FAZER LOGINEl viento helado de Manhattan golpeaba contra los enormes ventanales del Hospital Mount Sinai, pero el verdadero frío estaba en las manos de Emma.
Miró el estado de cuenta que acababan de entregarle. Doscientos cincuenta mil dólares. Esa era la exorbitante cifra que costaba mantener el corazón de su madre latiendo en cuidados intensivos.
—Señorita Castellanos —la voz del doctor Evans la sacó de su pesadilla. Era un hombre mayor, de mirada firme—. El seguro médico ha sido revocado. Sé que la situación con su padre es… delicada, pero el hospital tiene reglas. Necesitamos el pago inicial a más tardar la próxima semana, o tendré que ordenar el traslado a un centro público. Y, siendo honesto, en su estado crítico, dudo que resista el viaje.
Emma asintió, incapaz de tragar. Sentía un bloque de cemento aplastándole el pecho.
—Conseguiré el dinero, doctor. Se lo juro —susurró, aunque ni ella misma sabía cómo. Su miserable sueldo como asistente apenas le daba para pagar la renta de un cuartucho húmedo en Queens.
El médico asintió con pesadez y dio media vuelta. Emma se dejó caer en un sillón de la sala de espera y se tapó la cara con las manos.
Su vida se había ido al demonio el día que su padre las echó a la calle para meter a su amante a la mansión familiar, provocándole a su madre el infarto que hoy la tenía al borde de la muerte.
Estaba exhausta, sin un centavo y completamente sola. De pronto una voz chillona la sacó de sus trémulos pensamientos.
—Por Dios, este lugar deprime a cualquiera. No sé cómo soportas estar aquí metida, Emma.
Emma levantó la mirada de golpe.
Ahí estaba Leah, su hermanastra, luciendo como si acabara de salir de una pasarela. Llevaba un abrigo de lana, botas impecables y el cabello rubio perfectamente peinado, desafiando el clima de la ciudad.
—¿Qué haces aquí, Leah? —espetó Emma, poniéndose de pie de inmediato. No iba a mostrarse débil frente a ella—. Este no es tu ambiente. Podrías ensuciarte los zapatos.
Leah soltó una risita suave y se acomodó su bolso Chanel sobre el hombro.
—Ay, no te pongas a la defensiva. Vine porque mamá y yo estamos muy preocupadas por... bueno, por la enferma. Y además, tenía que traerte esto en persona.
De su bolso sacó un sobre grueso. Era de papel importado, con detalles en relieve dorado y cerrado con un sello de cera color vino.
Se lo tendió a Emma con una sonrisa cínica que daban ganas de arrancarle de una bofetada.
—Me caso —anunció Leah, fingiendo emoción—. Y como el amor no espera, la boda será este mismo fin de semana. Tiraremos la casa por la ventana para celebrarlo con todos los socios de papá. Por supuesto, quiero que estés ahí. Ahora somos familia, ¿no? Será el evento del año, pero no te preocupes por el código de vestimenta, sabemos que estás en la ruina. Ve con lo que tengas, nadie te va a juzgar.
Emma prensó la quijada.
Quería agarrar ese sobre y restregárselo en la cara, pero estaba demasiado cansada para montar una escena. Lo tomó de mala gana, solo para que se callara de una vez.
—Felicidades. Ya presumiste, ahora lárgate que estoy ocupada.
—No faltes a la boda, Emma. Te juro que el novio es alguien... inolvidable —susurró Leah, dándose la vuelta y alejándose por el pasillo con el rítmico y molesto sonido de sus tacones de aguja.
Emma se quedó sola en el pasillo, mirando el estúpido sobre. Estuvo a un segundo de tirarlo a la basura.
¿A quién le importaba la boda de esa víbora? Seguro había logrado engatusar a algún idiota multimillonario vendiéndole su falsa imagen de niña rica y perfecta heredera.
Pero la duda pudo más.
