FAZER LOGIN
El olor a salitre, humedad y metal oxidado impregnaba el aire de la Zona B del puerto de Busan. Yoon Chae-yeong respiraba con dificultad, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca. Tenía la espalda apoyada contra un contenedor de carga frío, acorralada en un punto ciego donde las cámaras de seguridad misteriosamente habían dejado de funcionar media hora atrás.
Frente a ella, iluminado apenas por la luz tenue de un farol distante, su primo Han Seung-hyun ajustaba con parsimonia los puños de su saco de diseñador.
—Chae-yeong, prima querida, de verdad me duele verte así —dijo Seung-hyun con una sonrisa narcisista que no le llegaba a los ojos—. Pero entiéndelo: la junta directiva de la corporación no puede estar en manos de una mujer emocional. Mucho menos cuando estás... digamos, "médicamente incapacitada" para ejercer el cargo.
—Fuiste tú... —susurró Chae-yeong, intentando ponerse en pie, pero un dolor agudo en el costado la hizo hincarse de nuevo sobre el asfalto sucio—. La familia de mi madre... ustedes mataron a mi padre.
—Tu padre era un hueso duro de roer, igual que tú. No entendía cómo funciona el verdadero negocio —Seung-hyun hizo un gesto sutil a los dos matones que lo flanqueaban—. Déjenla lo suficientemente mal para que pase los próximos seis meses en una cama de hospital. Cuando despierte, las acciones de la terminal ya habrán cambiado de dueño.
Los dos hombres avanzaron. Chae-yeong apretó los puños contra el suelo frío, negándose a suplicar. Si este era su fin, los miraría fijamente a los ojos.
Entonces, la tierra tembló.
Un estruendo gutural, el rugido diésel de un motor pesado de dieciocho ruedas, retumbó entre los pasillos de contenedores. En un milisegundo, dos faros de luz blanca y cegadora cortaron la oscuridad, bañando de lleno la escena. El silbido ensordecedor de los frenos de aire hizo eco en las paredes de chapa.
—¡¿Qué demonios?! —exclamó Seung-hyun, cubriéndose los ojos con el brazo.
El camión no se detuvo hasta quedar a escasos metros. Los guardias contratados entraron en pánico inmediato.
—¡Jefe, es un convoy de logística nocturna! Si la seguridad de la terminal principal viene detrás de ellos, nos van a identificar —dijo uno de los matones con la voz quebrada por el miedo.
—¡Maldita sea! —maldijo Seung-hyun, mirando a Chae-yeong tirada en el suelo y luego al camión masivo—. Vámonos. Ya no puede hacer nada esta noche. ¡Muévanse!
Los tres hombres se desvanecieron en la penumbra como ratas asustadas.
El motor del camión finalmente se apagó, dejando solo el chasquido del metal caliente enfriándose en la noche. La puerta del conductor se abrió con un sonido pesado.
Nikolai bajó de la cabina. Vestía unos jeans oscuros, una chaqueta de cuero desgastada y botas de trabajo, pero la forma en que se movía delataba algo diferente: la postura erguida y la mirada calculadora de alguien acostumbrado a dar órdenes en la sombra. Él solo estaba allí para supervisar personalmente un cargamento confidencial que requería discreción absoluta; jamás esperó encontrar un ajuste de cuentas en medio de su ruta.
Avanzó entre la niebla nocturna hasta que sus pasos se detuvieron justo frente a la figura tendida en el asfalto.
Chae-yeong, con la visión borrosa por el dolor, solo alcanzó a ver la silueta imponente de un hombre alto, de hombros anchos y aura peligrosa. Él se agachó a su altura. Cuando las luces auxiliares le dieron de lleno en el rostro a la chica, Nikolai se petrificó por una fracción de segundo. La reconoció al instante: Yoon Chae-yeong, la prodigio de la logística corporativa... y la nieta de la matriarca que controlaba la reputación del puerto.
—Vaya forma de terminar el turno —murmuró Nikolai en un coreano fluido con una ligera cadencia casi imperceptible.
