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Capítulo 2

Author: Ámbar O.
Una voz burlona le llegó a los oídos y a Vanessa le tomó un momento reaccionar.

—¿Es en serio? Tu hermano acaba de jugar conmigo y ahora es tu turno, ¿no?

Al otro lado de la línea estaba Rafael Cisneros, el hermano mayor de Alexis. Cuando ella apenas empezaba su relación, Rafael nunca la trató bien; siempre se portó muy seco con ella.

—¿Te dejaron plantada una vez y ya tienes miedo de la segunda? —Rafael dijo con sarcasmo—. Esa no es la Vanessa aventada que conozco, la que nunca mide las consecuencias.

Era de armas tomar y no soportaba que la provocaran.

—Voy a ir, no te tengo miedo —respondió por puro orgullo—. Aunque acepte, a estas horas el registro civil ya debe estar cerrado.

—De eso no tienes que preocuparte —sentenció él.

Veinte minutos después, Vanessa llegó otra vez a la entrada del registro civil. La figura elegante y distinguida de Rafael apareció frente a ella. Tenía una cara tan perfecta que resultaba impactante, era imposible no quedarse admirándola. Sobre todo, por ese aire de autoridad que lo rodeaba; su mera presencia era imponente.

Alexis siempre había sido considerado el más guapo de su grupo, pero no le llegaba ni a los talones a su hermano.

—Vaya, sí te atreviste a venir —comentó Rafael con una media sonrisa, mientras sus ojos brillantes mostraban un toque de malicia.

Al tenerlo enfrente, Vanessa perdió la valentía que había mostrado por teléfono y se sintió intimidada.

—Aunque haya venido, no servirá de nada. No veo a nadie afuera, parece que ya van a cerrar.

Rafael arqueó una ceja, miró hacia la entrada principal a sus espaldas y bajó el tono de voz.

—¿En serio te vas a casar conmigo? ¿Ya lo pensaste bien?

Ella no quiso quedarse atrás.

—Si tú no tienes miedo, yo menos. ¿Qué podría pasar?

En realidad, pensaba que el que debería estar preocupado era él. Después de todo, él y Alexis eran hermanos.

—Qué valiente me saliste.

Rafael mostró un brillo de aprobación casi imperceptible en la mirada, la tomó de la muñeca y la obligó a caminar hacia el interior del edificio. Vanessa se quedó helada. ¿En serio... en serio lo iban a hacer? De pronto se detuvo en seco. Él se dio la vuelta para verla y levantó una ceja.

—¿Qué? ¿Ya te dio miedo?

Ella dudó solo un instante.

—¿Por qué quieres casarte conmigo?

Era obvio que ella no le gustaba. Rafael se rio.

—Tengo que casarme tarde o temprano, ¿no? En lugar de perder el tiempo buscando a alguien más, prefiero elegir a quien ya tiene la aprobación de mi familia.

Vanessa no preguntó nada más. Quizá era por la larga amistad entre sus familias. Los padres de él y su abuelo, Antonio Cisneros, siempre la habían adorado. Visto así, lo que dijo tenía sentido.

***

En menos de diez minutos, ambos salieron del registro civil. Cada uno llevaba en la mano un acta de matrimonio. Ella estaba distraída mirando el documento, pero la voz cortante de Rafael la sacó de sus pensamientos.

—Ya no sirve de nada arrepentirse. Aunque entres ahora a pedir el divorcio, tendrías que esperar un largo trámite burocrático.

“¡Qué mala suerte!”, pensó ella. “Apenas nos casamos y ya está hablando de divorciarse. ¿Quién dijo que yo quería eso?”

Vanessa puso los ojos en blanco, pero mantuvo la cortesía.

—Solo espero que tú no seas el que se arrepienta, Rafael.

Mientras ella bajaba las escaleras, él estiró el brazo y la atrajo hacia su pecho con fuerza. Vanessa quedó pegada a él. Aunque ella medía un metro con sesenta y siete centímetros, se veía pequeña a su lado. El aroma a cedro que emanaba de Rafael inundó sus sentidos, haciendo que, por alguna razón, sintiera que el corazón se le aceleraba. Se puso roja.

—¿A dónde vas? —le preguntó él con voz profunda.

Vanessa tardó unos segundos en recuperar la compostura y normalizar su respiración.

—A mi casa, obvio.

—¿Te acabas de casar y ya te quieres separar de tu esposo?

Rafael la miró. Se fijó en cómo sus pestañas largas y oscuras aleteaban sin parar. Su cara blanca estaba encendida con un rubor suave. Tenía esa belleza que mezclaba la inocencia con algo más provocativo, una elegancia natural que resultaba muy atractiva.

—... Se me olvidó.

Levantó la mirada y se encontró con sus ojos fijos en ella, sin notar la intensidad oculta en sus ojos. Él desvió la mirada discretamente y la soltó.

—Sígueme.

