Se connecter[KAEL]
El teléfono apenas alcanza a sonar dos veces.
—Dime que no estás llamándome desde la casa.
La voz de Ethan llega acompañada por ruido de fondo y el sonido inconfundible de un vaso golpeando una superficie.
—Estoy en la casa.
—Entonces dime que al menos estás solo.
Miro hacia ambos extremos del corredor antes de entrar en mi habitación y cerrar la puerta.
—Ahora sí.
—Joder, Kessler.
Hace años que conozco a Ethan Cole y todavía no ha aprendido a disimular cuando algo le preocupa. Trabajamos juntos durante parte de mi tiempo en el FBI y, cuando abandoné el Bureau, fue una de las pocas personas que no intentó convencerme de que estaba cometiendo un error.
Tampoco me ayudó.
Hasta que dejó de poder evitarlo.
—¿Qué encontraste en las cámaras?
Escucho movimiento al otro lado.
—Primero quiero saber qué demonios haces dentro de la casa de Bellori.
—Trabajando.
—No me vengas con esa m****a. Hace tres semanas estabas buscando una forma de acercarte a Dante y ahora duermes bajo su techo.
—Las circunstancias cambiaron.
—Intentaron matar a su hija.
—Eso cuenta como cambio de circunstancias.
Ethan guarda silencio.
—Dime que no tuviste nada que ver.
Aprieto la mandíbula.
—Ten cuidado.
—Tenía que preguntarlo.
—Pues ya lo hiciste.
—Y no respondiste.
Me acerco a la ventana. Desde aquí alcanzo a ver parte del jardín y, más allá, algunas luces reflejándose sobre el agua.
—No tuve nada que ver con el atentado contra Amara.
—Bien.
—Ahora háblame de las cámaras.
Ethan exhala.
—Conseguí revisar lo que me mandaste del informe preliminar. Hay una cámara en el corredor del estacionamiento que debía haber captado al tirador antes de que llegara hasta ella.
—¿Y?
—No lo hizo.
—Eso ya lo sabía.
—Lo que no sabes es que no estaba dañada.
Me aparto de la ventana.
—Explícate.
—El reporte dice que hubo una interrupción técnica de poco más de seis minutos. Eso no es exactamente cierto. El sistema siguió funcionando. La cámara dejó de grabar porque alguien la sacó del circuito.
—¿Desde el edificio?
—Eso parece.
Pienso en el atacante esperando a Amara. En la hora. En el lugar. En la facilidad con la que pudo acercarse sin aparecer en la grabación que revisó la policía.
—¿Alguien necesitaba acceso?
—Sí.
—¿Qué clase de acceso?
—Suficiente para que esto no parezca un tipo que decidió seguirla hasta su apartamento y probar suerte.
No necesitaba que Ethan lo dijera. Anoche ya había demasiadas cosas que no encajaban.
—¿Puedes saber quién lo hizo?
—No con lo que tengo. Necesitaría acceso al sistema original y no a un informe de segunda mano.
—Consíguelo.
Se ríe sin humor.
—Claro. ¿Quieres también que entre a Fort Knox mientras desayuno?
—Siempre has sido bueno con las computadoras.
—Y tú siempre has tenido una interpretación bastante flexible de la palabra legal.
—No necesito que hagas nada ilegal.
—Eso es exactamente lo que dicen las personas antes de pedir algo ilegal.
Sonrío por primera vez desde que entré en la habitación.
—Mira qué puedes conseguir.
—Kael.
El tono cambia.
Ya no está bromeando.
—¿Qué?
—No olvides por qué entraste ahí.
La sonrisa desaparece.
—No lo he olvidado.
—Porque llevo años escuchándote hablar de Dante Bellori. Sé lo que significa para ti ese hombre y también sé que esto es lo más cerca que has estado nunca. Solo te digo que tengas cuidado.
—Sé cuidarme.
—No estaba hablando de ti.
No respondo.
Ethan tampoco necesita explicarse.
—Buenas noches —digo.
—Eso pensaba.
Cuelga.
Dejo el teléfono sobre la mesa y permanezco varios segundos mirando la pantalla apagada.
No estaba hablando de ti.
Sé exactamente de quién hablaba.
Y eso me irrita más de lo que debería.
