INICIAR SESIÓNANA PAULAEl departamento olía a pintura fresca y a encierro. La agente inmobiliaria abrió las ventanas con entusiasmo, como si un poco de aire pudiera disimular que la cocina era tan pequeña que apenas cabían dos personas peleándose.—La propietaria está dispuesta a negociar el precio si firma este mes. Y, por supuesto, podemos enseñarle opciones más amplias si su presupuesto cambia.Miré el espacio donde iría la mesa. Una mesa para cuatro habría quedado ridícula. Una para dos, también, considerando que no tenía con quién compartirla.—No quiero algo más grande. ¿Puede averiguar si permiten cambiar los azulejos del baño? Son espantosos. Y no me mire así, sé que eso no debería importarme ahora, pero llevo semanas mirando paredes ajenas y necesito poder odiar unas por elección propia.La mujer se rio, algo desconcertada, y me dejó recorrer las habitaciones. Había un balcón estrecho donde cabrían dos macetas y una silla. Me gustó. También me molestó que me gustara tan poco.Yo había ima
LUCAMi padre llevaba veinte minutos esperándome en el despacho cuando decidí entrar. Lo sabía porque Teresa me había avisado dos veces. La primera fingí estar ocupado; la segunda le pedí que le llevara café. No tenía ninguna intención de discutir con Humberto antes del almuerzo, pero tampoco podía esconderme toda la mañana en mi propia casa.Lo encontré revisando unos documentos, ni siquiera levantó la cabeza cuando cerré la puerta.—Si vas a preguntarme por Ana Paula, te ahorraré tiempo. Nos reunimos, hablamos del divorcio y nuestros abogados están preparando los documentos. No hubo gritos ni amenazas, puedes estar tranquilo.Mi padre dejó los papeles sobre el escritorio.—Me enteré de que tu suegro anda buscando dinero y de que pretende involucrar a Ana Paula en sus problemas. Quiero saber si has comprometido algo de Ferrer Corp para facilitar el acuerdo.Solté una carcajada.—Buenos días a ti también, papá. Mi matrimonio está terminando, mi esposa perdió a nuestro hijo y tú quiere
ENNYEl lunes descubrí que había olvidado cómo ponerme unos pantalones de vestir sin maldecir. El cierre subió, pero tuve que desabrocharlo en cuanto me senté para ponerme los zapatos.—Perfecto —murmuré—. Siete semanas de embarazo y ya estoy negociando con mi ropa.Valentino apareció en la puerta con dos tazas. Me encontró sentada en la orilla de la cama, los pantalones abiertos y una expresión poco maternal.—Antes de que digas algo, no necesito que llames a una modista. Necesito encontrar el pantalón negro que tenía la cintura elástica. Si lo ves, te ganas un beso. Si haces un comentario sobre mi tamaño, duermes en el jardín.Dejó las tazas y abrió el segundo cajón. Encontró el pantalón en menos de un minuto. Lo odié un poquito por eso.—Claudia me espera a las diez —le recordé mientras me cambiaba—. Voy a pasar por el despacho, revisar pendientes y comer con ella. No sé cuánto tardaré.—¿Quieres que Ricardo te lleve o prefieres conducir? —preguntó.Lo miré por encima del hombro. D
LUCAEncontré a Ana Paula en el restaurante antes de la hora acordada. Había elegido una mesa junto a la ventana, lejos de las demás, y tenía una carpeta cerrada frente a ella. Llevaba el cabello recogido y un vestido azul que recordaba haberle visto en alguna ocasión. Se había maquillado con cuidado, aunque no consiguió disimular del todo el cansancio.Me detuve unos segundos antes de acercarme. Habíamos compartido una cama durante años y ahora necesitábamos una cita para hablar sin que alguno terminara gritando.—Pedí agua para los dos —dijo cuando me senté—. Si prefieres algo más fuerte, hazlo después de que terminemos. No quiero que mañana ninguno diga que aceptó algo porque había bebido.—Vine a discutir el acuerdo, Ana Paula. No necesito alcohol para sentarme frente a ti, aunque reconozco que tampoco esperaba que eligieras un restaurante donde alguna vez celebramos proyectos que nos unian.Miró alrededor, sorprendida. Después bajó los ojos hacia la carta.—No lo recordaba. Supon
ANA PAULAMi madre acababa de decirme que papá podía ir a prisión. Esperé a que añadiera algo, porque aquello no podía ser toda la explicación. Ella se limitó a apretar el bolso contra su pecho.—¿Qué hizo exactamente? No me digas que cometió errores. Quiero saber si falsificó documentos, si tomó dinero de alguien o si simplemente está usando la palabra prisión para asustarme.—No me hables como si yo fuera una delincuente, Ana Paula. Tu padre está intentando salvar lo que queda de las empresas. Hay pagos que no puede justificar todavía y personas exigiendo que les devuelva su dinero. Si consigue cubrirlos, quizá podamos evitar una denuncia.—¿Y con cuánto de mi divorcio piensan cubrirlos? Porque supongo que ya hicieron las cuentas sin preguntarme. Me gustaría saber por lo menos cuánto valgo es
ANA PAULALa casa de Humberto estaba demasiado silenciosa desde que Luca dejó de dormir conmigo. Seguía apareciendo por allí, naturalmente, era la casa de su padre. Sus camisas pasaban por la lavandería y algunas noches escuchaba su automóvil de madrugada. Lo único que había desaparecido era la obligación de dirigirme la palabra.Me quedé frente al espejo con la bata abierta. La cicatriz cruzaba la parte baja de mi vientre, rosada y más gruesa en un extremo. El médico aseguraba que terminaría aclarándose. También insistía en que necesitaba tiempo para recuperarme. Qué fácil resultaba recetar paciencia cuando el cuerpo abierto no era el propio.Pasé los dedos sobre la marca. Todavía despertaba algunas mañanas buscando una barriga que ya no volvería a crecer. Había perdido a mi hijo y la posibilidad de llevar otro dent