Rompió el sello de cera y sacó la tarjeta. Sus ojos barrieron la elegante caligrafía cursiva y, de pronto, sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Sintió un golpe seco en la boca del estómago, como si le hubieran sacado todo el aire de un puñetazo. Tuvo que parpadear un par de veces, rezando para haber leído mal.
“Nos complace invitarles al enlace matrimonial de... Leah Santacruz y Rodrigo Monte de Oca.”
El sobre se le resbaló de los dedos y cayó al suelo.
Rodrigo.
El hombre que la había abrazado hace apenas tres semanas, jurándole amor eterno, pero diciéndole que "la empresa de su familia estaba al borde de la quiebra" y que necesitaba tiempo y espacio para lidiar con el estrés.
El mismo cobarde que la había dejado llorando en una banqueta en Central Park.
De pronto, todo tuvo un sentido retorcido y cruel.
Rodrigo, el único hijo de los Monte de Oca, no necesitaba tiempo. Necesitaba dinero para salvarse. Y Leah le había vendido la mentira de que ella era la dueña de la fortuna de la familia.
La traición la golpeó con la fuerza de un tren.
La había botado como a basura cuando más lo necesitaba y, peor aún, se había ido a la cama con la hija de la mujer que había destruido a su madre.
Las manos de Emma dejaron de temblar. El llanto de desesperación que tenía atorado en la garganta se esfumó.
En su lugar, algo oscuro, hirviente y crucial comenzó a correr por sus venas. No se iba a quedar sufriendo como si nada.
Seis años después...El sol brillante de la Riviera Maya se reflejaba en las aguas cristalinas del Caribe mexicano.En la zona más exclusiva y privada de la playa, bajo una lujosa cabaña de madera y cortinas de lino blanco, Emma descansaba en una tumbona.Llevaba unas gafas de sol y un elegante traje de baño enterizo, luciendo más radiante que nunca.Nicolás, vestido con una camisa de lino abierta y pantalones cortos, se acercó a ella y le ofreció un cóctel tropical.—¿Te he dicho hoy lo mucho que te amo, señora Altamirano? —le preguntó Nicolás, sentándose en el borde de su tumbona, acariciando sus piernas descubiertas.—Creo que me lo dijiste a las seis de la mañana, de una forma muy... persuasiva —rio Emma, aceptando la bebida y dándole un beso en los labios—. Mira eso, Nicolás. No puedo creer lo rápido que pasa el tiempo.A pocos metros, en la orilla del mar, los gemelos de seis años construían un inmenso castillo de arena.A su lado, con una tabla de surf bajo el brazo, estaba Leo
La brisa nocturna de Londres era fría, pero en la terraza privada del exclusivo restaurante Aqua Shard, en lo alto de la ciudad, el ambiente era pura calidez.A través de los ventanales, la ciudad se extendía a sus pies como un mar de luces doradas, con el majestuoso Puente de la Torre iluminando la oscuridad del río Támesis.Nicolás había reservado el lugar entero solo para ellos dos.La mesa estaba decorada con velas blancas, rosas rojas y dos copas de la champaña más exclusiva del mundo.Emma, envuelta en un elegante abrigo de seda sobre su vestido esmeralda, miraba la ciudad con una sonrisa serena.Nicolás la observaba desde el otro lado de la mesa, con la barbilla apoyada en su mano, completamente hipnotizado por la belleza de su esposa.—¿En qué piensas tanto, cariño? —preguntó Nicolás, rompiendo el suave silencio que los envolvía, entrelazando sus dedos con los de ella sobre el mantel de hilo.Emma bajó la mirada hacia sus manos unidas y suspiró profundamente, sintiendo una paz
