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Capitulo 6

Author: Annabella M P
last update Petsa ng paglalathala: 2025-07-15 12:50:35

Paolo miró fijamente a su hijo, y vio en su mirada un destello de tristeza.

-¿Estás bien, hijo? Promete que estarás bien, y que me escribirás de vez en cuando.

-Lo haré, padre. Prometo que lo haré.

Claudio abrazó nuevamente a su padre con fuerza y salió sin mirar atrás. Entró al ascensor y bajó; salió de ahí, subió a su Lamborghini y fue rumbo al aeropuerto privado. Abordó el jet que lo llevaría a Nueva York y, dos días después, viajó a las montañas del Himalaya.

Paolo Marccetti era un empresario que, después de quedar viudo, se dedicó a trabajar y a criar a su único hijo. Estaba en la lista de los hombres más ricos de Europa, y nunca se le vio en una relación seria.

Casi tres meses antes.

-Vamos, Lucio, o llegaré tarde a la recepción; después mi sobrina no me lo perdonará.

-Ojalá encuentres el amor en esta fiesta. No estarán las de siempre, con las que estás acostumbrado a compartir.

-Serán unas chiquillas como mi sobrina, Lucio. No encontraré el amor en esta fiesta.

-No eres tan viejo, hermano.

-Pero tampoco soy un joven de su edad.

-Bueno, ya veremos lo que pasa -respondió Paolo, bebiendo una copa de champán.

Lucio llegó al estacionamiento. Paolo bajó de la limusina y arregló su corbata.

-Tienes libre el resto de la noche, amigo.

-Estaré de regreso en el momento en que me llames. Tengo una cita importante -dijo Lucio, mientras llegaban juntos. Paolo entró a la recepción.

-Disfruta tu cita, yo regresaré por mi cuenta -dijo Paolo, y caminó en dirección al ascensor. Marcó los dígitos y subió al piso donde estaba la recepción de Lucrecia.

Las puertas metálicas se abrieron y, justo en ese momento, Paolo Marccetti recorrió con la mirada el salón. Al fondo, frente a donde estaba Claudio, vio a una joven que llamó su atención: su piel blanca contrastaba con su largo cabello negro y ondulado.

Caminó para saludar a los conocidos, y en ese momento se acercó su sobrina Lucrecia.

-Tío, creí que no vendrías. Yo te lo hubiera perdonado.

-No me lo perdería nunca, mi querida sobrina -respondió Paolo, cuando se percató de la mirada de Lucrecia.

Lucrecia miró a Adrianna y luego a Paolo, y sonrió.

-Tío, no tienes oportunidad ahí. Es una chiquilla de mi edad y no creo que le gusten los maduros -dijo, riendo. Paolo entendió y la miró.

-¿No me gustan los viejos, ibas a decir? ¿Cierto, pícara? -respondió, riendo.

-No, solo me llamó la atención su hermoso cabello oscuro.

-Cuando cumpla los veinticinco, le diré que tengo un tío que es su admirador, y que dice que entre más canoso, más sabroso.

Paolo y Lucrecia rieron, y luego cada quien pasó envuelto en sus conversaciones triviales.

La noche transcurría y todos compartían, sin imaginar lo que ocurría en los vestidores.

La fiesta terminó. Lucrecia buscó a Adrianna para pasar a dejarla a su casa, pero nunca la encontró.

-No me responde el teléfono.

-Tal vez ya se marchó y no se despidió -dijo Paolo.

-Yo le dije que no se fuera sola, es muy peligroso por donde ella vive.

-Bueno, mira la hora que es. Ya debe estar durmiendo, mañana te responderá -sugirió Paolo. Y se marcharon al no tener respuesta de Adrianna.

Al día siguiente, Lucrecia siguió intentando comunicarse con Adrianna sin tener respuesta.

-Voy a su casa, tío. Ella siempre responde.

-Tal vez perdió el teléfono, no creo que no desee responder.

-Ya estoy preocupada, ella nunca se queda en silencio -insistió Lucrecia. Salió de la residencia, subió a su auto y fue a la dirección de la casa de Adrianna. Llegó y vio todo cerrado, en completo silencio. Volvió a marcar el número de teléfono y fue igual, no obtuvo respuesta. Decidió regresar sintiendo una inquietud. Llegó a su residencia y fue a su habitación.

