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Capítulo 9: El lenguaje del hielo

Autor: L. Alejandra
last update Data de publicação: 2023-08-01 07:15:36
El silencio en la base militar nunca me había resultado tan ruidoso. Durante los últimos dos años, la presencia de Noah había sido mi banda sonora constante: sus bromas pesadas, el roce de su hombro contra el mío, su voz dándome seguridad. Pero hoy, el silencio era absoluto, roto únicamente por el sonido metálico de mis propios cubiertos contra la bandeja de la cafetería.

Estaba sentada en nuestra mesa de siempre, la que está cerca de la ventana con vista a la pista de aterrizaje. Cassy estaba f
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Último capítulo

  • El Dr. El Ceo y Yo   Epílogo: El sonido de la marea

    Narrado por NoahEl Pacífico no se parece en nada al norte, ni a las montañas gélidas donde una vez nos escondimos de los monstruos que tenían forma de hombres y nombres grabados en oro. Aquí, el agua no tiene memoria; se rompe contra la arena y se retira, limpia, llevándose las huellas de los que caminan por la orilla, como si les recordara que cada mañana el suelo vuelve a estar intacto. Es un ciclo eterno de purificación. Un borrón y cuenta nueva dictado por la naturaleza.Llevo cuatro años escuchando este romper de olas desde el porche de madera de nuestra casa, una estructura de tablones blancos y vigas gruesas que construí con mis propias manos, clavando cada sección con la misma terquedad con la que un día decidí que el mundo podía quedarse con sus leyes y sus uniformes, porque mi única patria real cabía en los brazos de una mujer rota.—Papá, mira. Un cangrejo que camina de lado, como los soldados cuando hacen el paso táctico.La voz me saca de mis pensamientos. Bajo la mirada

  • El Dr. El Ceo y Yo   capitulo final

    Narrado por NoahLa noche en la montaña era un manto de silencio que solo el viento se atrevía a rasgar. Dentro de la cabaña, el fuego de la chimenea se había reducido a brasas anaranjadas que bañaban la habitación con una luz cálida y mortecina. Después de la crisis con la Dra. Vargas, Emma se había quedado en un estado de agotamiento absoluto, pero algo en su mirada había cambiado. El muro de hielo que nos separaba tenía, por fin, una grieta.—Noah… —susurró ella desde la cama, su voz era un hilo frágil—. No quiero estar sola esta noche. Quédate.Mi corazón dio un vuelco. Durante meses, el simple hecho de rozar su mano la hacía temblar de asco o terror. Me quité las botas y el cinturón táctico con movimientos lentos, como si cualquier ruido pudiera romper el hechizo. Me deslicé en la cama a su lado, manteniendo una distancia respetuosa hasta que ella, con un suspiro que pareció soltar meses de angustia, se giró y escondió el rostro en mi pecho.La rodeé con mis brazos, sintiendo su c

  • El Dr. El Ceo y Yo   Capítulo 37: El espejo de la culpa

    Narrado por EmmaEl olor de la cabaña había cambiado. Ya no era solo madera y el perfume boscoso de Noah; ahora olía a antiséptico y a esa fragancia neutra y profesional que siempre emanaba de la Dra. Elena Vargas. Elena estaba sentada frente a mí, con una libreta que no usaba y una mirada que me atravesaba como un bisturí. Noah se había quedado fuera, en el porche, cumpliendo la orden de Elena de darnos privacidad, aunque sentía su presencia protectora pegada a la puerta de madera.—No tienes que ser la Dra. Brown hoy, Emma —dijo Elena con voz suave pero firme—. Solo sé la mujer que está sufriendo. Háblame de ese nudo que tienes en el pecho.—No hay nudo, Elena —respondí, mirando mis manos, que no dejaban de frotar la tela de mi manta—. Hay un vacío. Un agujero negro que se traga todo lo que intento sentir.—Ese vacío tiene un nombre, y ese nombre está creciendo dentro de ti —Elena se inclinó hacia delante—. Tienes miedo del bebé.Al escuchar esa palabra, algo dentro de mí se tensó.

  • El Dr. El Ceo y Yo   Capítulo 36: El susurro del auxilio

    Narrado por NoahLa lluvia había cesado, dejando tras de sí un frío húmedo que parecía filtrarse por las grietas de la cabaña. Emma estaba acostada en la cama, de espaldas a la puerta, hecha un ovillo bajo las mantas. No se movía, no lloraba, ni siquiera parecía respirar. Esa quietud me aterraba más que cualquier campo de batalla. Era la parálisis de la voluntad, el síntoma más cruel de que su mente se estaba rindiendo.Salí al porche, cerrando la puerta con cuidado para no despertarla de ese letargo. Me alejé unos metros hacia el linde del bosque, donde la señal del teléfono satelital era más estable. Mis manos, aún vendadas por la pelea con Dylan, temblaban ligeramente mientras marcaba el número de Cassy.—¿Noah? —la voz de Cassy sonó agitada al segundo tono—. Dios mío, ¿están bien? Los medios están ardiendo con lo de la clínica. Dylan ha puesto una denuncia por agresión agravada y secuestro. Tienen órdenes de captura nacionales.—No me importa Dylan, Cassy —dije, con la voz ronca y

  • El Dr. El Ceo y Yo   Capítulo 35: El naufragio del alma

    Narrado por EmmaEl silencio de la cabaña, que antes me resultaba protector, ahora se sentía como una mortaja. Estaba sentada en el borde de la cama, mirando mis manos temblorosas, mientras el sonido de la lluvia golpeando el techo de madera se mezclaba con el eco de los golpes que Noah le había dado a Dylan.Noah entró en la habitación con un cuenco de agua tibia y un paño limpio. Tenía el labio partido y los nudillos hinchados, amoratados por el impacto contra los huesos de mi torturador. Se arrodilló frente a mí, intentando tomar mi mano para consolarme, pero me aparté como si su tacto quemara.—¿Por qué lo hiciste, Noah? —mi voz salió como un susurro roto, cargado de una amargura que no podía controlar.—¿Qué querías que hiciera, Emma? —respondió él, con una chispa de frustración en sus ojos cansados—. Ese malnacido te estaba poniendo las manos encima otra vez. No iba a quedarme de brazos cruzados viendo cómo te destruía en ese cuarto de suministros.—¡Te rebajaste a su nivel! —le

  • El Dr. El Ceo y Yo   Capítulo 34: Sangre y Honor

    Narrado por NoahEl estruendo del disparo retumbó en las paredes de azulejos del cuarto de suministros, un trueno ensordecedor que hizo que Emma soltara un grito ahogado y se encogiera en el suelo. La bala impactó a escasos centímetros de la oreja de Dylan, destrozando un frasco de alcohol que bañó su hombro con un olor penetrante y frío.El humo de la pólvora llenó el espacio reducido. Dylan no se movió, pero sus pupilas se dilataron y un hilo de sudor recorrió su sien.—La próxima no será a la pared, Gallardo —siseé, presionando el cañón caliente de mi 9mm contra su mandíbula—. No me tientes. No tengo nada que perder, y tú tienes un imperio que se quedará sin dueño en un segundo.Dylan soltó una risa seca, una carcajada que nació del puro cinismo. Se subió los pantalones con una calma insultante, ignorando el arma que amenazaba su vida.—Eres un animal, Jones. Un perro guardián con placa —dijo Dylan, limpiándose los restos de cristal del hombro—. Es fácil apretar un gatillo cuando t

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