MasukEl ambiente en el salón principal del Waldorf Astoria seguía impregnado de un bullicio nervioso.
Después de lo ocurrido, los invitados dejaron de fingir interés en la boda y comenzaron a susurrar a espaldas de la familia Monte de Oca.
Emma, sintiendo que le faltaba el aire tras la descarga de los últimos minutos, aprovechó que su imponente acompañante estaba siendo abordado por un par de magnates que buscaban saludarlo.
Se escabulló con pasos rápidos hacia una de las inmensas terrazas privadas del hotel, buscando desesperadamente un momento a solas.
El viento helado de Manhattan le golpeó el rostro, dándole un respiro muy necesario.
Cerró los ojos, apoyando las manos en la baranda de mármol mientras intentaba procesar todo lo que acababa de ocurrir. Sin embargo, la paz le duró apenas unos segundos.
—Emma. Por favor, espera.
Esa voz. Hasta hace unas semanas, escucharla hacía que su corazón se acelerara de amor; ahora, solo le producía náuseas y un profundo rechazo.
Se giró despacio. Rodrigo estaba ahí, de pie bajo la luz tenue de los faroles de la terraza.
Se había aflojado el corbatín y lucía desaliñado. Sus ojos estaban irritados con una mezcla enfermiza de miedo, celos y desesperación.
—Vuelve a tu fiesta, Rodrigo. Tu nueva y flamante esposa te debe estar buscando —respondió ella, alzando la barbilla y dispuesta a regresar al salón.
Pero él le cerró el paso rápidamente, acercándose mucho más de lo permitido.
—¿Cómo lo conoces? —soltó Rodrigo de golpe, ignorando por completo su rechazo—. ¿De dónde sacaste a un hombre como él? Emma, ese tipo... no tienes idea de quién es ni del nivel en el que se mueve. Es peligroso.
Emma soltó una carcajada amarga, incapaz de creer el descaro del hombre que tenía enfrente.
—El único peligroso y cobarde que conozco eres tú. Me dejaste llorando en Central Park, jurando que la presión te asfixiaba y que necesitabas tiempo, cuando en realidad estabas planeando casarte con la víbora de mi hermanastra por su supuesto dinero. No tienes ningún derecho a cuestionarme absolutamente nada.
El rostro de Rodrigo se contrajo.
La miró de arriba abajo, tan hermosa, altiva e inaccesible en ese vestido rojo oscuro, y el arrepentimiento lo golpeó con la fuerza de un yunque.
Había cambiado a la mujer que amaba por una cuenta bancaria que ahora parecía a punto de esfumarse frente a sus ojos.
—¡Lo hice por nosotros, Emma! —suplicó él, intentando agarrarle las manos, pero ella retrocedió asqueada—. La empresa de mi padre estaba hundiéndose. Leah me mintió, me hizo creer que ella controlaría la fortuna de tu padre y me prometió capital. Fue una salida fácil, una estupidez impulsada por la desesperación. ¡Pero a quien yo quiero es a ti! Ese tipo solo te está usando como un trofeo para lucirse esta noche. Cuando se aburra, te desechará como basura. Yo puedo dejar a Leah ahora mismo, podemos huir juntos y...
—Si valoras conservar la lengua dentro de tu boca, te sugiero que te calles en este mismo instante.
La voz cortó el viento frío de la noche como el golpe de un látigo.
Rodrigo dio un salto hacia atrás, aterrorizado.
Nicolás salió de las sombras y clavó sus ojos en él. Con una naturalidad aplastante, atrajo a Emma hacia sí, abrazándola por la cintura para marcar su territorio.
Ese simple gesto bastó para espantar al cobarde de su ex y disipar el frío que ella sentía.
—¿En serio intentas manipularla con excusas mediocres el mismo día de tu boda? —se burló Nicolás, con una sonrisa afilada—. Eres incluso más patético y rastrero de lo que leí en los informes financieros de tu empresa.
—Estábamos teniendo una conversación privada —se defendió Rodrigo, alzando un poco la barbilla, aunque la aplastante y fría mirada del magnate lo obligó a retroceder un paso por instinto.
