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Capítulo 5. El terror de un cobarde.

Autor: Emily Rose
last update Data de publicação: 2026-07-03 02:37:39

El eco del cristal roto rompió el hechizo que mantenía al majestuoso salón en silencio.

Emma mantuvo la frente en alto. El firme agarre de Nicolás en su cintura y el calor de su cuerpo a través de la seda roja le daban seguridad.

Avanzaron como la realeza, mientras la élite de Nueva York se apartaba a su paso.

A lo lejos, Leah hervía de rabia. Al ver su noche eclipsada por la hermanastra a la que quería destruir, olvidó su cara de niña buena y se abrió paso a pisotones entre los invitados, arrastrando su costoso vestido.

—¡Vaya, vaya! —exclamó Leah, plantándose frente a ellos—. Miren nada más quién decidió aparecer. Confieso que me sorprende verte aquí vestida así, realmente no imaginé que vendrías tan arreglada.

—No seas ridícula, estoy vestida para la ocasión.

Emma sintió una punzada de rabia hirviente.

Iba a lanzarse sobre ella, pero antes de que pudiera volver abrir la boca, los dedos de Nicolás ejercieron una sutil presión en su cadera.

Leah, envalentonada por el silencio de Emma, paseó su mirada despectiva por el impresionante vestido rojo y luego fijó sus ojos en Nicolás.

Era evidente que la belleza salvaje y la presencia abrumadora del hombre la ponían nerviosa.

—Y veo que no viniste sola —continuó la novia, soltando una risa hueca y sumamente chillona—. Bonito traje. ¿Cuánto te costó alquilarlo, Emma? ¿O es que tu amiguito aquí presente es uno de esos muertos de hambre que se visten bien para colarse en las fiestas y comer gratis? Porque en mi círculo social, a este pobre diablo no lo conoce nadie.

El salón entero pareció contener la respiración de golpe. La música de los violines se detuvo bruscamente en un chirrido desafinado.

Nicolás no movió un solo músculo. No frunció el ceño, ni se indignó, ni alzó la voz.

Simplemente ladeó un poco la cabeza y fijó sus inescrutables ojos grises en Leah, mirándola con la misma expresión de aburrimiento con la que uno observaría a un insecto antes de aplastarlo.

—Leah, es suficiente —intervino una voz tensa a sus espaldas, cortando el ambiente con urgencia.

Rodrigo Monte de Oca se abrió paso rápidamente.

Estaba inusualmente pálido; la arrogancia con la que se paseaba minutos antes había desaparecido por completo, reemplazada por una rigidez evidente.

Tomó a Leah del brazo con brusquedad, obligándola a retroceder un paso.

—¡¿Qué demonios te pasa, Rodrigo?! ¡Me estás lastimando! —bramó ella, escandalizada.

—Te estoy diciendo que te calles —le siseó Rodrigo en voz baja, con los dientes apretados y una mirada de intensa aprehensión—. No sabes lo que estás haciendo.

Leah lo miró como si se hubiera vuelto completamente loco, pero Rodrigo ya no le prestaba atención.

Su mirada estaba clavada en el hombre alto y de esmoquin oscuro que sostenía a Emma.

El exnovio pasó saliva, intentando mantener la compostura, pero la tensión en sus hombros y el sudor frío que asomaba en su frente lo delataban. Emma lo observó con desconcierto.

—Señor... —dijo Rodrigo, inclinando levemente la cabeza en un gesto de respeto que sorprendió a todos los socios presentes—. Le ofrezco una disculpa por el tono de mi esposa. No teníamos idea de que asistiría a nuestra boda. Si hubiéramos sabido que venía acompañando a Emma... nosotros jamás...

La voz se le apagó. El silencio de Nicolás era una tortura psicológica fríamente calculada.

Dejó que Rodrigo lidiara con el peso aplastante de su escrutinio durante unos segundos interminables, demostrando su dominio sin decir una sola palabra.

Finalmente, Nicolás dio un paso al frente, interponiéndose ligeramente entre Emma y la pareja, en un claro e innegable gesto de protección y dominio.

—Tu mujer tiene una boca muy suelta, Monte de Oca —pronunció Nicolás, con voz grave—. Una cualidad demasiado peligrosa para alguien cuya nueva familia está a un paso de la ruina.

Rodrigo tensó la mandíbula, palideciendo aún más. Abrió la boca para justificarse, pero Nicolás levantó un solo dedo elegante, silenciándolo en el acto.

—He revisado los informes de tu empresa esta misma mañana —continuó Nicolás, esbozando una sonrisa de medio lado que no tenía rastro de calor—. Conozco los préstamos vencidos. Sé de los inversores extranjeros que han retirado su capital. Y sé perfectamente que esta fastuosa e inútil boda es solo una fachada desesperada para cazar ingenuos con dinero antes de que el banco embargue tus propiedades a fin de mes.

Leah soltó un jadeo ahogado, llevándose las manos a la boca mientras miraba a su nuevo esposo con auténtico horror. ¿Ruina? ¿Embargos? ¿De qué estaba hablando ese hombre?

—Esa información... se supone que es confidencial —musitó Rodrigo. Intentaba proyectar firmeza, pero el miedo a perderlo todo brillaba claramente en sus ojos—. Si me permite hablarlo en privado, le aseguro que puedo explicarle mis proyecciones...

—No me interesan tus excusas —lo cortó Nicolás—. Lo único que me interesa esta noche es que mi novia disfrute de la velada sin que la molesten. Así que te sugiero que te lleves a tu esposa, antes de que decida hacer una sola llamada y destruir lo poco que queda de tu constructora ahora mismo.

Rodrigo apretó los labios, tragándose el orgullo porque sabía que no tenía escapatoria. Asintió de forma rígida, tomó a Leah del brazo y la alejó a paso rápido, perdiéndose entre la multitud para evitar una humillación mayor.

Emma se quedó clavada en su sitio. Vio a su ex alejarse y luego alzó el rostro hacia el hombre imponente que seguía abrazándola.

Su mente era un caos: él acababa de aterrorizar y desarmar al heredero de los Monte de Oca frente a toda la élite, y Rodrigo ni siquiera se había atrevido a decir su nombre.

¿A quién demonios le había pagado para que fingiera ser su novio?

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Rocío Giménez
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Juana Pérez
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