LOGINEl aire en el Gulag siempre se sentía distinto: más pesado, más frío, con ese olor metálico que se pegaba a la piel y no se iba con nada. Lo llevaron allí entre dos guardias, con las manos atadas a la espalda, los pasos torpes, las piernas temblándole sin que pudiera controlarlo. Se llamaba Dmitri Sokolov, y durante años había caminado entre ellos como si fuera uno más, confiable, discreto, parte del círculo más cercano de seguridad de los Dragunov. Nadie sospechó de él. Hasta que Igor Belov, el antiguo Underboss de Aleksandr Dragunov, reunió las pruebas suficientes: fotografías, registros de llamadas, transferencias a cuentas en Suiza. Todo encajaba perfectamente.—Supieron que ella no viajaba sola —dijo Igor con voz firme, dejando caer las fotografías sobre la mesa—. Supieron que él Boss y sus hombres iban con ella. Ajustaron todo según lo que tú les dijiste. Vendiendo la vida de tu propia gente por unas monedas.Dmitri cayó de rodillas, pálido como la pared detrás de él.—Me amenaz
En un lugar llamado Gulag, Maksim caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada. A su lado, junto a él, estaba su hermano Kiril: alto, serio, con los brazos cruzados y una expresión impasible que apenas dejaba ver lo que pensaba. Y frente a ellos, Ruslan, de pie cerca de la ventana, con los labios apretados en una línea fina y tensa.Frente a los tres, cuatro hombres con trajes desgastados y rostros sudorosos apenas se atrevían a levantar la vista. Eran los mejores investigadores que el dinero podía comprar. O al menos eso se suponía.—¿Me lo pueden explicar otra vez? —dijo Maksim, con una voz baja, peligrosamente controlada—. Llevan ustedes dieciséis años cobrando de mi bolsillo. Dieciséis años buscando a una sola persona. ¿Y me vienen hoy a decirme que no tienen ni una maldita pista? ¿Nada? ¿En dieciséis malditos años? ¿ES QUE LO QUE LE PASÓ A SU OTRO COMPAÑERO NO LOS INCENTIVÓ A NADA?El hombre que parecía portavoz tragó saliva y dio un paso adelante.—Señor Dragunov, lo hemo
Katya despertó con una sensación cálida y suave en el pecho. Como si el mismo sol hubiera amanecido dentro de ella. Respiró hondo, y su aroma la envolvió por completo: ese olor a madera, a lluvia, a él. Abrió los ojos y el lado de la cama donde Maksim había dormido ya estaba vacío, pero la huella de su calor aún se sentía en las sábanas.Se giró vio sobre la mesita de noche una rosa roja, fresca, con gotitas de rocío aún en los pétalos, y una nota escrita con su letra firme y elegante. La tomó entre las manos y la leyó con una sonrisa que no pudo contener:"Buenos días, mi vida. Tuve que salir temprano, me esperan en una reunión importante. Pero te llevas mi corazón contigo, donde quiera que vayas. Te amo, mi hermosa Ласточка (Lastochka). (Ласточка: Golondrina).Katya se llevó la rosa a la nariz e inhaló profundamente. Olía a jardín recién despertado, a primavera en medio del invierno. Se levantó, completamente desnuda, y caminó hacia el baño. Se detuvo frente al espejo y vio en su
Las palabras se perdieron entre sus labios, que volvieron a encontrarse con una hambre que no conocía saciedad. Las manos de él recorrieron su cintura, su espalda, bajando despacio para volver a subir, deslizando la ropa a un lado, quitándola capa por capa como si estuviera descubriendo algo sagrado. Y para él lo era. La miraba con ojos que devoraban cada centímetro de piel que quedaba al descubierto, adorándola con la mirada antes de tocarla, como si temiera que fuera a desvanecerse si apartaba la vista un instante.—Eres tan hermosa… —susurró, y su voz sonó ronca, llena de asombro—. Tan perfecta para mí…Sus manos bajaron hasta sus pechos turgentes, firmes y cálidos, y los acarició con suavidad antes de llevar la boca sobre ellos. Saboreó la piel, lamiendo y besando cada curva, rodeando los pezones que se endurecieron al instante bajo su tacto. Katya arqueó la espalda, soltando su nombre en un gemido que pareció partirle el pecho.—Maksim…La tomó en brazos entonces, y ella le rodeó
La puerta se abrió despacio y Maksim entró sin hacer ruido. Se detuvo en el umbral, observando la escena: los tres abrazados, como si nadie en el mundo pudiera separarlos. Una sonrisa suave, casi imperceptible, le tocó los labios. Le llenaba el alma verla así: rodeada de amor, de esa clase de amor que nada ni nadie puede romper. Sabía que quizás no aprobaban todo lo que ella había elegido, que quizás temían el mundo al que la había llevado… pero la amaban. Y eso era lo que importaba.Mientras los miraba, algo le llamó la atención. Frunció el ceño sin querer. Repasó las facciones de los tres: la frente de la abuela, los ojos del abuelo… y ella. Katya apenas se parecía a ninguno de los dos. Tenía rasgos propios, distintos, como si llevara impreso en el rostro a quienes la dieron la vida y ya no estaban. ,«Seguro se parece a sus padres» pensó, y el ceño se le suavizó. Carraspeó suavemente para hacerse presente. Los tres se separaron despacio. Katya se giró hacia él, y sus ojos se encon
Katya tomó aire, se sentó al borde de la cama y alzó la vista hacia su abuelo. Las palabras empezaban a formarse en su garganta cuando la puerta se abrió despacio. Entró Maksim, sin hacer ruido, con paso firme y tranquilo, sin imponerse, pero llenando el espacio con su presencia. Se detuvo junto a ella, miró a los dos ancianos con respeto y habló con voz serena, profunda y clara.—Permítanme presentarme. Soy Maksim Dragunov. El abuelo lo miró fijamente, entrecerrando los ojos. Lo recorrió de arriba abajo, y entonces el reconocimiento llegó de golpe.—Lo recuerdo. En la recepción del hotel. Estabas allí. Nunca imaginé que…—Es correcto —asintió Maksim—. Y desearía que las circunstancias de nuestro este encuentro hubieran sido distintas. Pero ahora mismo, lo que más me preocupa no es mi nombre ni mi historia. Es ella. —Puso una mano suavemente sobre el hombro de Katya—. Mirenla bien. Lleva varias noches sin dormir. No ha probado bocado en dos días. Ha corrido, ha peleado, ha arriesgado







