LOGINDevora sonrió.La reacción de Davinna había sido exactamente la que esperaba. El movimiento de su mano se había detenido sobre la bandeja y, durante unos segundos, no había pronunciado una sola palabra.Aquello le produjo una satisfacción difícil de disimular.Sin embargo, Davinna terminó elevando el rostro.En realidad, la noticia no debería sorprenderla.Matthias era extremadamente rico. Pertenecía a una de las familias más poderosas de Sicilia y, aunque su fortuna no tuviera nada que ver con la de los hombres comunes, supuso que algunas cosas funcionaban igual entre millonarios y mafiosos. Los hombres como él se casaban. Formaban alianzas, protegían apellidos, aumentaban fortunas y aseguraban descendencia.Y después de todo, Devora tampoco había dicho ninguna mentira.Que Matthias y ella hubieran terminado en la cama un par de veces no la convertía en dueña de su verga. Matthias le gustaba. Mucho más de lo conveniente.Y estaba bastante segura de que ella también le gustaba a él.
Davinna, que acababa de dejar su bolso sobre una consola, levantó la cabeza.No esperaba aquello. Por supuesto que sabía que iria con él, pero sinceramente había creido que Devora también acudirá No ofreció ninguna explicación adicional.Para él parecía una decisión ya tomada.Devora permaneció inmóvil.—Entiendo —respondió después de un instante, componiendo una sonrisa perfectamente educada.Por dentro, sin embargo, sintió que algo se le retorcía con violencia.Había acompañado a Matthias el año anterior porque era la viuda de Leonel Angelini. Su presencia junto al nuevo capo había resultado lógica ante las demás familias.Ahora Matthias acababa de reemplazarla con Davinna como si aquello careciera de importancia.Y lo peor era que probablemente para él realmente carecía de ella.Matthias volvió a mirar a Davinna.—Come bien —ordenó, reparando en que todavía faltaban varias horas para la cena.Davinna arqueó una ceja.—Sé alimentarme sola.Matthias sostuvo su mirada durante un segu
La instalación había comenzado antes de que Davinna llegara a La Dolce Vite y, para media mañana, el interior de la pastelería parecía más un pequeño taller que el negocio ordenado que ella acostumbraba mantener. Dos técnicos terminaban de conectar el enorme horno industrial mientras un tercero ajustaba las puertas de una vitrina refrigerada completamente nueva. Davinna permanecía frente a esta última con las manos apoyadas sobre la cintura, observándola con una mezcla de incredulidad y satisfacción. —De verdad envió una vitrina —comentó, pasando los dedos por uno de los bordes impecables del cristal. El técnico que revisaba el sistema eléctrico levantó brevemente la cabeza. —El señor Angelini ordenó reemplazarla —explicó mientras volvía a concentrarse en los cables—. Lo cual fue la mejor decisión, no tenía sentido conservar uno que tendría que cambiarse dentro de poco. Davinna se sintió aliviada, ese horno era mejor que el que ella habría podido comprar sin comprometer sus
La puerta de la oficina volvió a abrirse y Francesco entró a la estancia sosteniendo una carpeta de color azul bajo el brazo. Al ver la bola de papel en la papelera y la postura rígida de su jefe con las manos apoyadas en el borde del escritorio, Francesco no necesitó preguntar qué había pasado. Conocía a Matthias desde hacía más de quince años; sabía de sobra que el único tema capaz de romper esa máscara de hielo era el asunto de la familia y las presiones del consejo. La mafia era una perra. Le había dado a Matthias una reputación temible, un poder absoluto en la ciudad y una fortuna tan grande que no podría gastarla ni en tres vidas. Pero también se lo había arrebatado todo en el proceso. Primero su madre, cuando apenas era un niño que no entendía por qué había hombres armados en el vestíbulo de su casa, y años más tarde a Leonel, su hermano. Quizá por esa misma razón, Matthias había prolongado tanto la idea de construir una familia propia, manteniendo a todos a una distancia prud
A varios kilómetros de la mansión, en el corazón del distrito financiero de la ciudad, la actividad trascurría con un ritmo completamente distinto. Un edificio de fachadas de cristal y granito albergaba las oficinas centrales de una empresa de importaciones navieras que servía como la fachada perfecta para blanquear los millones de euros que movía la organización de los Angelini.En el último piso, dentro de un despacho amplio de paredes amaderadas y grandes ventanales, el aire olía a cuero costoso y al aroma concentrado de un café expreso recien servido.Matthias estaba sentado detrás de su escritorio. Vestía un traje de tres piezas ajustado a sus hombros anchos, sin una sola arruga visible. Frente a él, acomodado en un sillón de piel negra con la espalda inclinada hacia atrás, se encontraba Don Vincenzo, un capo siciliano de edad avanzada, de cabello blanco bien peinado y rostro surcado por arrugas profundas que delataban décadas de sobrevivencia en el crimen organizado.—Escuché qu
Cuando Davinna abrió los ojos por la mañana, la luz clara del sol cruzaba las cortinas de la habitación, iluminando las motas de polvo que flotaban en el ambiente. Se giró despacio entre las sábanas de seda gris, estirando una pierna hacia el lado donde poco antes se encontraba el cuerpo caluroso de Matthias. El colchón estaba frío y completamente vacío.Se incorporó apoyándose en los codos y la sábana cayó hasta su cintura, dejándola al descubierto en medio de aquella cama enorme. La piel le escocía con una sensibilidad eléctrica, un recordatorio de las horas anteriores, del peso de sus manos y de la fuerza con la que se había clavado en ella. Miró la mesa de noche. Junto a un vaso de agua medio lleno, descansaba un frasco de vidrio ámbar con una etiqueta blanca: las vitaminas prenatales que el médico le había recetado. Matthias no le había dicho una sola palabra al respecto, pero se había asegurado de dejárselas al alcance de la mano antes de marcharse sin hacer ruido.Davinna soltó







