FAZER LOGIN
Llovía fuerte en la ciudad. El sonido de las gotas golpeando los grandes ventanales de la habitación parecía una cuenta regresiva en su cabeza.
Emma estaba sentada en el borde de la bañera, descalza y temblando. El corazón le latía tan rápido que le dolía el pecho. Entre sus manos sudorosas sostenía aquella pequeña prueba de plástico.
Dos líneas rojas. Positivo. Estaba embarazada.
Acababa de cumplir la cláusula principal del contrato. Acababa de sellar su trato con Nicolás.
Le vendió su libertad a Nicolás Altamirano solo para poder pagar el hospital de su madre. Aceptó ponerse un anillo carísimo, fingir que era feliz frente a su familia y dormir con un hombre que la tocaba solo para darle un hijo, no porque realmente la amara.
Pero el contrato no decía nada sobre lo que pasaría si ella se enamoraba perdidamente de su esposo falso. Ese fue su mayor error.
El ruido de la puerta abriéndose de golpe la asustó.
—Emma, ¿estás ahí?
La voz de Nicolás sonó grave y jadeante.
Era el mismo tono autoritario que usaba para dar órdenes en su empresa, pero cuando estaban solos, su voz tenía algo distinto, algo que a ella siempre le erizaba la piel.
Escuchó sus pasos acercándose hasta que él se detuvo en la puerta del baño.
Emma levantó la vista despacio. Nicolás tenía el saco abierto y la corbata suelta. Se veía agotado, pero igual de guapo que siempre.
Sus ojos grises miraron todo en un segundo: la cara llorosa de Emma, sus hombros caídos y, por último, lo que ella intentaba esconder con desesperación entre sus manos.
El silencio en el baño se volvió opresivo.
—Ya lo conseguiste —dijo Emma, con la voz rota por el llanto—. Cumplí con el trato, Nicolás. Vas a tener a tu hijo. Ya nadie en tu familia podrá quitarte la empresa. Ganaste.
Nicolás no se movió. Su rostro serio no mostraba ninguna emoción. Dio unos pasos lentos y se paró frente a ella.
—Mírame a los ojos —le pidió en voz baja.
Emma negó con la cabeza y apretó los labios para no sollozar. Tenía mucho miedo.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó ella casi en un susurro, agarrándose fuerte de los bordes de la bañera—. ¿Me vas a dejar a un lado? ¿Me vas a encerrar en esta casa inmensa mientras tú sigues con tu vida? Te lo juro, Nicolás, si intentas quitarme a este bebé con tus abogados, yo...
Ni siquiera pudo terminar de hablar.
Nicolás se arrodilló frente a ella en el suelo frío, sin importarle ensuciar su traje. Con una suavidad increíble, tomó la cara de Emma entre sus manos y le secó las lágrimas con los pulgares.
Cuando ella lo miró, no vio al empresario al que todos le tenían terror. Vio a un hombre desesperado, mirándola con una intensidad que le robó el aliento.
—Ese contrato dejó de importarme el día que te hice mía por primera vez, Emma —le dijo Nicolás con la voz suave, acariciando su mejilla—. Eres mi esposa. Eres la madre de mi hijo. Y te juro que si alguien intenta alejarte de mi lado, lo mato.
Él bajó la mirada hacia el vientre de Emma, y por primera vez desde que lo conocía, notó cómo le temblaban las manos al todopoderoso Nicolás Altamirano.
—Ustedes son mi familia ahora. Son todo lo que tengo —murmuró.
Luego, acortó la distancia y la besó con desesperación, demostrándole que el trato ya no era fingido, sino completamente real.