[…]
A la una y veinte sigo despierto. A la una y cuarenta y siete dejo de intentarlo.
Me pongo una camiseta y salgo de la habitación. La mansión parece otra durante la madrugada. Las conversaciones, el personal y el movimiento constante del día han desaparecido, dejando los corredores casi a oscuras y un silencio interrumpido únicamente por el aire acondicionado y algún ruido lejano procedente del exterior.
Termino en la cocina sin haber decidido conscientemente ir hasta allí.
Abro el refrigerador y descubro suficiente comida para alimentar a veinte personas, aunque nada consigue despertar mi apetito. Saco una botella de agua.
—Si buscas algo dulce, está en el segundo cajón.
Me giro.
Amara está apoyada contra la entrada de la cocina.
Está descalza y lleva un pantalón corto gris con una camiseta blanca demasiado grande que cae ligeramente sobre uno de sus hombros. Tiene el cabello recogido de cualquier manera sobre la cabeza y no lleva maquillaje.
Es completamente distinta a la mujer del vestido verde que entró esta noche al restaurante.
Más natural. Más joven, incluso. Y no debería gustarme tanto verla así.
—No buscaba nada dulce.
—Eso dice todo el mundo antes de encontrar el chocolate.
Camina hasta el refrigerador y abre uno de los cajones.
—¿No duerme? —pregunto.
Amara gira lentamente hacia mí.
—¿Volvemos al usted?
—Son casi las dos de la mañana. Mi educación se activa después de medianoche.
Sonríe mientras saca una pequeña caja.
—Qué alivio. Empezaba a pensar que no tenías ninguna.
La deja sobre la isla y se sienta en uno de los taburetes.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Por qué no duermes?
—No tengo sueño.
Su mirada baja hacia la botella de agua que tengo en la mano y vuelve a mi cara.
—Eso ha sido muy convincente.
—No sabía que tenía que convencerla.
—Otra vez.
—¿Qué?
—El usted.
Me apoyo contra la isla.
—Es difícil seguir las reglas en esta casa.
—Solo hay una conmigo.
—Tengo miedo de preguntar.
Amara abre la caja.
—No me trates como si tuviera quince años.
Saca un trozo de chocolate y me ofrece otro. Niego con la cabeza.
—Eso puedo intentarlo.
—Buen comienzo.
Durante unos segundos ninguno habla. Ella come despacio y yo bebo agua mientras intento ignorar que esta conversación se siente extrañamente normal para dos personas que se conocieron esta tarde.
Mi mirada cae sobre su brazo.
—¿Te duele?
Amara sigue mis ojos.
—Un poco.
—Esta tarde dijiste que no era nada.
—También dije que podía abrir mis propias puertas y eso tampoco pareció impresionarte.
—No sabía que ambas cosas estaban relacionadas.
—En mi cabeza lo están.
Sonrío.
Ella también, aunque la expresión desaparece poco después.
—No podía dormir —admite—. Cada vez que cierro los ojos escucho los disparos.
No hay dramatismo en su voz. Lo dice mirando la caja de chocolate, como si reconocerlo en voz alta le resultara más difícil que bromear sobre ello.
—Tiene sentido.
Amara levanta inmediatamente un dedo.
—No digas que es normal.
—No iba a hacerlo.
—Bien.
—Aunque lo es.
Me dedica una mirada asesina.
—Te odio un poco.
—Llevamos menos de un día. Dése tiempo.
—Otra vez el usted.
—Estoy nervioso.
Ella suelta una risa y niega con la cabeza. La observo unos segundos antes de hablar.
—¿Tienes miedo?
Esta vez tarda en responder.
—Sí.
No intenta disfrazarlo y eso me sorprende más que cualquier broma que haya hecho durante el día.
—Pero no quiero que mi padre lo sepa.
—¿Por qué?
Amara deja el chocolate sobre la caja.
—Porque Dante convierte el miedo en seguridad, la seguridad en restricciones y las restricciones en una cárcel preciosa con vista al agua.
Miro alrededor.
—He visto cárceles peores.
—No ayudas.
—No era mi intención.
—Mi padre siempre ha sido protector, pero después de anoche está imposible. Mi madre intenta compensarlo, Alessandro me llama cada hora y ahora tengo un guardaespaldas que me empuja contra paredes cuando ve un Toyota conducido por jubilados.
