INICIAR SESIÓNDespués, en un descanso de la cena, Menkat fue a saludar a gente importante que acababa de llegar. Nefertari aprovechó para tomar aire fresco en una terraza al lado del salón. Baketamon, siempre atenta, se acercó.
—Mi señora, ¿necesitas algo? Estás… pálida.
Nefertari suspiró, llenando sus pulmones de aire fresco.
—Solo aire, Baketamon. Y un poco de silencio. Él no para de hablar.
—Es alguien importante, mi señora. Tiene mucho que decir —dijo Baketamon, intentando no ofender.
—No me dice nada, Baketamon. Solo habla de él. Y cuando me mira, no me ve. Ve a la hija del visir, la que le dará más poder. Es como si fuera un objeto.
Baketamon no supo qué decir. Nefertari estaba muy frustrada.
Mientras tanto, Menkat, sin saber que Nefertari no lo soportaba, hablaba con Rekhmire, su consejero, en un rincón del salón. Rekhmire, un hombre delgado y listo, escuchaba con atención, mostrando respeto.
—La señorita Nefertari es una joya, príncipe —dijo Rekhmire, con sonrisa falsa—. Un buen partido para usted.
Menkat asintió, mirando a Nefertari en la terraza.
—Lo es. Bonita, bien educada. El visir Paser hizo un buen trabajo. Con ella, seré más poderoso en la corte. El faraón Amonhoteph tendrá que reconocerme.
Rekhmire sonrió.
—Su Alteza es muy inteligente. Esta unión no es solo una boda, es un plan. Un plan que lo hará el más importante.
Menkat se rio entre dientes.
—Exacto, Rekhmire. Exacto.
La noche siguió con más discursos y más historias de lo grande que era Menkat. Nefertari sonreía, asentía y decía lo correcto, pero se sentía más sola que nunca.
…
El Gran Salón de las Columnas estaba a tope con una fiesta nocturna. Las lámparas colgaban de cadenas doradas y daban luz suave a los invitados que llevaban túnicas de lino y joyas brillantes. La música de arpas y flautas se mezclaba con las conversaciones y risas. Olía a vino de dátiles y flores raras y perfumes caros.
Ahmose estaba de guardia en una de las entradas al salón, recto como un palo y con cara de profesional. A su lado, Hori estaba atento, pero echaba miradas curiosas a la gente. Sus ojos, entrenados para ver si había algún peligro, ahora también miraban a la gente rica.
—Mucha gente, muchas risas falsas —dijo Hori en voz baja—. ¿Tú qué crees, Ahmose?
Ahmose tardó en contestar. Estaba mirando todo el lugar, buscando algo raro. Estaba asignado a esta parte del palacio, cerca del centro de la fiesta, porque sabía que Nefertari estaría allí.
—Es nuestro trabajo, Hori —dijo Ahmose en voz baja—. Mantener el orden.
—Sí, el orden. Y el aburrimiento —respondió Hori—. Aunque tengo que decir que Nefertari es preciosa. Brilla más que todas las joyas que llevan esas señoras.
Ahmose sintió algo en el pecho al oír el nombre de Nefertari. La buscó con la mirada. Nefertari estaba cerca del centro del salón, con el príncipe Menkat. Llevaba un vestido blanco con bordados dorados y un adorno sencillo pero bonito en el pelo. Era la más guapa de todas, su belleza natural hacía que las demás parecieran menos llamativas.
Pero Ahmose no solo se fijó en lo guapa que era, también en lo que expresaba. Su sonrisa era falsa, no se reflejaba en sus ojos. Y aunque estaba erguida, parecía tensa, como si se estuviera encogiendo. Menkat estaba hablando con unos nobles, moviendo mucho las manos, y de vez en cuando le ponía la mano en la espalda a Nefertari, como si fuera suya. Nefertari se movía un poco cada vez que la tocaba y buscaba algo en el salón.
Ahmose se preocupó. No era solo la doncella del visir, sino una mujer que parecía incómoda, casi atrapada. Sintió la necesidad de protegerla, igual que protegía al faraón, pero de otra manera, más personal.