—Un hombre de verdad no se vende al mejor postor por miedo a quebrar. Y definitivamente, un hombre que no vale nada no molesta a mi novia —espetó Nicolás—. Vuelve adentro con la esposa que elegiste. Y si te vuelvo a ver cerca de Emma, te juro que no me conformaré con embargar tus propiedades. Compraré tu empresa mañana a primera hora, despediré a toda tu familia y me aseguraré de que no consigas trabajo ni barriendo las calles de Nueva York.
Rodrigo asintió frenéticamente, mudo por el terror, y salió huyendo hacia el interior del salón tan rápido como se lo permitieron las piernas.
Una vez solos, el silencio cayó pesadamente sobre la terraza.
El viento movió ligeramente el cabello de Emma mientras ella seguía pegada al firme pecho de Nicolás. Su mente trabajaba a mil por hora, atando los cabos sueltos que había ignorado en su prisa.
Había presenciado de nuevo el poder puro e indiscutible que este hombre ejercía con solo abrir la boca.
Ningún actor de agencia, por muy bueno que fuera en su papel, podía conocer los estados financieros de una constructora, amenazar con comprar una corporación entera y hacer que el arrogante heredero de los Monte de Oca huyera como un niño asustado.
Emma se separó de él lentamente y dio un paso atrás, cruzándose de brazos. Su respiración era agitada.
—¿Me vas a decir de una vez por todas qué está pasando? —exigió ella, clavando sus ojos verdes en los de él.
Nicolás se metió las manos en los bolsillos del pantalón, mirándola con una mezcla de diversión y fascinación por la chispa de rebeldía que nunca se apagaba en ella.
—Te estoy dando el servicio VIP por el que pagaste. Destruir a tus enemigos y darte el control.
—¡No me mientas! —estalló Emma, con la voz temblando—. Rodrigo estaba aterrorizado. Hablaste de embargos, de comprar su empresa, de inversores extranjeros. Ningún maldito actor de una agencia de talentos tiene ese poder. La farsa es demasiado grande.
Dio un paso hacia él, negándose a dejarse intimidar por su abrumadora altura. Lo señaló con el dedo índice, decidida a no moverse de ahí hasta obtener una respuesta.
—Así que dímelo ahora mismo... ¿Quién diablos eres tú?
Seis años después...El sol brillante de la Riviera Maya se reflejaba en las aguas cristalinas del Caribe mexicano.En la zona más exclusiva y privada de la playa, bajo una lujosa cabaña de madera y cortinas de lino blanco, Emma descansaba en una tumbona.Llevaba unas gafas de sol y un elegante traje de baño enterizo, luciendo más radiante que nunca.Nicolás, vestido con una camisa de lino abierta y pantalones cortos, se acercó a ella y le ofreció un cóctel tropical.—¿Te he dicho hoy lo mucho que te amo, señora Altamirano? —le preguntó Nicolás, sentándose en el borde de su tumbona, acariciando sus piernas descubiertas.—Creo que me lo dijiste a las seis de la mañana, de una forma muy... persuasiva —rio Emma, aceptando la bebida y dándole un beso en los labios—. Mira eso, Nicolás. No puedo creer lo rápido que pasa el tiempo.A pocos metros, en la orilla del mar, los gemelos de seis años construían un inmenso castillo de arena.A su lado, con una tabla de surf bajo el brazo, estaba Leo
La brisa nocturna de Londres era fría, pero en la terraza privada del exclusivo restaurante Aqua Shard, en lo alto de la ciudad, el ambiente era pura calidez.A través de los ventanales, la ciudad se extendía a sus pies como un mar de luces doradas, con el majestuoso Puente de la Torre iluminando la oscuridad del río Támesis.Nicolás había reservado el lugar entero solo para ellos dos.La mesa estaba decorada con velas blancas, rosas rojas y dos copas de la champaña más exclusiva del mundo.Emma, envuelta en un elegante abrigo de seda sobre su vestido esmeralda, miraba la ciudad con una sonrisa serena.Nicolás la observaba desde el otro lado de la mesa, con la barbilla apoyada en su mano, completamente hipnotizado por la belleza de su esposa.—¿En qué piensas tanto, cariño? —preguntó Nicolás, rompiendo el suave silencio que los envolvía, entrelazando sus dedos con los de ella sobre el mantel de hilo.Emma bajó la mirada hacia sus manos unidas y suspiró profundamente, sintiendo una paz