—Era un Mercedes.
Me mira fijamente.
—¿Eso es lo que has sacado de todo lo que acabo de decir?
—Me parecía importante mantener los hechos correctos.
Su risa llena la cocina antes de que pueda contenerla.
No debería disfrutar tanto provocándola.
—¿Siempre has trabajado en seguridad? —pregunta después.
La pregunta me toma desprevenido, aunque no dejo que se note.
—No.
Amara espera unos segundos.
—¿Eso es todo?
—Eso fue lo que preguntaste.
—Kael.
—Amara.
Entrecierra los ojos.
—¿Qué hacías antes?
—Otras cosas.
—Impresionante. Cada vez eres más comunicativo.
Toma otro trozo de chocolate.
—¿Policía?
La pregunta llega con suficiente naturalidad para que pueda sonreír.
—¿Por qué?
—Porque observas demasiado, haces preguntas incluso cuando finges que no las estás haciendo y tienes esa costumbre irritante de dar órdenes como si esperaras que todo el mundo obedeciera.
—Eso también describe a tu padre.
—Créeme, mi padre nunca fue policía.
—Entonces tu teoría necesita trabajo.
Me estudia.
—Militar.
—No.
—¿Inteligencia?
—Ves demasiadas películas.
—¿Mercenario?
No puedo evitar reír.
—¿En serio?
—Estoy descartando posibilidades.
—Me preocupa saber cuáles faltan.
—Podría continuar toda la noche.
—Yo no.
—Mentira. Si quisieras dormir no estarías en la cocina a las dos de la mañana.
Tiene razón.
No pienso concedérselo.
—Digamos que he tenido trabajos en los que aprendí algunas cosas útiles.
—Eso no significa absolutamente nada.
—Esa era la intención.
Amara se queda observándome.
Hay curiosidad en sus ojos, pero también algo más. Empieza a sospechar que existen partes de mí que no encajan con el hombre que llegó esta tarde a su casa.
Eso es peligroso.
—Eres muy extraño, Brenner.
—Y usted muy curiosa, señorita Bellori.
—Ahora lo haces para molestarme.
—Sí.
Sonríe.
La conversación debería terminar ahí. Podría volver a mi habitación y dejar que Amara crea que antes de dedicarme a seguridad privada hice cualquier cosa que su imaginación quiera inventar.
En cambio, sigo apoyado frente a ella.
—Luca quiere que me vaya unos días —dice.
La mención de su nombre consigue recordarme inmediatamente una de las muchas razones por las que debería estar en otra parte de la casa.
—¿Adónde?
—Tiene una casa en los Cayos. Dice que podríamos desaparecer hasta que la policía sepa algo.
—No es mala idea.
Amara levanta las cejas.
—¿En serio?
—Sí.
—Pensé que ibas a enumerarme quince razones por las que podría morir allí.
—Puedo hacerlo si quiere.
—No, gracias.
Sonrío.
—¿Quieres ir?
Ella juega con el borde de la caja.
—No lo sé. Luca cree que necesito alejarme de mi familia unos días.
—¿Y tú qué crees?
—Que probablemente tiene razón.
Hace una pequeña pausa antes de mirarme.
—Aunque si me voy, supongo que tú también vienes.
—Sí.
—Eso va a encantarle.
—No necesito gustarle a Luca.
—Ya me había dado cuenta.
—Necesito mantenerte viva.
La sonrisa desaparece lentamente de sus labios.
No sé por qué esa frase cambia el aire entre nosotros.
Quizá por la hora. Quizá porque estamos solos. O quizá porque todavía recuerdo exactamente cómo se sintió su cintura bajo mi mano hace unas horas.
Amara sostiene mi mirada.
—Eso suena muy personal cuando lo dices así.
—No lo es.
La respuesta sale demasiado rápido.
Ella lo nota.
—Claro.
Antes de que pueda responder, escuchamos pasos en el corredor.
Dante aparece en la entrada.
Lleva pantalones oscuros y una camisa con las mangas remangadas. Mira primero a su hija, después a mí y finalmente a la caja abierta sobre la isla.
No parece molesto. Pero tampoco parece especialmente satisfecho de encontrarnos solos a esta hora.
