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Capítulo 5: Conejita

Penulis: Elena RGR
last update Tanggal publikasi: 2026-10-14 04:54:21

Sebastián

—Es mi hija —una voz masculina detrás de Julieta me hizo desviar la mirada. Era el hombre que mi abuela me había presentado como mi tío Rodrigo.

—¿Entonces eres mi prima? —pregunté con poco de desilusión, pero ella de inmediato negó con la cabeza.

—No soy su hija…

—Pero como si lo fuera —interrumpió Rodrigo, rodeó los hombros de Julieta con su brazo, no me gustó, no supe exactamente por qué, quizá fue la manera posesiva en que la sujeto o quizá la forma en que me miró, como si estuviera advirtiéndome que mantuviera las manos lejos de ella, algo que por alguna razón, no pensaba obedecer —durante cinco años vivió conmigo y mi hija...

Observé su brazo alrededor de los hombros de Julieta, había algo en aquella escena que me incomodaba, no parecía simplemente el gesto de un padre cariñoso.

—Mucho gusto, Julieta —le extendí la mano, vi la indecisión en su rostro antes de que finalmente estrechara la mía, en cuanto nuestras manos se tocaron, una corriente eléctrica familiar recorrió mi cuerpo, fue instantánea, extraña e intensa.

Bajé la mirada hacia nuestras manos, entrelazadas y después volví a observar su rostro ¿Por qué sentía que la había tocado antes?

—Él gusto es mío, señor Valdés —respondió, mentira, no había ningún gusto en su voz…

—Por favor, dime Sebastián —sonreí ligeramente —como hija adoptiva de mi tío y amiga de mi prima, probablemente nos veremos seguido —ella solo asintió con la cabeza, después giró el rostro y le regaló una sonrisa cariñosa a Rodrigo.

Una punzada de molestia apareció en mi pecho, no tenía ningún derecho a sentirme así, apenas la conocía o no.

—Si me permiten, debo seguir trabajando —se apartó de Rodrigo, e intentó darse la vuelta para alejarse, no sé qué me impulsó a hacerlo, pero tomé su muñeca para detenerla.

Julieta se detuvo, mirando nuestras manos.

De inmediato Rodrigo reaccionó, su expresión se endureció y dio un paso hacia nosotros, estuvo a punto de apartar mi mano, pero se detuvo.

Lo miré durante un segundo, él me sostuvo la mirada había algo extraño en sus ojos, una advertencia, después volví mi atención hacia Julieta.

—¿Cómo una mujer tan hermosa viene a trabajar a una fiesta en lugar de divertirse? —pregunté, me miró directamente

—Ya ves, si me permites —dio un paso, yo avancé hacia ella y me interpuse en su camino, había algo dentro de mí que no quería dejarla ir.

—Concédame un baile, Julieta…

—No me gusta bailar —respondió sin ningún tipo de delicadeza, en lugar de molestarme, consiguió divertirme.

—Me alegra —frunció el ceño

—¿Por qué? —preguntó, me incliné ligeramente hacia ella

—Porque tengo dos pies izquierdos —respondí, por primera vez vi algo diferente en su expresión, no era odio, era sorpresa —¿Por qué no me acompañas está noche?

Julieta abrió la boca para responder, pero la voz de mi abuela nos interrumpió.

—Es una excelente idea —se acercó a nosotros con una sonrisa —Julieta, querida, creo que ya fue suficiente con las fotografías, es momento de que te diviertas y acompañes a mi nieto —después tomó a su sobrino del brazo —Rodrigo acompáñame, dejemos que los chicos se diviertan.

Mi tío me lanzó una mirada que no supe interpretar antes de dejarse arrastrar por ella. Julieta y yo quedamos solos, ella suspiro y levantó su rostro con altivez.

Le ofrecí mi brazo, por un instante vi en sus ojos que quería rechazarme, pero al final no lo hizo, tomó mi brazo y comenzamos a caminar en silencio ante la mirada de todos, sentía la tensión en cada uno de sus movimientos.

—Julieta… —rompí el silencio, pero ella me interrumpió.

—Ya sé lo que me vas a pedir —la miré sorprendido.

—¿Ah, sí?

—No quieres que hable de lo que hiciste hace ocho años —fruncí el ceño.

—¿De qué hablas? —pregunté, levantó el rostro, sus ojos buscaron algo en los míos.

