con una sotana puedes borrar lo que hiciste? ¿Que puedes esconderte detrás de Dios para limpiar tus pecados?Claudio apretó los labios. Bajó lentamente del altar y se acercó, con la mirada llena de dolor.—No busco esconderme. Estoy aquí porque necesito expiar mi culpa. Porque no sé cómo vivir con lo que hice.—¡No! No intentes justificarte. ¡Lo que hiciste con mi madre no tiene perdón! La destrozaste, la marcaste para siempre. Y ahora… ¿quieres jugar a ser santo? ¿Quieres que te vean como un hombre bueno, como un guía espiritual? ¡Eres un farsante! —gritó Emiliano, con los ojos llenos de lágrimasClaudio respiró hondo, tratando
Los tres jóvenes estaban en el jardín, sentados sobre el césped húmedo, rodeados de faroles pequeños que iluminaban la noche con una luz cálida. El aire fresco traía consigo el aroma de las flores recién abiertas y el murmullo de los grillos parecía acompañar la tensión que había en el ambiente.Enzo, de rostro serio y mirada intensa, mantenía los puños cerrados apoyados en las rodillas. Paolo, con ese aire más reservado, jugaba con una ramita entre los dedos como si buscara calmar la ansiedad. Emiliano, aún con una inocencia que se resistía a perder, observaba las estrellas y susurraba preguntas que nadie se atrevía a responder.—¿Crees que hoy nos lo diga? —preguntó el más pequeño, sus ojos brillando con esa mezcla de curiosidad y miedo.—Debe hacerlo. No podemos seguir viviendo en la oscuridad. Ya somos grandes, tenemos derecho a saber. —respondió EnzoPaolo levantó la vista y miró a sus hermanos, luego hacia la puerta de la casa, como si esperara ver aparecer en cualquier momento
Esa misma noche, Adrianna permaneció despierta, mirando el techo de su habitación. Paolo se había marchado al amanecer, dejándola con un beso en la frente y una promesa silenciosa de acompañarla en lo que viniera.Ella se levantó y fue hasta la habitación de los niños. Los observó dormir: tan tranquilos, tan ajenos a las tormentas de los adultos. El mayor se movía inquieto, como si en sueños intuyera la sombra que se cernía sobre ellos.Adrianna acarició su frente y susurró:—No voy a dejar que vivan con mentiras. Merecen la verdad.Ella volvió a su habitación y tomo el teléfono y llamó a Lety.Era tiempo de empezar de nuevo. —Madrid. Perdóname por despertarte a esta hora, pero necesito que vengas.—¿Te pasó algo mi niña.? Ya voy.Adrianna colgó la llamada y sonrió. Sentía que no podía dejar pasar max tiempo. Necesitaba estar junto a Paolo. Ayudarlo en el proceso.Lety llegó tan pronto como pago.—Hija. ¿Que pasó? —preguntó Lety algo preocupada.Adrianna tomó sus manos y se sentaron
Claudio miró a su padre. Se abrazó tan fuerte a él. Paolo se debatía entre Adrianna y su hijo. Deseaba poder estar con uno sin lastimar al otro. Deseaba proteger a ambos. Su corazón se rompió en mil pedazos, al escuchar la historia de su hijo. —Hijo. Me duele está situación. —Padre, perdóname. Adrianna perdón. Fallé... Fallé. No pude cumplir con lo prometido pero fue más fuerte que yo. —¿Que hiciste hijo? —Fui. Los ví. Padre. Son hermosos mis hijos. Pero no. No me acerqué. Simplemente los miré a distancia. No los quiero lastimar padre. —Paolo pasó las manos por su rostro. Su frustración era tanto al ver a su hijo en esa situación.—Hijo mío. Cuánto daría por que las circunstancias fueran otras. —Tranquilo padre. Es mi destino y lo acepto. Paolo sentía la impotencia de no poder ayudar a su hijo. Verlo demacrado y con ojeras marcadasEra la certeza de que Claudio tenía noches sin dormir. Sus pensamientos eran un vaivén entre el alivio de haber tomado una decisión.el temor de lo qu
El sacerdote lo miró, sin entender del todo.—¿Qué quieres decir, hijo?Claudio levantó la mirada. Sus ojos, enrojecidos por el llanto, brillaban con una intensidad nueva, como la de un hombre que acababa de ver una salida donde antes había solo abismo.—Quiero entregarme. Quiero… ser sacerdote.El padre Ricardo entrecerró los ojos, sorprendido por la fuerza de aquella declaración.—¿Estás consciente de lo que dices? No es un camino ligero, ni fácil. No es un escape.Claudio asintió con firmeza.—Lo sé. Y no lo busco como huida… lo busco como condena y como redención. Quiero que mi vida sea servicio. Quiero cargar con el peso de los pecados del mundo, como yo cargué con el mío. No puedo ser padre para mis hijos, pero quizás… solo quizás puedo ser padre para los que no tienen uno.Hubo un silencio reverente. El sacerdote, conmovido, se acercó más y lo miró con profunda seriedad.—Si decides esto, Claudio, deberás morir al hombre que fuiste. Significa que renunciarás a tu nombre, a tus