Días después…La Corporación Altamirano celebraba esa noche su exitosa expansión en el mercado inmobiliario europeo, y el evento era un rotundo éxito.Todo marchaba viento en popa. Magnates, lores y los inversionistas más importantes del continente brindaban por la nueva alianza.En el centro del salón, rodeada de la élite británica, Emma lucía deslumbrante en un ajustado vestido de seda color esmeralda que resaltaba sus curvas y contrastaba perfectamente con el impecable esmoquin negro de Nicolás.El magnate se excusó un momento de un grupo de inversores franceses y se acercó a su esposa, rodeándole la cintura con un brazo y acercando sus labios a su oído.—No he podido dejar de mirarte en toda la noche, señora Altamirano —le susurró Nicolás, con sonrisa, depositando un beso fugaz en su mejilla—. Eres, sin lugar a dudas, la mujer más hermosa de todo este salón. Estás eclipsando a toda la nobleza de Londres tú sola.Emma soltó una risa y le acomodó la pajarita del esmoquin con ternura
Todos estaban fascinados viendo al pequeño Leo conducir su Mercedes miniatura alrededor de los sillones, riendo a carcajadas.Aprovechando que la atención de la familia estaba centrada en el niño y que los gemelos dormían plácidamente con sus niñeras, Nicolás tomó a Emma de la mano y tiró suavemente de ella.Se escabulleron en silencio hacia uno de los pasillos laterales que daba a la biblioteca, buscando un poco de privacidad.Apenas doblaron la esquina, Nicolás acorraló a su esposa contra la pared, mirándola con esos ojos grises llenos de un deseo palpable.—Por fin te tengo para mí solo —murmuró Nicolás, acariciando la curva de su cintura antes de apoderarse de sus labios en un beso profundo y lleno de pasión.Emma enredó los dedos en el cabello oscuro de su esposo, respondiendo al beso con la misma intensidad, perdiéndose en el sabor a champaña y en el calor de su cuerpo.Estaban tan absortos el uno en el otro que no escucharon el ligero zumbido del motor eléctrico acercándose por
Los días transcurrieron rápidamente. El funeral de Gerardo había sido un evento sumamente discreto, cerrado a la prensa y tan frío como su propio final.Una vez que la tierra cubrió su ataúd, una sensación de paz se instaló finalmente sobre la familia Altamirano. Todo estaba por fin, bajo control.Esa mañana, el sol brillaba con una intensidad especial.En los pasillos del centro de acogida infantil, Sandra caminaba de un lado a otro, frotándose las manos con nerviosismo.Hoy era el día. Después de semanas de trámites agotadores, por fin recibiría la custodia total del pequeño Leo.El proceso no había sido nada fácil. Al principio, el juez de menores había puesto muchos obstáculos debido a la edad de Sandra para adoptar a un niño tan pequeño.Sin embargo, Nicolás, demostrando una vez más su lealtad a la familia, había movido todos sus contactos e influencias legales para resolver la situación en tiempo récord.Además, la propia Desiree, desde la cárcel, había firmado voluntariamente l
El reloj marcaba casi las cinco de la mañana. Los últimos ecos de la celebración se habían desvanecido por completo de los jardines de la villa Altamirano.Los invitados se habían marchado, dejando tras de sí el recuerdo de una boda perfecta.En la intimidad de la inmensa habitación principal, Nicolás y Emma se encontraban envueltos en su propia burbuja.Ambos estaban un poco ebrios, riendo por lo bajo con una complicidad embriagadora. Emma, descalza y con el vestido a medio abrochar, rodeó el cuello de su esposo con los brazos.Nicolás la tomó por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo con un deseo ardiente que la champaña solo había logrado potenciar.Estaban a punto de dejarse caer sobre las sábanas, listos para hacer el amor y cerrar la noche con broche de oro, cuando el ambiente se rompió de golpe.El teléfono celular de Nicolás, sobre la mesa de noche, comenzó a repicar con insistencia.Nicolás gruñó, apoyando la frente contra la de Emma, negándose a soltarla.—Ignóralo —murmur