—No finjas conmigo inocencia conmigo, Marcos —abrí los ojos, ella conocía mi anterior nombre —tú y yo sabemos lo que hiciste —miró a nuestro alrededor, asegurándose de que nadie pudiera escucharnos —pero ni pienses que voy a quedarme callada, tu abuela sabrá la clase de nieto que tiene.

La observé detenidamente, no entendía absolutamente nada, nos detuvimos fuera del salón, lejos de los invitados.

—¿Y qué fue lo que hice hace ocho años? —pregunté, sus ojos se llenaron de coraje, me soltó y dio unos pasos lejos de mí.

—Si quieres jugar a borrar tus culpas cambiando de nombre, no cuentes conmigo —regreso y me señaló con el dedo índice —todos van a saber quién eres, que hiciste antes de convertirte en Sebastián Valdés.

Tomé su mano y la dejé apoyada sobre mi pecho.

—Oh ¿y tú lo sabes? —la miré fijamente —me gustaría escucharlo, ¿quién soy?…

—No te burles de mí —su voz estaba cargada de rabia —no porque ahora tienes un apellido importante vas a evitar enfrentarte a la justicia —otra vez apareció aquel odio en sus ojos, el mismo que había aparecido en mis sueños, solo que ahora tenía un rostro, el suyo.

Ladee la cabeza.

—¿Por qué la justicia? —guardó silencio —¿Qué crimen cometí según tú? —sus labios se entreabrieron, parecía debatirse entre decirme la verdad o macharse —dime que pasó hace ocho años…

Julieta se mordió el labio, por primera vez vi duda en su mirada.

—Dime, Julieta…

Bajó la mirada.

—Nada —respondió soltando un suspiro —no paso nada.

—No —negué con la cabeza —dime la verdad…

—¡Que no pasó nada! —se soltó de mi agarre y dio la vuelta —será mejor que volvamos al salón.

La dejé dar un paso, después hablé.

—¿Por qué me odias? —pregunté, se detuvo y me acerqué y aparté un mechón de cabello que había caído sobre su rostro, ella se estremeció.

—Tú mejor que nadie debes saberlo —dijo mirándome fijamente.

—No —mi voz salió más baja —no tengo idea —por primera vez pareció realmente desconcertada, dio un paso atrás —¿Cómo sabes que antes de mi abuela me encontrara, me llamaba Marcos?

—Simplemente lo sé —dijo demasiado rápido levantando su barbilla.

Di un paso hacia Julieta, podía ver cuánto me odiaba, pero no tenía idea por qué. Ella retrocedió un paso, después otro, hasta que su espalda chocó contra la pared, me detuve frente a ella, podía sentir como su cuerpo temblaba por mi cercanía…

—¿Por qué tiemblas?...

Mi mirada descendió hasta sus labios, Julieta abrió la boca, pero respondió, no sabía que me estaba ocurriendo, ella despertaba algo en mí que no conseguía comprender, al tenerla así de cerca, su aroma y su voz, todo me resultaba familiar, y entonces un recuerdo diferente apareció, no era una casa, no había sangre, más bien había música.

La mujer del antifaz de conejo, sus ojos, su voz, sus labios, sentí un golpe en el pecho, la miré fijamente, no era imposible.

—Tú —susurré.

Julieta palideció, por un instante vi miedo en sus ojos.

—¿Qué?

Me quedé observándola, la mujer cuyos besos no había podido olvidar, la mujer que se fue antes de que pudiera siquiera preguntarle su nombre, mi respiración se volvió más pesada, Julieta permanecía inmóvil contra la pared, observándome como si intentara descubrir que estaba pasando por mi cabeza.

—Sebastián… —pronunció mi nombre en un susurro, algo extraño se movió dentro de mí al escucharla, levanté una mano y rocé suavemente su mejilla, su respiración se detuvo la mía también y durante un instante ninguno de los dos se movió, la observé.

Ella me miraba como si estuviera luchando contra algo dentro de sí, yo también, no sabía quién era realmente Julieta, no sabía qué había ocurrido entre nosotros hacia ochos años y no sabía todavía porque ella me recordaba a la mujer del bar, pero sabía una cosa, no era una desconocida, me incliné lentamente hacia ella, nuestros labios quedaron a escasos centímetros.

—¿Por qué siento que ya hemos estado así de cerca? —susurré, Julieta cerró los ojos, no respondió y saber porque la besé.

El contacto despertó otro fragmento en mi memoria, luces, música, el antifaz, sus labios y sus manos y aquella misma sensación que ahora recorría mi cuerpo.

—Conejita…

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