—¿Qué hacen despiertos?
—Cometiendo delitos graves —responde Amara—. Chocolate después de medianoche.
Dante no sonríe.
—Deberías descansar.
—Lo intenté.
Su expresión cambia al mirar a su hija.
—¿Sigues pensando en anoche?
Amara se encoge de hombros.
—Estoy bien, papá.
—No te pregunté eso.
Ella permanece en silencio.
Por primera vez veo algo entre ellos que no encaja completamente con la imagen que llevo años construyendo de Dante Bellori. Hay preocupación real en su rostro y Amara parece reconocerla.
—Solo necesito dormir —dice finalmente.
—Entonces intenta hacerlo.
—Sí, señor.
Dante niega con la cabeza y ella sonríe antes de bajar del taburete.
—Buenas noches, papá.
Lo besa en la mejilla. Después me mira.
—Buenas noches, Kael.
—Buenas noches.
Amara abandona la cocina y esperamos hasta que sus pasos desaparecen.
Dante permanece junto a la entrada.
—Parece que se lleva bien con mi hija.
—Llevo menos de un día conociéndola.
—Amara puede conseguir mucho en menos de un día.
No sé qué pretende decir con eso, así que no respondo.
Dante camina hacia la isla y observa la caja de chocolate que su hija dejó abierta.
—Mañana quiero hablar con usted.
—Por supuesto.
—Después del desayuno.
—¿Sobre Amara?
Levanta la mirada.
—Entre otras cosas.
Asiento.
Dante comienza a marcharse, pero antes de llegar a la puerta se detiene.
—Brenner.
—¿Sí?
—Mi hija confía demasiado rápido en las personas que consiguen hacerla sentir segura.
Su voz es tranquila, aunque la advertencia resulta evidente.
—Mi trabajo es mantenerla segura.
—Exactamente.
Nos observamos durante unos segundos antes de que abandone la cocina. Espero hasta que desaparece para soltar el aire.
La ironía sería casi divertida si no fuera tan peligrosa. Dante Bellori cree que acaba de advertirle a Kael Brenner que recuerde cuál es su lugar con su hija.
No tiene idea de que Kael Brenner es un nombre construido para abrirme la puerta que llevo siete años intentando cruzar. Tampoco sabe que el hombre al que acaba de permitir dormir bajo su techo no llegó a su casa buscando trabajo. Llegué buscando respuestas. Y todas conducen a él.
[AMARA]Amara intenta averiguar hacia dónde vamos sin preguntármelo directamente.La conozco lo suficiente para darme cuenta. Sigue apoyada contra mi hombro, con los dedos entrelazados con los míos, pero cada vez que el vehículo cambia de dirección su atención abandona las luces de Miami y busca alguna referencia al otro lado de la ventanilla.Me divierte más de lo que debería.—Puedes preguntar.Levanta el rostro hacia mí con una inocencia que no le creo.—No iba a preguntar nada.—Por supuesto que no.—Estoy disfrutando del paisaje.—Estás intentando descubrir la ruta.Su sonrisa aparece antes de que consiga negarlo.—No sé por qué acepté salir con alguien que se dedica profesionalmente a observarlo todo.—Porque soy irresistible.—Esa era mi frase.—La adopté.Amara vuelve a acomodarse contra mí, aunque esta vez deja de fingir que no está pendiente del recorrido. Su pulgar se mueve distraídamente sobre mi mano y yo bajo la mirada hacia nuestros dedos entrelazados.No sé en qué mome
[AMARA]El sábado llega después de tres días en los que Kael se niega sistemáticamente a decirme dónde piensa llevarme.He intentado averiguarlo de todas las formas posibles. Primero pregunté directamente, después fingí que no me importaba y traté de conseguir la información en medio de conversaciones sobre cualquier otra cosa. Incluso llegué a amenazarlo con cancelar la cita, aunque ninguno de los dos se tomó demasiado en serio esa posibilidad. Ayer intenté distraerlo mientras lo besaba en mi oficina y lo único que conseguí fue terminar contra el borde del escritorio, con su boca en mi cuello y exactamente la misma cantidad de información que tenía antes.Dos datos.Necesito tacones y no necesito ropa deportiva.Según Kael, eso debería ser suficiente. Según yo, confirma que disfruta demasiado viéndome perder la paciencia.Por eso llevo casi diez minutos frente al armario, mirando vestidos que normalmente elegiría en menos de treinta segundos y negándome a reconocer que estoy nerviosa