-Es raro, Claudio tampoco me responde -dijo Paolo, intentando comunicarse con su hijo.

-Entonces se fugaron -dijo Lucrecia, a modo de broma.

Los días pasaron. Lucrecia recibió una vaga respuesta de Lety.

-¿Un trabajo? Qué raro, Adri nunca me dijo nada de buscar trabajo fuera de la ciudad.

Lety logró convencer a Lucrecia de la repentina partida de Adrianna, mientras Claudio no daba señales.

Unos días después, Paolo estaba despidiendo a Claudio, que repentinamente había llegado diciendo que estaría de viaje.

-¿Irás a Nueva York y de ahí te vas al Himalaya?

-Sí, padre. Me estaré comunicando contigo de vez en cuando.

-Cuídate, hijo mío.

-Lo haré, padre. Cuídate tú también. No sé cuánto tiempo estaré viajando, solo sé que no tengo fecha de regreso.

Paolo abrazó a Claudio y lo vio alejarse. Sintió un estrujón en el pecho, pues no sabía cuándo el aventurero de su hijo regresaría.

Paolo recordaba a Adrianna. La vio sonreír, y esa imagen siempre estaría en su mente.

-Adrianna... -pronunció en un susurro. Se negaba a pensar en ella, pero era más fuerte que él.

-Era alguien imposible para mí, si algún día existiera. Si algún día existiera -se repitió a sí mismo, bebiendo un vaso de whisky de un solo sorbo. Dejó el vaso y caminó a la terraza de su habitación, y, parado con las manos en los bolsillos, escuchó cuando su celular sonó. Miró la pantalla y vio reflejado el nombre de Penélope.

-Hoy no, Penélope, hoy no -dijo, colgando la llamada y dejando el teléfono sobre la mesa.

Los días pasaban convirtiéndose en semanas; cinco semanas habían pasado cuando recibió noticias de Claudio.

-¡Hola, papá! Mira, tras de mí...

-Hola, hijo, ¿qué tal tu viaje?

-Estoy en una aldea, en una región de las montañas del Himalaya. Es maravilloso este lugar, espero que vengas algún día.

-Eso creo, hijo, algún día iré de vacaciones -respondió Paolo, mirando las imágenes: tras de Claudio, el paisaje era maravilloso. Lo veía y se escuchaba feliz y seguro.

Hablaron por un largo tiempo y nuevamente se despidieron.

-Mantente en contacto, Claudio.

-Claro que lo haré, padre. En muchas regiones no hay señal; te enviaré correos y me mantendré comunicado. Cuídate mucho, padre.

-También tú, hijo mío. Cuídate mucho.

Claudio colgó la llamada, y Paolo sintió nostalgia de no poder compartir las vacaciones con su hijo, como siempre lo hacía.

Los días continuaban pasando, convirtiéndose en semanas, y estas en meses. Cinco meses habían pasado, y Claudio seguía enviando fotografías y cartas por correo, explicando que por falta de señal no podía estar muy comunicado. Paolo recibía y respondía cada vez que su hijo se comunicaba.

-Lucio, tengo un nuevo proyecto que requiere de mi presencia y tendré que viajar.

-Ve tranquilo, hermano. Sabes que cuentas conmigo; trataré de mantener la mansión en orden.

-Eso lo sé, Lucio. Lo que no sé es cuánto tiempo me llevará estar allá.

-Paolo, solo deseo que, donde sea que vayas, encuentres una mujer que te saque de tanto trabajo.

-El tiempo lo dirá, Lucio. Solo el tiempo lo dirá -respondió, recordando a la joven de cabellos negros, a la que no volvió a ver jamás y que Lucrecia tampoco había logrado encontrar.

Paolo estaba en el aeropuerto privado. Subió a su jet para viajar a París; el nuevo proyecto de la construcción de la cadena de hoteles en ese país le tomaría mucho tiempo.

