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Capítulo 10: Madeline

last update publish date: 2026-06-24 23:31:27

Xavier se había ido finalmente, pero la pesada y sofocante presión de su presencia física seguía aplastándome los pulmones en la penumbra. Me había tocado. Había apartado con sus propios dedos el cabello de mi frente. Había sido un gesto increíblemente pequeño, tosco y en apariencia desinteresado; pero en el contexto de su rechazo brutal y de su constante hostilidad, se había sentido como una auténtica grieta ensanchándose en su impenetrable muro de hielo.

Estaba mintiendo descaradamente para p
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    El bosque de la frontera este ya no me parecía el laberinto infinito de mi infancia; ahora era un mapa de relieves que dominaba a la perfección. A mis veinte años, la estructura física de mi lobo había alcanzado la inmensidad de la de mi padre. Mis hombros eran anchos, mi estampa infundía el respeto inmediato de la vanguardia y el oro de mis ojos se había asentado con la fijeza implacable de un Alfa que ya colideraba los ejércitos de Luna Ancestral.Aquella tarde de invierno, una tormenta ligera comenzaba a cubrir los pinos con un manto blanco. Había salido junto al comandante Damien para supervisar el estado de los nuevos almacenes de comercio que mi madre, la Luna Madeline, había mandado a edificar cerca del Territorio Cobre. La paz seguía siendo el sello de nuestra casa, pero un buen Alfa nunca dejaba que sus guerreros olvidaran el frío de una patrulla.—El viento se está levantando, joven Alfa —comentó Damien, ajustándose la capa de piel mientras deteníamos los caballos en un clar

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    El gran salón de la corte de Luna Ancestral nunca me había parecido tan inmenso como esa tarde. El aroma a cera de abejas, roble pulido y el sutil toque metálico de las armas de la guardia de honor llenaba el ambiente. Las altas vidrieras filtraban una luz invernal que dibujaba líneas geométricas sobre el suelo de piedra.A mis trece años, estaba sentado por primera vez en la silla de roble y bronce que flanqueaba el trono imperial de mi padre. Llevaba una túnica de gala gris oscuro, bordada con hilos de plata que replicaban las runas de protección del clan, y en mi regazo descansaban mis manos, firmes, aunque por dentro mi lobo seguía inquieto, asimilando aún los cambios de mi primera transformación.A mi izquierda, mi padre presidía la sala. El Alfa Xavier era una montaña de autoridad; su sola presencia expandía un aura dorada tan densa que obligaba a mantener la espalda recta a cualquiera que pisara el salón. A su derecha, mi madre, la Luna Madeline, vestía con una elegancia sobera

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    El eco del primer aullido de Kael aún vibraba en las laderas de las montañas que coronaban Luna Ancestral. El bosque, habitualmente receloso de los cambios de poder, parecía haber aceptado la llegada del nuevo Alfa joven con un silencio reverente. Al ver a mi hijo sacudir su pelaje oscuro bajo la luz plateada de la luna, mi lobo experimentó una plenitud que rozaba lo sagrado. La transición había concluido; el heredero estaba completo.Sin embargo, la madurez de un linaje no solo se celebra en la intimidad del Claro Ancestral. Se pone a prueba en el tablero del mundo exterior.Al regresar al castillo de madrugada, cuando Kael ya había recuperado su forma humana y descansaba profundamente —exhausto por el desgaste místico de su primera transformación—, el comandante Damien nos aguardaba en la entrada del despacho privado. Su rostro, iluminado por el parpadeo de una antorcha moribunda, no reflejaba la alegría del acontecimiento, sino la rigidez de las malas noticias.—Alfa, Luna —saludó

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    El aire de la medianoche no solo era frío; pesaba. Se sentía espeso, cargado de una electricidad estática que hacía que cada vello de mis brazos se erizara. Me encontraba de pie en el centro del Claro Ancestral, un círculo sagrado de tierra y piedras antiguas ubicado en el corazón del bosque protegido, lejos de los muros del castillo. El suelo estaba cubierto por una fina capa de escarcha que crujía bajo mis botas, pero por dentro, mi cuerpo ardía.Tenía trece años, y mi sangre ya no me pertenecía. Se había convertido en un torrente de lava que golpeaba contra mis venas, exigiendo romper la prisión de mi carne humana.A pocos metros de mí, las dos siluetas más imponentes de mi vida me observaban. Mi padre, el Alfa Xavier, permanecía inmóvil como una estatua de granito. Su enorme figura de guerrero infundía un respeto absoluto en la penumbra, y sus ojos dorados brillaban con una fijeza analítica que, esta vez, arrastraba una profunda marea de empatía mística. A su lado, mi madre, la Lu

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    El silencio que siguió a la tormenta y al juicio público se instaló en el castillo con la densidad de una neblina mansa. La ejecución de los mercenarios no había dejado un rastro de regocijo sangriento en los pasillos, sino una sobria certeza de orden. El nido se había defendido, el heredero había respondido y la ley de Luna Ancestral se mantenía intacta.Aquella tarde, el cielo plomizo finalmente se rompió, dando paso a los rayos dorados de un sol de invierno tardío que comenzaba a derretir las últimas escarchas de las flores. Dejé a Anya durmiendo una siesta plácida en la suite, custodiada por dos guardias de la élite que ni siquiera pestañeaban, y caminé hacia el jardín privado del ala oeste. Necesitaba aire, el olor a tierra mojada y el silencio que solo la naturaleza podía otorgarme para procesar el remolino de emociones que los últimos días habían desatado en mi interior.Al llegar al claro del jardín, donde las glicinas comenzaban a mostrar sus primeros brotes, encontré a Xavie

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    El amanecer sobre Luna Ancestral no trajo la calidez habitual de la primavera naciente, sino un cielo plomizo, denso y frío que parecía reflejar la gravedad del aire dentro del castillo. La noticia del atentado frustrado contra la suite presidencial se había extendido por los campamentos y las aldeas periféricas con la velocidad de un incendio forestal. Para el pueblo, la afrenta no era solo contra sus soberanos; era un ataque directo a la estabilidad y a la paz que cada familia había logrado cosechar en los últimos años.El gran patio de armas estaba abarrotado. Cientos de lobos, desde los guerreros de la vanguardia hasta los artesanos del pueblo bajo, se agolpaban contra las barandillas y las escalinatas de piedra. El silencio era absoluto, roto únicamente por el crujido de las antorchas que aún ardían para combatir la bruma matutina.En el centro del patio, encadenados a los postes de hierro forjado, se encontraban los dos mercenarios del Norte. Elías había cumplido mi orden con pr

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