FAZER LOGINMatthias presidía la mesa principal en una amplia sala de juntas, acompañado por los capos más influyentes de la mafia del sur de Italia. El ambiente estaba tenso, lleno de humo de puros y voces graves discutiendo el control de los muelles de Palermo. En medio de un debate acalorado, el celular de Matthias vibró sobre la mesa. Los hombres guardaron silencio al instante, sabiendo que nadie interrumpía al jefe a menos que fuera un asunto de vida o muerte.
Matthias tomó el aparato, vio la pantalla y respondió sin levantarse del asiento. —Habla —soltó con frialdad. —La tenemos, señor —se escuchó desde el otro lado de la línea—. Salió de su pastelería y camina hacia una clínica privada en el centro. Matthias tamborileó los dedos sobre la mesa, apretando la mandíbula mientras la imagen de Davinna volvía a golpear su mente. No pensaba dejar que se le volviera a escapar. —Síganla todo el tiempo. Si la pierden, están muertos —ordenó, colgando de golpe antes de mirar a los mafiosos que lo observaban en silencio—. Continuemos. ... Mientras tanto, a un par de kilómetros de ahí, Davinna cruzaba las puertas de vidrio de la clínica. Sentía las manos frías y las piernas le temblaban. Se sentó en la sala de espera apretando su bolso contra el vientre. Las pruebas caseras fallaban todo el tiempo, se repetía a sí misma para no colapsar. En la calle, el automóvil negro permanecía estacionado a escasos metros de la entrada principal. Los hombres de Matthias no necesitaban armar un espectáculo para obtener información. Para los Angelini, el dinero y la influencia abrían cualquier puerta. Uno de los escoltas bajó del vehículo, caminó hacia la recepción de la clínica y se acercó a un empleado del área administrativa. Le bastó deslizar un sobre abultado sobre el mostrador y pronunciar el nombre de Davinna Allen para que el recepcionista abriera el expediente en la pantalla sin poner un solo pero. Dentro del consultorio, el médico revisó los análisis de laboratorio y levantó la vista hacia Davinna con una sonrisa amable. —Felicidades, señorita Allen. Los resultados no dejan lugar a dudas. Está embarazada de cuatro semanas. Las palabras del doctor la hicieron perder el aliento. El aire se le escapó de los pulmones. Se quedó completamente paralizada en la silla, con los ojos desorbitados, sintiendo cómo el mundo se derrumbaba por segunda vez en tan poco tiempo. Salió del consultorio en total estado de shock, caminando lento hasta cruzar la salida de la clínica, hasta que se dejó caer en una banca de madera en la pequeña plaza de enfrente. Se cubrió la cara con las manos, intentando procesar la noticia. Pensó en todo lo que había perdido: la traición vil de su prometido con su hermana,, la forma en que su madre la había golpeado, la vergüenza, y ahora la aterradora idea de ser madre soltera mientras intentaba sacar adelante su pastelería. Estaba completamente sola. Una mujer que acababa de salir de la misma clínica la observó con lástima y se acercó despacio a la banca. —Disculpa que me meta, pero no te ves nada bien —dijo la mujer suavemente, sacando una tarjeta de su abrigo—. Mira, si quieres deshacerte del problema como voy a hacerlo yo, hay una clínica muy buena a las afueras donde lo hacen sin preguntas. Toma. Davinna tomó la tarjeta, sin responder. En la banca de junto, un hombre con traje oscuro fingía leer un periódico. En cuanto vio a la mujer alejarse y a Davinna guardarse la tarjeta, se llevó una mano al oído y marcó a Francesco. —Señor Martini, la mujer acaba de salir de la consulta. Está embarazada. Pero hay algo más: una mujer se le acercó y le dio la información de otra clínica. Creemos que está pensando en deshacerse del bebé. Cuando Francesco entró a la sala de juntas y le susurró la noticia al oído a Matthias, el capo perdió el control por primera vez en años. Se puso de pie de golpe, volcando la pesada silla de cuero contra el suelo. Los mafiosos presentes se sobresaltaron, viendo cómo la cara de Matthias se transformaba. Sicario, el mono capuchino, aprovechó para tomar un encendedor que estaba sobre la mesa. —¿Que quiere qué? —bramó Matthias, con los puños apretados. Para él, un aborto era completamente inaceptable. Ese bebé llevaba su sangre, era un Angelini antes incluso de haber nacido. La sola idea de que esa mujer pretendiera eliminar a su heredero le encendía la sangre. Cientos de mujeres darían lo que fuera por llevar a un hijo suyo en el vientre, y Davinna simplemente estaba considerando tirarlo a la basura. No iba a permitirlo bajo ninguna circunstancia. —Señor, cálmese —intentó intervenir Francesco, poniéndole una mano en el hombro mientras salían al pasillo—. Quizá solo habló desde el miedo, está sola. Todavía no ha tomado ninguna decisión. —¡Me importa una m****a su miedo! —la voz de Matthias resonó en todo el corredor—. Ese