—El príncipe Menkat parece… muy cerca de ella —dijo Hori, sacando a Ahmose de sus pensamientos. Hori se había dado cuenta de que su amigo estaba mirando a Nefertari.
—Es su prometida —respondió Ahmose, con la voz un poco más seria de lo que quería.
Hori arqueó una ceja.
—Sí, claro. Pero la forma en que la mira… parece que es de su propiedad. Y ella… no parece muy contenta.
Ahmose no dijo nada, pero las palabras de Hori le hicieron pensar. Vio a Menkat acercarse y decirle algo al oído a Nefertari. Ella asintió, pero dejó de sonreír. Menkat se rió a carcajadas y Nefertari bajó la mirada, tensa.
Ahmose se enfadó un poco. No debía. Era peligroso. Un guardia no tenía que enfadarse por cómo un príncipe trataba a su prometida. Tenía que ser disciplinado, leal y obediente. Pero la imagen de Nefertari, tan indefensa en medio de tanta riqueza, le afectó mucho.
Hori, que era muy observador, notó que Ahmose se había puesto tenso.
—¿Estás bien, Ahmose? Parece que… estás muy concentrado en el centro del salón.
Ahmose dejó de mirar a Nefertari y se fijó en otra cosa.
—Solo estoy observando, Hori. Es nuestro trabajo.
—Sí, claro, el trabajo —murmuró Hori—. Pero tu trabajo parece que tiene un objetivo claro esta noche. No es la primera vez que te veo así, amigo.
Ahmose no hizo caso de lo que dijo su amigo, pero sabía que tenía razón. Le gustaba Nefertari. Desde que se vieron en el jardín, no podía dejar de pensar en ella.Cada vez que la veía, aunque fuera de lejos, sentía algo especial, se preocupaba por ella. Era una atracción fuerte, que no tenía nada que ver con su vida.
—¿Embarazada? —murmuró Nefertari. Amunet asintió, su sonrisa se hizo más amplia. —Sí, hija mía. La vida, que siempre encuentra su camino, ha escogido vuestro seno. Lo he sentido en su pulso, en la calidez de su piel, en el brillo en sus ojos, aunque lo hayas intentado ocultar. Los dioses la han bendecido. Las palabras de Amunet se asentaron en el aire, y Nefertari sintió una oleada de alegría tan pura, tan intensa, que le robó el aliento. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no eran lágrimas de tristeza, sino júbilo. Su mano se posó sobre su vientre, plano aún, pero que ahora albergaba una vida. Una pequeña vida creciendo dentro de ella. El hijo de Ahmose. La sangre de su amor. La continuidad de su linaje. La esperanza de un futuro. —Un… un bebé —susurró Nefertari, las lágrimas corrían libremente por sus mejillas, sus labios se curvaron en una sonrisa radiante.
