LOGINJulieta
Mi vida continuó o al menos hice todo lo posible para convencerme de que así era, durante este año me concentré en mi trabajo y en la búsqueda que jamás había abandonado, había regresado al bar en varias ocasiones, pero nunca encontré una pista de Marcos, tampoco volví a encontrar al hombre con quien había compartido aquella noche. Aun mi sangre se calentaba al recordar sus besos, no podía culpar completamente a la droga que habían puesto en mi bebida por mi comportamiento, la verdad era que aquel hombre me había atraído. No sabía su nombre, no sabía quién era y sinceramente no me importaba saberlo, menos ahora, había sido una noche, una locura que me dio lo más importante, un momento de debilidad que no debía significar nada, sin embargo, nunca pude olvidar su voz. La forma en que me había mirado, la seguridad que trasmitía cuando hablaba y aquellos ojos que se me hicieron familiares y que no había podido olvidar, incluso los había mezclado con los de Marcos. Aparté esos pensamientos de mi cabeza, no podía pensar en eso, no podía haber tenido relaciones con Marcos, ese hombre no podía haber sido él. Había decidido seguir los pasos de mi padre y estudiar periodismo, convencida de que, por medio de mi carrera, algún día encontraría una pista que me llevara hasta Marcos, pero hasta ahora no había sucedido, menos cuando mi jefe solo me veía potencial para cubrir las notas de sociales. Trabajaba en el mismo periódico donde había trabajado mi padre, los dueños eran los Valdés, una de las familias más poderosas de México. Además del periódico, don Maximiliano había construido un enorme imperio con negocios en diferentes sectores antes de morir. La primera y única ocasión que vi a don Maximiliano, algo de él se me hizo familiar, pero nunca supe qué, así que no pensé demasiado. Desde que mi padrino me acogió, podía decir que prácticamente me convertí en un miembro más de aquella familia… —Julieta —levanté la mirada de la pantalla, mi jefe estaba frente a mi escritorio. —¿Qué sucede? —pregunté, pensando ingenuamente que habían aceptado mi cambio de área. —Te necesito esta noche para que cubras un evento —fruncí el ceño con fastidio. —¿Otra nota social? —Y será la nota más importante de tu vida —replicó con una sonrisa, dejó una invitación sobre mi escritorio —cubrirás la presentación del heredero perdido de la familia Valdés Mis ojos se detuvieron sobre la invitación, el escudo de la familia Valdés estaba grabando en el papel. —¿El heredero perdido? —mi jefe amplió su sonrisa. Durante las últimas semanas había escuchado rumore sobre aquel hombre, el hijo de Maximiliano Valdés había desaparecido cuando apenas era un niño, después de que él y su madre fueran secuestrados, nadie sabía que había ocurrido con ellos, hasta ahora. —Pensé que era solo un rumor… —Ya no, está noche doña Altagracia lo presentará oficialmente ante la sociedad —miré la invitación entre mis dedos, mi padrino no me había dicho nada. —¿Y por qué yo? —Porque eres la indicada para este tipo de noticias —puse los ojos en blanco —Claro —Además, sabemos que eres muy cercana a la familia Valdés… —Si lo soy, pero pensé que al fin haría periodismo de verdad…—mi jefe suspiro… —Algún día, Julieta, ahora organízate con el fotógrafo y prepárate… Lo observé alejarse, estaba empezando a considerar seriamente la posibilidad de buscar trabajo en la competencia. Miré de nuevo la invitación, no porque sentía una extraña sensación en el pecho. *********** Respiré profundamente antes de entrar al salón de la mansión Valdés, el lugar estaba lleno de persona importantes, empresarios, políticos, periodistas reconocidos, miembros de la alta sociedad, todos hablaban del mismo tema; el heredero perdido. Me mezclé entre los invitados mientras comenzaba a tomar notas, mi padrino estaba al otro lado del salón conversando con algunas personas, cuando nuestros ojos se encontraron, me dedico una sonrisa que respondí. Volví la atención hacia el resto de los invitados, no sabía que esperaba encontrar, quizá un hombre arrogante, alguien desesperado por demostrar que pertenecía a aquella familia importante o simplemente un hombre común que de repente había descubierto que su vida era completamente diferente de lo que había creído. La música de las cuerdas cesó, las conversaciones fueron apagándose poco a poco. Doña Altagracia, la matriarca de la familia Valdés apareció en medio de los invitados, era una mujer elegante, de porte imponente, su cabello plateado contrastaba con la expresión firme de su rostro. Tomó el micrófono, el salón quedó en completo silencio y el fotógrafo se preparó. —Buenas noches —su voz resonó por todo el lugar —durante muchos