niño es mi sangre. Nadie toca a un Angelini. A partir de ese momento, la orden fue clara: vigilancia permanente para Davinna. Durante los días siguientes, los hombres de Matthias la siguieron a todas partes. La observaban desde las esquinas mientras abría la pastelería, la veían tambalearse por los mareos y tomaban nota de cada uno de sus movimientos. La tensión llegó a su punto de quiebre cuando Davinna, desesperada y abrumada por la ansiedad en su departamento, cometió el error de llamar al número de la tarjeta para pedir informes sobre la interrupción del embarazo. Los hombres de Matthias tenían su teléfono intervenido desde hacía días. —Solo... quería saber los costos y los horarios —murmuró Davinna por el auricular, con el corazón latiéndole a mil por hora. Pero al escuchar las explicaciones frías de la operadora del otro lado, sintió un asco profundo hacia sí misma. Colgó de golpe sin agendar nada. Se llevó las manos al vientre avergonzada por haberlo siquiera considerado. —Perdóname... jamás me atrevería a hacerte algo así —susurró hacia su vientre, sintiendo una calidez extraña dentro de ella—. No soy una cobarde, no te preocupes. Mamá te va a sacar adelante sola, no necesitamos a nadie. La imagen de Matthias llegó a su mente. Pensó que, aunque era un desconocido, tal vez lo correcto era avisarle que iba a ser padre. Pero ¿cómo? Ni siquiera sabía su apellido, no tenía su número ni la menor idea de dónde buscarlo. Joder, esa vez ni siquiera supo cómo fue que pidió el taxi que la llevó de regreso a su casa. Sin embargo, para los hombres que escucharon la grabación de la llamada, la consulta telefónica fue interpretada como la confirmación definitiva de que pensaba abortar. Cuando Francesco le llevó la novedad a Matthias, el mafioso no lo dudó un segundo más. La paciencia se le había terminado por completo. —Esa mujer no va a abortar a mi hijo —dijo Matthias con una frialdad aterradora—. Es un Angelini. Vayan por ella ahora mismo y llevenla a mi apartamento. ... Al caer la noche, Davinna terminó de limpiar la cocina de la pastelería. Chiara ya se había ido a casa y laa calles estaban tranquilas. Le dio la vuelta a la llave en la cerradura del local, ajustó su abrigo y se dispuso a caminar hacia su departamento, creyendo que sería una noche tranquila como cualquier otra. De pronto, tres camionetas negras de cristales polarizados se detuvieron en seco justo frente a ella, cerrándole el paso. Davinna sintió una descarga de pavor en el estómago. Dio un paso atrás, con la intención de salir corriendo hacia el callejón contiguo, pero las puertas del vehículo central se abrieron de golpe. Un hombre elegante, maduro y de porte impecable bajó del asiento trasero. Caminó hacia ella con una calma absoluta, manteniendo las manos en los bolsillos. —Buenas noches, señorita Allen —dijo Francesco con voz firme—. El señor Angelini desea hablar con usted. —Me confunde, no conozco a ningún Angelini —respondió Davinna con la voz entrecortada, retrocediendo a toda prisa, buscando desesperadamente una vía de escape. No tuvo tiempo de dar dos pasos. Dos hombres corpulentos aparecieron a sus espaldas, interceptándola. Antes de que pudiera gritar o pedir ayuda, una mano enorme le sujetó la cabeza por detrás y le presionó un trapo húmedo fuertemente contra la nariz y la boca. Davinna luchó con todas sus fuerzas, pataleando y tratando de zafarse del agarre, pero un olor dulce y penetrante inundó sus pulmones. La visión se le volvió borrosa casi de inmediato. Las fuerzas se le escaparon del cuerpo, las piernas le fallaron y, justo cuando todo se volvió negro, los hombres la levantaron en brazos y la obligaron a subir al vehículo antes de arrancar a toda velocidad.—Joder... qué apretada estás —gruñó él, cerrando los ojos un segundo mientras se contenía para no venirse ahí mismo.Davinna removió sus caderas y pronto Matthias empezó a salir y entrar con embestidas duras, rápidas y constantes. El sonido de su piel chocando con la de ella llenó la habitación junto con las respiraciones agitadas. La droga en su cuerpo lo volvía implacable; no tenía la paciencia habitual, solo el impulso de embestir con toda la fuerza de su cuerpo masivo.Davinna clavó las uñas en las sábanas, moviendo las caderas al ritmo de los golpes de él.—Más... no pares —le pidió ella con la vista nublada, perdiendo la cabeza por la intensidad.«Controlate Davinna» Se dijo así misma en su mente.Matthias bajó la cabeza y volvió a atrapar sus pechos. Mordisqueó suavemente un pezón mientras sus manos se cerraban alrededor de los senos de Davinna, apretándolos con firmeza. Le fascinaba ver cómo se mecían con cada una de sus embestidas.—¿Te gusta así de duro, verdad? —le dijo él