Días después…La Corporación Altamirano celebraba esa noche su exitosa expansión en el mercado inmobiliario europeo, y el evento era un rotundo éxito.Todo marchaba viento en popa. Magnates, lores y los inversionistas más importantes del continente brindaban por la nueva alianza.En el centro del salón, rodeada de la élite británica, Emma lucía deslumbrante en un ajustado vestido de seda color esmeralda que resaltaba sus curvas y contrastaba perfectamente con el impecable esmoquin negro de Nicolás.El magnate se excusó un momento de un grupo de inversores franceses y se acercó a su esposa, rodeándole la cintura con un brazo y acercando sus labios a su oído.—No he podido dejar de mirarte en toda la noche, señora Altamirano —le susurró Nicolás, con sonrisa, depositando un beso fugaz en su mejilla—. Eres, sin lugar a dudas, la mujer más hermosa de todo este salón. Estás eclipsando a toda la nobleza de Londres tú sola.Emma soltó una risa y le acomodó la pajarita del esmoquin con ternura
Todos estaban fascinados viendo al pequeño Leo conducir su Mercedes miniatura alrededor de los sillones, riendo a carcajadas.Aprovechando que la atención de la familia estaba centrada en el niño y que los gemelos dormían plácidamente con sus niñeras, Nicolás tomó a Emma de la mano y tiró suavemente de ella.Se escabulleron en silencio hacia uno de los pasillos laterales que daba a la biblioteca, buscando un poco de privacidad.Apenas doblaron la esquina, Nicolás acorraló a su esposa contra la pared, mirándola con esos ojos grises llenos de un deseo palpable.—Por fin te tengo para mí solo —murmuró Nicolás, acariciando la curva de su cintura antes de apoderarse de sus labios en un beso profundo y lleno de pasión.Emma enredó los dedos en el cabello oscuro de su esposo, respondiendo al beso con la misma intensidad, perdiéndose en el sabor a champaña y en el calor de su cuerpo.Estaban tan absortos el uno en el otro que no escucharon el ligero zumbido del motor eléctrico acercándose por
Los días transcurrieron rápidamente. El funeral de Gerardo había sido un evento sumamente discreto, cerrado a la prensa y tan frío como su propio final.Una vez que la tierra cubrió su ataúd, una sensación de paz se instaló finalmente sobre la familia Altamirano. Todo estaba por fin, bajo control.Esa mañana, el sol brillaba con una intensidad especial.En los pasillos del centro de acogida infantil, Sandra caminaba de un lado a otro, frotándose las manos con nerviosismo.Hoy era el día. Después de semanas de trámites agotadores, por fin recibiría la custodia total del pequeño Leo.El proceso no había sido nada fácil. Al principio, el juez de menores había puesto muchos obstáculos debido a la edad de Sandra para adoptar a un niño tan pequeño.Sin embargo, Nicolás, demostrando una vez más su lealtad a la familia, había movido todos sus contactos e influencias legales para resolver la situación en tiempo récord.Además, la propia Desiree, desde la cárcel, había firmado voluntariamente l
El reloj marcaba casi las cinco de la mañana. Los últimos ecos de la celebración se habían desvanecido por completo de los jardines de la villa Altamirano.Los invitados se habían marchado, dejando tras de sí el recuerdo de una boda perfecta.En la intimidad de la inmensa habitación principal, Nicolás y Emma se encontraban envueltos en su propia burbuja.Ambos estaban un poco ebrios, riendo por lo bajo con una complicidad embriagadora. Emma, descalza y con el vestido a medio abrochar, rodeó el cuello de su esposo con los brazos.Nicolás la tomó por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo con un deseo ardiente que la champaña solo había logrado potenciar.Estaban a punto de dejarse caer sobre las sábanas, listos para hacer el amor y cerrar la noche con broche de oro, cuando el ambiente se rompió de golpe.El teléfono celular de Nicolás, sobre la mesa de noche, comenzó a repicar con insistencia.Nicolás gruñó, apoyando la frente contra la de Emma, negándose a soltarla.—Ignóralo —murmur