Chae-yeong, usando la poca fuerza que le quedaba, le sujetó la manga de la chaqueta de cuero. La rabia en sus ojos sofocó el dolor de sus heridas.
—Cásate... conmigo... —articuló ella con voz rasposa pero firme—. Te daré el control de este puerto... Solo ayúdame a destruirlos.
Antes de que Nikolai pudiera responder a semejante locura, la mano de Chae-yeong cedió y la joven cayó inconsciente sobre el regazo del supuesto chofer.
Nikolai suspiró, pasándose una mano por el cabello.
—Lo que me faltaba. Una heredera moribunda con delirios de venganza.
Tres horas después, en el área de emergencias del Hospital Universitario de Busan, las luces de neón parpadeaban con un zumbido molesto. Nikolai estaba de pie junto a la barra del pasillo, sosteniendo un vaso de plástico con café pésimo, esperando que los médicos terminaran de revisar a la chica.
—¡Ay, Dios mío! ¡Mi muchachita!
Una voz firme pero teatral resonó en el pasillo. La anciana Park Kang-ja, la abuela paterna de Chae-yeong, avanzaba a pasos agigantados. Pese a sus más de setenta años, la mujer irradiaba la autoridad implacable de quien levantó un imperio desde la nada, vistiendo un hanbok elegante pero funcional.
Detrás de ella venía un hombre de traje oscuro cargando un maletín: su abogado de absoluta confianza.
—¿Usted es el muchacho que la trajo en ese camión gigante? —preguntó la abuela, deteniéndose frente a Nikolai y midiéndolo de arriba abajo con una mirada clínica. Vio la estatura, la espalda ancha, el rostro de rasgos marcados y la postura invulnerable. Un tipo duro, fuerte, con pinta de peligroso, pensó la anciana para sus adentros. Justo el escudo que necesita mi nieta para frenar a las hienas de su familia materna.
Chae-yeong extrajo del compartimento inferior del asiento una pequeña pistola compacta de nueve milímetros, asegurando la corredera con un movimiento seco y firme que demostraba que no era la primera vez que empuñaba un arma bajo la supervisión de Nikolai.—Entro contigo —dijo Chae-yeong, mirando a Nikolai con una frialdad sin fisuras—. No voy a esperar en el coche mientras sacan las pruebas de la muerte de mi padre. Necesito ver con mis propios ojos la firma del servidor antes de que mi tío sepa que lo tenemos acorralado.Nikolai la observó durante un breve instante. Conocía la determinación que ardía tras la mirada de Chae-yeong; intentar dejarla atrás en el vehículo habría sido inútil.—Te mantendrás dos pasos detrás de mí en todo momento —ordenó Nikolai en un tono que no admitía réplica—. Si se inicia un intercambio de fuego abierto, Do-jin te cubrirá la extracción hacia el sector oeste.—Entendido —asintió Chae-yeong.La lluvia comenzaba a arreciar, convirtiendo el suelo de grava
Kang Tae-shik soltó una larga bocanada de humo gris que flotó dentro del vehículo. Sus ojos pequeños y oscuros se estrecharon.—¿Cuántos eran? —preguntó sin elevar el tono, pero con una frialdad que helaba la sangre.—Solo... solo un hombre, jefe. Un extranjero. Era gigante, se movía como un fantasma. Encontré a El Ancla inconsciente en su despacho. Se llevaron los discos de la caja fuerte secundaria y el registro de llamadas de la red privada.Un silencio aterrador se apoderó de la berlina durante varios segundos. El único sonido era el crepitar del tabaco encendido.—Un extranjero... —murmuró Kang Tae-shik para sí mismo.Las piezas encajaron en su mente con una precisión siniestra. El informe que le había dado el primo de Chae-yeong, Yoon Min-jae, aseguraba que la heredera estaba acorralada en Europa por los mercenarios de Viktor Markov. Pero si un especialista táctico extranjero estaba limpiando sus locales en el centro de Seúl, significaba que Chae-yeong no solo había sobrevivido