El calor en la garganta de Matthias se sentía como si hubiera tragado brasas, pero la dosis no estaba completa. No se había tomado todo el whisky de la copa cuando el mono la tiró al suelo, y esa pequeña fracción de lucidez que le quedaba en la cabeza comenzaba a abrirse paso entre la niebla caliente de la droga. Sus sentidos estaban alterados, el pulso le retumbaba en los oídos como un tambor fuera de ritmo y una necesidad animal de descargar la presión en la entrepierna lo estaba volviendo loco, pero sabía exactamente a quién tenía enfrente. Olía a su jabón tan dulce como aquel aroma de sus pastelillos, su piel fresca. Era Davinna.Con un gruñido bajo que le vibró en el pecho, Matthias la sujetó de las caderas antes de que ella pudiera dar un paso atrás. La levantó del suelo y caminó dos pasos hasta estamparla contra la pared junto al armario. El golpe hizo que a Davinna se le escapara un gemido de sorpresa, pero antes de que pudiera protestar, los labios de Matthias cayeron sobre l
En lo alto del sillón, Sicario ladeó la cabeza. El animal emitió un chillido molesto, notando el gesto extraño de la mujer sobre el vaso de su dueño. Matthias terminó la llamada a los pocos segundos, guardó el aparato, regresó al sillón y, sin sospechar absolutamente nada, se tomó la mitad del cristal de un solo trago. Pasaron apenas cinco minutos. Matthias comenzó a sentir un calor sofocante corriendo por su cuello. El pulso se le disparó de forma alarmante, una pesadez extraña se apoderó de sus párpados y una ola de excitación física irracional y fuera de control comenzó a golpear su cuerpo. Apoyó los puños sobre la mesa, confundido por la repentina falta de aire. Sabía que algo andaba mal, pero su cerebro no lograba coordinar las ideas con claridad. Devora vio el efecto inmediato y no perdió el tiempo. Se aproximó a él, fingiendo preocupación: —¿Matthias? ¿Qué te pasa? —Tengo... demasiado calor —gruñó él, intentando aflojarse el cuello de la camisa con dedos torpes. De
El corazón de Davinna dio un vuelco. Durante un instante sintió la tentación de desafiarlo para ver si era capaz de cumplir la amenaza en medio de un restaurante lleno, pero decidió que no le daría el gusto de perder el control tan rápido. Tomó una de las fresas más grandes con el tenedor y se la extendió directamente a la boca.—Cómete esto y cállate un rato —dijo ella con una sonrisa irónica.Matthias la miró de reojo, tomó la fresa con los dientes de la mano de ella y la masticó sin apartar los ojos de su cara.El momento se rompió de golpe cuando el teléfono personal de Matthias vibró con insistencia sobre la mesa de madera.Él echó un vistazo a la pantalla. La chispa de provocación que llevaba en el rostro desapareció instantáneamente, sustituida por una máscara de piedra. Descolgó y se llevó el aparato a la oreja sin emitir sonido.—Habla —ordenó.La voz de Francesco sonó al otro lado de la línea, distorsionada por el viento de fondo. Davinna notó cómo la postura de Matthi
Davinna caminó hacia la zona de vestidores llevando la prenda de seda entre los brazos. Se deslizó tras la cortina pesada y se despojó de su ropa con rapidez. Cuando se ajustó el vestido verde esmeralda y bajó la vista para subir el cierre, tuvo que reconocer la precisión del corte: el satén se adhería a su cintura sin apretar, caía en una curva fluida sobre sus caderas y marcaba su busto con una tentación innegable.Afuera, Matthias permanecía de pie en medio del salón principal, ignorando por completo los murmullos temblorosos del personal. No sacó las manos de los bolsillos del pantalón ni dejó de emitir esa aura pesada mientras esperaba.Cuando la cortina volvió a abrirse, el ligero roce de la tela atrajo la atención del italiano.Davinna dio un paso hacia la luz del salón. El tono esmeralda hacía contrastar la calidez de su piel, moldeando su figura de una forma espectacular.Matthias se quedó en silencio. Sus ojos oscuros recorrieron el cuerpo de Davinna despacio, empezando
Donatela le mostró el vestido verde que llevaba en las manos colocandolo encima de su ropa, pegandolo descaradamente a sus pechos Matthias la observó de pies a cabeza con la fría distancia con la que se evalúa a un animal de carga. —Déjalo, Davinna —dijo él secamente. Donatella sonrió con superioridad, creyendo por un instante que el hombre le estaba sugiriendo que se quedara con la prenda. —Sabía que alguien con buen gusto entendería que... —Se le verá horrible de cualquier forma —la cortó Matthias sin alterar el tono de voz. Un silencio incómodo aplastó la tienda. Donatella se quedó paralizada con la boca entreabierta, mientras el rostro de Carlotta se encendía de rabia. —Solo mirala, es fea y más plana que una tabla —continuó Matthias, cruzándose de brazos y clavando la mirada en Donatella sin la menor piedad—. No tiene el cuerpo para llenar esa tela. Davinna abrió los ojos sorprendida, teniendo que apretar los labios con fuerza para evitar que se le escapara una pequeña r