Paolo, al igual que Claudio y Adrianna, se alejaron de Roma por tiempo indefinido, cada uno buscando sanar las heridas que el destino les había causado. Claudio, sintiéndose el ser más despreciable y monstruoso, sabía que aquella noche cambiaría la perspectiva que tenía frente a la vida. Paolo, con un leve recuerdo de una joven que le era prohibida para él. Y Adrianna, tratando de escapar de ese doloroso recuerdo, pero llevando en su vientre la resiliencia en persona: sus tres hijos, que representarían ese pasado del que pretendía escapar, pero que estaría presente en cada instante de su vida.

Porque, a pesar de estar sanando su alma, siempre existirá ese momento en el tiempo, congelado en sus pensamientos.

Tres vidas, tres destinos que se cruzaron y se entrelazaron por una dolorosa circunstancia.

ADRIANNA.

Adrianna, Lety y Ernesto habían llegado a Atenas, habían cambiado de destino de viaje y el chofer esperaba por ellos en el aeropuerto.

Caminaron por los pasillos y llegaron donde estaba Cirilo.

-Bienvenido, señor Lanús -dijo el chofer.

Ernesto respondió al saludo e invitó a la sorprendida Lety, que no entendía cómo un chofer de Uber era tratado como un millonario.

Ella miró fijamente y de forma interrogante a Ernesto, y él sonrió.

-Aqui lo que pidió. —dijo el chófer entregando los resultados, de un caso de investigación.

-¿Qué investigabas? Si se puede saber, claro está.

-Es sobre el viaje de mi hija a Roma. Hace años.

-Tranquilo, Ernesto. El evitar hablar no significa que no existió, solo es un tema del que no deseo hablar por ahora.

El resto del recorrido fue en completo silencio. Adrianna recorría el paisaje mientras, en su mente, se recreaban imágenes de sus hijos. ¿Qué rasgos tendrán? ¿Se parecerán a su padre?

El auto se estacionó y, frente a sus ojos, tenían una enorme mansión.

-Hemos llegado, señoritas -dijo Ernesto, bajando y después dando la mano a Adrianna y luego a Lety.

-Es muy linda tu casa... qué digo casa, mansión -dijo Lety.

-Está toda a su disposición, este será su hogar de ahora en adelante.

-Será hasta que busquemos trabajo, y podamos tener nuestro propio departamento.

-Esta casa es muy grande, tan grande que será como vivir en sus propios departamentos, pero ya habrá tiempo para hablar de eso -dijo Ernesto, caminando con ellas al interior de la mansión.

Llegaron al interior y pasaron a la sala de estar, donde los esperaban Natalia y el pequeño Joshua.

-¡Abuelo! -dijo Joshua, corriendo a sus brazos.

-Hola, mi campeón. ¿Cómo has estado? ¿Te portaste bien?

-Sí, abuelo, ya aprendí a sumar. Mira, uno más uno son dos -expresó con alegría, mostrando sus dedos.

-¡Bravo! Estoy muy orgulloso de ti, mi campeón. Mira, te presento a dos amigas; ellas necesitan que tú, en tus momentos libres, les muestres esta casa.

-Sí, abuelo, seré su guía. Hola, soy Joshua -dijo el pequeño. Caminó y se presentó ante Lety y Adrianna. Ellas sonrieron y tomaron su mano.

-Hija, te presento a Lety y a Adrianna, unas amigas -dijo, y Natalia sonrió al notar el sonrojo de su padre al mirar a Lety.

-Mucho gusto, Lety, Adrianna. Espero que se sientan muy cómodas, y me alegra mucho tenerlas aquí. Así no estaremos tan solos.

Después de las formalidades, Natalia las llevó a la planta alta para indicarles sus habitaciones.

-Esta será la tuya -le indicó a Adrianna-. Espero que seamos buenas amigas.

-Sí, también lo espero.

-Cuando desees, aquí estoy para hablar.

Natalia salió de la habitación, y Adrianna suspiró profundo. Miró lo grande y espaciosa que era, caminó despacio y salió a la terraza. Miró el hermoso paisaje, cerró los ojos y suspiró profundo.

-Una nueva vida -dijo en un susurro, acariciando su vientre.

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