—Do-jin, corta la línea de alimentación de las cámaras del pasillo trasero durante exactamente cuarenta segundos —ordenó Nikolai por el canal de radio interno.—Línea secundaria interceptada. Tienes cuarenta segundos a partir de... ahora.Nikolai descendió por la escala de incendios con una agilidad sorprendente para su corpulencia, cayendo sobre el pavimento del callejón sin emitir el menor sonido.Antes de que los dos vigilantes pudieran reaccionar al ver una figura alta emerger de la penumbra, Nikolai avanzó tres pasos rápidos. Agarró la cabeza del primer guardia por la mandíbula y la nuca, aplicando una presión precisa que neutralizó el nervio vago y lo dejó inconsciente al instante. Al mismo tiempo, bloqueó el brazo del segundo vigilante cuando este intentaba echar mano a la funda sobria de su chaqueta, estampándolo con fuerza medido contra la pared de ladrillo.En menos de siete segundos, ambos guardias yacían en el suelo, desarmados y asegurados con bridas de nylon de alta resi
—Padre, la convocatoria para la junta extraordinaria de mañana a las 09:00 está firmada y distribuida —anunció Min-jae con aire triunfante—. Los consejeros han confirmado su asistencia. Todos están alineados. Chae-yeong ni siquiera ha respondido a las notificaciones enviadas a su correo en Europa.Seong-jin sonrió con suficiencia, ajustándose los puños de la camisa.—Déjala que siga escondida en los Alpes —dijo Seong-jin, sirviéndose un café amargo—. Mañana a las nueve y diez minutos, la era de mi hermano habrá terminado para siempre en este consorcio.En el refugio de Seongsu-dong, Chae-yeong cerró la última pantalla de confirmación. La trampa estaba lista, los consejeros acorralados financieramente, la seguridad de la mafia neutralizada y el contrato de ochocientos millones listo para ser presentado como el golpe de gracia definitivo.Nikolai regresó al centro de mando, cerró la puerta de seguridad y se colocó a su lado.—Todas las piezas están en su lugar, presidenta —reportó Nikol
Chae-yeong acomodó la carpeta sobre su regazo y miró el coche con una sonrisa helada.—Pon rumbo directo al aeropuerto de Incheon, Do-jin —ordenó Chae-yeong—. Es hora de mostrarle a mi familia quién gobierna realmente el Consorcio Yoon.A las 05:15 de la mañana, mientras la niebla del mar Amarillo cubría las pistas de la terminal privada del Aeropuerto Internacional de Incheon, el Gulfstream G650 tocó tierra sin encender las luces de cortesía.El plan de vuelo falso registrado hacia Alemania había cumplido su cometido: para la red de vigilancia de Yoon Seong-jin y los informantes de la mafia surcoreana, la presidenta Yoon Chae-yeong continuaba atrapada en las garras de la burocracia europea.Do-jin coordinó la salida a través del canal logístico de una firma de importación textil de alta gama. En lugar de utilizar los vehículos ejecutivos de la flota del consorcio, la comitiva abordó dos monovolúmenes negros con cristales ahumados de alta densidad y matrículas temporales no registrada
Nikolai revisó el cargador de su pistola antes de guardarla en la funda sobria de su abrigo ejecutivo.—El consorcio Astra-Nordic es el mayor proveedor de litio refinado y tecnología de semiconductores para el mercado asiático —comentó Nikolai, mirando la pantalla—. Llevan dos años buscando un socio estratégico en Corea del Sur, pero la junta directiva de tu tío se negó a firmar porque exigían un porcentaje de sobornos bajo la mesa para los clanes de la mafia de Seúl.—Exacto —asintió Chae-yeong, ajustando el broche de su chaqueta—. Las negociaciones en Singapur estaban paralizadas por esa extorsión. El presidente de Astra-Nordic, el señor Henrik Lindqvist, se encuentra esta noche en su residencia privada de Sentosa Cove. Si cerramos el contrato de exclusividad antes del amanecer utilizando los noventa millones de Liechtenstein como garantía de liquidez inmediata, el consorcio Yoon obtendrá el monopolio de suministro para los próximos diez años.A las 03:15, un sedán de lujo de color