años, nuestra familia creyó haber perdido para siempre a uno de sus miembros, hoy después de una búsqueda que parecía imposible, puedo decir que mi nieto finalmente regresó a su casa —los murmullos comenzaron, la matriarca levantó su mano hacía las escaleras, todos dirigimos la mirada, entonces ella pronunció —quiero presentarles al único heredero legítimo de la familia Valdés. Giré la cabeza y entonces lo vi, mis ojos se abrieron con asombro, mi respiración se volvió más lenta al tiempo que mi mundo se detuvo, no…no podía ser. El heredero perdido descendía lentamente por las escaleras, elegante e imponente, seguro de sí mismo, pero no fue su presencia lo que hizo que mi corazón se detuviera, fue su rostro, sus hombros, su mandíbula, sus ojos, aquellos ojos marrones oscuro que había visto ocho años atrás mientras mi padre moría en mis brazos. Por un instante volví a estar en aquella casa, volví a escuchar los disparos, volví a sentir la sangre de mi padre entre mis manos y volví a escuchar la voz de mi padre pronunciando ese nombre con el que viví obsesionada, Marcos. Apreté los puños, era él, no había ninguna duda, podía haber cambiado su ropa, su apellido, incluso haber cambiado su vida, pero no podía cambiar su rostro, no podía cambiar los recuerdos que llevaba ocho años intentando olvidar. Marcos llegó junto a doña Altagracia, ella sonrió con orgullo antes de pronunciar su nombre. —Les presento a Sebastián Valdés… —sentí un escalofrío, ¿Sebastián? No, ese no era el nombre que había escuchado de labios de mi padre, él había dicho Marcos. Lo observé sin poder apartar la mirada, entonces comprendí, el incendio, el cuerpo calcinado, la supuesta muerte, todo había sido una mentira, una mentira orquestada por él, pero esa mentira tenía caducidad y está noche terminaría descubierto, todos tenía que saber quién era él realmente. Una sonrisa amarga apareció en mis labios, Sebastián Valdés, el heredero perdido, mi enemigo. Los aplausos llenaron el salón, y nuestros ojos se encontraron, durante unos segundos ninguno de los dos se movió, él me observó con curiosidad, yo lo miré con todo el odio que había acumulado durante años y entonces sucedió algo que no esperaba, apareció la misma sonrisa de aquella noche. Mi corazón dio un vuelco, no podía ser me había reconocido, pero su expresión no era de miedo, era de interés, como si yo fuera una mujer que acaba de llamar poderosamente su atención, la sangre me hirvió, ese infeliz no podía seguir libre mientras mi padre estaba enterrado. Sebastián bajo del pequeño escalón improvisado para la presentación, comenzó a caminar entre los invitados, algunas personas se acercaban para felicitarlo, varias mujeres le coqueteaban con descaro, pero él simplemente las ignoraba, hasta que sus ojos volvieron a encontrarme y caminó directamente hacía mí, sosteniendo dos copas en las manos. Respiré hondo, por ocho años había esperado este momento, seguramente a exigirme que guardara silencio, pero estaba muy equivocado que me iba a quedar callada, está noche todos sabrían que Sebastián Valdés era un asesino. Se detuvo frente a mí, extendió una de las copas… —¿Nos conocemos? —sentí un escalofrío, esa voz, era la misma, la misma voz que había escuchado aquella noche, la misma que recordaba durante un año, la voz del hombre del antifaz, no podía ser, había tenido relaciones con el asesino de mi padre…Julieta A lo lejos comencé a escuchar voces y pasos apresurados.—Quédate conmigo, por favor —susurré, su rostro seguía inmóvil, y por primera vez no me importó que fuera el hombre que había matado a mi padre, solo quería que abriera los ojos y volviera a llamarme conejita. Guillermo fue el primero en llegar, al ver a Sebastián tendido en el suelo, sacó su teléfono y llamó a una ambulancia. Yo apenas podía pensar, el auto desde el que nos habían disparado ya había desaparecido y, como todo ocurrió demasiado rápido, no conseguí distinguir las placas ni el rostro del atacante. —¿Estás herida? —preguntó Guillermo, negué con la cabeza.Volví a mirar a Sebastián, gracias a él ninguna bala me había alcanzado, mientras presionaba su herida, no podía dejar de preguntarme por qué había arriesgado su vida para salvarme. Un asesino no tenía por qué protegerme, mucho menos recibir una bala por mí. La ambulancia llegó pocos minutos después, los paramédicos atendieron rápidamente a Sebastián,