[KAEL]Cuando finalmente regreso a mi habitación esa noche, debería estar pensando en el sábado.Hace menos de una hora Amara estaba frente a mí en la terraza, tirando de mi corbata mientras intentaba conseguir alguna pista sobre nuestra cita. Todavía puedo recordar la sonrisa que apareció cuando le confirmé que será después de la cena familiar y la forma en que respondió que sí cuando le dije que vendría conmigo.Llevo días pensando dónde llevarla.No debería ser tan complicado. Es una cita, no una operación, aunque aparentemente mi cabeza no distingue demasiado bien entre ambas cosas. Ya he cambiado de idea dos veces y descartado varios lugares porque son demasiado públicos, demasiado privados, demasiado obvios o pertenecen a Bellori Hospitality, lo que automáticamente los elimina.Quiero algo que no pertenezca a su familia.Algo que tampoco tenga que ver con mi trabajo.Por unas horas quiero estar con Amara sin que ninguno de los dos pueda utilizar esas dos cosas como excusa.Me qu
[AMARA]La tercera mañana consecutiva en la que Kael me espera a las seis y media debería ser suficiente para que deje de sentir una satisfacción absurda al encontrarlo junto al acceso lateral de la casa.No lo es.Cuando salgo, está terminando de hablar con uno de los hombres del turno nocturno. Lleva shorts negros y una camiseta gris oscura que se ajusta demasiado bien a sus hombros para alguien que pretende que nuestra salida matutina tiene un propósito exclusivamente deportivo. El cabello todavía está ligeramente desordenado y, cuando se vuelve al escucharme, necesito recordarme que ya he visto bastante más de ese cuerpo como para que un par de brazos descubiertos no deberían distraerme.Deberían.Pero lo hacen.Kael termina la conversación y se acerca mientras sus ojos hacen un recorrido bastante poco discreto por mis piernas.—Llegas tarde.Miro el reloj deportivo.—Faltan dos minutos para las seis y media.—Entonces llegas temprano con poca convicción.—¿Llevas mucho esperando?
[KAEL]Han pasado dos días desde la noche en que Amara decidió que una cena improvisada mientras yo seguía trabajando contaba como nuestra primera cita. Desde entonces, ha mencionado tres veces que me corresponde organizar la siguiente y otras dos que empieza a cuestionar mi capacidad de planificación. Lo hace únicamente para provocarme porque sabe que funciona.La relación entre nosotros está adquiriendo una normalidad que debería inquietarme mucho más.Seguimos corriendo juntos a las seis y media. En Bellori Grove continúa buscándome con los ojos durante las reuniones y yo sigo encontrándola antes de que lo haga. Algunas noches consigo mantenerme fuera de su ala privada y otras termino sentado en su sofá durante horas, hablando de cualquier cosa mientras ella trabaja con las piernas sobre las mías como si llevara años haciéndolo.Esta noche es una de esas.Amara tiene el portátil abierto sobre las piernas y varios documentos de Varenna ocupan la mesa frente a nosotros. Se cambió al
[AMARA]A las seis y media Kael está esperándome junto al acceso lateral, como ha hecho cada mañana desde que cometí el error de decirle que podía acompañarme a correr.Tres mañanas han sido suficientes para establecer una rutina que ninguno de los dos reconoce como tal. Yo sigo insistiendo en que no competimos, él continúa terminando el recorrido con una respiración insultantemente tranquila y, desde aquel primer desvío hacia el sendero, no hemos vuelto a abandonar la ruta. No porque hayan desaparecido las ganas de hacerlo, sino porque ahora los dos sabemos lo fácil que sería convertir cualquier tramo con suficiente privacidad en una excusa para besarnos.Hoy tampoco ocurre.Kael se limita a provocarme durante buena parte del recorrido, yo acelero cada vez que asegura que no necesito demostrarle nada y, cuando regresamos a Cocoplum, su camiseta gris vuelve a estar pegada a un cuerpo que definitivamente no ayuda a que mantenga mis pensamientos en lugares apropiados.—Mañana voy a gana