Nefertari se aferró a él, sus manos se apretaron contra la tela de su túnica. —El palacio se sentía vacío sin ti —susurró Nefertari—. Sentía tu ausencia en cada pasillo, en cada amanecer. La vigilancia de Kamilah… la sentí como un escalofrío en la piel. Pero tu recuerdo… tu fuerza… me impulsaban. Ahmose la separó un poco, sus manos sostuvieron su rostro, sus pulgares acariciaron sus mejillas, secando las lágrimas. —Y la tuya, mi Princesa. Tu valentía al desenmascarar a esa serpiente. Al organizar la ayuda para el pueblo. Al mantener la fe de Menfis. Fuiste tan guerrera como yo, Nefertari. Nefertari sonrió. —Hice lo que pude. Pero la guerra… deja cicatrices, ¿no es así? —Sí —asintió Ahmose, su mirada se perdió un instante en el horizonte, donde el sol se ponía—. Las deja. En el cuerpo. Y en el alma. Pero juntos… juntos las sanaremos. Se sentaron de nuevo en el diván, Ahmose la abrazó, su cabeza
Se acercaron a un grupo de sacerdotes menores que supervisaban la remoción de unos altares improvisados, dedicados a una versión distorsionada de Amón, una que glorificaba el poder y el miedo sobre la compasión. —¿Alguna resistencia, Padre Menkare? —preguntó Nefertari. El Padre Menkare era un sacerdote anciano de rostro sabio y ojos cansados. —Los jóvenes, Princesa. Los que crecieron bajo la sombra de Imhotep. Creen que el Comandante Ahmose es un hereje. Que usted es una afrenta a la tradición por haberse casado con un guardia de baja cuna. Sus mentes están cegadas por el fanatismo. Argumentan que los archivos que delataban la corrupción de Imhotep… que son una invención. Que la caída de Imhotep es una prueba de que los dioses nos han abandonado. Serket intervino. —Pero… las pruebas. ¿No son suficientes? —Para la razón, sí, escriba —replicó Menkare—. Pero la fe, cuando es ciega, no escucha razones. Solo a lo que
—No habrá palabras suficientes para expresar mi gratitud —dijo Amonhoteph—. Habéis sido mi espada y mi escudo. Mi mente y mi corazón. Los honro, no solo como a mis servidores más leales, sino como a los verdaderos pilares de este reino. Vuestros nombres serán recordados por generaciones. La victoria es vuestra. Y la paz que ha llegado a Egipto… es vuestro legado. Ahmose y Paser, conmovidos por las palabras del Faraón, se inclinaron de nuevo. La carga había sido inmensa, los sacrificios muchos, pero la recompensa, la gratitud del Faraón y la paz de Egipto, valían cada gota de sangre derramada. El aire sobre Menfis ya no olía a humo y ceniza, sino a incienso de loto y al fresco perfume del Nilo. El sol brillante y misericordioso bañaba la ciudad con una luz dorada que parecía curar las cicatrices recientes. La guerra civil había terminado y la paz recién nacida comenzaba a extenderse sobre el reino. El mercado, que antes había sido un
Nefertari se lanzó a sus brazos, sus manos se aferraron a su armadura, su rostro se hundió en su hombro. El abrazo fue desesperado. Él la apretó contra sí, sintiendo su calor, su olor, la certeza de que estaba a salvo. —Mi guerrero —susurró Nefertari, su voz ahogada por las lágrimas—. Volviste. Volviste a mí. —Siempre, mi Princesa —murmuró Ahmose—. Siempre. El pueblo los rodeó, aclamándolos, celebrando la reunión de sus líderes, un símbolo de la victoria que habían logrado. La guerra civil, que había desgarrado el corazón de Egipto, había terminado. Imhotep estaba muerto, su poder destruido. El Faraón Amonhoteph recibiría a sus héroes en los salones del palacio, pero la verdadera celebración estaba en las calles, entre la gente. Las campanas del Templo de Amón, que habían sonado con lamentos y oraciones por la guerra, ahora repicaban anunciando la paz. … En La Gran Sala de Audiencia
—¡Alto, Sumo Sacerdote! —gritó Nebu—. ¡No hay escape! ¡La justicia del Faraón te espera! Imhotep se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron, la sorpresa y la rabia lo golpearon. Trampa. Otra trampa. Ahmose. La Princesa. Sabían. —¡Perros! —rugió Imhotep—. ¡No son dignos de tocar al Sumo Sacerdote de Amón! ¡Son herejes! ¡Idólatras de un Faraón ciego! Sacó su daga ceremonial, la misma que había alzado en su último discurso a sus hombres. La hoja afilada brilló bajo la luz del sol. Sus sacerdotes intentaron huir por los lados, pero fueron interceptados por los soldados, y sus gritos se ahogaron. Imhotep, con un rugido de rabia, se lanzó hacia Nebu. No era un guerrero entrenado en el combate, pero su fanatismo y su desesperación lo impulsaban. Nebu paró el golpe con su escudo. El metal resonó. Con un movimiento fluido, su espada se movió con rápida velocidad. No hubo piedad. No hubo duda. Era una orden. La