Julieta La voz de Sebastián resonó a mis espaldas, cerré los ojos sintiendo que la sangre abandonaba mi rostro. No podía ser, había escuchado.Giré lentamente y me encontré con su mirada cargada de diversión, bajé los ojos por un instante, pero no pude evitar observarlo de reojo, llevaba un traje negro impecable, sin corbata y la camisa blanca tenía el primer botón abierto, dándole un aspecto elegante, pero ligeramente despreocupado. Maldito hombre ¿Por qué tenía que verse tan bien?Miré rápidamente a Bere, ella parecía hipnotizada, como si acabara de aparecer el protagonista de una película romántica frente a ella. Tartamudeé un poco, pero al final logré hilar una respuesta.—Si, como cualquier otro —respondí con indiferencia, para mi mala suerte, sus labios se ampliaron en una hermosa sonrisa, ¡maldita sea! ¿Por qué tenía que sonreír precisamente así? —¿Qué haces aquí? —pregunté con brusquedad. —Vine a conocer el periódico —dijo con total seguridad —y a una entrevista —abrí los
Julieta Salí de la mansión Valdés con la cabeza llena de preguntas, ¿Por qué mi padre me había comprometido con Sebastián? Y ¿Por qué don Maximiliano había aceptado? ¿Y si yo amaba a otra persona? ¿Cómo podía mi padre esperar que cumpliera una promesa que cumpliera una promesa que nunca había hecho? Apreté los labios, aunque, pensándolo bien, nada de aquello estaría sucediendo si Sebastián no hubiera aparecido de nuevo, jamás me había enterado de la maldita cláusula testamentaría. No sabía qué estaba pasando por la cabeza de mi padre cuando aceptó aquel compromiso, pero, sin saberlo, me había atado al hombre que era responsable de su muerte. Desde donde estuviera, seguramente debía estar arrepentido de haberme dejado a merced de un hombre como Marcos o Sebastián, ya ni siquiera sabía cómo debía llamarlo.Subí a mi auto y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria, apoyé las manos sobre el volante, pero no encendí el motor, mi mente regresó a la noche anterior, a Sebastián, a s
SebastiánEl silencio que siguió a las palabras de mi abuela fue absoluto. Me quedé mirándola, convencido que había escuchado mal. ¿Casarme? ¿Con Julieta? Desvié la mirada hacia ella, estaba tan sorprendida como yo, pero había algo más en sus ojos, rechazo. Un rechazo tan evidente que me hizo preguntarme si acaba de escuchar una sentencia de muerte en lugar de una propuesta de matrimonio. Permanecí inmóvil durante unos segundos, hasta que solté una risa breve, carente de humor. —¿Me estás diciendo que debo casarme con ella para recibir mi herencia? —pregunté, todavía incrédulo. —Si —su respuesta fue tranquila, como si acabara de decirme que debía firmar cualquier documento. Me recosté contra el respaldo de la silla y crucé los brazos. —¿Por qué con ella? —mi abuela levantó los hombros. —No lo sé, Sebastián, tu padre así lo dispuso en su testamento —dijo mi abuela. Volví a mirar a Julieta, no parecía una mujer emocionada porque acabaran de decirle que iba a casarse con el her
Julieta Me quedé inmóvil al sentir de nuevo los labios de Sebastián sobre los míos, eran ardientes, firmes y suaves al mismo tiempo, exactamente como los había recordado durante tantas noches. Por un segundo, olvidé quien era, solo podía pensar en leoncito y en todo lo que aquel hombre había en mí aquella noche, un año atrás.Mi corazón dio un vuelco, el calor comenzó a subir por mi cuerpo mientras un temblor involuntario recorría mis piernas. Él presionó sus labios con más intensidad contra los míos y por instinto entreabrí la boca, Sebastián deslizó su lengua dentro de mí y me acercó más a él, hasta que pude sentir la firmeza de su cuerpo contra el mío, su calor me envolvió dejando sin espacio entre nosotros.Sebastián deslizó una mano por mi espalda hasta llegar a mi cadera, sus dedos se hundieron en mi carne y la presionó contra de sí. El recuerdo de su polla dentro de mí, provoco un gemido que fue absorbido por su beso, sentí humedad en mi feminidad. Mis dedos se aferraron a s
Sebastián—Es mi hija —una voz masculina detrás de Julieta me hizo desviar la mirada. Era el hombre que mi abuela me había presentado como mi tío Rodrigo. —¿Entonces eres mi prima? —pregunté con poco de desilusión, pero ella de inmediato negó con la cabeza. —No soy su hija…—Pero como si lo fuera —interrumpió Rodrigo, rodeó los hombros de Julieta con su brazo, no me gustó, no supe exactamente por qué, quizá fue la manera posesiva en que la sujeto o quizá la forma en que me miró, como si estuviera advirtiéndome que mantuviera las manos lejos de ella, algo que por alguna razón, no pensaba obedecer —durante cinco años vivió conmigo y mi hija... Observé su brazo alrededor de los hombros de Julieta, había algo en aquella escena que me incomodaba, no parecía simplemente el gesto de un padre cariñoso. —Mucho gusto, Julieta —le extendí la mano, vi la indecisión en su rostro antes de que finalmente estrechara la mía, en cuanto nuestras manos se tocaron, una corriente eléctrica familiar rec