Seis años después...El sol brillante de la Riviera Maya se reflejaba en las aguas cristalinas del Caribe mexicano.En la zona más exclusiva y privada de la playa, bajo una lujosa cabaña de madera y cortinas de lino blanco, Emma descansaba en una tumbona.Llevaba unas gafas de sol y un elegante traje de baño enterizo, luciendo más radiante que nunca.Nicolás, vestido con una camisa de lino abierta y pantalones cortos, se acercó a ella y le ofreció un cóctel tropical.—¿Te he dicho hoy lo mucho que te amo, señora Altamirano? —le preguntó Nicolás, sentándose en el borde de su tumbona, acariciando sus piernas descubiertas.—Creo que me lo dijiste a las seis de la mañana, de una forma muy... persuasiva —rio Emma, aceptando la bebida y dándole un beso en los labios—. Mira eso, Nicolás. No puedo creer lo rápido que pasa el tiempo.A pocos metros, en la orilla del mar, los gemelos de seis años construían un inmenso castillo de arena.A su lado, con una tabla de surf bajo el brazo, estaba Leo
La brisa nocturna de Londres era fría, pero en la terraza privada del exclusivo restaurante Aqua Shard, en lo alto de la ciudad, el ambiente era pura calidez.A través de los ventanales, la ciudad se extendía a sus pies como un mar de luces doradas, con el majestuoso Puente de la Torre iluminando la oscuridad del río Támesis.Nicolás había reservado el lugar entero solo para ellos dos.La mesa estaba decorada con velas blancas, rosas rojas y dos copas de la champaña más exclusiva del mundo.Emma, envuelta en un elegante abrigo de seda sobre su vestido esmeralda, miraba la ciudad con una sonrisa serena.Nicolás la observaba desde el otro lado de la mesa, con la barbilla apoyada en su mano, completamente hipnotizado por la belleza de su esposa.—¿En qué piensas tanto, cariño? —preguntó Nicolás, rompiendo el suave silencio que los envolvía, entrelazando sus dedos con los de ella sobre el mantel de hilo.Emma bajó la mirada hacia sus manos unidas y suspiró profundamente, sintiendo una paz
Días después…La Corporación Altamirano celebraba esa noche su exitosa expansión en el mercado inmobiliario europeo, y el evento era un rotundo éxito.Todo marchaba viento en popa. Magnates, lores y los inversionistas más importantes del continente brindaban por la nueva alianza.En el centro del salón, rodeada de la élite británica, Emma lucía deslumbrante en un ajustado vestido de seda color esmeralda que resaltaba sus curvas y contrastaba perfectamente con el impecable esmoquin negro de Nicolás.El magnate se excusó un momento de un grupo de inversores franceses y se acercó a su esposa, rodeándole la cintura con un brazo y acercando sus labios a su oído.—No he podido dejar de mirarte en toda la noche, señora Altamirano —le susurró Nicolás, con sonrisa, depositando un beso fugaz en su mejilla—. Eres, sin lugar a dudas, la mujer más hermosa de todo este salón. Estás eclipsando a toda la nobleza de Londres tú sola.Emma soltó una risa y le acomodó la pajarita del esmoquin con ternura
Todos estaban fascinados viendo al pequeño Leo conducir su Mercedes miniatura alrededor de los sillones, riendo a carcajadas.Aprovechando que la atención de la familia estaba centrada en el niño y que los gemelos dormían plácidamente con sus niñeras, Nicolás tomó a Emma de la mano y tiró suavemente de ella.Se escabulleron en silencio hacia uno de los pasillos laterales que daba a la biblioteca, buscando un poco de privacidad.Apenas doblaron la esquina, Nicolás acorraló a su esposa contra la pared, mirándola con esos ojos grises llenos de un deseo palpable.—Por fin te tengo para mí solo —murmuró Nicolás, acariciando la curva de su cintura antes de apoderarse de sus labios en un beso profundo y lleno de pasión.Emma enredó los dedos en el cabello oscuro de su esposo, respondiendo al beso con la misma intensidad, perdiéndose en el sabor a champaña y en el calor de su cuerpo.Estaban tan absortos el uno en el otro que no escucharon el ligero zumbido del motor eléctrico acercándose por
Los días transcurrieron rápidamente. El funeral de Gerardo había sido un evento sumamente discreto, cerrado a la prensa y tan frío como su propio final.Una vez que la tierra cubrió su ataúd, una sensación de paz se instaló finalmente sobre la familia Altamirano. Todo estaba por fin, bajo control.Esa mañana, el sol brillaba con una intensidad especial.En los pasillos del centro de acogida infantil, Sandra caminaba de un lado a otro, frotándose las manos con nerviosismo.Hoy era el día. Después de semanas de trámites agotadores, por fin recibiría la custodia total del pequeño Leo.El proceso no había sido nada fácil. Al principio, el juez de menores había puesto muchos obstáculos debido a la edad de Sandra para adoptar a un niño tan pequeño.Sin embargo, Nicolás, demostrando una vez más su lealtad a la familia, había movido todos sus contactos e influencias legales para resolver la situación en tiempo récord.Además, la propia Desiree, desde la cárcel, había firmado voluntariamente l
El reloj marcaba casi las cinco de la mañana. Los últimos ecos de la celebración se habían desvanecido por completo de los jardines de la villa Altamirano.Los invitados se habían marchado, dejando tras de sí el recuerdo de una boda perfecta.En la intimidad de la inmensa habitación principal, Nicolás y Emma se encontraban envueltos en su propia burbuja.Ambos estaban un poco ebrios, riendo por lo bajo con una complicidad embriagadora. Emma, descalza y con el vestido a medio abrochar, rodeó el cuello de su esposo con los brazos.Nicolás la tomó por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo con un deseo ardiente que la champaña solo había logrado potenciar.Estaban a punto de dejarse caer sobre las sábanas, listos para hacer el amor y cerrar la noche con broche de oro, cuando el ambiente se rompió de golpe.El teléfono celular de Nicolás, sobre la mesa de noche, comenzó a repicar con insistencia.Nicolás gruñó, apoyando la frente contra la de Emma, negándose a soltarla.—Ignóralo —murmur