Dicho esto, empezó a bajar las escaleras. Vanessa no le dio más vueltas y lo siguió. Al final, ya eran esposos ante la ley, no era como si la fuera a secuestrar. Además, pensar en que ahora su exnovio sería su cuñado le daba una satisfacción enorme.

***

Ubicada en la zona de San Pedro, en un terreno carísimo, se levantaba la mansión de la Sierra. La decoración parecía sencilla a primera vista, pero cada detalle gritaba lujo y exclusividad. Vanessa se quedó parada en medio de la sala, mirando a Rafael con confusión.

—¿Y esto?

—Nuestra casa —respondió él de forma directa—. Aquí vas a vivir a partir de ahora.

—¿Y tú? —preguntó ella casi sin pensar.

Rafael arrugó un poco la frente, restándole importancia.

—¿Tanto te afectó lo de mi hermano que ya ni entiendes qué significa una casa de casados?

Daba a entender que, obviamente, él también viviría ahí. Vanessa hizo una mueca de incomodidad y pensó que seguía siendo tan sarcástico como siempre. Igual que hace diez años cuando lo conoció: siempre haciendo bromas pesadas y desagradables. ¡Qué tipo tan insoportable!

***

Rafael le ordenó a Juana, el ama de llaves, que le mostrara toda la propiedad, y luego subió las escaleras. Vanessa pudo respirar tranquila. Tenía una actitud tan pesada, como si ella le debiera dinero.

Después de recorrer el lugar con la empleada, se dio cuenta de que la mansión era inmensa; tenía cinco pisos, ascensor interno y un equipo de diez personas trabajando, todos recién llegados. Por lo que contó Juana, Rafael apenas había regresado del extranjero esa mañana.

Vanessa se sorprendió. “¿Apenas llegó y ya sabía que Alexis me había dejado plantada? ¿Será que se casó conmigo solo para vengarse por lo que pasó hace tres años?”

Quería buscarlo para aclarar las cosas, pero le dijeron que estaba ocupado en el despacho. No le quedó de otra más que esperar, y de tanto esperar, se quedó dormida boca abajo en el sofá de la recámara principal.

Sintió un movimiento sobre ella y abrió los ojos con pesadez. La cara atractiva de Rafael estaba justo frente a la suya.

—¿Qué haces? —Vanessa sintió que el aire se le escapaba y se cubrió el pecho con las manos, totalmente alerta.

Él retiró los dedos de la manta que la cubría y sus labios se movieron.

—Tranquila, no estoy tan necesitado como para fijarme en alguien con tan poco cuerpo.

A Vanessa le hirvió la sangre de inmediato.

—¡Ya no soy la misma de hace tres años, ahora estoy mucho más formada!

Con un arranque de coraje, le tomó la mano a Rafael y lo acercó a su cuerpo... Pero en el último segundo recuperó el juicio.

“Estoy loca”, pensó ella.

En cinco años de noviazgo con Alexis, ni siquiera se habían dado un beso decente. Y ahora, estuvo a punto de...

Al ver que Vanessa estaba roja hasta las orejas, Rafael sonrió burlón, provocándola a propósito.

—¿Por qué te detienes? ¿Te dio miedo que me diera cuenta de que no es para tanto?

Sentía la cara ardiendo. Enojada, lo empujó.

—Aunque no fuera para tanto, a ti qué te importa.

Intentó levantarse para irse, pero él la presionó contra el sofá de nuevo. Ella forcejeó para soltarse, pero el cuerpo imponente de Rafael se inclinó sobre ella, envolviéndola con su aroma y su presencia dominante.

—Vanessa...

Él sonaba peligrosamente seductor.

—¿Tuviste el valor de casarte conmigo pero no tienes el valor de cumplir con tus deberes?

Él era guapo, con un aire elegante y educado que ocultaba perfectamente su lado más rebelde. Tenía el cuello de la camisa abierto, dejando a la vista un porte muy masculino. A Vanessa se le vino a la mente un recuerdo de hace tres años.

“Ni que fuera para tanto”, pensó con el orgullo herido. En un impulso, agarró a Rafael por el cuello de la camisa, lo jaló y lo besó en los labios.

Vanessa empezó a besarlo con desesperación, fingiendo que sabía lo que hacía, pero sus movimientos eran torpes y hasta chocó contra sus dientes un par de veces. La mirada de Rafael se volvió intensa y oscura; su expresión mostraba un esfuerzo por controlarse, y sonaba forzado.

—¿Tienes idea de en qué te estás metiendo?

—Claro que sí, te estoy provocando —respondió ella, todavía molesta, intentando besarlo otra vez—. ¿Qué pasa? ¿Ya te dio miedo?

Lo miró con desafío, convencida de que él solo estaba jugando con ella como lo hizo tres años atrás.

—No te vayas a arrepentir.

Rafael bajó la cabeza y tomó el control, profundizando el beso y robándole todo el aliento. Su cuerpo, ahora cálido, la presionaba contra el mueble y sus ojos oscuros ya no ocultaban el deseo.

—¿Y si terminamos lo que dejamos pendiente hace tres años?

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Leth Guerrero
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